La Guerra de los Clanes

Historia Por Vida. Valle. Volomir

Terminada
Escrito el 27-11-2005 18:27 #1

Apoyada en el quicio de la puerta, Aliena aguardaba con nerviosismo mientras Árawen atendía a un Volomir que, inconsciente, yacía sobre un gran lecho de mullida paja. El silencio de la sala era sepulcral y sólo se oían los quejidos del maia cuando la elfa le cosía la herida.

Después de la delicada operación, la sanadora, cansada pero satisfecha, se acercó hasta una jofaina donde lavó sus manos, impregnadas de la oscura sangre del maia. Se secó con la suave toalla que un criado le tendía y salió al pasillo a conversar con Aliena.

- ¿Cómo está? – preguntó inquieta

- El corte fue limpio pero la espada que le atravesó debía estar muy herrumbrosa pues había minúsculas esquirlas muy oxidadas. – contestó la sanadora – Me preocupa la infección que esto pueda causarle aunque, por fortuna, la hoja no atravesó ningún órgano interno. En unos días podrá levantarse.

La elfa respiró tranquila tras escuchar las explicaciones de la sanadora. Había temido lo peor cuando le encontraron junto a Elboron al borde de la muerte. Afortunadamente, antes de caer inconsciente, el rey había logrado contener la hemorragia lo suficiente para que el maia sobreviviera. Sin embargo, él también había salido bastante mal parado con una complicada fractura en su pierna derecha.

Se despidió de Árawen y marchó por el luminoso pasillo hasta los salones de Elboron, contenta de poder referirle la noticia. El rey dormitaba en un sillón de mimbre bajo los cálidos rayos del sol ante la atenta mirada de un soldado de su guardia.

Aliena no podía verle pero sabía que estaba allí. La ceguera que la había acompañado desde niña no la impedía percibir todo cuanto sucedía a su alrededor y, desde luego, la pesada respiración del elfo, así como el ruidoso tintineo del centinela cada vez que se movía, dibujaban para ella la escena en su mente con tanta claridad como si sus bellos pero inertes ojos pudieran verlo.

- Elboron – susurró al oído del elfo mientras le acariciaba el cabello – despierta, amigo mío.

Entornó los ojos y lentamente reconoció la pálida figura de Aliena frente a él, sonriéndole calidamente.

- Aliena – dijo sorprendido – te creía en el continente. Qué placer tenerte aquí de nuevo.

- Vine a verte en cuanto oí que habías caído herido en la decisiva batalla contra los tasarianos. Me alegra ver que no estás herido de gravedad.

- Tuve bastante fortuna de salir de allí vivo – recordó frunciendo el ceño – pero Volomir no tuvo tanta suerte. Cayó traspasado por una hoja enemiga y dudo que sobreviva.

- Te equivocas – repuso alegremente ella – Vengo de las casas de curación y Árawen en persona lo está cuidando. Sanará, estoy seguro de ello.

- ¡Eru bendito! – dijo feliz – Has traído esperanza a mi atribulado corazón Aliena. ¡Qué maravillosa noticia!

Los dos amigos continuaron charlando alegremente sin reparar en las horas que se consumían con velocidad.

Varios meses habían transcurrido desde que Aliena partiera de la ciudad en compañía de Gaur al continente y tenían muchas cosas que contarse. Las noticias que ella le traía eran bastante halagüeñas y la narración de las aventuras vividas en las tierras saucistas interesó sobremanera a Elboron. Sin embargo, al anochecer, el cansancio pudo con él y tras despedir a su amiga cayó dormido.

Muy animada, Aliena se dirigió a las casas de curación, deseosa de saber como evolucionaba el maia. Más de una vez, el arrojo y el valor de Volomir le habían sido de gran ayuda y no olvidaba la ocasión en que él le salvó la vida arriesgando la suya en los temibles pasos de Kheled Zigil cuando una compañía errante de orcos les atacó. Desde entonces, una profunda amistad los unía y, aunque no se lo hubiera dicho a Elboron, había vuelto a la isla después de un terrible sueño en el que vio a Volomir inerte, tendido en su lecho, acusado de una grave y misteriosa enfermedad.

Al llegar a la alcoba donde él reposaba, se sentó en un escabel, dispuesta a velar a su lado la noche entera. El maia respiraba tranquilo y apenas se movía. Árawen debía haberle suministrado algún somnífero pensó.

Las horas y los días eran engullidos lenta e inexorablemente pero Aliena seguía a su cabecera cambiando sus vendajes con dulzura y cuidando su maltrecha herida con gran cariño.

Sin embargo, había algo que preocupaba a la elfa. Habían transcurrido casi quince días desde que lo trajeron a la ciudad y en todo ese tiempo no había despertado del extraño letargo en el que parecía sumido. La medicina de Árawen parecía haberle afectado negativamente pues otra razón no acertaba a dar a su extraño mal.

La preocupación aumentaba día a día en las dos mujeres que no sabían a que podía deberse tal estado y no encontraban cura alguna.

Una noche, Aliena se sentó a su lado dispuesta, como siempre, a atenderle. El guerrero dormía pero rápidamente notó que algo iba mal. Su respiración acompasada se tornó en violentos espasmos y su cuerpo se convulsionaba ferozmente ante el estupor de la elfa que trataba de despertarlo agitando sus hombros y gritando su nombre.

El revuelo atrajo a muchos sanadores y pronto se congregó alrededor de su cama un gran gentío, que asistía impotente al misterioso ataque que envolvía al maia.

- ¡Volomir! ¡Volomir! – gritaba Aliena con desasosiego – Despierta amigo, ¡despierta!

Repentinamente, las convulsiones cesaron y la respiración recuperó su pausa habitual hasta que prácticamente cesó, entrando en un letargo que dejó estupefactos a los presentes.

Poco después llegaba Árawen, que se abría paso a empellones entre la multitud hasta llegar al enfermo, donde Aliena lloraba desconsoladamente aferrada a sus manos, superada por los acontecimientos.

La sanadora la asió amablemente por el brazo y la llevó fuera, exhortándola a que esperara allí. Cuando la elfa se hubo calmado, Árawen entró en la habitación y examinó de nuevo a Volomir, sin albergar grandes esperanzas.

En el pasillo, Aliena sufría en silencio con las manos apoyadas en sus sienes, cuando una alta figura que caminaba ayudada de un cayado se acercó hacia ella. La ostensible cojera que hacía gala permitió a la elfa reconocer a Elboron con facilidad y saltando del diván se abalanzó hacia él, llorando desconsolada.

- ¡Oh!, Elboron – gimió – Volomir...

El elfo la abrazó dejándola que llorara hasta que no quedaron lágrimas en sus ojos. Una vez dejó de sollozar, le preguntó que había sucedido y ella le contó el extraño episodio que había tenido lugar en la alcoba del maia.

El semblante del elfo reflejaba la gravedad de la situación y llevando a la mujer hasta el diván se sentó junto a ella.

- Aliena... – le dijo – el mal que aflige a Volomir está fuera del saber de Árawen. Su saber es insuficiente. Sin embargo... tú posees un poder escondido que puede devolverle a la vida. El poder de las palabras sagradas...

- Elboron – murmuró desconcertada – hace mucho tiempo de eso. Apenas recuerdo las palabras...

- Debes intentarlo – contestó con severidad – Yo confío en ti y seguro que él también.

- Si fracasara... puedo matarlo – le contestó.

- No fracasaras – dijo convencido – Sólo tienes que buscar en tu mente y encontraras el camino correcto.

Poco después salía Árawen, abatida y desconcertada, pues si bien la herida sanaba correctamente, el enfermo parecía sumirse hondamente en un estado de letargo que según dijo, pronto reclamaría su vida.

Aliena dudaba mas las funestas palabras de la sanadora despertaron en ella el anhelo por salvar a su amigo y con ello, un saber largo tiempo olvidado.

Sin mediar palabra, entró en la habitación con paso firme y decidido, ordenando a los presentes que se marcharan. Sus ojos habían adquirido la vivacidad del fuego y su mirada se tornó serena. Acercándose hasta Volomir, posó su mano en su frente y cerró los ojos.

Palabras antiguas, perdidas, fruto del saber de un pueblo extinguido, fluyeron de sus labios mientras su mano irradiaba un fulgor blanquecino que parecía transmitir calor al exangüe cuerpo del maia, cuyo gesto parecía contraerse en una mueca.

De repente, la maga abrió los ojos y la sala se inundó con una luz más brillante que el más refulgente de los rayos del sol. Durante unos segundos, Volomir se agitó en sueños hasta que ella los cerró de nuevo y la alcoba volvió a la penumbra de la noche a la par que sus ojos recuperaban su mortecino color. Apartó su mano de la frente del maia y éste pareció despertar de su sopor.

Entornando los ojos, dirigió su mirada hacia la herida de su costado y al alzar la vista reconoció una silueta femenina cuyo cabello, blanco, parecía moverse a pesar de la ausencia del viento. Incrédulo, balbució:

- ¿Aliena?

- Hola Volo – contestó sonriente – Bienvenido de nuevo.

Escrito el 27-11-2005 23:02 #2

Los Valar otorgan un 40% de vida al personaje

Historia finalizada.