Fin Guerra: Valle del Ingenio deja de Atacar
Armadas perdidas por \"Valle del Ingenio\" = 16
Armadas perdidas por \"Concilio de Nan-Tasarion\" = 24
Victoria para Valle.

Fin Guerra: Valle del Ingenio deja de Atacar
Armadas perdidas por \"Valle del Ingenio\" = 16
Armadas perdidas por \"Concilio de Nan-Tasarion\" = 24
Victoria para Valle.
¡Lunes! Por fin era lunes. El gran día de mercado en Ciudad Dragón y, por ende, de la comarca entera. La excusa perfecta para acudir a la ciudad e intercambiar chismes y cotilleos mientras se paseaba por las adoquinadas calles de la capital, a cuyos lados se izaban los tenderetes de mercaderes y comerciantes, dispuestos a vender su mercancía.
Sin embargo, el verdadero corazón del mercado era la Plaza Real pues podría decirse que en su interior se reunía toda la población del país sin resultar exagerado.
Hervía pues la Plaza Real y entre el gentío se alzaban roncas y fuertes las voces de los mercaderes, loando sus mercancías a grandes gritos.
En un balcón del palacio, Elboron y Volomir observaban atentos los esforzados movimientos de Nülk.
No hacía ni una hora que el fanfarrón enano había retado a sus dos amigos a una peculiar carrera hasta la posada de Adab en Ginn, que él regentaba, poniendo por única condición atravesar la infestada plaza.
- Nada de guardias ni carruajes oficiales – había dicho suspicaz, señalando a Elboron antes de abandonar el gran salón con gran estrépito adentrándose en la multitud atareada.
Tras seguirlo un rato más con divertida mirada, Elboron se volvió al fin hacia el maia y le dijo riendo:
- El enano dijo que debíamos atravesar la plaza pero... no dijo como – y mirando los tejados de los altos edificios que rodeaban la plaza inquirió a su amigo con un - ¿vamos?
- Vamos – respondió sonriente el maia saltando al alfeizar de la ventana.
Con gran habilidad, los dos ágiles amigos saltaron de cornisa en cornisa y de ventana en ventana adelantado al esforzado enano que empujaba el gentío sin lograr avanzar hacia la puerta del suroeste. Tras unos cuantos saltos y brincos más no carentes de peligro, al fin llegaron a la gran puerta de Telandil, única salida de la plaza. Ayudándose del mullido montón de paja de las caballerizas de la guardia que se encontraba a sus pies, saltaron cayendo en el heno fresco que, amablemente, amortiguo su caída.
Tras atusarse los vestidos con suma pulcritud ante la incrédula mirada de los guardias que inmediatamente los reconocieron, se dirigieron con pausado caminar a la posada donde aguardarían al sufrido enano disfrutando de una jarra de hidromiel.
Media hora tuvieron que esperar a un Nülk que, agotado y sudoroso por el esfuerzo, corría por el camino empedrado con amplia sonrisa, seguro de su victoria.
Triunfal fue su entrada en la posada, jactándose a grandes voces ante todos los presentes de haber corrido mejor y más rápido que los petulantes Elboron y Volomir. Mas... si grande fue su llegada, más aún lo fue su vergüenza cuando sus ojos se posaron en un sonriente elfo, bien conocido para él, que lo saludaba con la mano, cómodamente sentado en un confortable sillón.
- Pero... por las sagradas barbas de Durin... ¿cómo? – balbució rojo de ira
- Sois torpe – contestó Elboron con risa contenida
- Y lento – puntualizó Volomir antes de que ambos rompieran en sonoras carcajadas.
Una vez concluyeron las explicaciones pertinentes y dieron buena cuenta de varias jarras de fría cerveza del Valle, Elboron desplegó un mapa dispuesto a analizar el curso de la guerra con sus bravos capitanes.
- El invierno- comenzó – ha obligado al enemigo saucista a replegarse definitivamente a su campamento, al otro lado del bosque.
- Supones entonces que no debemos preocuparnos por el momento... – le interrumpió el enano.
- No supongo nada – respondió él – ayer llegó un mensajero de Rothsul desde Nardazda. Han avistado una gran flota de pesados buques de carga con transporte de víveres y pertrechos acercándose al Ringluine aunque misteriosamente carecen de escolta. Tan sólo cuatro buques de guerra acompañan a los mercantes. Imagino que las últimas batallas han acabado con las levas de los tasarianos y, al menos, tardaran una estación en preparar a sus soldados.
- Es formidable – se alegró Nülk
- Sin embargo – dijo Volomir, deteniendo su euforia – puede que esos cargueros no sean tales y en sus repletas panzas no lleven víveres sino ansiosos soldados dispuestos para la batalla. Nuestras tropas occidentales no pueden repeler el ataque de dos ejércitos y, si no me equivoco, el príncipe Rothsul saldrá en busca de las tropas telpitas a presentar batalla.
- En efecto – respondió Elboron – pero he dado instrucciones a la flota de que dejen pasar a las naves del Sauce. Nosotros las detendremos.
- ¡Esto ya me gusta más! – tronó con fuerza el enano con entusiasmo - ¿cuándo salimos?
- Dentro de dos días. Nada de pesadas armaduras ni corceles de guerra para el asalto. Intentaremos sorprenderlos y hundir sus navíos sin darles opción a desembarcar.
Casi dos semanas habían pasado desde la reunión de los señores de Ciudad Dragón y la hueste real se encontraba ya dispersa por los márgenes del Ringluine, impacientes por entrar en batalla.
En la retaguardia, cuatro batallones de temible infantería pesada, al mando de Nülk, aguardaban emboscados.
Hacía unas horas habían sido avisados por los exploradores de la llegada del convoy. No podía faltar mucho para que el buque insignia apareciera por el recodo. Grandes marinos, los saucistas habían flotado una imponente galera con cinco mástiles como disuasión para posibles ataques de corsarios y piratas. Aunque duchos en el arte de la navegación, los elfos del rey se asombraron cuando vieron llegar a la monstruosa embarcación, rematada en brillante bronce y majestuosamente mecida por el río.
Sin embargo, la ágil mente de Elboron comprendió que un asalto al gran buque sería inútil y lo dejo pasar esperando la llegada de los mercantes, conteniendo a sus impacientes huestes.
- Ya se encargará de ello Nülk – se dijo para sí concentrándose en la pesada barcaza que ya se acercaba por su margen del río.
El elfo bajó el brazo con decisión e inmediatamente una flecha ardiente surcó el cielo dando la señal de ataque.
Los osados guerreros elfos dejaron sus escondites ante la señal del rey y abordaron en tromba las lentas y pesadas embarcaciones con las plataformas especiales que habían estado construyendo para tal fin gracias al ingenio de Volomir.
Los pilotos saucistas, aunque muy diestros, no pudieron evitar la avalancha de soldados que se dispersaron por los barcos con gran celeridad hundiendo la mayor parte de la flota antes de que los esforzados soldados de las escasas naves de escolta pudieran empuñar sus armas.
Todo parecía marchar a pedir de boca cuando un desconocido cuerno se alzó poderoso en la margen izquierda del río. ¡Las tropas de Ealido habían acudido defender el convoy!
Con gran celeridad dos ardientes flechas más volaron sobre el campo de batalla y el pesado cuerno del rey retumbó con fuerza advirtiendo a sus guerreros de que debían retirarse hacia el llano dando paso a las pesadas tropas de Nülk.
- La señal, mi señor – le susurró el ayuda de campo a Nülk, tras observar las flechas surcar el cielo.
- En marcha – contestó el enano ajustándose el casco.
La inesperada aparición de Ealido y la cuarta compañía del Concilio había sido afortunadamente tardía pues para el momento en que la avanzadilla del ejército tasariano llegó, la flota mercante había sido prácticamente destruida y los elfos asaltantes se habían dado a la fuga.
¿Todos? No, todos no. La furia desatada de Volomir lo había conducido hasta el buque insignia arropado por un puñado de temerarios elfos entre los que se encontraba el rey, envuelto en la furia de la batalla.
Mientras los osados amigos sembraban la incertidumbre en el monstruoso bajel, los batallones fuertemente armados de Nülk habían entrado en feroz combate con las tropas de Ealido. Una vez más, la batalla llegaba a los vados del Ringluine y una vez más, los bravos soldados del Valle rechazaban al enemigo.
El polvo de la refriega en tierra llegó hasta los barcos y, revelándose inútil continuar el abordaje del gran navío, Elboron ordenó a sus valientes compañeros abandonar el barco, que habían sembrado de cadáveres cuya cara de sorpresa aún se podía ver grabada en su rostro. No obstante, no lograba llevarse al enfurecido maia que había sido incapaz de refrenar su ira y se batía con incontables enemigos armado con dos espadas teñido de sangre y sesgando vidas enemigas por doquier.
- ¡Volomir! – gritaba Elboron tratando de no ser derribado por los enemigos que lo acosaban – ¡Tenemos que irnos!
Era inútil. El enfurecido maia no parecía escucharle, sumido como estaba en la vorágine de destrucción que lo había llevado hasta allí. Desesperado, Elboron se dispuso a saltar por la borda y dejarlo a su suerte cuando una despiadada hoja traspasó a su amigo derrumbándolo y dejándolo a merced de los enemigos..
- ¡Noooo! – rugió con ira el rey aferrándose a su espada y abriéndose camino hasta el maia.
Logro llegar a él tras arduo combate y sin pensárselo saltó al río agarrando a su compañero. El chapuzón reanimó a Volomir que, herido como estaba, no podía nadar.
Haciendo acopio de todas sus energías, Elboron logro arrastrarse con él hasta la orilla mas al apoyarse en la arena y rodar dolorido se percató de que se había partido la pierna al saltar de la nave enemiga. Haciendo un último esfuerzo lograron esconderse en los matorrales y allí esperaron, seguros de no poder burlar la muerte esta vez.
Pero la fortuna sonrió una vez más a los temerarios amigos pues fueron encontrados pos una patrulla a caballo dos días después de la batalla que batía el río en su busca.
- Amigos míos – los saludó el elfo alborozado mientras se giraba hacia Volomir y le susurraba al oído – Manwë nos ha sonreído de nuevo. Nos vamos a casa.
La cabalgata de vuelta fue penosa pues el elfo había sufrido un encharcamiento de los pulmones durante la huida del barco y su estado era penoso. Volomir yacía aletargado. Sin embargo, el elfo preguntó por el devenir de la batalla a pesar del lastimoso estado en que se encontraba.
- Una gran victoria, mi rey – le contestó orgulloso el jinete que lo llevaba – La flota mercante fue destruida y la fortaleza de las huestes al mando de Nülk permitió la retirada ordenada de los asaltantes a la ciudad. Una vez nos hallamos fuera del alcance tasariano, sus batallones se replegaron lentamente mas el enemigo no avanzó más allá de los vados.
- Mi buen Nülk – dijo cariñosamente – cuando lleguemos, manda buscarle, pues quiero felicitarle personalmente mas me temo que estaré postrado en cama durante no pocos días.
- Me temo que no podrá ser – contestó apesadumbrado – fue herido en la batalla y se halla acostado por orden de los galenos.
- ¿Es grave?
- La cabeza otra vez – sonrió el guardia
- ¡Eru bendito! – se rió el elfo – diriase que su cabeza está acolchada con mithril. ¡No hay forma de derribar a ese enano!
Había llegado un mensaje por medio del sistema de aves organizado por el noldo Eärondûr en aquel mismo momento. Fue la penetrante vista de Galandul la que distinguió al ave marina que se acercaba al campamento Tasaroniano, y quien, con su melodiosa voz élfica, atrajo al pájaro y pudo obtener el mensaje que llevaba sujeto. Pocos conocían los caracteres cifrados en los que se redactaban aquellos mensajes, y uno de ellos era el elfo de Rivendel.
-Tenemos al fin aprovisionamiento- le dijo a Isiloth, que se encontraba en la tienda del mando.- Un convoy salió de Telda Minya, al mando de Khorandir, hace una semana para abastecernos.
-¿Llegan refuerzos?- preguntó, ansiosa, la joven medio-elfa.
-No, no podemos esperar eso. Nuestras fuerzas están exhaustas en todas partes, y sólo nos cabe valernos por nosotros mismos. ¿Dónde se encuentra ahora Ealido?
-Creo que se dirigió al sur.
Ealido estaba en aquellos momentos a horcajadas sobre una rama alta, desde la cual sobrepasaba el techo del bosque. Era una práctica común para ella en el Taurë Nan-Tasariona, su casa: los bosques suelen tener un techo, un punto en el cual la bóveda de ramas que cierra el paso a la luz alcanza su tramo más alto, y del cual sólo sobresalen algunos árboles centenarios, los señores del bosque. Gracias a su agilidad y poco peso, Ealido podía subir a una de las ramas de esos árboles y disfrutar una vista compartida sólo con los pájaros. En su casa en el Nan Tasarion, en los días buenos y desde uno de esos observatorios privilegiados, podía mirar al norte y ver mas allá de toda la masa verde u ocre, como raleaban los árboles hasta dar paso a la gran llanura. También se podría ver, esta vez dirigiendo la vista al sur, el lugar donde se encontraba Sulëdaelessar, la capital escondida del Concilio, aunque para alguien que no hubiera estado previamente hubiera sido imposible localizarla, aun desde aquellas alturas.
La primera vez que había visto el mar le vino a la mente la imagen, tan conocida para ella, del bosque a sus pies, y durante el trayecto a la isla, una vez superado el miedo y el primer mareo, había dedicado las horas muertas a contemplar la superficie del mar, tal como hacía en aquel momento con el techo del bosque, desde lo alto del palo mayor, con los vigías. Reflexionaba lo que podría haber debajo de aquella superficie plateada, si tal vez existiesen animales que merodeaban por el fondo, cazaban y eran cazados como las bestias silvestres. Incluso, en momentos de ensueño, imaginaba ciudades ocultas bajo el agua, tal como lo estaba Sulëdaelessar bajo las ramas de los árboles, y protegidas por ese mismo agua como por un manto de bruma. Si no hubiera sabido de antemano que las ciudades de Valle eran terrestres, aunque situadas en una isla, de buena gana las hubiera imaginado así.
Ahora, mucho después, se encontraban en las cercanías de un bosque lejos de su tierra, detenidos por el mal tiempo. Al oír las voces, bajó de su atalaya y se reunió con sus compañeros, que le dieron la noticia.
-¿Los barcos… subirán el río?
-Sí, es navegable hasta esa altura- dijo Isiloth, levantando la vista de los mapas.
Ealido se quedó pensativa unos momentos.
-Es imposible que no los hayan visto. No puede ser que los dejen pasar así como así.
-Pues lo han hecho. Pero no hay posibilidad de comunicarse ahora con los mercantes, es demasiado tarde.
-En fin, lo único que podemos hacer es esperar esos refuerzos y vigilar las orillas. Que lleguen en las mejores condiciones- a su mente vino la imagen que había visto desde la copa del árbol, la tranquilidad de las posiciones de Valle. Una tranquilidad aparente, como un animal esperando que su presa se confíe para saltar sobre ella. Pero tan pronto como le vino a la mente la desechó, aunque le había dejado una sensación de inquietud.
Unos días después, cuando los primeros rayos del sol iluminaban débilmente lo que sería una mañana fría, con los campos refulgentes de escarcha, debía llegar la noticia, desde los puestos río abajo, de la aproximación del convoy por las aguas del Ringluine. Pero no fue así: algunos de los enlaces no estaban en sus puestos, ya que la llegada se esperaba para más tarde, con lo que la noticia fue recibida por el mando con retraso. Sí, en cambio, habían llegado informes del movimiento de las tropas de Valle en los alrededores.
-Es increíble que ellos lo hayan sabido antes que nosotros- comentó Galandul
-No es increíble: ellos controlan el territorio, tienen vigilada la costa… y nosotros hemos caído como unos principiantes- suspiró Isiloth.
-Este no es el momento… hay que correr al río. ¡Toque de alerta!- gritó Ealido al centinela mientras salía de la tienda.
La vaguada hacia el río era corta, y las tropas, bien pertrechadas, llegaron a tiempo para divisar el primer ataque al barco. Sonaron los cuernos, y la compañía apretó el paso, hasta que estuvieron a tiro las tropas del Valle. Las flechas silbaron en el aire, pero a lo lejos se veían ya las columnas de humo de los barcos destruidos. A los vados río arriba se dirigió la infantería, para cortar el paso a los soldados enemigos; pero ya no había posibilidades de continuar, y la flota ya estaba perdida. Tanto Isiloth como Ealido, ambas lastimadas, tuvieron que intentar una retirada ordenada, ante el rechazo de sus ofensivas.
Más abajo, el cuerpo de arqueros, dirigido por Galandul, seguía intentando proteger la retirada de los marineros tasarianos, que luchaban por alcanzar la orilla desde los barcos. Las frías aguas invernales del Ringluine llevaban los restos de los pertrechos, y algunos cuerpos inertes que volvían al mar desde donde habían llegado. En aquel momento, el elfo sintió un importante dolor en el hombro y tuvo que retirarse de la primera línea. Se protegió entre los árboles de la ribera, y allí, dirigiendo sus ojos al agua, divisó dos cuerpos que embarrancaban en la orilla. Con esfuerzo, descendió por las piedras hasta el agua y observó los cuerpos de un marinero y de un oficial, que, agarrados a lo que parecían los restos de un barril, habían conseguido llegar a tierra. Al principio, el elfo pensó que estaban muertos, pero el marinero se movía.
-Ayudadme…-consiguió decir.- El comandante Khorandir está muy malherido. Todos… todos pasados a cuchillo…
Con mucho cuidado, ayudó al marinero, que sólo tenía una herida superficial, y entre los dos sacaron del agua al noldo, que no hablaba ni se movía, pero aún respiraba. Tuvieron la suerte de que unos cuantos arqueros habían seguido a su capitán y entre todos pudieron seguir al resto de las tropas, que ya se había retirado. El marinero, unas horas más tarde, estaba sentado ante la mesa de campaña, dando parte de lo sucedido en las naves. Aún no podía entenderlo.
-Hemos perdido los refuerzos… los víveres… será difícil sobrevivir al invierno en territorio enemigo- Isiloth, en su papel de sanadora, realizaba unas curas al enfermo mientras le escuchaba.
-No hay posibilidad de supervivencia aquí- dijo con voz triste Ealido.- Tendremos que hacernos a la mar en cuanto podamos… Hemos perdido muchas tropas, se acabarán los víveres y bien los habitantes de Valle o los lobos acabarán con nosotros. Hemos recibido un zarpazo que no podemos ignorar- Todos callaron entonces. La mujer caminó fuera de la tienda y reparó en la hermosa y fría mañana que ya se había asentado en el cielo. Hermosa, sí, pero manchada ya por la sangre.
Resumen de la batalla:
Valle ha perdido 16 armadas x35= 560 puntos.
Recuperables: 373 puntos.
Valoraciones: 8,5 + 8 + 9,2 + 9 + 9 + 8,6 = 8,7
Recupera: 325 puntos. Los dirigentes han sufrido daños por el 80%, por este concepto recupera 280 puntos. Total recuperacion: 605 puntos.
No pierde nada
Concilio ha perdido 24 armadas x35= 840 puntos.
Recuperables: 280 puntos
Valoraciones: 8 + 8 + 8,6 + 8,2 + 8,5 + 8,6 = 8,3
Recupera: 232 puntos. Los dirigentes han sufrido daños por el 180%, por este concepto recupera 630 puntos. Total recuperacion: 910 puntos.
No pierde nada
Valle percibe 300 monedas por batalla ganada
Valle cede 100 monedas a Concilio por abandono de batalla
Compañías actualizadas y listas
Historia finalizada.
Utilizamos cookies necesarias para el funcionamiento de la web y, de forma opcional, cookies de analítica para mejorarla. Consulta nuestra Política de Privacidad.
Puedes cambiar en cualquier momento si permites las cookies opcionales de analítica.
Necesarias para iniciar sesión, guardar preferencias y mantener la web funcionando correctamente.