Árawen Tindomë
Árawen, cansada y herida, intentaba mantener a ralla a los enemigos que invadían en oleadas la playa, con una espada bañada en sangre y que ahora se le antojaba demasiado pesada para sus brazos desfallecidos. Pronto, se encontró dando tajos débiles que ningún daño infligían contra las armaduras de las hordas de Nurn. Comenzaba a encontrarse rodeada por el enemigo, hasta el punto de que no consiguió ver a su alrededor a ningún soldado aliado. El miedo la comenzó a invadir con un escalofrió que resultó casi doloroso. Su garganta quiso gritar para pedir auxilio, pero el grito se ahogó en su boca. Ya apenas podía mantener la espada en alto, y la multitud de nurnitas, que habían captado su debilidad y que sabían que el final de aquella elfa estaba próximo la rodeaban como hienas esperando conseguir su preciado botín. La fama de los ejércitos de los Señores de Nurn era conocida en toda Haldanori. Criaturas despiadadas y terribles, que no poseían alma alguna, ni nada que se le pareciera; y también era conocido lo que hacían con los prisioneros de guerra. Árawen tuvo la determinación de que preferiría morir por su propia mano antes que caer en las garras de aquellas bestias que la rodeaban, así que arrojó la espada al suelo y desenfundó una pequeña daga que se ceñía al cinto, dispuesta a clavársela en el pecho en cuanto los enemigos se dispusieran a atacarla. Tomada ya esa decisión, las lágrimas empezaron a brotar de sus ojos, abriéndose camino a través de sus delicadas mejillas, manchadas de sangre negra de orco. No lloraba por su propia muerte, sino por el hecho de morir sola, sin ver una última vez a su amado, sin poder besarlo una vez más. Le aterraba y le dolía la idea de perecer sin decirle que lo quería como nunca antes había querido a nadie más.
Una garra le arañó uno de los brazos, desgarrándole tela y carne y arrancándole un grito de dolor. Las risas entre los soldados que la cercaban se hicieron casi ensordecedoras. La elfa, cada vez más cansada, al punto de temer desmayarse en cualquier momento, hizo un último esfuerzo y enarboló su daga para intentar mantenerlos a ralla una vez más. Paró de este modo, y casi por pura coincidencia, un tajo que uno de los orcos le había lanzado, aunque, este fue de una fuerza tal que la hizo perder el equilibrio y caer hacia un lado. En el suelo, vio como una montaña de cuerpos oscuros se le echaban encima, ocultándole la luz del sol. Con la caída había perdido la daga, así que tuvo que resignarse a un doloroso y horrendo final. Cerró los ojos, e intento aferrarse con fuerza a la última imagen de su amado Vilmanion que su mente había conservado.
De pronto, una sensación que no esperaba le atravesó el estómago como un témpano de hielo. Comprendió que había sido la hoja de una espada enemiga, que la había atravesado. Sobreponiéndose al terrible dolor que se adueñó de todo su cuerpo, agradeció a aquél nurnita que acabase de aquel modo con su existencia, pues, en poco tiempo, si no moría desangrada, el veneno de aquella hoja se encargaría de arrebatarle la vida. Así, sabiendo que su fin era inminente, y disipada ya toda esperanza, luchó con todas sus fuerzas para no perder aquella última imagen, la de su amado despidiéndose de ella para partir. Tal vez, esa era la mejor imagen, dada la situación; era como si Vilmanion estuviese allí, diciéndole adiós, con un beso y un fuerte abrazo. Al fin y al cabo era eso lo que quería, no irse sin un último beso de aquel hombre que la había hecho tan feliz en sus últimos años. Si lo pensaba bien, ya había vivido mucho, y había visto y aprendido cosas increíbles. Había viajado por todo el mundo, y había encontrado el amor. Su último amor seguía vivo, y la quería con locura, como ella a él. Pensó que esta era una forma mejor de acabar sus días que si hubiese seguido siendo inmortal, para enterrar a su amado cuando este muriese de viejo o en alguna otra batalla. Mas, de pronto cayó en la cuenta de que Vilmanion, cuando se enterase de la noticia de la muerte de su amada, sufriría tanto como ella sufrió al perder a su primer amor, y un dolor mucho más fuerte que el de la herida que poco a poco le arrebataba la vida se adueñó de su alma. Pudo ver al joven druedáin destrozado por el dolor, llorando junto a su tumba. Se compadeció de si misma por ser tan egoísta, y sintió profundamente todo el sufrimiento que iba a causarle a Vilmanion, pero, ya era tarde para poder remediarlo. El sueño se apoderaba de ella. Sólo quería dormir y dejar que la negrura la meciera hasta llevársela de su propio cuerpo.
Perdió la noción del tiempo, y en algún momento indeterminado, oyó un sonido que se alzó sobre el estruendo de la batalla, y que tardó bastante en identificar como un cuerno nurnita. Su mente cansada, hizo un último esfuerzo para relacionar esto con la posible retirada del ejército enemigo. Así, por lo menos, pudo saber que no habían perdido la batalla, y que habían conseguido rechazar el ataque a Azdakadar. Por lo menos, eso era algo de lo que no tendría que preocuparse.
De este modo, Árawen dejó que la penumbra la meciese hasta que se perdió en el pozo insondable de la inconsciencia, y ya no volvió a ver ni a oír nada más.
Al cuarto día de entrar como general en la Segunda Compañía del Valle del Ingenio, Vilmanion recibió un mensaje urgente de Azdakadar. La nota, que le entregó un correo exhausto por un viaje agotador entre dicha ciudad y Ostaire, a través del Ringluine, estaba firmada por la general Aredhel, y parecía estar escrita con mucha prisa. Vilmanion, que había estado ayudando a reconstruir las defensas de la ciudad ante la inminente invasión enemiga, recibió la misiva con cierta sorpresa, al final del día, mientras permanecía en sus estancias de la fortaleza de Ostaire, y se dio prisa en leerla, sabiendo que su esposa estaba allí. Pidiendo que no se tratase de malas noticias, leyó rápidamente las escasas líneas escritas por su superiora, y cuando hubo concluido, sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. Soltó la carta, que cayó lentamente al suelo, deslizándose en el aire suavemente, mientras sus piernas, que parecían haber perdido toda la fuerza, se doblaron bajo su peso y cayó sentado en su lecho. Sintió unas profundas ganas de gritar, de llorar, de dar golpes a algo, pero estaba paralizado, y en el remolino de su mente era imposible pensar con claridad.
—¿Está bien, señor?—Preguntó el correo, algo sorprendido por la reacción del capitán. Titubeó al acercarse para intentar prestar apoyo a su abatido superior.
—No... no puede ser cierto. Se trata de un error.
—Señor, mis órdenes eran urgentes: entregarle este mensaje e instarle a que acuda inmediatamente a Azdakadar.
Vilmanion cerró los ojos fuertemente, intentando borrar aquél episodio de la realidad, pero no lo consiguió. De pronto, como si un viento helado se apoderase de todo su ser, se serenó, y se levantó de un salto, precipitándose hacia la puerta, tan violentamente que tiró al joven correo, que estaba en su camino, al suelo de madera. Descendió las escaleras de piedra fugaz y pálido como un fantasma, derribando todo y a todos los que se encontraban a su paso, y puso rumbo a las caballerizas de la fortaleza. Allí cogió al caballo más rápido y fresco, lo ensilló y montó en él, para partir al galope tendido a través de la populosa ciudad, que, aún de noche, estaba llena de gente en las calles. Por suerte, no atropelló a nadie, pero estuvo a punto de pasar sobre algunos incautos que no lograron oír el resonar de los cascos sobre el pavimento a tiempo. Pronto se encontró en la verde planicie de las afueras de la ciudad, y entonces siguió el rumbo norte, a través de la orilla este del río Ringluine. Noche y día cabalgó sin parar, hasta que su montura, exhausta, cayó al suelo derribándolo. Por suerte, se encontraba en las proximidades de la ciudad Dragón, a la que llegó corriendo, casi sin fuerzas. Pidió un caballo los soldados que guardaban la puerta de la ciudad, enseñando su sello de oficial del ejército del Valle, y pronto estaba de nuevo sobre los lomos de un equino, cabalgando veloz hacia Azdakadar. Ese mismo día llegó a las afueras de la ciudad. Irrumpió en ésta como un rallo dirigiéndose a las casas de curación que se encontraban en la ciudadela, donde le franquearon el paso unos soldados que no tuvieron mas remedio que apartarse ante la determinación de un hombree que había perdido totalmente la cordura. Una vez en las casa de curación, desmontó y corrió hacia la estancia principal del edificio. Allí, algunos sanadores y enfermos deambulaban lentamente. El suelo estaba lleno de heridos de una batalla reciente. Vilmanion, ante aquella visión de miembros amputados y heridas cubiertas de moscas, casi se desmaya, pero, sacando fuerzas de donde no había, consiguió sobreponerse y preguntar a uno de los sanadores de túnica blanca que estaban más cerca.
—Busco a Árawen Tindomë, Capitana de la Quinta Compañía.
—¿Se encuentra usted bien?—Preguntó el sanador, mirando con preocupación el demacrado rostro de druedain, que poseía una palidez propia de un cadáver.
Vilmanion cogió al hombre del brazo violentamente, y zarandeándolo, le saco la respuesta a base de amenazas. Dejando detrás suyo al anonadado sanador, se dirigió a las escaleras y subió los peldaños de dos en dos, hasta llegar a las estancias de la cuarta planta. Allí, buscó en todas las habitaciones, hasta que finalmente se encontró en el abovedado pasillo a su general, Aredhel, que permanecía apoyada en el marco de la puerta, con un gesto sombrío y preocupado. Llevaba vendada una pierna, y en una de sus manos sostenía una muleta. La elfa, al ver al druedain, se acercó rápidamente y lo abrazó.
—¿Dónde está?—Preguntó apremiante.
—Allí. Está gravemente herida.
Vilmanion quitó delicadamente a su superiora y se acercó a la puerta. Al otro lado, sobre un lecho con mantas de lana marrón, descansaba su amada Arawen. Con la cara perlada de sudor, su cabeza reposaba sobre la almohada de paja, inmóvil. El druedain se acercó y le cogió fuertemente una de sus blancas manos, y besó sus labios como si de ellos dependiese toda su existencia.
Volviéndose hacia Aredhel, le preguntó qué era lo que había ocurrido.
—La hirieron un grupo de orcos. El veneno de la hoja la está consumiendo lentamente.
Vilmanion levantó la manta, y observó el estómago vendado de la elfa. Una mancha de sangre era claramente visible entre el blanco vendaje.
—¿Dices que se trataba de veneno orco?
—Sí, de orcos nurnitas. Nos superaban en número. Fue un milagro que lográsemos repelerles.
—¿Con qué la han tratado?—Preguntó, mientras deshacía el vendaje con delicadeza.
—No lo sé, algún tipo de planta. Los sanadores dicen que el veneno no deja cicatrizar la herida... Lo siento, Vil, yo tendría que haber...
—Cállate; no digas nada.
Aredhel no pudo contener su llanto, y se llevó las manos a la cara.
—Por favor, déjanos solos—La instó el druedain.
Ella obedeció y salió de la estancia, mientras Vilmanion sacaba de su mochila de viaje algunas plantas de su aldea natal y un mortero. Mezcló varias hojas secas que en otro tiempo habían sido de múltiples y brillantes colores, y alguna que otra flor de pétalos mustios. Luego, añadió algo de un fuerte licor enanil y aplicó parte de la mezcla sobre la herida abierta. Lo que sobraba en el mortero, lo mezclo con agua pura de manantial, que llevaba en una pequeña petaca en su mochila. Cuando todo hubo estado bien mezclado en un líquido de color oscuro y olor ocre, lo vertió en una copa que estaba sobre una mesa, al lado de la cama, y luego, llevó ésta a los labios de la elfa.
—Vamos, amor mío. Bebe. Tienes que ponerte bien... sin ti no puedo seguir —Le susurró al oído.
Dondequiera que se encontrase vagando la mente de Árawen en aquellos momentos, pareció responder a la llamada de la voz se su amado, y débilmente, abrió los labios. Vilmanion la ayudó a beber el líquido lentamente, hasta que la copa estuvo vacía. Luego, después de mirar hacia la puerta y asegurarse de que no había nadie en los alrededor, extrajo de su mochila un trozo de la vara que le había regalado su abuelo en la aldea, antes de partir. Empuñándola, apoyó sobre el vientre de su amada ambas manos, y cerrando los ojos, murmuró unas palabras en el sagrado idioma de sus ancestros. Transcurridos algunos minutos, Vilmanion retrocedió rápidamente, para vomitar sobre el suelo un líquido negro. Cuando se recuperó, miró hacia la herida. Ésta tenía mucho mejor aspecto, y había desaparecido la ponzoña oscura de los capilares de la piel que la rodeaban. Miró el rostro de la elfa, y comprobó que su expresión se había relajado. Lentamente, Árawen recuperó el sentido, hasta que finalmente pudo abrir los ojos. Para entonces, el druedain ya había cosido y vendado de nuevo la herida de su estómago, y cogiéndola de la mano, la observaba como encantado.
—Buenos días, dormilona — Le dijo, con una sonrisa en los labios.
— ¿Vi... Vil, eres tu?—articuló con dificultad ella, con una voz ronca.
— ¿Quién iba a ser si no?
— ¿Qué haces aquí?
—Hum, me harté de aburrirme en Ostaire y decidí hacerte una visita. ¿Cómo te encuentras?
—Pues, bien, aunque me duele el estómago — La elfa se miró hacia los vendajes — Creía que había muerto, y que nunca más volvería a verte — Árawen, conmovida al rememorar la terrible escena, rompió a llorar.
—Ey—dijo él, abrazándola fuertemente y besándola de nuevo — No vas a librarte de mi tan fácilmente, ¿sabes?
La elfa rió. Había dejado de llorar, y ahora miraba a los ojos de su amado.
—No quiero que volvamos a separarnos nunca más — Dijo.
—No lo haremos, nunca. No sabes cuanto te quiero.
Vilmanion la besó de nuevo, y luego, abrazado a ella, se desmayó por el cansancio y la falta de comida.
[Editado por Eldin_de_Lorien el 05-11-2005 00:19]
