Fin Guerra: Valle del Ingenio deja de Atacar
Armadas perdidas por \"Valle del Ingenio\" = 21
Armadas perdidas por \"Orden de Telpe\" = 19
Victoria para Telpe

Fin Guerra: Valle del Ingenio deja de Atacar
Armadas perdidas por \"Valle del Ingenio\" = 21
Armadas perdidas por \"Orden de Telpe\" = 19
Victoria para Telpe
La humedad me estaba calando los huesos en el camarote dispuesto para mí en la gran embarcación Telpeniana apostada en la costa Ingeniosa. Había pasado ya una semana desde mi llegada tardía para socorrer al ejército de los Cuervos en la explanada de hielo, desolación y muerte que constituyó la zona sur de Ostaire luego de la llegada del repentino y crudo invierno.
Cuando abandonamos el lugar cargando con los cadáveres y los heridos tan solo se podía definir aquello como un mar congelado de sangre. Y de hecho, eran muchos de los que sobrevivieron que así lo denominaban cuando hablaban de la batalla entre ellos.
Yo apenas había podido establecer una corta conversación con Ariul poco antes de que quedara inconsciente. Nunca habría imaginado –ni siquiera en mis peores augurios- que el gran Maia Oscuro de Telpe pudiera caer derrotado de forma tan terrible.
Miraba a mí alrededor y solamente veía las paredes vacías y el silencio casi palpable por la ausencia de todos y cada uno de los capitanes en los que semanas antes hubiera delegado la responsabilidad del Rimbe-a-Quakólie. Y es que no fue sólo Ariul el afectado por la devastadora batalla contra los Ingeniosos, no. Jeîsilark, que en tantas ocasiones había colaborado conmigo en esas conspiraciones que muchos comentan en susurros pero que nadie se atreve a denunciar –lo más sensato que pueden hacer, de hecho-, también había sufrido graves heridas en la lucha. Y, ¿qué decir de mi estimado Exelder? De los pocos elfos en los que he puesto una mínima fe, y que por poco acaba conociendo ese don de la mortalidad que no le corresponde.
Sentía que la soledad me invadía entonces más que nunca, aunque tenía cerca varios centenares de soldados a mi servicio. Veía mi orgullo dañado por la osadía de mis capitanes de acampar en pleno territorio enemigo; y pretendía aparentar serenidad en esos momentos, aunque en realidad me sentía algo perdida y desorientada. Tenía que existir algún modo de ganar ventaja en aquella guerra inacabable.
Estaba esperando la vuelta del emisario que debía reunirse en mi nombre con los dirigentes de los ejércitos Nurnitas apostados en la Isla Ingeniosa. Yo debía reestructurar mi ejército y no podía perder el tiempo visitando campamentos en medio del territorio enemigo. Tampoco había nadie con quien debiera hablar personalmente -¿O sí?
Salí a la cubierta del barco y me paseé por sobre las maderas enmohecidas hasta llegar a la tierra firme. Suponía que Tithendir no se demoraría mucho más. El hombrecillo, acompañado por algunos soldados más de los que habían llegado conmigo en el último momento al final de la masacre del campo helado, tenía la misión de parlamentar con los capitanes de la compañía del Alba Sangrienta cerca de Azdakadar y poner al día sus posiciones y el estado de los respectivos ejércitos aliados.
El tiempo invernal, que parecía acomodarse a mi bajo estado de ánimo, continuaba afectando al extremo este de Arda. Los tímidos copos de nieve caían sobre la capucha de mi largo abrigo y mojaban sutilmente su superficie. Aquella ligera ventisca helada me recordaba los remotos tiempos de mi feliz pero interrumpida niñez cuando el viento hacía oscilar mis cabellos y mis ropas, y yo estaba libre de preocupaciones.
Volví a la realidad cuando Tithendir y la comitiva empezaron a vislumbrarse en la lejanía. Por lo visto me traían un mensaje de los Nurnitas. El hombre se apresuró a entregarme el sobre y supuse que allí encontraría ya toda la información que requería para seguir con las tácticas militares de mi ejército. Pero una vez me resguardé del hielo que se tornaba agua sobre el papel y desprendí el sello de la misiva, mis ojos fueron directos a la firma al pie del texto que tenía delante. Nadie me había informado de que Seregruin estuviera entre los capitanes Nurnitas del puerto este del Valle.
Imaginé la impresión que debía haber tenido el mestizo al ver a aquel hombrecillo pretendiendo hablarle en mi nombre, y sentí algo de vergüenza al ponerme en su lugar. Él sabía bien que yo jamás hubiera aceptado hablar con un simple mandado sobre asuntos de vital importancia. Y el contenido de la carta era tal y como lo hubiera podido esperar; aunque no fui llamada a comparecer ante los capitanes del Alba Sangrienta sino que Seregruin había organizado un encuentro a medio camino, al sur de la Ciudad Dragón donde, una vez más, las tropas de Tasarion habían sido masacradas.
Tithendir me comentó, orgulloso de su actuación, que le había advertido al Señor de Nurn que no me agradaría nada su negativa de parlamentar con el embajador que había mandado, y yo, ocultando un poco la risa al pensar en Seregruin escuchando esas palabras saliendo de la boca de un hombrecito como ese, le aclaré que yo manejaría la situación y lo dejé al mando de la compañía hasta mi regreso.
Y así, como de costumbre, yo misma tendría que encargarme de todo; aunque el inesperado aviso de Seregruin me había cambiado un poco el humor. Hacía tiempo que no le veía y me emocionaba poder hablar con alguien de confianza –o al menos lo fue en su momento, a parte de otras cosas-.
*****
Han sido tres días de marcha hasta llegar al lugar del encuentro. Una discreta escolta del Nurnita nos ha venido a encontrar en el sitio acordado y luego nos hemos adentrado en una zona boscosa.
El campamento ha sido dispuesto en un pequeño claro entre los árboles. Un par de tiendas modestas han sido habilitadas para la guardia personal, y otra más amplia un poco apartada de las demás. Un fuego alumbra el lugar y trata, con no demasiado éxito, de contrarrestar el ambiente helado. Es de madrugada ya y me encuentro agotada, pero no voy a esperar a que salga el sol para encontrarme con Seregruin.
Mando a mis hombres a llevar los caballos a lugar seguro y a instalarse donde les permitan. Ante las caras de desconfianza de ellos, añado que no tienen de que preocuparse.
He entrado en la tienda pero no veo a nadie. ¿Mi estimado Númenóreano quiere hacer su entrada triunfal, para variar? Veo que está todo dispuesto con su estilo habitual. Algunas pieles por el suelo, a modo de alfombra y un par de lamparillas de aceite que dan esa luz tenue y llenan la estancia de un cierto romanticismo. En un rincón hay varios cojines amontonados, en donde parece que ha pasado al menos una noche el Nurnita. Y solo seguramente, puesto que no he visto a ninguna dama entre sus guardias… y no creo que haya buscado a alguna Ingeniosa perdida para calentar su improvisado lecho.
Justo cuando he me acababa de desprender de mi pesado abrigo he notado una gélida brisa que rozaba mi nuca. He sentido su presencia sólo con el sutil olor de café y especias, casi imperceptible pero que recuerdo con total nitidez. Y me resisto a girarme y poner la vista en él; prefiero que venga hacia mí. Tengo ganas de reposar del viaje y me cansa ya aguantar en pie durante más tiempo. Pretendía acomodarme en el suelo mullido de pieles pero he sentido el roce de su piel sobre la mía antes de poder moverme. Le he respondido al abrazo y he permitido que me besara el cuello, pero no sé si debo dejarme llevar por la seducción que me produce cada vez que le veo. Aún cuando una vez creí que todo había acabado, me equivoqué. Y ahora sé que mi vida no podrá nunca dejar de estar ligada a la suya de un modo u otro.
Me siento tan bien acompañada que ese sentimiento de soledad que me invadía el alma ha desaparecido por completo. De nuevo soy vulnerable y apenas puedo conseguir apartarme un poco de la robustez de su cuerpo. Al fin miro sus ojos y recuerdo tantos momentos pasados que casi sin darme cuenta beso sus labios algo fríos y húmedos por el tiempo de fuera –casi no me acordaba del fatal invierno-, y después me aparto al fin.
Tanto tiempo… Casi no puedo articular palabras. Le aviso de que, antes que diga o haga nada, debe saber del estado nefasto de mis tropas. Es sobre eso de lo que quería hablar urgentemente mi enviado pero él no se lo permitió, le digo con mi ironía habitual. Le explico mi responsabilidad sobre todo Telpe y le hago ver que no puedo permitirme a estas alturas simples viajecitos por territorio enemigo en busca de consuelo.
Ni siquiera me ha respondido pero he podido vislumbrar en su rostro que comprendía lo que le decía. Le he comentado mis pérdidas en Ostaire y la vergüenza que me da tener que presentarme a defender mi orgullo con un puñado de soldados malheridos y desmoralizados. Y también le he hecho ver que no hay nada más vital que hacer todo lo posible para poner fin a esta maldita guerra que me consume día y noche, si queremos vernos de nuevo con vida.
Me ha ofrecido su ayuda y me siento feliz. Tengo la sensación que se da prisa por satisfacerme, pues llama a un emisario que aparece medio adormecido y le ordena partir de vuelta a Azdakadar en busca de un ejército de soporte para Telpe. Pone a mi disposición cuatrocientos hombres; más de lo que pudiera esperar de cualquier Nurnita con el que hubiera podido parlamentar.
Casi no me creo que haya sido tan fácil, aún tratándose del único Nurnita en quien haya confiado mi vida. Y me doy cuenta que poco más –o nada, ya- me queda por zanjar con urgencia para mi Rimbe-a-Quakólie. Supongo que es hora de que pueda olvidarme de las preocupaciones y recordar viejos tiempos; por lo menos hasta que los hombres de Seregruin vengan dispuestos a recibir mis órdenes. Entonces sé que deberé partir de nuevo a la batalla.
Me río cuando dice en un tono aparentemente inocente que ya poco más puede hacer por mí. Y me encuentro de nuevo entre sus brazos. Veo las insignias de Nurn en sus ropas y me recorre un escalofrío rememorando los días del intento de asedio a mi amada ciudad de Minas Gwaeren; mi preciada torre que ellos una vez ansiaron conquistar. Pero sé que él ya me tiene conquistada aunque en ocasiones quiera negarlo. Y de nuevo me dejo llevar sin poner impedimentos.
Cada vez que nos encontramos me pregunto si esa pasión que me invade es algo más. Si realmente puedo vivir sin tenerle cerca. Porque me doy cuenta de que un día atrás yo no era la misma persona; al menos no me lo parece. Mi estado de ánimo ha cambiado por completo y me siento con fuerzas para derrotar a esos Ingeniosos que tienen el orgullo por insignia y a su Rey creyéndose indestructible.
*****
El nuevo día nos llegó con acompañado de un paisaje blanquecino por la nieve, y durante el transcurso de la jornada nos pusimos al día de las demás situaciones del resto de ejércitos aliados. Le hice saber de la derrota de los Tasarionianos en la Capital del Valle, e insistí en la fragilidad del Concilio y de la posibilidad de que acabara derrocado por completo si no frenábamos los pies a los Ingeniosos. La verdad era que a mi no me unía ningún lazo con aquellas gentes, y menos con su Rey hobbit que en las contadas ocasiones en que había permanecido en mi presencia me había mostrado lo desagradable que puede llegar a ser un ser tan insignificante. Aún así, mi estima por las gentes de Tasarion era mucho mayor que la que nunca tendría con los de Tercano. Y sobre ellos no me interesé lo más mínimo, pues ni siquiera estaban luchando en la Isla.
Y transcurrió otra noche bajo aquel techo de lonas y pieles, y otro día en el que seguimos perfilando la idea de intentar por todos los medios distraer la atención de los Ingeniosos y conseguir que se equivocaran y tropezaran con todas las piedras que nos fueran posibles. Yo admiraba la habilidad estratégica de Seregruin –y lo sigo haciendo-, y lo escuchaba con gran atención. Él apenas se despegaba de mi lado mas que para dar instrucciones a sus hombres e interesarse por la próxima llegada de los hombres que me llevaría a Ostaire.
Pero por lo visto las tropas de Azdakadar iban a llegar en la madrugada del día siguiente, de modo que pudimos pasar una última noche a solas. Una noche que tardaría en repetirse, aunque yo ansiaba que no fuera tanto el tiempo hasta otro encuentro.
*****
El día despunta ya y me encuentro envuelta en una suave sábana de seda. Kalemba no está, y me parece que oigo voces. Con presteza corro a vestirme y salgo de la tienda.
Ahí fuera bajo el Sol que trata de romper con dificultad el cielo encapotado de los días pasados, me encuentro con Seregruin junto con los recién llegados de Azdakadar. El comandante se llama Fiorhin, y el mestizo me asegura que queda bajo mi mando junto con toda la caballería Nurnita que le sigue.
Nunca me ha costado despedirme. He pasado toda mi vida de un lado para otro, y a veces sin ni siquiera la oportunidad de decir adiós, pero en esta ocasión se me hace difícil volver a ubicarme en mi misión y abandonar la confortabilidad que he sentido durante los pasados tres días.
—Volveremos a vernos después de mi victoria sobre las tropas de Ostaire. Estoy convencida de que no fallaremos. Y cuando por fin hayan sentido mi ira, esos Ingeniosos nos verán traspasar los muros de su Capital así como me paseo ahora por este claro. Mejor que partamos ya sin más demora, no hay tiempo que perder.
Le miro por última vez y quiero echarme sobre sus brazos. Creo que ese es el único momento en el que me siento sin necesidad de protegerme a mi misma. Y ahora que veo su figura empequeñecer, antes de girar mi mirada hacia el oeste, me pregunto de nuevo qué dirán los otros Señores de Nurn al enterarse de todo lo acontecido en estos días.
*****
Al fin pude sentir como el odio que corría por mis venas se convertía en una completa sed de muerte. Llegué a tiempo con los refuerzos proporcionados por Seregruin, y los Ingeniosos tropezaron por primera vez en su propia tierra.
El sonido del acero me llenaba el alma y en cada enemigo que abatía veía más cerca el fin de una guerra y el comienzo de otra etapa en la que pudiera repetir muchos días como los pasados justo antes de la contienda.
Pero no todo fue gloria, y por culpa de mi exaltación no vi venir la negra espada que atravesó mi costado. El maldito espectro me hirió de gravedad y tuve suerte de que los Ingeniosos se encontraban ya al borde de la retirada.
Las tropas cedidas de Nurn aportaron una gran ayuda a un ejército que semanas antes había perdido una buena parte de sus soldados y su confianza en los que lo dirigían. Aquella aportación que conseguí para Telpe fue decisiva para la moral del ejército de los Cuervos y al fin, después de tanto tiempo y aún sangrando por la profunda herida sufrida mientras me llevaban de vuelta a mi embarcación, mis hombres comenzaron a recuperar la fe en su Reina y veía la posibilidad cercana de volver a aquellos tiempos de gloria. Aquellos tiempos en los que me erguí Comandante de todos los ejércitos de la Orden de Plata.
Ahora me regocijo cada vez que recuerdo las caras de todos esos hombres del Valle mordiendo el polvo –o más bien, el fango- bajo aquella noche de lluvia torrencial. Y me río a gusto cuando pienso en los informes que recibiría el Rey Ingenioso con las nuevas desde Ostaire.
[Editado por Yureawen el 18-11-2005 02:55]
Yandros observaba el cielo, sus ojos se perdieron escrutando el firmamento, esa noche no pudo leer en las estrella, una densa nube plateada lo cubría todo. El nigromante abrió un libro viejo y muy deteriorado, estaba escrito en una vieja lengua negra, en alguna de sus hojas se podían ver dibujos y grabados diversos, desde bocetos de raros diseños geométricos hasta pasajes de muerte y destrucción.
Algún mal presagio hizo estremecerse a Yandros, sabía que en esa noche las almas de miles de hombres desaparecerían tras el manto de Valinor, pero todavía no era el momento de preocuparse, de momento tenia que meditar, se tumbó en el suelo y cerró los ojos, una bocanada de aire frío lo abrazó y como en un profundo sueño quedo tendido evadiéndose de toda realidad física.
El camino de color azul se extendía hasta el horizonte, no había nada por los alrededores, solo una inmensa llanura de color negro, Yandros seguía el camino, a cada paso que daba parecía mas lejano el final, pronto, a su alrededor comenzaron a aparecerse imágenes de gente, gente muerta, mutilados, mujeres llorando y niños cayendo en el vacío mas profundo. La senda comenzó a tornarse roja y a resquebrajarse, la lava emanaba de ella y a lo lejos un alarido de terror hizo que surgieran de la nada siete ángeles. Los ángeles se acercaban hacia el nigromante a paso lento, vestían unas túnicas oscuras, llevaban con ellos unos bastones de color rojo y sus alas, negras como el betún no hacían más que dejar caer sus plumas contra el suelo, lentamente, muy lentamente. Cuando se colocaron a pocos pasos del espectro se pararon y comenzaron a golpear la senda, iban al mismo compás, el sonido era cada vez más fuerte y más rápido hasta que se detuvieron de golpe. El ángel central, un poco más grande que el resto, miró hacia arriba y batiendo sus alas se elevó despacio, luego mirándole, desenvainó una espada y cogiéndola con las dos manos la alzó al aire, que, con un rápido movimiento cortó el cielo que se fraccionó en dos. De este comenzó a llover sangre, la cara del nigromante estaba empapada y todo el lugar empezó a inundarse.....
Aquél sueño había sido sin duda una premonición, al abrir los ojos vio que la lluvia lo había calado hasta los huesos, rápidamente se levantó y hecho a correr hasta el campamento. Al cabo de una hora por fin llegó, extasiado y aturdido calló arrodillado al suelo, unos soldados lo ayudaron al instante, Yandros no parecía estar en sí solo se le oía decir con la voz casi a punto de entrecortársele;
-La torre¡¡¡¡ La torre caerá esta noche¡¡¡
Al momento y avisada por los guardias apareció Atanvarde, se acercó a Yandros y al ver el estado de pánico en el que se encontraba ordenó que lo llevasen hasta la tienda principal. Una vez allí y pasadas un par de horas Atanvarde y el pudieron hablar tranquilamente.
-Atanvarde, esta noche Irmo me ha otorgado una visión, el brazo de la muerte caerá hoy en toda esta tierra, miles de soldados morirán y tu vida como la vida penderán de un frágil hilo.-Dijo el Nigromante.
-No temas amigo, si el destino nos ha deparado una noche de fuego y muerte mirémosle a los ojos y demostrémosle que si hemos de morir lo haremos creando historia.
Al oír esto, Yandros se estremeció, a su cabeza llegaron recuerdos, recuerdos de años muy lejanos, cuando el todavía era un Numenoreano y bajo el mandato de Ar Pharazon desafió a los mismísimos Valars en las puertas de Valinor. La sangre de su estirpe, que aun fluía por sus venas reivindicaba volver a la gloria del pasado. El nigromante se levantó de la cama y abrazando a Atanvarde marchó a su tienda.
Una vez allí y ante su altar entonó un réquiem por su estirpe; la lluvia había comenzado a arreciar y las gotas repicaban en la lona… la batalla había llegado.
El suelo embarrado dificultaba el movimiento y el sonido del metal y los caballos se escuchaban por doquier. Todos los soldados ultimaban las estrategias de la lucha, que sin duda se les presentaba dura y larga. El ejercito de Telpe podía vislumbrase en la lejanía, habían conseguido llegar hasta el mismo corazón de Valle, pero no avanzarían mas, el orgullo del Ingenio se había mantenido invicto durante mucho tiempo y la moral de todos estaba mas alta que nunca, pero Yandros sabia que esta vez no seria así….la torre caería.
Todo el ejercito estaba ya preparado, el gélido viento golpeaba sus caras y el frío los mantenía atentos y despejados. El silencio se apoderó de todo el lugar, solo el relinche de los caballos podía ya escucharse.
Yandros y Atanverde se colocaron en primera línea, los dos se miraron, luego ella se acercó y cogiéndole de sus heladas manos le dijo:
-Hermano, viejo orgullo del pasado de Numenor y gran hechicero del presente del Valle, cabalga hoy junto a mí, levantemos nuestras armas al unísono y gritemos a la muerte que aquí estamos preparados para danzar con ella.
Yandros asintió y agarrando su báculo contestó:
-Sea así pues dama Atanvarde, gran guerrera Peredhel, tu que has mirado al verdugo de Sauron a la cara y sobreviviste a ello, si hoy debemos morir será toda una honra hacerlo a tu lado.
…………………………………………………………………………………………
La sangre ya había empapado el lodo que cubría la llanura, centenares de muertos caían a cada segundo que pasaba, la victoria no decantaba por ninguno de los dos bandos. El nigromante que permanecía encapuchado en juramento a una promesa que se hizo de que ningún enemigo vería su rostro se regocijaba en cada una de las vidas que sesgaba bajo su espada. El intentaba abrir brecha en las fuerzas de Telpe, pero estas se defendían con gran valor. La batalla se estaba extendiendo demasiado y Telpe estaba consiguiendo una ligera ventaja sobre el Ingenio; Yandros y Atanvarde concretaron en ordenar una retirada táctica, estaban perdiendo muchos hombres era mejor dejar la batalla para decidir otro plan mejor. Cuando las tropas del Valle comenzaron darse la vuelta, el Nigromante vio cerca de el una extraña figura, una guerrera de cabellos negros y grises ojos luchaba sin tregua, su rostro de una piel ligeramente tostada, esbozaba un gesto de rabia y furia.
-Mornaew¡¡¡¡- Gritó el espectro.
Sin pararse a pensar, se lanzo contra ella, sin demasiados esfuerzos consiguió matar a toda la guardia que la rodeaba, cuando llegó hasta ella la miró a los ojos y le dijo:
-Has arriesgado demasiado trayendo a tu ejército hasta aquí, Telpe ha profanado tierra Ingeniosa y aunque no sea hoy, pagara por ello.
Tras esto y con un velocísimo ataque consiguió herirla en el costado.
Mornaew cayó furtivamente al suelo y con los ojos llenos de ira contestó riendo:
-Insensato, tu has arriesgado demasiado, mírate, rodeado de enemigos, muy valiente tu postura de infiltrarte solo tras las líneas enemigas.
Yandros cayó en su error, pero para cuando quiso retroceder una daga le atravesó un pulmón, latamente bajo de su corcel y arrodillado y lleno de sangre miro al cielo, ahora ante el se apareció otro ángel, pero esta vez blanco, su rostro era el de un niño y antes de caer inconsciente llegó hasta sus oídos la dulce melodía de un coro, luego cayó contra suelo, a su lado había un estandarte del Valle… una torre pisoteada bajo el fango….una torre caída.
A pesar de todo, el nigromante sobrevivió a aquello, al ver que se había quedado aislado Atanvarde dirijo un escuadrón de quinientos caballeros para rescatarle, y así fue, pero el precio pagado fue caro, una flecha atravesó el pecho de la Paredhel.
Ahora los dos permanecían bajo los cuidados de los sanadores del Valle, los dos yacían inconscientes en la misma tienda, luchando por sobrevivir, luchando por mantener el hilo que los aferraba a la vida.
Resumen de la batalla:
Telpe ha perdido 19 armadas x35= 665 puntos.
Recuperables: 439 puntos.
Valoraciones: 9.2 + +9 +7.4 +7 = 8.15
Recupera: 358 puntos. Los dirigentes han sufrido daños por el 30%, por este concepto recupera 105 puntos. Total recuperacion: 463 puntos.
Pierde 202 puntos.
Valle ha perdido 21 armadas x35= 735 puntos.
Recuperables: 331 puntos usando el poder especial de Rotshul.
Valoraciones: 8.6 +8 +8 +8 = 8.15
Recupera: 270 puntos. Los dirigentes han sufrido daños por el 140%, por este concepto recupera 490 puntos. Total recuperacion: 760 puntos.
No pierde puntos.
Telpe percibe 300 monedas por batalla ganada
Valle cede 100 monedas a Telpe por abandono de batalla
Compañías actualizadas y listas
[Editado por Indil el 24-11-2005 02:31]
Historia finalizada.
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