La Guerra de los Clanes

C1 Alianza Vs C2 Nurn

Terminada
Escrito el 09-11-2005 16:39 #1

Fin Guerra: Alianza de Eithel-Glîn deja de Atacar

Armadas perdidas por \"Alianza de Eithel-Glîn\" = 4

Armadas perdidas por \"Señores de Nurn\" = 8

Victoria para Alianza.

Escrito el 12-11-2005 19:55 #2

La noche había cedido su testigo a una mañana despejada pero fría, los soldados carreteaban a los heridos mientras otros apilaban a los caídos. Telimektar miraba tan dantesca imagen, su amada ciudad había sido dañada por la brutalidad del poder desatado, del muelle no quedaban mas que escombros por donde el mar se adentraba.

La flota nurnita intentaba abrirse paso hacía el estrecho paso de Idril mientras. Ronaele avistó un grupo de nurnitas que habían quedado allí abandonados a su suerte tras la barrera provocada por los Maia. Por esto juntó un grupo de elfos para ir a por ellos, estos habían dudado de seguirla pues aún debía descansar mas Eleanor les dijo que estaba bien y tras fulminarlos un segundo con su fría mirada bastó para que acallaran sus dudas y le siguieran fielmente.

Aunque ella sabía que debía seguir descansando mas la batalla era lo único que le devolvía la vida y no se iba a quedar postrada en una cama, el orgullo le podía.

Así avanzaron y, antes de llegar a ser vistos, la elfa pelirroja mandó al grupo de elfos a tensar los arcos y disparar a los mandatarios del grupo. Estos fueron carnada fácil para los experimentados arqueros.

Vio que los nurnitas estaban desconcertados y que unos pocos se habían agrupado para discutir. En búsqueda de algo de pelea la elfa pelirroja disparó una flecha a la cabeza de uno de los que discutían haciendo que los otros voltearan y le vieran junto a los elfos.

Estos mataron a los pocos que quedaban de aquel pequeño grupo de nurnitas que habían ido a discutir pues estos habían querido dar la alarma al resto. Unos pocos nurnitas sin pensarlo dos veces se abalanzaron contra los elfos.

Estos enemigos murieron por las flechas y el resto moriría por las espadas de Ronaele y su grupo.

Por deseo de Eleanor los elfos hicieron una barrera de tal manera que cuando los nurnitas se acercaran, los elfos pudieran penetrar el grupo de enemigos e ir matando por dentro de este. Esta decisión fue acatada por los elfos, quienes ya se habían preparado para la pelea.

Los nurnitas se abalanzaron en grupos y se encontraron rodeados por los elfos que atacaron sin piedad, las espadas pronto segaron las vidas de esos soldados cuyos cuerpos arrastro la corriente del mar.

El Maia bajo hasta la playa, donde las olas limpiaban de sangre la arena, pero cuando el agua toco sus pies una extraña onda recorrió las aguas. Del mar empezaron a salir siete ondas que se dirigían rápidamente hacia donde estaba este, mas se retiro un poco y pudo observar como de las aguas salían sus siete amigas, las Oarni, y le decía una de ellas:

-Nos has llamado, ¿qué podemos hacer por ti?

-¿Acaso no nos despediremos de nuestros amigos los nurnitas?, Que no se diga que Telimektar no se despide de sus visitas- estas entendieron a que se refería y asintieron con la cabeza.

Una de ellas se adelanto a las demás y sacando una espada se la dio a Telimektar diciéndole:

-Creo que esta espada te servirá, ella te infundirá la fuerza de aquellos años.

-Mandos vuelves a mis manos después de tantos años, ahora dejémonos de palabras y luchemos amigas- dijo mientras estas desenfundaban sus espadas

La sed de sangre y venganza había despertado en el y ahora lo dominaba, la razón y la compasión habían sido aplastadas como más tarde comprobarían tanto los soldados nurnitas como los de la Alianza.

Este avanzó surcando las aguas junto a las Oarni envuelto en fuego, el fuego de la venganza. Pronto su vista se poso en un bajel que tenía problemas con las velas y se encaminaron hacía este.

La cubierta del barco estaba atestada de soldados preparados para presentar batalla, mientras en la bodega se escuchaban los lamentos y gritos de los heridos, el olor a sangre era penetrante. Cuando subió a cubierta uno de los nurnitas le dijo:

-¡Mirad quien viene, Telimektar y sus damas de compañía!- las risas estallaron entre los nurnitas

Una de las Oarni se acercó grácil mente hacía el soldado, le rozo la mejilla mientras este reía y la miraba lujuriosamente, la dama le cogió la cara y lo besó pero pronto el soldado empezó a gritar. La sangre brotaba de su boca manchando el vestido de esta, este intentaba zafarse de ella pero en uno de sus intentos, lo único que consiguió fue arrancarse el labio entre grandes gritos de dolor.

Los nurnitas se lanzaron a la carga, pero nada podían hacer contra ellos. La crueldad con la que luchaban nunca se vio en esas costas, Telimektar blandía a Mandos mientras lanzaba duras y mortales estocadas. La sangre pronto empezó a manchar la cubierta, el ruido de las espadas al entrechocar solo era roto por los quejidos de los moribundos mientras las olas empezaron a zarandear el barco reclamando a los caídos. Telimektar luchaba encarnizadamente, mientras intentaba subir al puente de mando, los que se encontraban cara a cara con él, podían sentir su poder e intentaban controlar su miedo pero entonces un grito hizo desviarle de su objetivo:

-¡Muere, prueba el frío acero de Nurn!- la espada se interno en el vientre de una de las Oarni.- Perdón, ¿duele?

Este creía que había la había matado pero esta miro la espada y cogiéndola con las dos manos se la fue clavando mas hasta que quedo delante de él, el miedo entonces entro en el soldado. La dama lo beso y cogiéndole del pelo le tiro la cabeza hacía atrás mientras le decía:

-No tendrías que haber hecho eso, me has roto mi vestido- la sangre broto del cuello del soldado manchando a la Oarni que soltaba el cuerpo agonizante de este y volvía a la batalla.

La belleza de estas era solo superada por el sadismo con el que luchaban, la muerte campaba a sus anchas por el barco, pronto el agua que rodeaba el barco empezó a teñirse de rojo.

Telimektar que se encontraba en las escaleras salió a la carrera al ver como un soldado nurnita intentaba atacar por la espalda a una de las Oarni. Corría entre cuerpos cercenados y moribundos pero cuando el soldado noto su presencia fue tarde, Mandos ya se había hundido en su carne mortal quedando clavada en el mástil. Telimektar miro el cuerpo del joven que resbalaba por la hoja de su espada hasta caer al suelo, con un tirón fuerte arranco de la madera a Mandos, pero esta crujió al ser separada de la hoja y el mástil se partió en dos cayendo al mar.

De los soldados que defendieran la nave solo seis quedaron con vida en cubierta, estaban rodeados por las Damas mientras estas los miraban desafiantes y altivas, Telimektar se acerco a ellos ensangrentado y mirando a las Oarni les dijo:

-¡Buscad a su capitán sino esta muerto y si lo esta traedme su cabeza para cortársela yo mismo!

Las damas descendieron por las escaleras hasta la bodega, y escalofriantes gritos salieron de ella que hasta el más valiente guerrero hubiera temblado al oírlos. Mientras tanto el Maia observaba a los hombres mientras andaba por la cubierta y les decía:

-Aquí están los valientes y sanguinarios guerreros de Nurn, ¿os a gustado el espectáculo, señores? Pero no estéis tristes aun queda lo mejor nos divertiremos un rato, ¿no es así amigas?- de la bodega habían salido las Oarni con un hombre cetrino.

Lo lanzaron al suelo y este rodó hasta estar a los pies de Telimektar. Este miro al hombre y le puso la espada en el cuello, el soldado trago saliva mientras empezó a temblar, el Maia cogió una de las cuerdas y se la lanzó a una de las Oarni y ataron al capitán con ella y esta la ataron al ancla, el capitán temblaba mientras pedía piedad y Telimektar airado le gritó:

-¿Piedad pides? ¡Cómo osas pedir piedad, no te la concederé!- alzó a Mandos y corto la cadena del ancla y esta cayó al mar arrastrando al capitán entre gritos- ¡Vosotros dos adelantaos!- dijo señalando a dos de los soldados- ¿Queréis vivir?, si es así luchad y el que gane obtendrá la libertad

Los soldados se miraron y volvieron a mirar a Telimektar y este les grito otra vez:

- ¡Luchad!

Los soldados pronto lucharon por sus vidas, sabían que uno de ellos tendría que morir pero no se lo pondría fácil al otro, pronto uno de ellos cayó abatido por la espada de su compañero y Telimektar acercándose a este y le dijo al oído:

Toma la libertad que te dije- le decía mientras sacaba una daga de su espalda y se la clavaba en el vientre- esa es la única libertad que te daré yo

-¿Te gusta lo que haces? Lucha cuerpo a cuerpo si eres tan valiente vamos- le increpo uno de los soldados a Telimektar.

Telimektar se saco su armadura y dejo sus armas en el suelo, la lucha fue dura ya que el hombre era fuerte. De pronto el hombre cogió desprevenido a Telimektar y le rasgo el costado con una daga. La sangre broto de ella y resbalaba por su piel, el maia llevo sus manos a la herida y se mancho las manos de sangre y mirándoselas grito:

-¡Te deje divertirte pero ya se acabo!- este se lanzó a la carrera y le golpeo el estomago.

Su mano entro en la carne blanda del hombre, el maia desato su poder haciendo arder desde dentro al hombre, el olor a carne quemada flotaba en el aire.

Así termino la carnicería de Telimektar la más sádica de las que había cometido en sus largos años.

Durante todo eso, Eleanor estaba reagrupando a tantos elfos de su compañía como podía y subiendo a la Torre de Tulkas salieron a la batalla.

La marea les era favorable mas eso no les ocurría a los barcos nurnitas, pronto llegaron hasta al par de barcos que se dirigían a atacar al bajel donde luchaba Telimektar, no fue fácil parar su avance pero en una maniobra arriesgada, Eleanor interpuso su barco contra el de los Nurnitas, el golpe zarandeo las dos naves.

Los arqueros de la Alianza apostados en cubierta soltaron su carga mortal barriendo a los pocos que se encontraban en la cubierta enemiga.

Fue cuando Ronaele ordeno el abordaje, los elfos se prepararon para atacar pero nadie había en el bajel. Ronaele estaba nerviosa, algo no iba bien, ¿donde estaban los soldados nunitas?, de pronto un cuerno sonó desde la bodega y de esta salieron los nunitas a la carga.

Las espadas nunitas entrechocaron contra las de la Alianza, la carga nurnita pillo desprevenidos a algunos soldados que cayeron muertos, las únicas pérdidas en esa batalla. Ronaele luchaba para mantener a la hueste nurnita dentro de la bodega, las flechas volaban e impactaban contra los dos bandos,

Ronaele se fijo que atados, junto a la puerta había varios barriles y por lo que parecía eran de aceite. Este miro a los arqueros y le grito:

-¡Cubridnos, lanzad sin parar hacía la puerta!

Un manto de flechas impacto contra los que intentaban salir mientras la elfa junto a un grupo de sus hombres, se dirigían rápido hacía los barriles, esta corto con su espada la cuerda que los unía y hicieron rodarlos asta quedar enfrente de la puerta. Esta entonces lanzo el primer barril, que rodó por la escalera hacía abajo arrastrando a los soldados que se encontraba a su paso, un sonido seco anunció que se había roto derramando su dorado líquido, los soldados viendo lo que había hecho su capitana lanzaron los demás barriles que fueron estrellándose uno a uno.

Ronaele desenfundo su arco y cogió una flecha, paso sus delicados dedos por las plumas de la flecha mientras tensaba el arco y prendía fuego a la flecha, apunto hacía abajo pero un soldado nurnita la estaba apuntando con su arco. Las miradas de los dos se encontraron, fueron unos segundos que parecían siglos, esta disparo al mismo tiempo que el nurnita disparaba, las flechas salieron volando hasta dar en su blanco.

La flecha del nurnita impacto en la pierna de la elfa haciéndola caer al suelo, mientras que la de Ronaele había convertido el estrecho pasillo en un infierno, las llamas se propagaban rápidamente por el suelo mientras los nurnitas gritaban de dolor y desesperación. Esta viendo que el fuego se podía propagar a su navío decidió abandonar el barco.

- ¡Retirada, retirada!- gritó la elfa pelirroja alzando su espada.

Tras abandonar el barco y separarlo del nunita puso rumbo hacia el navío donde luchaba Telimektar, ya que los demás barcos de la alianza se dirigían hacia los pocos que aun estaban dentro de la bahía. Pronto vio como el agua perdía su color azulado para transformarse en un color más rojizo, por el casco del navío la sangre resbalaba como si este se tratara de un animal herido.

Se quedo parada viendo tal imagen, los soldados nunitas habían recibido una cruel muerte, muchos de ellos estaban mutilados. Pero su mirada se poso en Telimektar el cual ahora sacaba su mano del estomago de uno de los nurnitas que caía al suelo muerto, el maia alzó su mano mientras contemplaba el color de la sangre que resbalaba por ella.

De pronto vio como las Oarni daban muerte a los tres soldados que aun quedaban con vida, un escalofrió recorrió a la elfa. Los soldados lanzaron las amarras para asegurar los dos buques, esta descendió con unos pocos hombres, su mirada se posaba en los muertos, no comprendía como Telimektar había cometido tal carnicería, mas vio como uno de los soldados se dirigía hacia ella arrastrándose, fue cuando Telimektar girándose de golpe grito:

-¿Quien te a ordenado que te muevas?- una daga voló desde su mano para impactar en la cabeza del soldado que agarraba las botas de la elfa.

-Hola Eleanor, perdona por no haberte esperado pero había unos asuntillos que debía arreglar, ¿no es así amigas?- dijo mientras miraba a las Oarni que se limpiaban la sangre de sus rostros.

-Pero… ¿que habéis que echo mi señor?- le dijo mientras habría los brazos señalando a los muertos.

-Nada, se me fue un poco la mano, jiiji- le decía mientras estallaba en carcajadas- ahora regresemos a la ciudad creo que no volverán al menos hoy.

Las Oarni siguieron a su señor mientras los soldados se apartaban de ellas, este subió al puente de mando flanqueado por ellas y se dirigieron hacia la ciudad de Aran Fortín.

Mientras ponían rumbo a la ciudad los soldados quedaron extrañados, las criaturas que habían dado cruel muerte a los nunitas ahora actuaban como si nada hubiera pasado, algunas curaban a los heridos dándoles sus mejores sonrisas mientras otras cantaban sus mágicos cantos confortando los corazones de los soldados.

Escrito el 12-11-2005 23:25 #3

Cuando vine a este mundo, no pude imaginar el dolor que iba a padecer. Quizás si me hubieran dado la posibilidad de elegir, hubiera elegido simplemente no nacer. Permanecer en ese limbo extraño en el que deben permanecer los hombres, si es que existe como dicen, con el inusual don que Iluvatar nos ha concedido.

Por eso, no contaré una historia que habla de tiempos en los que fui feliz, en las verdes praderas que ocultan las montañas que rodean Earondo. Cientos de historias felices han sido contadas ya, y seguirán siendo contadas a través de las Edades del tiempo. Pero todas las historias felices tienen un final. Y el final de los tiempos de paz llegó a la Isla de Media Luna con dolor y muerte.

Y para mi historia, de un día no muy lejano, en el que las verdes praderas se mancharon de sangre. Sangre, dolor y muerte.

Quizás deba presentarme primero. Mi nombre es Rindil. Y sin contar mucho acerca de mi vida, puedo deciros sin embargo que pertenezco a la Guardia Real de Aran Fortin, de la cual mi padre es uno de sus capitanes más queridos.

Siempre le admiré. Cuando niño, podía observarle durante horas mientras llevaba a cabo la instrucción de nuevos soldados, o cuando vestía sus ropas de gala, con aquella brillante cota de malla y los símbolos de las Golondrinas bordados en el manto. Siempre quise seguir sus pasos. Apenas contaba quince años cuando conseguí entrar en la Guardia Real de la Ciudad, y desde entonces he seguido su estela, arriesgándome en las misiones más difíciles para conseguir ser el mejor a sus ojos. Ahora puedo decir que lo he conseguido.

La historia comienza con un amanecer. Un amanecer que ahora parece como una pesadilla lejana. Aquel aciago amanecer en el que las tropas nurnitas intentaron tomar La Bella, La Hermosa Ciudad de Mithril. La ciudad de Aran Fortin. Infranqueable y hermosa, escondida entre las rocas, la ciudad no cedió a los embates de la furia de las Damas de Nurn. Caro pagaron el precio de su atrevimiento, y al anochecer, los barcos nurnitas volvían a desaparecer en el horizonte, camino del estrecho de Idril. Para no volver nunca, pensé en aquel momento. Y cuánto me equivocaba.

Me encontraba entre los cientos de cuerpos mutilados apilados a las puertas de la ciudad cuando mi destino cayó sobre mí, aunque yo entonces no lo sabía… Sequé el sudor de mi frente con un trozo de mi manto desgarrado, mientras con la mano derecha sujetaba la pierna de otro menos afortunado que yo, intentando arrastrarlo a través de los cadáveres. Cuanto me equivoqué también en eso…

- ¡Rindil! – la voz de mi padre llegó desde lejos, a través del murmullo incesante que inundaba la ciudad. Solté la pierna del cuerpo que arrastraba con desgana, la cual cayó golpeando el cadáver que había debajo - ¡Rindil!

- ¡Estoy aquí padre! – grité, intentando hacer oír mi voz por encima del zumbido de las moscas. Me miró a lo lejos, y sonrió, y su sonrisa suavizó los años que curtían su rostro. Nunca olvidaré aquella sonrisa.

- Estas aquí – dijo al tiempo que llegaba hasta mí, y el alivio de saberme vivo era patente en su voz. Me abrazó, y casi sentí que me derrumbaba entre sus brazos, mientras luchaba por contener las lágrimas, emocionado con el reencuentro tras la batalla. Esa batalla en la que ambos pudimos haber muerto… Se separó de mí y me miró con ojos húmedos – Me alegro de verte, hijo.

- Yo también me alegro de veros, padre – dije, después de aclararme un poco la garganta. Entonces me fijé en la venda que cubría su brazo y parte del hombro derecho, y comprendí realmente lo afortunado que era. Pero no quise que supiera cuánto me afectaba… y sólo pude añadir una frase que sonó torpe y hueca en mis oídos – Ha sido una gran batalla…

Los ojos de mi padre se oscurecieron, mirando tras de mí los cadáveres que esperaban sepultura.

- Eso debe ser… - dijo – Pero ahora deja eso. Tengo una misión para ti…

Miré hacia atrás un segundo, y agradecí alejarme de aquella enorme tumba.

- La flota de Nurn se aleja – decía mi padre – Y la ciudad se encuentra a salvo. Pero los generales de la ciudad parecen temer un contraataque en otro punto de la isla. Han solicitado que enviemos vigías a ciertos puntos que les parecen peligrosos, en previsión del riesgo de que en un desembarco en otro punto lleguen a alguno de los pueblos de Earondo.

- Pero padre… ¡eso es imposible! – exclamé indignado - ¿Dónde podrían desembarcar y evitar la cadena de montañas que protege la isla?

- Hay cierto puntos que no conoces Rindil, que si bien son de difícil acceso, podrían ser atravesados por un grupo no muy numeroso. No creo que lo intenten. Tomar Aran Fortin llegando desde allí no creo que sea factible. Pero los generales no opinan como yo, y temen un acercamiento por esa zona. Es por eso que deseo confiarte esta misión, hijo mío.

No tuvo que añadir nada más. Mi padre intentaba alejarme de la batalla nuevamente. Tenía miedo, y he de reconocer que yo también lo tenía. Había sido mi primera batalla, y ni siquiera se acercaba a la gloria que yo había imaginado. Sólo había muerte y dolor, y la gloria era un mito fabricado para engañar a los niños. Un mito que yo había creído.

Miré a mi padre a los ojos, y asentí con la cabeza. No sentí vergüenza por querer aferrarme a la vida un poco más. Y había luchado con fiereza en la batalla. Sentí que merecía la oportunidad del descanso que esta misión, que tanto mi padre como yo veíamos como segura, me ofrecía.

Las estrellas no salieron aquella noche, quizás guardando luto en la distancia. Recorrí las verdes llanuras montado sobre mi fiel alazán. Tras de mí, a muy poca distancia, Thaled me seguía espoleando a su hermosa yegua.

Cuando nos conocimos, Thaled y yo apenas contábamos con cinco años. Recuerdo que sus padres vinieron de visita, y yo le ví a lo lejos sentado en el patio acompañado de mi aya. Se acercó a mí, y carita infantil parecía casi cómica en su solemnidad. De pie frente a mi, ví la pequeña espada de madera que llevaba en la mano, y deseé con todas mis fuerzas tener una igual que esa… Thaled me dio su espada, y luego se sentó junto a mí con una sonrisa. Desde entonces somos amigos. Y ahora sé que jamás nada podrá separarnos.

Reímos mientras las leguas quedaban atrás, como siempre metidos en una competición amistosa por llegar primero. Las luces del poblado señalaban nuestra meta, cerca de un punto de la costa accesible que mi padre me había indicado. Pasamos de largo, y acampamos al amparo de los árboles, sin encender hoguera alguna, pues no queríamos que nadie supiera de nuestra presencia allí. Y mientras uno dormitaba, el otro montaba guardia, atento a cualquier sonido sospechoso que el mar pudiera traernos. Nada pasó.

Y mi destino se cumplió con un nuevo amanecer. Un amanecer que nos sorprendió en su belleza, de intensa tonalidad violeta y anaranjada. Sonreímos sobrecogidos por el espectáculo inusual.

- ¿Una señal de esperanza? – pregunté - ¿Significará esto que algún día volverá la paz a nuestra tierra?

- Puedes creer que el mismo Iluvatar ha imaginado esta combinación de colores como señal para tus torpes ojos, Rindil – rió Thaled, siempre más realista – Pero esta guerra no ha hecho más que empezar.

Se dio la vuelta para mirarme, y su mirada pareció congelarse en un punto indefinido a través de mí. Abrió la boca para decir algo, pero no emitió sonido alguno...

- ¿Thaled? – mi voz era un susurro ahogado – Thaled, dime algo… ¿Qué te ocurre?

Su rostro parecía grabado en piedra. Tendí la mano hacia el, y la retiré de golpe. Dos lágrimas de sangre brotaron de sus ojos, surcando sus mejillas, mientras de sus labios surgía un leve sonido a borboteo que culminó en un reguero de sangre que cayó a mis pies.

- ¡Thaled! – grité, presa de la incredulidad y del miedo. Entonces sentí la punzada de dolor en mi espalda y caí de bruces en la hierba, incapaz de mover un solo músculo, ni de pronunciar palabra alguna. Pero mi mente seguía despierta. Y mis ojos podían ver… Esa era mi condena.

Thaled se convulsionaba presa de frenéticos espasmos, y finalmente cayó de rodillas frente a mí. Quise cerrar los ojos. No ver su agonía. No sentir la mía. Pero mis párpados no respondieron. Entonces comprendí la señal. A lo lejos se acercaba una mujer, como una aparición acariciada por el viento. Sentí el poder que emanaba de ella, mientras sus pies descalzos acariciaban la hierba, y su vestido negro se elevaba al cielo dejando entrever sus piernas. Un peto negro tallado de rojo apenas cubría la blancura de su pecho. Sus cabellos dorados parecían alzarse salvajes como una corona viva. Pero fueron sus ojos los que le ayudaron a comprender. Sus ojos violetas, con aquellos matices anaranjados del fuego que ardía dentro de ella.

Nunca vio imagen más bella que aquella mujer. Ojala nunca hubiera llegado a verla. Pues aquella era la Maia de Nurn, y su poder había hecho frente al mismísimo Señor de Aran Fortin.

Se acercó a ellos con una sonrisa, y tras ella llegaron un grupo de hombres, al parecer al mando de un hombre curtido, alto, de ojos negros y cabellos castaños. Parecía asombrado, mientras observaba cómo la mujer se arrodillaba ante Thaled, observándolo con curiosidad. Uno de sus delicados dedos acarició la mejilla de mi amigo, tomando una gota de sangre, y para mi sorpresa se la llevó a los labios, saboreándola.

- Saluda a Mandos de mi parte – dijo, con voz dulce. Y entonces Thaled cayó de bruces también a mi lado, y la sangre inundo la pradera, que se tiñó de rojo.

- Deberíamos seguir, Dama Yestariel – dijo el hombre que parecía estar al mando. Y mi mente repitió “Yestariel”. - ¿Qué hacemos con este? – añadió señalándome.

Un aroma a flores salvajes inundó mi mente cuando ella se acercó a mí y me miró a los ojos. Intenté decirle que acabara conmigo de una vez, que ya había sido suficiente el dolor… Quería morir. Quería la paz.

Ella en cambio rió, y acarició mis lágrimas. Lágrimas que yo no había sentido brotar.

- No ha sido suficiente – dijo entonces – Tú serás mi enviado para Telimektar. La flecha en tu espalda te mantendrá inmovilizado, al menos hasta que yo lo desee… - se levantó y se dirigió al hombre de ojos negros – Tráelo con nosotros, Durthaur. Él será testigo de nuestra venganza.

Comprendí entonces la crueldad inmensa que se ocultaba bajo aquella belleza sobrenatural. El hombre llamado Durthaur me agarró de una pierna, y me arrastró tras él cuando reemprendieron la marcha, siguiendo a la Maia. Recordé entonces la pila de cadáveres que había dejado en las puertas de Aran Fortin. Recordé cómo había arrastrado yo otros hombres de manera similar, y lo mucho que me repugnaba aquella tarea. Pero yo aún no era un cadáver. Quería gritar que estaba vivo. Encerrado en mí mismo, deseaba llorar, gritar de dolor, desahogar la pena que sentía… Pero era inútil. Un reguero de sangre que sabía que era mía nos seguía también. Sentía como mi rostro y mis manos se iban despellejando por el roce de la tierra y las piedras, y no podía hacer nada.

Nos detuvimos apenas a unos metros del poblado que todavía dormía, y sentaron mi cuerpo a los pies de un árbol. La sangre que goteaba de mi rostro destrozado caía sobre los restos de mis manos, mientras mis ojos no podían dejar de mirar el poblado. Un poblado condenado a muerte.

- Es vuestro momento, caballeros – dijo Yestariel entonces.

No describiré aquel tormento. No tengo palabras aún para describir la salvaje atrocidad que aquellos desalmados llevaron a cabo entonces. Primero fueron los gritos. Los llantos. No pude ver nada, salvo sentir el pánico que se fue apoderando de los habitantes del pueblo. Unas campanas sonaron a lo lejos, pidiendo ayuda. Pero a pesar del alivio que sentí entonces, supe que cuando llegara la ayuda ya sería tarde para ellos.

Una mujer joven salió corriendo de una de las casas, con un bebé en brazos, y el vestido desgarrado y manchado de sangre. Lloraba y corría, trastabillando y mirando atrás. Me miró, y un gritó agudo escapó de su garganta. Sus ojos eran presas del pánico, pero también de una firme determinación. Salvar a su hijo. Intenté infundirle fuerzas, a pesar de mi silencio eterno. Pero no llegó muy lejos. Durthaur apareció delante de ella, y sujetó sus cabellos elevando su rostro al cielo. Deslizó una daga por el cuello de la joven, que se abrió como una fuente dejando escapar una cascada de sangre. El llanto del bebé al caer al suelo entre los brazos de su madre fue el único sonido que acompañó su muerte como una tétrica elegía.

Y mientras poco a poco las calles fueron convertidas en ríos rojos surcados de cuerpos inertes, el silencio se fue adueñando del pueblo. Un silencio que sabía a muerte.

El sonido de los cascos de los caballos sobre la tierra ahora roja precedió a la llegada de la ayuda. Yestariel se acercó a mí nuevamente, y se arrodillo junto a mi cuerpo maltrecho.

- ¿Ves ahora? A partir de ahora podrás sentir, y hablar… – susurró – Y este es legado de muerte que debes contar a tu Señor. La carne nurnita se paga a un alto precio. Dile que lo recuerde hoy cuando regrese de su matanza.

Y el dolor me inundó entonces. Ese dolor que llevaba guardado dentro de mí, en mi rostro, en mis manos, en mi espalda, y sobre todo, el dolor del alma por la muerte de Thaled. Y grité, lloré, gemí… mientras los soldados de la Guardia luchaban cuerpo a cuerpo contra los invasores. Mientras Yestariel avanzaba orgullosa ante ellos, sembrando la muerte con su espada y con sus ojos de amanecer.

Una flecha lejana alcanzó entonces a la Maia, seguida de otras más. Pude ver cómo se detenía un momento, mientras observaba incrédula la flecha clavada en su pecho, acompañada por otras alojadas en su pierna y en su hombro derecho. Las rompió con furia, y ordenó la retirada, sin dejar por ello de clavar su espada en el vientre de un soldado que se encontraba frente a ella antes de caer inconsciente por la gravedad de sus heridas.

Durthaur llegó hasta ella, y de una herida abierta en su frente caía un reguero de sangre. Tomando la frágil figura de Yestariel sobre sus hombros, se alejó del campo de batalla.

Y llegamos entonces al final de mi historia. Conseguí cerrar los ojos, y comprendí después que el dolor me había dejado inconsciente. Cuando desperté, apenas con un hilo de vida, los ojos de mi padre inundados de lágrimas me miraban incrédulos.

- Este es el legado de muerte que debes contar a tu Señor – le dije - La carne nurnita se paga a un alto precio.

Mi padre se hundió en el llanto, mientras mi cuerpo sucumbía sin una despedida. Incluso mis últimas palabras habían estado guiadas por aquella hechicera maldita, destinadas al Señor de Aran Fortín. Pero por fin llegó la paz.

La muerte me llevó entonces por los insondables pasillos de Mandos. Ahora se que Thaled y yo estaremos juntos más allá de La Muerte, pues se sienta a mi lado con una sonrisa, mientras yo cuento la historia de nuestro dolor y tormento.

Mas nos han dicho que hemos de esperar al día en que se vea cumplido el destino de Yestariel. Muchos otros esperan con nosotros, y no tenemos prisa. No me importa esperar, pues se que Thaled y yo esperaremos siempre juntos. Hasta el día en el que el Don de Iluvatar llegue hasta nosotros.

Escrito el 16-11-2005 00:57 #4

Resumen de la batalla:

Alianza ha perdido 4 armadas x35= 140 puntos.

Recuperables: 93 puntos.

Valoraciones: 7,4+5+6+5+8,4= 6.36

Recupera: 59 puntos. Los dirigentes han sufrido daños por el 20%, por este concepto recupera 70 puntos. Total recuperacion: 129 puntos.

Pierde 11 puntos.

Nurn ha perdido 8 armadas x35= 280 puntos.

Recuperables: 93 puntos.

Valoraciones: 8.6+9+8.5+9+9,4= 8.9

Recupera: 83 puntos. Los dirigentes han sufrido daños por el 50%, por este concepto recupera 175 puntos. Total recuperacion: 258 puntos.

Pierde 22 puntos

Alianza percibe 75 monedas por batalla ganada

Alianza cede 100 monedas a Nurn por abandono de batalla

Compañías actualizadas y listas

[Editado por Cudesas el 16-11-2005 00:59]

Historia finalizada.