La Guerra de los Clanes

C5 Valle Vs C3 Nurn

Terminada
Escrito el 11-11-2005 11:03 #1

Fin Guerra: Valle del Ingenio deja de Atacar

Armadas perdidas por \"Valle del Ingenio\" = 19

Armadas perdidas por \"Señores de Nurn\" = 21

Victoria para Valle.

Escrito el 14-11-2005 00:00 #2

Azdakadar, ciudad portuaria. Testigo mudo de increíbles batallas. Robusta y segura, miraba con confianza hacia el mar oriental, en cuyas aguas encontraban el sustento los habitantes que moraban dentro de las murallas.

Una figura se paseaba arriba y abajo entre aquellos muros de piedra. Contemplaba desde lo alto las embravecidas aguas del mar. El cielo estaba cubierto y parecía que fuese a llover. Pero sus ojos miraban sin ver. Los últimos acontecimientos habían dejado mella en la general del Valle del Ingenio. A sus pies, en la playa, aún se podían divisar los últimos restos de la batalla que tuvo lugar unos días antes.

-Entre esos restos.- pensó, habían herido a Árawen, uno de sus queridos capitanes.

Para Aredhel, el tiempo desde esos días había pasado rápido y borroso. La herida de su pierna estaba casi curada. Aunque aún cojeaba un poco, había decidido prescindir de la muleta.

Se dio la vuelta y miró hacia los barracones de sus soldados. El ambiente estaba muy calmado, y las esperanzas renovadas. Recientemente habían recibido refuerzos provenientes de la capital del Valle. Unos cuantos elfos se sumaron a las ya engrosadas filas de la Quinta Compañía. Pese a no estar en la actualidad en liza, aquellos elfos eran de mucha utilidad, pues, ayudaron en todo lo posible por aliviar a los heridos. Aredhel estaba rendida. Las tareas de coordinación habían sido arduas, y el único reposo que había tomado era mientras iba a visitar a Árawen.

Ella había estado a punto de morir, pero... Vilmanion, el otro capitán, la salvó a tiempo. Es un druedáin con muchos recursos. Sin embargo la situación entre capitán y general no era demasiado buena. Debido a la herida de Árawen, Vilmanion no trató demasiado bien a su general, y... aunque Aredhel podría haberlo sometido a un juicio militar, la amistad que los unía estaba por encima de todo. Estaba furiosa, consigo misma y con él... con ella, por no haber podido ayudar a Árawen cuando la necesitaba,... con él, por sus palabras llenas de rencor.

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Árawen despertó en su habitación. A su lado, como era costumbre estaba Vilmanion dándole su apoyo. La elfa había mejorado considerablemente, pero siguiendo las indicaciones de su amado, seguía guardando cama. Árawen se incorporó a medias en la cama, y cogiendo a Vilmanion de las manos le dijo:

-Vil... ¿no deberías hablar con Aredhel?...bueno, fuiste un poco rudo con ella.

-Lo sé - Vilmanion desvió la mirada. Pero...

-No puedes echarle la culpa de que me hirieran.- le dijo obligándolo a mirarla.- A penas pudo hacer nada para salvarse ella.

Vilmanion no dijo nada, y Árawen lo abrazó tiernamente:

-Vamos, - le susurró al oído - yo te ayudaré.

Árawen y Vilmanion salieron en busca de la general, pero ésta había partido a caballo en dirección al bosque. Buscaba consuelo en la quietud y en el verdor de la espesura. Para un elfo, aquellas sensaciones eran mejor que cualquier brebaje.

Así pues, los dos capitanes salieron en busca de su general.

Al las pocas horas, dieron con ella. Se había alejado unas millas del campamento y se había tumbado entre las raíces de un frondoso árbol. Tenía los ojos cerrados y en su rostro se perfilaba una gran paz interior. Al oír unos pasos sobre la hojarasca, se sobresaltó y se irguió rápidamente, echando mano a la empuñadura de su espada, al tiempo que los veía penetrar en el pequeño claro.

Aredhel, los miró con perplejidad.

-¿Qué hacéis aquí?-les dijo.

-Bueno, Vilmanion quería decirte algo — dijo Árawen, mientras empujaba suavemente a su esposo hacia donde estaba Aredhel, que ya se había puesto en pie.

-¿Y bien?

Vilmanion carraspeó un poco antes de hablar.

- Quería...disculparme por como te traté. Lo siento... estaba dolido, y descargué mi furia contra la primera persona que se puso delante.

Aredhel no contestó. Simplemente lo miró fijamente.

- ¡Oh, vamos!- estalló el Druedáin- ¡No me lo pongas tan difícil! Es más... deberías haberla ayudado.

-Soy tu superiora. No lo olvides. Te podría haber retirado de todo esto por tu trato - dijo con voz grave.

-Podrías haberlo hecho, y tal vez hubiese sido lo mejor — siguió Vilmanion, subiendo cada vez más el tono de su voz.

-¡Todavía estoy a tiempo de hacerlo!

-¿Bien, y a qué esperas?

-¡Basta los dos! - Árawen se puso en medio de ambos - ¡Dejadlo ya!

-Está bien, -dijo la general - acepto tus disculpas, pero vigila que haces la próxima vez.

-¿Es que va a haber una próxima vez, en la que hieran a Árawen?

-Vil, déjalo— intervino ésta —Todos sabemos por qué te pusiste así, yo también lo habría hecho si hubiese sido a ti al que hubiesen herido.

Aredhel se giró para dirigir una furibunda mirada a la pareja, y luego siguió caminando, en dirección al lado contrario de claro, de donde provenía el rugir de las olas que golpeaban sin cesar los cimientos de piedra del acantilado sobre el cual el bosque acababa bruscamente.

-Aredhel, esto tenemos que dejarlo zanjado ahora mismo. No puede seguir habiendo rencores entre vosotros dos—dijo Árawen, mientras comenzaba a seguir a la general, cogiendo del brazo al reticente Vilmanion. Hasta que Aredhel se le acabo el suelo por donde poder seguir caminando, no se detuvo. Y entonces se puso a mirar el horizonte. En el fondo sabía que la reacción de Vilmanion en aquella situación era comprensible, pero, tenía la sensación de estar perdiendo el control de su capitán. Siendo un druedáin, nunca había estado muy conforme con cumplir las ordenes, pero, pasar la línea de la insubordinación era un asunto muy serio.

-Vamos Aredhel,- continuó Árawen, igual de dispuesta a solucionar aquel embrollo, del que se consideraba culpable, una vez llegaron hasta donde se había detenido su superiora — estoy segura de que incluso tú habrías...

-¿Qué demonios es eso?—Interrumpió de improviso Vilmanion, mirando hacia el oeste, justo en la cosa, a los pies del acantilado.

Las elfas miraron en la misma dirección, y de pronto se quedaron petrificadas de lo que allí vieron.

Ocultos en una ensenada que formaba la costa, la cual se retiraba tierra adentro algunas millas, más de un centenar de barcos con velas negras permanecían anclados, muy pegados unos con otros, a la espera de que quien los manejase hiciese nuevo uso de ellos. Pero pocos nurnitas quedarían en las embarcaciones, porque, poco más allá, en la rocosa playa formada en la ensenada, un inmenso campamento se alineaba a todo lo largo de aquel pedazo de costa.

Los oficiales, desconcertados ante aquella visión, no reaccionaron hasta que escucharon el familiar sonido de las flechas hendiendo el aire con su particular sonido. Los vigías, que sin duda se habían apostado en lugares estratégicos para guardar el secreto de la presencia de aquél ejército allí, comenzaron a disparar con la indudable intención de silenciar con la muerte a aquellos inoportunos testigos. Y sin duda se trataban de buenos tiradores, porque, antes de que el grupo se moviese, varias flechas impactaron sobre ellos. Dos fueron a parar a la pierna y el hombro izquierdos de Aredhel, y otras tres impactaron en el cuerpo del druedáin, que aquel día no se había puesto la armadura. Maldiciendo su estupidez, Vilmanion empujó Árawen detrás de si, para que no recibiese ningún impacto de flecha, y luego los tres se ocultaron tras la espesura.

-Debemos ir a Azdakadar de inmediato. Hay que avisar de la inminencia de un ataque — gritó Vilmanion, a la vez que ayudaba a caminar a su superiora, que ahora tenía heridas ambas piernas — Árawen, tendrás que ser tú. Nosotros sólo te retrasaríamos.

-No pienso dejaros aquí. Seguro que mandaran soldados a mataros.

-Yo puedo defenderme— repuso el duredáin, mientras partía las astas de las flechas que se le habían clavado en el torso y en un brazo - Y también sé ocultarme en un bosque. No olvides de dónde soy, querida — concluyó con una sonrisa.

-Tiene razón, Árawen, debes ir de inmediato. Cuando llegues, organiza al ejército y manda a un grupo de soldados a buscarnos — lo apoyó Aredhel.

-No puedo... no puedo dejaros aquí...

-Debes ir, o Azdakadar sufrirá un ataque sorpresa. Haz que el ejército avance hacia la ensenada. Por lo que vimos, se están preparando para atacar, pero aun no se han puesto en marcha. Aún estamos a tiempo de volver el factor sorpresa en su contra. Debes confiar en mí, Árawen. Sé lo que hago.

-Está bien, — cedió al fin la elfa- partiré en busca del ejército, pero os juro que no estaréis mucho tiempo aquí. Tened cuidado, por favor. Olvidad de una vez lo que paso el otro día, y cuidad el uno del otro.

Árawen abrazó con cuidado de no hacerle daño a Aredhel, y luego a Vilmanion, y tras darle un calido beso, se alejó.

-Volveré enseguida— dijo, antes de perderse entre los árboles.

-Bien, ahora te ocultare en la copa de un árbol, y vigilaré. Procura no moverte ni hacer ruido, y cuida que las astas de las flechas que tienes clavadas no se muevan. Aparentemente no tienes herida ninguna arteria principal, pero por ahora, sirven para evitar que te desangres.

Aredhel asintió. Estaba demasiado cansada, por las heridas y por lo que estaba pasando, como para discutir con su capitán, así que dejo que este la llevara en brazos hasta un árbol de grueso tronco, donde, con cuidado, la depositó en una de las ramas altas, poniendo buen cuidado que desde el suelo no se la viera.

-No me alejaré demasiado—dijo el druedáin, mientras descendía por el tronco.—Tranquila, aguantaremos bien.

Árawen montó en su caballo y partió a galope tendido hacia la ciudad. Una vez allí, no perdió el tiempo en designar un regimiento de soldados para que acudiesen en busca de Aredhel y de Vilmanion, y en organizar el ejército. Todos los elfos que estuvieron en condiciones, montaron a caballo, y liderados por la capitana y seguidos por las filas de ents, emprendieron a toda prisa el camino hacia el enemigo. Había comenzado a llover y caía un poco de nieve, sin llegar a cuajar, pues no hacía el frío suficiente.

No muy lejos de allí, dado que habían sido descubiertos, la compañía enemiga también se había puesto en marcha. Todos sus efectivos avanzaban con gran aplomo hacia la ciudad amurallada. A medio camino entre la ciudad y la ensenada, ambos ejércitos se encontraron de improviso, y rápidamente se desencadeno una batalla desordenada en un terreno abrupto, que no dejaba sitio para grandes formaciones tácticas, reduciéndose el combate a escaramuzas aisladas. En consecuencia, Árawen ordeno desmontar a la caballería, y ordenar a los arqueros que hostigaran la retaguardia nurnita. La lucha se prolongó durante algún tiempo, ya que, además de lo complicado de la batalla en aquellas condiciones, algunos batallones de Nurn, que habían sido mandados de avanzadilla por otros caminos, acudieron a la llamada de los cuernos de su ejercito por el flanco contrario. Pese a esto, los intentos de masacrar por otros flancos a la compañía del Valle fueron rápidamente sofocados por la impetuosa cólera de los ents, que no le tenían muy buena estima a los orcos de las filas de Nurn. Así, pese a que el enemigo infringió considerables bajas, pues aunque inferiores en número lo dieron todo en la batalla, la superioridad numérica combinada con el ansia de venganza, inclinaron la balanza hacia el Valle del Ingenio.

Los supervivientes de la compañía nurnita, emprendieron la retirada, y esta vez, los soldados de Valle se aseguraron que habían dejado las tierras del clan, hostigándolos en todo momento hasta que el último barco negro puso rumbo mar adentro. Árawen coordinó las ayudas para los heridos y adelantándose al resto del ejército, regreso con toda le premura que su cansancio tras el combate y el propio de su montura le permitieron. Una vez en la urbe amurallada se dirigió directamente a las casas de curación, para saber si el regimiento que había mandado ya había regresado. Le informaron de que había habido un enfrentamiento en el bosque, resultado del cual, algunos heridos habían sido trasladados hasta allí. También le dijeron que los oficiales habían recibido algunas heridas, sobre todo Vilmanion, que tras intentar defenderse él solo de un gran número de enemigos, había perdido bastante sangre. Rápidamente, se dirigió hacia donde estaba, sin evitar pensar que pocos días antes, su amado se había sentido igual de angustiado que como ella estaba ahora. Pero, se tranquilizó al llegar a la habitación, y verlo en la cama, consciente. Él sonrió al verla llegar, y sin duda también le tranquilizó ver que ella estaba bien. Ambos se abrazaron y se besaron.

-¿Cómo esta Aredhel?—Preguntó tras algunos minutos Árawen.

-Bien. Cuando me atacaron, intentó descender del árbol para prestarme ayuda. Pero había perdido mucha sangre, y sólo consiguió caerse desde una altura considerable. Por suerte poco después llegaron los refuerzos y redujeron al enemigo. Creo que después de esto, nuestras diferencias han quedado saldadas.

La elfa sonrió.

-¿Y tú? ¿Cómo estás?

-Pues bien, aunque me dieron unos cuantos tajos. Tengo más hilo de sutura en la piel que una madeja, pero, a parte de eso, feliz de que tu estés sana y salva. Los sanadores dicen que he perdido mucha sangre, pero ya sabes como soy, fuerte como un roble.

Ambos rieron, y volvieron a abrazarse.

-Aunque, creo que me quedare en la cama por unos cuantos días más.

Lejos de allí, a lluvia había cesado y empezó a hacer más frío. Unos copos habían empezado a teñir el campo de blanco, borrando bajo ellos el color rojo de la sangre...

[Editado por Eldin_de_Lorien el 14-11-2005 00:46]

Escrito el 18-11-2005 02:19 #3

“Ellos parecen dirigir nuestro ejército”.

No podía quitarme la espantosa idea de la cabeza mientras regresaba al atracadero del campamento con sólo cuatro quintos de la flota y dos tercios de los hombres empleados en el frustrado desembarco.

El viento arremolinaba heladas neblinas sobre la tripulación de la Barca Señorial y Aldamorna se erguía como un tercer mástil junto al mascarón, silenciosa e inmóvil, acaso nostálgica ¿cómo sería vivir la soledad de un ser como ella? Esto era algo que nunca terminaría de explicarme.

Los ojos vidriosos penetrando el blanco que nos envuelve, la soledad de otra derrota para un ejército que no puede darse a la derrota. El máximo poder de Haldanóri dándose nuevamente de bruces a las puertas de una miserable ciudad portuaria de una isla progresista y decadente.

Insólito y desesperante. Pero ya entonces, como de costumbre, comenzaba a redactar mentalmente el informe de rigor. Sólo que, esta vez, justificar una derrota tan vergonzante era prácticamente inviable:

…pero lo que determinó la imposibilidad del correcto desembarco de nuestras imbatibles tropas fue la inesperada presencia de un buen número de esas bestias conocidas como Ents, surgiendo de la nada para arrojar sobre nuestra flota los restos de la mampostería de las defensas del puerto, las mismas defensas que contábamos como derruidas ya en nuestra primera arremetida.

Ents por catapultas, esto sí que era un factor delirante, impensable…y sin embargo Aldamorna había intentado advertirme de aquella misteriosa presencia. ¿Estaré perdiendo mis facultades de previsión con la edad? ¿O tal vez será tanta la novedad de estos tiempos que no alcanzo a asimilarlo por completo aún? ¿Ents? ¿Elfos por doquier? ¿Alianzas antiguas y grandes demonios del principio del mundo? … dónde ha quedado Umbar y su triste política comercial, padre bendito, o mis modestos y fanáticos reinos de Harad, enfervorizados de drogas y misticismo barato. Tal vez sea yo, en definitiva, quien no está hecho de esta fibra épica.

*******

El desembarco en la ensenada oculta, el caos del campamento, el remolino de ayudantes y obsecuentes, cinco generales dando cuenta de las bajas y las necesidades, y decenas de mera soldadesca curiosa que no hacía sino estorbar. Más allá de todo, Aldamorna, que se alejaba indiferente por las verdes laderas hacia los bosques, solitaria. ¿De qué servirá a Nurn traer a la batalla a un ser de esta clase como no sea para vigilarme e informarles de mis frustrados intentos de someter una pequeña ciudad de nombre horrible como Azdakadar? La próxima vez intentaría evitar de plano su presencia en el frente de combate.

Y allí estaba Morcen, finalmente, junto a la tienda principal. Uno de los contados generales élficos en cuya inteligencia y sensatez puedo confiar a ojos cerrados… y un pequeño recuerdo de Lómine, también. Junto a él, enfundados en negro y plata, los miembros de la comitiva telpita que había llegado el día anterior por la madrugada, en el preciso momento en que partíamos a la conquista de esa ciudad aparentemente abandonada pero que luego se reveló plagada de fieros, embozados, defensores.

…y eso hubiera sido una treta astuta pero fácil de prever, si no fuera porque los ejércitos del Valle efectivamente se habían retirado de la zona hasta donde llegaron nuestros batidores, casi hasta el cerco de Ciudad del Dragón. Tal vez -y esto es importante-, tal vez sea realmente que el Reino del Valle se encuentra más desorganizado en la defensa de sus territorios de lo que creemos...

Claro que esto eran simples excusas y expresiones de deseos. Obviamente, la increíble verdad -que impresiona por su evidencia-, es que nuestra enorme ofensiva invasora planeada en Minas Gwaeren y reafirmada en Nármelost no lograba alcanzar unos objetivos mínimos sensatos.

…¿Cómo estos mediocres pueblos que se llaman a sí mismos “del Ingenio” consiguen resistir el enorme poder de nuestros embates?: es algo que aún no acierto a descifrar. Pareciera que sus tropas se movieran subterráneamente, apareciendo de súbito en Oriente o en Occidente, abandonando la Capital o regresando nuevamente desde la nada. El secreto nuestro deberá consistir en coordinar las acciones de ofensiva, sin duda alguna. Decidiré acerca de las inminentes líneas de acción sólo cuando vea qué es lo que tiene para decir el ridículo embajador que el Telpe envió a conferenciar...

Más mentiras. No pensaba inmiscuirme en ningún asunto de Telpe ni de Concilio, y mucho menos dejar que ellos se inmiscuyeran en los propios. Menos aún, si se trataba de discutir esos asuntos con un hombrecito tan ridículo como Tithendir.

Sin embargo, luego de negarme a informar de nada que tuviera que ver con los movimientos del Reino, y de rechazar de plano la oferta de una Conferencia en el Cerco que los Tasarianos habían puesto a Ciudad del Dragón, el embajador mencionó una frase que me acribilló: “La Reina Mornaew no estará nada satisfecha con vuestra actitud”.

Así que Mornaew estaba en Ostaire, tan cerca de mí como nunca desde hacía tiempo. Sin duda alguna, esta vez las condiciones eran propicias para conferenciar. Redacté inmediatamente una carta sellada para serle entregada en mano a la Reina del Telpe y me desentendí, definitivamente, de que el Tasarion pudiera tener nada que hacer en un encuentro de estas características.

Sería ese Destino, tan mentado, quien nos llevaría ahora a coordinar nuestras acciones en esta Isla de los mil demonios… tal vez cambiara la marea, finalmente.

Partí al encuentro sólo acompañado de mi guardia personal, apenas dos días después de la última batalla. Dejaba el campamento nuevamente organizado y a cargo del fiel Morcen, que había confirmado como Señor de Nurn a través de una reciente misiva fechada en Nármelost. Mis influencias se estaban moviendo bien. Si de algo había servido este último mes de frustrante estadía en el campamento de la ensenada oculta habría sido para conseguir un firme control del mayor ejército nurnita: un desmesurado poder que respondía a mi mando sin pensárselo dos veces. Y Aldamorna permanecía ahora como un elemento casi decorativo: al fin me había desecho de la sombra que pudiera hacerme cualquier otro Señor Nurnita en el glorioso ejército de las Albas Sangrientas.

*******

Una cabalgata de dos días y medio bajo la nieve y la nevisca que se alternaban insoportablemente en la escalada nos trajo hasta este campamento escuálido donde desde ayer esperamos a la Reina. Perdidos en un paraje de altura, rodeados por una fronda casi inaccesible, y bien vigilados los contados accesos, éste es el lugar que había sido propuesto por Mornaew para conferenciar, quién sabe si fue el extraño Ian Jeckyl quien brindó los datos de su inmejorable localización. En todo caso, no había, ni hay, rastros de Tasarianos en las cercanías. ¿Habrían sido barridos por las defensas reorganizadas del Valle?

Volviendo de recibir a un mensajero en el paraje helado se me informa que la Reina arribó al campamento. Es de madrugada y el frío helado cala los huesos por más ropas que uno lleve encima. Mando poner todos los ojos sobre los hombres de la Guardia de Plata y me encamino a la tienda principal.

Hacer a un lado las gruesas pieles que cubren la puerta y observarla cuidadosamente junto al fuego, ya descubierto su cuerpo de las pesadas capas y tomando sus brazos mientras observa en derredor. Simulará no querer verme, ni dirigirse a mí. Los emblemas plateados le sientan de maravilla, pero acaso mis insignias nurnitas no sean de su agrado.

La tomo por los brazos, sin darle tiempo a voltearse. Sé que no reaccionará con un puñal, no en estas circunstancias. Beso su cuello y siento los problemas de la guerra desaparecer. Estamos ambos dispuestos a dejarnos llevar por el momento. Mañana se tratarán las guerras y los pormenores. Por hoy, que el olvido prevalezca en su dulce fragancia.

Pero no es posible: ella cede pero desafía. Hace gala de su privilegiado estatus y de sus responsabilidades. Ahora es una Reina y no una pirata fugitiva. Y necesita refuerzos para sus tropas. Quiere sorprender a las defensas de Ostaire. Me dice que si no nos ocupamos de eso, será la última vez que nos veamos, al menos en el mundo de los vivos.

No puedo evitar creerle. La guerra ésta en la que nos embarcamos, al menos yo casi sin quererlo, era una guerra de vida o muerte, de exterminio total. No habría la posibilidad de negociaciones de rendición, a las que yo siempre estuve tan habituado. Y Nurn no es un Reino mortal, su venganza se extiende más allá de la muerte. De eso estoy extrañamente convencido.

Sin esperar ningún argumento de su parte, mando convocar al emisario que partiría por la mañana de regreso a Azdakadar y le asigno la misión de mandar traer de regreso, lo más rápidamente posible, un ejército de 400 hombres, mi caballería dilecta al mando de Fiorhin, el pálido.

Poco más puedo hacer por ella, le digo. Y ella sabe que es mentira, pero se regocija de mi generosidad. Su sonrisa es impagable en estas circunstancias. Qué me importan ahora Nurn, o Telpe, o Valle del Ingenio. Dejar de lado la belicosa actividad que me consume para entregarme a esa sonrisa, a esos brazos que me reciben como si me desearan en el modo en que yo la deseo a ella.

El modo que tenemos de reconocernos, de redescubrirnos, me apasiona. Quién sabe cuál es la causa por la que nos damos a unas pocas personas con tanta pasión, siendo que la enorme mayoría nos son completamente indiferentes. Incluso cuando consigamos de ellas todo cuanto queramos, acaso mucho más que lo que nos dan quienes nos enloquecen y apasionan. Cuál es el misterio de ese vínculo secreto, indescifrable, que nos liga para siempre con una persona, y del que no podemos –aunque queramos-, deshacernos nunca en la vida.

¿Pasaría lo mismo a los elfos? ¿Estaría Lómine, quién sabe qué tan lejos mío, reencontrando algún viejo amor de ésos? ¿Se acordaría, más no fuera un instante, de mí en ese momento?

Dejar la noche pasar, en el olvido de aquella guerra infame. Y tal vez mañana, algún día, cualquiera, dejarse estar en paz, en algún sitio de suave belleza y acompañado de alguna mujer amada…

*******

El día siguiente, helado por la nevada en derredor, nos permitió permanecer a puertas cerradas y conversar, de a ratos, sobre el transcurso de la guerra: la debacle de la ofensiva declarada, la necesidad de derribar el mito de la invencibilidad defensiva del Valle, las tácticas y los aprontes utilizados o utilizables, y el misterio del movimiento de las tropas del Ingenio.

También fui enterado de la última derrota del Tasarion, y de la caída en desgracia de Ian Jeckyl y del Concilio entero: habían resistido en sus hogares un ataque demoledor, pero la guerra en el extranjero parecía haber acabado por desmoralizarlos. Me pregunto qué se hará con todo ese esfuerzo reunido, en buena medida con el invaluable sostén nurnita.

El día dio lugar a otra noche, y aún otro día más en que permanecimos casi ajenos a todo lo demás. Algunas comidas escasas, indicaciones a los subordinados y el cambio de los leños o los aceites aromáticos de la estancia. Ya ni mencionamos la guerra entonces. Ni a Nurn, ni a Telpe. Como hacía años, tan sólo nos ocupamos de nosotros como estábamos, con lo puesto.

La nieve sólo cejó al tercer día. Y entonces, haciéndome de un valor del que ya me creía incapaz, reuní las fuerzas como para convocar a los emisarios en el centro del campamento, informarme del estado de las tropas de Azdakadar, y enviar las instrucciones de un nuevo apronte. Debíamos actuar en simultáneo, e incluso intentar distraer la atención de Ciudad del Dragón. Si se me hubiera avisado entonces de la presencia de la Muerte Susurrante en las cercanías de Asentamiento Compañías, no hubiera dudado un segundo en solicitar su presencia allí mismo.

Pero aún decidimos compartir una noche más. Los refuerzos nurnitas con los que partiría Mornaew sólo llegarían por la madrugada, y nosotros aún no podíamos despegarnos el uno del otro. Maldigo los caminos que nos llevaron a estar en situaciones tan enfrentadas. A veces imagino que no me sentaría mal una corona telpeniana. Ni a Néhilin un anillo nurnita, por cierto. Pero eso de volver a ser tomado por Rey me resulta, sin dudas, más estimulante.

*******

Con Anar aún invisible pero ya clareando la atmósfera del Valle, recibo un último beso en privado, nuestras miradas, anhelantes de reencuentro y de necesidad de derrotar al esquivo enemigo de una vez, se cruzan durante un largo momento, despidiéndonos acaso por siempre.

Fuera de la tienda, la caballería del rubio Fiorhin espera lista para la partida, apostada junto al séquito negro y plateado de Mornaew. Las palabras se hacen humo en el aire helado del alba, y el recuerdo de su cálida piel comienza a congelarse cuando estrechamos nuestras manos junto a su montura.

-El norteño responderá inmediatamente a cuanto le mandes, Néhilin. Buena ventura. Nos volveremos a encontrar triunfantes en Ciudad del Dragón.

Pero no estoy convencido de lo que digo. No es que me preocupe la astucia de los Señores del Valle, ciertamente. Pero sí las rencillas de poder Nurnitas. Nunca puede saberse qué pasará el día próximo. Y, seguramente, muy pronto llegará a oídos de muchos que estuve tres días encerrado en una tienda con la Reina del Telpe. En fin, quién sabe si tal vez mañana no acabo aliándome al mismismo Elboron, así es la vida.

-Cuida especialmente de ella, mi apreciado Fiorhon. No respondas sino a su mando. Y nunca la abandones, o tu palidez será de muerte.

Pero esta vez se me escucha seguro de lo que digo. Aunque confío ciegamente en la fortaleza (casi diría, en la invulnerabilidad) de Néhilin, no puedo evitar una sombra de temor, ni un gesto de sobreprotección absurda en un momento así.

Estoy dejándole lo mejor de mi ejército al Telpe, aunque ella no lo sospeche. Acaso una derrota del Valle en Ostaire nos sirva a todos por igual para dar una mayor fuerza a nuestra triste campaña. Acaso me importe más su suerte que la del Reino y la mía propia. Quisiera darle todas mis fuerzas para continuar… pero no sería sencillo para mí continuar desarmado, después de tanto esfuerzo.

En un instante desaparecen ladera abajo, en filas ordenadas y muy extensas. Me vuelvo hacia mis colaboradores, y ordeno cabalgar de regreso a Azdakadar y enviar por delante un emisario que se informe del estado de la formación.

*******

“El campamento ha sido levantado” me comunicaron la noche anterior a mi arribo.

“La mitad del ejército ha embarcado, siguiendo las órdenes de Aldamorna, y la otra mitad piensa movilizarse hacia Azdakadar sólo cuando Kalemba haya regresado con nuevas instrucciones”.

“Absurdo” pensé. ¿Cómo podríamos repetir un desembarco en Azdakadar luego de la derrota de la semana pasada? Y luego el inevitable: “Ellos parecen dirigir nuestro ejército” retornó a mi mente, implacable y feroz.

Di la orden de continuar a galope tendido, noche y día, mientras comenzaba a lamentarme de haberme detenido tanto tiempo en aquél retiro idílico en las alturas.

Lo demás fue fugaz. Aldamorna había partido, anunciando que en los bosques nos aguardaban los Ents que respondían al Ingenio.

A toda prisa, mandé cabalgar y marchar en tantos escuadrones distintos como nos fuera posible, y busqué el modo en que poder rodear las defensas de modo eficaz.

Tal vez sólo quedé con 250 hombres a cargo. Y mientras descendíamos las empinadas colinas de la margen Occidental de Azdakadar, enfrentando la helada nevisca procedente del Mar, pude observar la batalla de la ensenada, despiadada y caótica: una carnicería desatinada entre las rocas y los acantilados, entre los muros y la flota oscura.

Hice sonar los poderosos cuernos, en un intento por desesperar a los defensores, pero entonces advertí el terremoto del movimiento éntico bajo mis pies.

Allí, junto a la base de la Colina, los elfos y hombres de Morcen se acercaban a los muros semiderruidos de la Ciudad. Pero detrás de ellos, justo debajo de nuestras cabalgaduras, el bosque entero parecía salirles al paso.

Dirigí, de inmediato, mi tropa en aquella dirección, en un intento algo insensato por salvar algo de ese incoherente, casi suicida, ataque que protagonizábamos.

Sin embargo, pronto observé que la tropa de Morcen se dividía rápidamente en grupos fugitivos, a la vez que comenzaban un ataque con proyectiles de fuego sobre los Ents. Se habían preparado para la eventualidad, y yo no lo sabía.

Ni siquiera sabía entonces que otros muchos grupos nurnitas se abrían paso por el bosque, detrás nuestro, para completar el asalto de Azdakadar. Pero comprendí entonces que mi cabalgata era en vano: había perdido el control sobre el ejército, y ya muy pronto lo estaría perdiendo sobre mí mismo, y sobre mis hombres.

Ya estábamos sobre los Ents. Logramos distraer el ataque de esas bestias sobre la guardia de Morcen, sí. Pero fuimos implacablemente masacrados.

*******

Y yo mismo desperté a bordo de un negro navío, quebrado mi cuerpo por el golpe de un hombre árbol.

Habíamos sido repelidos con grandes pérdidas y por el momento no volveríamos a tocar tierra en Valle del Ingenio: Aldamorna había sido herida con flechas incendiarias, y el Capitán Morcen derribado por un proyectil al intentar rescatarme de debajo del caballo.

Afortunadamente, la mujer-ent había conseguido algo de sus misteriosas y solitarias caminatas por el bosque. Su antigua hechicería y la sabiduría su raza, le habían brindado el poder sobre algunas hierbas con las que curar nuestras aflicciones. Tal vez le deba la vida. En todo caso, el reconocimiento.

Pero mi angustia ya no cejaría: no dejaba de ser curioso cómo nuestros ataques resultaban uno más desastroso y desatinado que el anterior. Nuevamente, y esta vez enormemente dolorido, me amargaba pensando en que nuestro ejército parecía dirigido por el enemigo.

[Editado por seregruin el 18-11-2005 02:35]

Escrito el 21-11-2005 19:06 #4

Resumen de la batalla:

Valle ha perdido 19 armadas x35= 665 puntos.

Recuperables: 439 puntos.

Valoraciones: 9 + +8 +6.8 +7.6 +8.4 = 7.96

Recupera: 350 puntos. Los dirigentes han sufrido daños por el 90%, por este concepto recupera 315 puntos. Total recuperacion: 665 puntos.

No pierde puntos.

Nurn ha perdido 21 armadas x35= 735 puntos.

Recuperables: 331 puntos usando el poder especial de Aldamorna.

Valoraciones: 10 +10 +9.2 +9 +7.6 = 9.16 Penalización 0.25 = 8.91

Recupera: 304 puntos. Los dirigentes han sufrido daños por el 100%, por este concepto recupera 350 puntos. Total recuperacion: 654 puntos.

Pierde 81 puntos.

Valle percibe 225 monedas por batalla ganada

Valle cede 100 monedas a Nurn por abandono de batalla

Compañías actualizadas y listas

[Editado por Indil el 24-11-2005 02:32]

Historia finalizada.