Las heridas del pequeño hobbit eran muy numerosas y profundas, debido a su afición por los extraños brebajes y pócimas había podido aguantar el dolor de sus heridas como un valiente, pero una vez pasados los efectos, el dolor y la fiebre comenzaban a hacerse patente en el pequeño guerrero.
Pronto comenzó a sumirse en extraños sueños, a balbucear extrañas palabras y hablar de tierras extrañas, de tiempos pasados y futuros. De todos los extraños sueños que tuvo hubo uno que recordaría para el resto de su vida, el más extraño y enigmático. Algunos opinan que tan sólo fue fruto de sus delirios y la fiebre, pero otros creen que el pequeño hobbit tenía el don de la profecía, pudo ser un regalo de los Valar, pero los más reticentes opinan que el hobbit lo obtuvo al someterse a algún poder oscuro para así obtener sus favores.
Todo esto tan sólo son conjeturas, habladurías de sus admiradores y detractores en su empeño por ensalzar o desacreditar su imagen.
Yo, como cronista de este tiempo y este lugar, tan solo expondré los fragmentos que han llegado hasta mis oídos, sed vosotros, mi audiencia, los que juzguéis sin tan sólo son los delirios de un enfermo en las puertas de la muerte o una premonición de un tiempo lejano aun por venir:
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Las nubes chocaban en su cuerpo produciendo gráciles caricias, el viento aun helado rasgaba sus escamas negras, cuando en el horizonte divisó a través de sus reptílicos ojos el fragor de la batalla.
La resaca ya se le había pasado en cierta medida e Ian comenzó a descender bajo la forma de un inmenso dragón negro.
Rasgando el viento, sobrevolaba los barcos corsarios que invadían el río; de las fauces del dragón comenzaron a emanar torrentes de fuegos que se convirtieron en inmensas bolas de llamas y fueron a parar a los cascos de los barcos.
Varios corsarios pusieron pies en polvorosa y abandonaron sus barcos antes de la llegada del diluvio de fuego, los más desafortunados fueron a parar de bruces a las fauces de los krakens que esperaban carne tierna impacientes.
Ian batió las alas y se precipitó contra otro navío incendiándolo con sus llamas. Tras dejar los navíos del río a un lado, arremetió contra el ejército de tierra donde lo caballeros del Reino comenzaban a perder terreno. Tras abrir una franja de llamas y ser recibido por ello con decenas de sucias flechas orcas, Ian dio la vuelta, volando aún más bajo en el momento justo en el que un orco se lanzaba a sus fauces con una inmensa hacha de batalla dispuesto a abrirle una grieta a Ian en el cráneo. Con un ligero movimiento de cuello Ian agarró con sus fauces el brazo del hacha del orco zarandeando a éste por los aires, ahora con un brazo menos. Poco duró el vuelo, pues el orco pronto dio con el gaznate abierto de Ian adentrándose en el vientre en llamas del dragón.
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Ian vio la mole que constituía Eärgûl, era un ser abominable, y junto a él haciéndo frente a sus estocadas se encontraba un único guerrero, pobre infeliz. Alzó el vuelo y tras coronarse en las más altas nubes volvió a bajar en picado para cargar contra Eärgûl, este al advertir el embiste de la criatura se volvió para hacerle frente, encontrándose con la llamarada del dragón que le cegó momentáneamente la vista mientras lanzaba varias estacadas a ciegas.
Al abrigo de la ceguera temporal de Eärgûl, Ian esquivó en el aire los ataques de éste, que a pesar de encontrarse invidente en esos momentos los lanzaba con gran maestría. El dragón arremetió al fin contra aquella mole de carne hincándole las garras de sus patas en la cabeza. Fue un ataque fortuito pues a Eärgûl poco le faltó para atravesar el corazón de la bestia con su espada, e Ian herido sólo de levedad gracias a la suerte huyó de los ataques después de haber dejado a su contrincante tuerto.
Con la sangre tapándole la visión, Eärgûl maldijo al dragón que de manera traicionera lo había cogido por la espalda y que ahora se llevaba en sus lomos a Anarel. Ian se elevaba de nuevo con el guerrero a sus lomos. Ahora que lo tenía próximo pudo ver que no era un guerrero si no una guerrera.
-No dudo de tu valía al enfrentarte a él - dijo Ian -, pero el valor de poco sirve si se está muerto. No sé quién eres, pero dudo que puedas luchar contra él de igual a igual, al menos yo no puedo, pero si unimos las fuerzas puede que tengamos alguna posibilidad.
Ian viró para hacer frente a Eärgûl. Tras lanzar un haz de llamas envistió con todas sus fuerzas, el repicar de las armas de los jinetes resonaron entre las nubes. Tras el primer choque ambos se distanciaron levemente para preparar el siguiente enfrentamiento.
Era cierto que Ian era mucho mayor que la montura de Eärgûl, y que éste era mayor que Anarel, pero a ojo de Ian esto no era más que un punto a favor de ellos. Ian debía soportar un peso mínimo, mientras que la montura de Eärgûl debía soportar el inmenso peso de éste, lo que hacía de Ian una montura más veloz y ágil a la hora de maniobrar, por el contrario era un blanco más fácil, pero eso era en cierto modo insignificante ya que también su armadura de escamas era más dura y resistente que la de la montura de Eärgûl, sin embargo, si este le llegaba a acertar de pleno lo lamentaría por muy dura que fueran sus escamas.
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Ian volvió a ascender hacías las alturas tras la embestida, pero esta vez en lugar de dar la vuelta y atacar de nuevo, siguió ascendiendo hasta las nubes.
Eärgûl en su bestia voladora siguió al dragón negro hacia las alturas, este parecía intentar buscar el resguardo de las nubes, ingenuo... ¿pues no veía que su inmensa mole oscura se vislumbraba a través de ellas?
Ian divisó un grupo de nubes a pocos metros y se precipito contra ellas. Al poco de que su cuerpo se internara en el cúmulo de nubes Ian fue difuminandose, convirtiéndose en un ser traslucido, la silueta del dragón se distinguía a duras penas y era gracias al vapor de agua de las nubes y a la luz que incidían sobre sus gotas. Anarel vio con incredulidad como su montura parecía desvanecerse bajo ella a pesar que su tacto le dijera lo contrario.
La sonrisa de Eärgûl se desvaneció de su rostro, delante no se encontraba ya la silueta del dragón. De pronto una brizna de aire chocó contra su cara, entonces vio al dragón, era ahora casi invisible y sobre sus lomos se encontraba Anarel dispuesta a atacar. El choque fue inminente antes incluso de que Eärgûl pudiera de nuevo ponerse en posición de ataque.
Las dos bestias bajaban en picado arrastrando a sus jinetes con ellos. Ian había agarrado a la bestia de Eärgûl del cuello con sus fauces abriéndole heridas en él mientras con su peso lo arrastraba hacia abajo. La bestia de Eärgûl solo podía forcejear con aquel dragón, intentándose hacer de nuevo dueña de su propio vuelo, pues Ian se había precipitado contra ella y ahora estaba encima arrastrándola hacia el suelo bocabajo. Mientras a lomos de las dos criaturas los dos jinetes se intercambian mandobles de espada. Eärgûl tenia al fin a Anarel a su merced, pero al estar boca abajo la sangre se le acumulaba en la cabeza y un dolor intenso por la presión de esta le asediaba la mente.
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Así acaba el relato, quiénes son los misteriosos personajes que aparecen en él: el malvado Eärgûl y la misteriosa Anarel, qué destino les aguarda, si son reales o sólo ficción... sólo el tiempo podrá resolver estas incógnitas.
