La Guerra de los Clanes

Historias, leyendas y batallas en las tierras olvidadas de Arda.

Edicion 2

Haldanóri, Las Tierras Ocultas

Finalizada · 08-09-2004

Historia Por Vida. Valle. Elboron

2005:11:27:23:18:05

Elboron

Sentado en una cómoda butaca de mimbre, Elboron dormitaba bajo el cálido sol crepuscular de Ciudad Dragón. A su lado, una enorme pila de papeles y papiros aguardaban a ser despachados por el elfo desde hacía varios días. Sin embargo, el ánimo del adormilado rey distaba mucho de resolver los aburridos asuntos burocráticos que su puesto le exigía.

Por el contrario, su secretario no cabía en sí de gozo. La fortuita lesión que se había producido en la batalla contra el Concilio de Nan-Tasarion le había obligado a reposar y a permanecer en el palacio al menos durante dos meses. ¡Cuánto papeleo podría adelantar!

Todos los días llegaba con nuevas peticiones, formularios y documentos que exigían la intervención de un Elboron que con el paso de los días se mostraba más descuidado y desinteresado en los asuntos de estado, desquiciando a chambelanes, escribas y cortesanos por igual. Todos sus esfuerzos se centraban en la traducción de un antiguo pergamino traído por un comerciante extranjero y en la elaboración de un nuevo cómputo propio. No estaba pues, precisamente ocioso.

Su pierna sanaba, decían los galenos, aunque había perdido mucha sangre y aún se encontraba débil. El golpe al saltar del buque tasariano había sido descomunal y todavía se preguntaban, asombrados, como había sido capaz de alcanzar la orilla a nado en tal estado.

- Robusto que es uno – contestaba sonriente cada vez que le preguntaban.

Y de este modo, pasaban los días lentamente para Elboron que, poco a poco, recuperaba sus fuerzas. Las infusiones y caldos que le habían preparado para espesar la sangre habían surgido efecto y con el devenir del tiempo se encontró lo suficientemente bien para salir a caminar por la ciudad. Por desgracia para él, los galenos se negaron y le prohibieron salir del palacio durante otras dos semanas más.

El elfo desesperaba. Muchas veces había burlado la muerte de la manera más inverosímil pero nunca había tenido que permanecer tanto tiempo encerrado e inactivo. Sus músculos le pedían a gritos algo de ejercicio y un simple paseo no podría hacerle gran daño. Así pues, aprovechando un descuido de los guardias que lo acompañaban día y noche, se enfundó sus gastadas ropas de viaje y apoyado en su pesado cayado de tejo se deslizó fuera del palacio sin compañía alguna con las primeras luces del alba.

No se había alzado el sol aún por el este y las bulliciosas calles de la ciudad aguardaban silenciosas la llegada de los comerciantes y ciudadanos, dispuestas al ajetreo de un día normal en el corazón del país del Valle. El panorama perfecto para caminar, debió pensar al apoyar su bastón en el pavimento.

Elboron disfrutaba del agradable paseo matinal, embozado en su capa para protegerse del gélido viento de la mañana, caminando sin rumbo fijo, paseando por el mero placer de hacerlo. Su cojera era aún ostensible y pese a sus esfuerzos, pronto se vio fatigado, deteniéndose en un banco a descansar.

Sacó su gastada pipa de arcilla y se dispuso a fumar cuando un enorme carro uncido por dos grandes bueyes se detuvo a su lado.

- Disculpadme buen hombre – dijo el mercader - ¿sabéis dónde se encuentra la casa de Torral, el alguacil? Debo presentarme ante él si quiero coger un buen puesto en el mercado.

- A estas horas a fe que aún seguirá dormido. Pero si os aventuráis a despertarlo, lo encontraréis en aquella pequeña casita – respondió Elboron, señalando una casa baja de madera, junto a la gran puerta de la plaza.

- Muy amable – le agradeció cortésmente antes de fustigar a sus bueyes en dirección a la plaza.

Debía ser día de mercado, se dijo el elfo. Había olvidado incluso el día en el que se encontraba y, posiblemente, fuera lunes. Permaneció un rato fumando su pipa mientras su pierna descansaba, entreteniéndose en ver pasar a los mercaderes y comerciantes que se dirigían a sus puestos en la plaza, cargados de mercancías.

Al fin, la curiosidad pudo al elfo y levantándose, no sin dificultad, se encaminó, él también, a la plaza dispuesto a observar de cerca los preparativos para el gran evento semanal de la ciudad.

- Quizá al mercader de los bueyes no le importe mi presencia y quiera conversar. Iré en su busca – dijo mientras cruzaba los grandes portones de la Plaza Real.

Lo encontró entre dos puestos de verduras, muy atareado, colocando sus artículos en pesados cestos, tejidos con esparto. Lo saludó con la mano y se acercó hasta él.

- Veo que habéis encontrado un buen sitio – dijo sonriente el elfo - No os puso ningún impedimento el alguacil por lo que veo.

- No lo sabré hasta que acabe la jornada – le contestó el mercader – Al menos espero que así sea pues he hecho un gran viaje desde el sur para vender mis tallas.

- Son magníficas – admiró el elfo – quizá luego os compre alguna.

Estuvieron charlando largo rato pues el hombre acabó pronto de disponer sus mercancías y encontraba la conversación de Elboron muy agradable. Sin embargo, poco a poco la plaza se comenzó a llenar y pasado un rato el hombre no pudo atender al elfo, atareado como estaba con su clientela.

Se despidió con la mano y prosiguió con su paseo, dificultado por la gran cantidad de gente que iba entrando al mercado. El cansancio fue haciendo mella en él y tras trastabillar un par de veces, acabó por desplomarse ante los constantes empellones que la multitud ajetreada le propinaba. Nadie parecía percatarse de su situación y el débil gemido que emitía pidiendo socorro no parecía ser escuchado por nadie. Abrumado, el buen elfo se acurrucó y extenuado se desmayó.

Un gran alboroto reinaba en el palacio real. La desaparición del rey no había pasado desapercibida por mucho tiempo mas el caos era absoluto. El chambelán, furioso, increpaba a los médicos acusándoles de negligentes y éstos, iracundos, protestaban ante el secretario real injuriando a la guardia.

Había pues un gran desconcierto y nadie se decidía a actuar salvo el joven ayuda de campo del rey que, preocupado, ensilló su caballo y partió en su busca dejando a los inútiles cortesanos discutir.

- Es probable que se encuentra en la biblioteca – le dijo al capitán de la guardia – De no ser así, le buscaré en la ciudad pues no ha podido ir muy lejos en su estado.

Faevelin espoleó a su caballo y poco después se encontraba en el camino de Ostaire, bajo un sol de justicia e inquieto por el paradero de Elboron. Algo en su corazón le decía que se encontraba en apuros y no estaba seguro de que estuviera en la biblioteca.

Mientras tanto, el rey yacía inconsciente en el polvoriento suelo de la plaza, ignorado por todos, pues le tomaban por uno de los incontables mendigos que pedían limosna aprovechando el día de mercado. Incluso le cayó alguna que otra moneda sobre la capa y no menos de un puntapié en las costillas.

Al cabo de una hora, el agotado caballo de Faevelin cruzaba la muralla de la Biblioteca y, causando gran alboroto, el ayuda del rey preguntó por Elboron. Ante la sorprendida mirada de Árawen que negaba con la cabeza, dio media vuelta y sin mediar palabra espoleó a su montura de vuelta a la ciudad.

- ¡Lo sabía! – se dijo enfurecido gritando de impotencia.

El revuelo en el palacio había alcanzado por momentos los tintes de disputa e incluso alguna espada fue desenvainada pero la súbita presencia del gran capitán Volomir, convaleciente también, calmó los ánimos y las aguas, aunque revueltas, volvieron a su curso. La guarnición entera del palacio fue enviada en su busca pero sus pesquisas fueron infructuosas y no pudieron hallar rastro alguno del elfo. El capitán aguardaba la llegada de Faevelin y, pese a todo, recordando sus palabras ordenó rastrear los alrededores de palacio pero también fue en balde.

El caballo de Faevelin jadeaba ruidosamente y al desmontar el jinete de desplomó exhausto a las puertas de la ciudad causando gran asombro a los centinelas, pero Faevelin ya corría por la ciudad en dirección a la plaza, guiado por un presentimiento y azuzado por sus temores.

Comenzaba a anochecer en la ciudad y el gran día de mercado daba a su fin. Algunos mercaderes, los más afortunados, habían logrado vender todas sus existencias, los menos, habían conseguido lo suficiente para alimentarse al menos una semana más. El gentío abandonaba la plaza y los puestos eran recogidos con presteza por sus dueños, deseosos de acabar la dura jornada. Incluso los mendigos se marchaban ya pero una figura permanecía inmóvil en el suelo, cubierta de polvo, ajena a cuanto sucedía a su alrededor. El rey permanecía desvanecido en el suelo.

Las antorchas fueron prendidas en la ciudad, que se disponía así para la llegada de la noche y las estrepitosas pisadas de un elfo sobre el empedrado suelo retumbaban con estruendo causando gran revuelo y llamando la atención a los escasos transeúntes que aún quedaban en las calles.

- ¿Quién sería el joven oficial que corría como loco hacia la plaza apartando todo cuanto encontraba a su paso? - se preguntaban quienes le veían pasar.

Poco después llegó a la Plaza Real y asiendo una antorcha de la pared comenzó a inspeccionarla. Ante su extraña actitud apareció el alguacil de guardia, dispuesto a reprenderle pero al reconocer su rostro se acercó hasta él dispuesto a ayudarle. No tardaron mucho en encontrar al rey que, inconsciente, yacía en el mismo lugar al que cayera muchas horas antes.

Con gran celeridad lo llevaron al palacio donde fue atendido inmediatamente por los nerviosos sanadores y llevado a su alcoba. Por fortuna, como informaron poco después los galenos, las heridas no eran graves pero esta vez tendría que guardar un reposo más severo y a punto estuvieron de atarle a la cama de no ser por la iracunda mirada de Faevelin que les desaconsejó hacerlo, soltando un exabrupto.

Pocos días después Elboron se sentaba de nuevo en su cómoda butaca de mimbre, mientras dormitaba bajo el cálido sol crepuscular de Ciudad Dragón.

A su lado, una enorme pila de papeles y papiros aguardaban a ser despachados por el elfo. Esta vez, tendría que atenderlos, se dijo en sueños.

Eärondûr Rangilion

Los Valar otorgan un 40% de vida al personaje