Elboron
Preocupado por la inesperada ausencia de su señor, que se había prolongado por diez días, Amrod, había enviado dos guardias de la Torre a buscarle. Sabía muy bien que no gustaba ser interrumpido cuando se retiraba en la biblioteca mas nunca se demoraba tanto sin enviar mensaje alguno y esta vez ni siquiera sabía si se encontraba allí.
Por fortuna, los asuntos del gobierno no corrían gran urgencia y el insoportable chambelán se había ausentado en misión diplomática. Aún así, Amrod odiaba los periodos en los que el singular elfo partía de la Ciudad, obviando sus deberes para con el reino.
No podía evitar hacer una mueca cada vez que recordaba la primera vez que Elboron se marchó en mitad de la noche dejándole una escueta nota y un susto de muerte.
Amrod acababa de salir de la escuela de escribas de Menel, el escriba mayor por aquella época, y gracias a su padre, antiguo camarada de armas del rey, obtuvo el puesto de secretario real. No habían pasado ni dos días desde su nombramiento cuando el endemoniado elfo se fue.
En aquella ocasión no estuvo ausente más de tres días pero el joven escriba se llevó un buen susto y las primeras canas que obtendría gracias a los disgustos que Elboron le proporcionaría de ahí en adelante.
Amrod se secó el sudor cuando llegó a lo alto de la gran torre que se elevaba por encima de la puerta de la ciudad. Muchos años habían pasado desde aquel día y su blanca cabellera, lograda con el tesón del rey a lo largo de aquellos años con sus múltiples escapadas y aventuras, daba fe de ello.
- Señor – balbució el joven centinela asombrado de ver allí al importante dignatario de la corte.
- Tranquilízate – le contestó tratando de recuperar el resuello – sólo he venido a disfrutar de la luna.
- Hoy esta especialmente espléndida – dijo embelesado el centinela mientras observaba el brillante rostro de Rána, la errante.
El secretario del rey se acercó al guardia y apoyándose en la barbacana desvió su vista hacia el camino mientras comentaba:
- Sin duda Tilion desea impresionar a Arien esta noche
- ¿Cómo decís, señor? – preguntó extrañado, ajeno a tales conocimientos.
Amrod ignoró la pregunta del soldado pues dos jinetes se divisaban en la lontananza
acercándose a galope tendido en dirección a la ciudad.
- ¡Guardia! – ordenó sin apartar la mirada del camino – avisa que abran las puertas y corre en busca de un cirujano.
La repentina orden del hombre había sorprendido al joven que no acertaba a entender lo que pasaba.
- ¡Vamos! – gritó Amrod haciendo un gesto con la mano - ¡Las puertas!
Acostumbrado a los gritos de los oficiales, el soldado reaccionó y tras asentir con marcial gesto se esfumó por las escaleras tan rápido como el viento.
Los dos jinetes seguían azuzando sus caballos con gran premura mientras uno de ellos gritaba:
- ¡Abrid las puertas! En nombre del rey, ¡abrid las puertas!
Amrod comenzó a bajar las escaleras tan rápido como sus rodillas le permitían temiendo las malas noticias que los jinetes traían. Sin embargo, Amrod no sabía que traían algo más que noticias, traían consigo nada menos que al rey, afectado de una extraña y mortal dolencia.
Cuando llegó a las puertas, los poderosos batientes ya estaban abiertos y una compañía entera al mando de un joven capitán esperaba ansiosa la llegada de los jinetes. El secretario observó llegar al centinela de la torre acompañado de varios sanadores.
- El chico ha cumplido bien – pensó dedicándole una amplia sonrisa que agradeció profundamente el joven guardia.
Sin embargo, no tuvo tiempo de pensar mucho más pues los veloces jinetes irrumpieron en la ciudad como una gran ola espumosa rompe a la orilla de un mar embravecido.
- ¿Dónde está Amrod? – oyó preguntar a uno de los jinetes – ¿Dónde está el secretario real? Es muy urgente que hable con él. El rey está gravemente enfermo.
Un sonoro murmullo se escuchó entre las tropas que, inquietas, se acercaron a observar más de cerca el cuerpo inerte de su señor. Amrod logró acercarse hasta los jinetes empujando sin grandes miramientos a la multitud congregada en torno a ellos.
- Angor – llamó a uno de sus hombres – monta de nuevo y ve en busca del príncipe Rothsul. Tal vez necesitemos de su arcano saber. Os estaremos esperando en palacio.
- Salgo enseguida – contestó el jinete espoleando su montura.
- Thondal – dijo a su otro jinete – lleva al rey al palacio. Yo os seguiré enseguida
- Si, señor – le respondió mientras clavaba las espuelas y se alejaba al galope por el empedrado suelo de la ciudad seguido de algunos jóvenes soldados, a los que pronto dejó sin resuello.
Estaba siendo una noche muy agitada en Ciudad Dragón. Diríase que nadie dormía pues la noticia de la enfermedad del rey había corrido como la pólvora. Incluso algunos curiosos se habían acercado hasta el palacio en busca de noticias mas habían sido retenidos en la valla exterior por un piquete de guardias reales enviado por el diligente secretario. Se formaron pues, corrillos a la espera de cualquier noticia y desenfadadas discusiones acerca de la súbita aparición del rey surgieron de la nada.
- Como les iba diciendo – gritaba un viejo jardinero tratando de hacerse escuchar en la algarabía general – mi sobrino, que es guardia de la compañía del señor De Sax, gran capitán y muy galante por cierto, se encontraba de centinela cuando una compañía entera de jinetes con el emblema del rey surgió del camino de Ostaire pidiendo a gritos que se abrieran las puertas.
- ¿Una compañía entera? – se burló el joven molinero Det Sanera – Tal vez quiera decir dos jinetes con el blasón del secretario real.
- No se fíe usted de las habladurías – contestó agrio el viejo Men, de apellido Tiroso. Nunca le había gustado ese joven impertinente y menos aún que lo interrumpiera cuando contaba historias – Mi joven sobrino...
Mientras los corrillos se iban llenando con más y más curiosos, dentro del palacio las cosas parecían no ir tan bien. Elboron había sido acostado mas los galenos no acertaban a diagnosticar que le sucedía. Pareciera que había entrado en trance pues no hablaba, ni veía, mas sus ojos estaban abiertos de par en par y en ellos se podía leer una expresión de miedo que asustó a curanderos y soldados por igual.
Poco a poco habían ido llegando los grandes dignatarios de la corte. Primero de todos y fiel a su apodo, llegó el velocípedo Gaur. Desdichadamente, las innatas habilidades del gran capitán no eran de gran utilidad a la hora de curar a un enfermo.
¿Enfermo? Nadie se atrevía a decir esa palabra pues no era posible que Elboron, un elfo, hubiera podido enfermar. Nunca antes se había dado un caso y todos sus allegados se resistían a creer que pudiera ser posible. Entonces... ¿qué sucedía al rey?
Dos horas después de haber llegado a la ciudad seguía en su catatónico estado, sometido su cuerpo a una extraña rigidez. Sus músculos se hallaban en tensión y la mueca de su rostro no había desaparecido.
Amrod caminaba por el pasillo aguardando la llegada de Rothsul. El nigromante era, tal vez, su única posibilidad pues ni siquiera la dama Árawen había sido capaz de curarlo. Mientras cavilaba silencioso, un enorme griterío se escuchó a las puertas de palacio atrayendo su atención. El príncipe Rothsul y su séquito habían llegado.
Sin demorarse en formales saludos e informado detalladamente por el guardia que Amrod habían enviado a buscarle, Rothsul entró en las habitaciones de Elboron y tras examinarlo brevemente con la vista ordenó a todos que abandonaran la estancia.
Los galenos reales protestaron mas una fulminante mirada del nigromante fue suficiente para ahogar sus palabras.
Gaur se marchó el último tras departir breves palabras con el príncipe acompañado del rubicundo enano Nülk. Cerró los pesados batientes y le dijo en voz baja a su enano amigo:
- Ya sólo queda esperar que la magia y el poder de Rothsul sean capaces de devolverle a la vida.
- Mahal te oiga, capitán, Mahal te oiga – le respondió el enano.
Varias horas habían pasado desde que salieran de la habitación y el nerviosismo iba en aumento. Amrod apenas si podía estarse quieto y hasta la habitual templanza de Gaur comenzaba a dar paso a una visible inquietud. Ni un ruido se había escuchado durante todo ese tiempo. Árawen estaba sentada en un escabel pensativa. No podía entender que le sucedía a su amigo y por primera vez en mucho tiempo se sentía impotente.
Sin embargo, en la calle los gritos eran ensordecedores. El tranquilo gentío se había tornado en una bulliciosa muchedumbre que, mal informada, aguardaba noticias. Era un hecho inusual divisar al rey herido y más aún que el príncipe Rothsul cabalgara en mitad de la noche para encontrarlo.
- No aguanto más – gritó de pronto Amrod dirigiéndose a la puerta – Tengo que entrar y ver que sucede y saber qué está haciendo ese nigromante.
- Aguarda – ordenó Gaur – No tardará mucho más.
Sin embargo, el viejo secretario se acercó a la puerta haciendo caso omiso del capitán dispuesto a entrar. Al acercarse una pequeña figura se interpuso entre el pomo y su mano, empuñando una enorme hacha.
- No habéis oído al capitán. Aguardad – dijo Nülk con expresión ceñuda.
Amrod levantó las manos hastiado y fue a sentarse de nuevo mas no le dio tiempo pues la enorme puerta de bronce se abrió y la imponente figura de Rothsul apareció por el quicio de la puerta.
- Está vivo – dijo lacónicamente y una gota de sudor cayó de su frente. En sus ojos podía verse la misma mirada de miedo que Elboron padecía – Un gran mal le había... un mal que ni siquiera podéis imaginar.
El nigromante se apoyó en la puerta un momento mientras miraba hacia la habitación de nuevo y tras secarse la frente se marchó dejando un silencio espectral a su paso. El primero en reaccionar fue el viejo secretario que entró veloz en la habitación en busca del rey, al que encontró dormido apaciblemente envuelto en mantas en su lecho.
Días después Elboron despertó al fin y al entornar los ojos observó el dulce gesto de Árawen que lo miraba sonriente.
- Buenos días Elboron – dijo jovialmente
- Qué... ¿qué me ha pasado? – preguntó
Eso, amigo mío, sólo Rothsul lo sabe.
