...Llegaron sin avisar, destruyéndolo todo, incendiando nuestras casas, arrasando nuestros campos, envenenando nuestras aguas, devastando cuanto encontraban a su paso; cuánto dolor sentimos al ver el fruto de nuestros esfuerzos despedazarse bajo los cascos de esas odiosas criaturas. Porque aquellos no eran caballos, no …eran bestias tan brutales como sus jinetes; y al igual que ellos, llevaban la marca de la llama roja, del fuego que no se consume pero abrasa y devora y calcina en medio de tormentos indescriptibles los cuerpos de los enemigos… mientras sus mentes permanecen lúcidas y las voces desgarradoras imploran misericordia...
…Huimos; muchos, tantos como pudimos; abrigados en el cobijo de la noche escapamos hacia las montañas en busca de refugio; Pero a nuestras espaldas los pasos acelerados de esos malditos caballos recortaban la distancia que nos separaba. El miedo nublaba mi mente, no demorarían en alcanzarnos y rodearnos y asesinar nuestros cuerpos con sus oscuras espadas y sus flechas envenenadas. Mis piernas no respondían, mi ser entero temblaba de terror y mis ojos permanecían fijos en la oscura lejanía; pero una voz dulce me despertó de aquella pesadilla, era mi pequeña hermana que se aferraba a mi cuerpo mientras pronunciaba mi nombre con desesperación; la tomé de la mano y me adentré en la espesura del bosque que resguarda el paso de las montañas; tras de mí, otros hicieron lo mismo; y juntos logramos escapar de los jinetes de negra armadura, pero demasiados perecieron en aquel lugar, alcanzados por la furia del mal…
…Y fueron días los que demoramos en atravesar aquel paso derruido por el correr de las edades; con el viento de las altas nieves golpeando nuestros rostros y la dura roca destrozando nuestros cansados pies. Por momentos, la montaña parecía condolerse de la pena que nos embargaba y ordenaba a los vientos que cesaran en su castigo. En otras ocasiones, por el contrario, se mostraba tempestuosa y despiadada, rugiendo desde sus entrañas y desgarrando sus laderas… cuyos trozos desprendidos se precipitaban con estruendo y peligro hacia los profundos acantilados que se abrían a nuestro lado. La comida era escasa y el agua, amarga; las pocas provisiones que traíamos con nosotros se agotaban presurosamente a pesar de racionarla con cuidado, y nada vivía en aquel inhóspito lugar que pudiera servirnos de alimento…
…Los pequeños eran quienes más sufrían en aquella angustiosa travesía y, sin embargo, eran quienes nos la hacían un poco más llevadera. Sus cantos alegraban nuestros oídos, reconfortaban nuestras almas y nos animaban a continuar, a pesar del dolor. Mi hermana, la pequeña Hérincë, fue siempre quien guió a los demás chiquillos y quien les motivó con su fortaleza; por siempre recordaré su cálida sonrisa… y el modo en que iluminaba mis aciagos días…
...El camino, por fin, descendió hacia los valles que bordeaban el extremo opuesto de las montañas. Según los ancianos de la aldea, los valles eran irrigados por innumerables riachuelos que descendían desde las laderas de las altas cumbres, permitiendo que sus ricos suelos se tiñesen con un eterno verdor de indescriptible intensidad; pero, al llegar, no vimos más que un inmenso desierto de tierra árida y reseca por los vientos que soplaban desde el este, y por ríos solo hallamos lechos vacíos y cenagosos en los que uno que otro sapo había decidido habitar…
…El viaje se prolongaba más de lo que alguno de nosotros pudiese haber imaginado en un principio. Buscábamos un nuevo hogar, una nueva tierra; pero hasta entonces sólo terrenos yermos y sombríos se abrían ante nuestros ojos. Además, la inhóspita región no era el único de nuestros problemas. De alguna forma, los oscuros jinetes ubicaron el rastro de nuestros pasos y, cabalgando sobre esas bestias, hijos de Morgoth de los que ya he hablado, se lanzaron en nuestra persecución; esta vez con más saña que cuando escapamos del poblado… mas logramos escapar a sus espadas y ocultarnos de sus escrutadoras y penetrantes miradas en miles de ocasiones…
…Nuestra existencia se hizo insoportable; el temor de caer en manos de aquellos brutales soldados nos seguía a cada instante; escuchábamos el golpear de los cascos sobre el suelo del bosque; y el resonar de sus voces, el canto de sus aceros al cortar el viento; no teníamos ni un momento de descanso, siempre huyendo cual eternos fugitivos…
…La mirada de Hérincë cambió; se hizo intensa, sombría; y en sus labios dejó de dibujarse esa sonrisa que yo tanto amaba. Mi hermana perdía su alegría y yo nada podía hacer por devolvérsela. Los demás chiquillos también notaron su cambio, y un nuevo temblor se arraigó en sus corazones. La esperanza que nos animaba a continuar avanzando se desvanecía a cada instante; la angustia, en cambio, crecía sin cesar… alimentada por el constante temor de ser capturados, y brutalmente asesinados, como lo habían sido nuestros padres, amigos, esposos, hijos y hermanos, aquel aciago día...
…Una noche, mientras aguardábamos el amanecer, ocultos entre las ramas de un frondoso árbol, mi amada Hérincë pronunció una frase inesperada y aterradora: “Quiero ser como ellos, quiero dejar de huir”. La sangre se heló en mis venas al escuchar sus palabras. ¿Era cierto lo que escuchaban mis oídos? ¿Era posible que mi hermana contemplara la abominable idea de pertenecer a aquella legión de muerte y dominar esa jauría de perversas bestias de oscuro pelaje? “¿Has perdido la razón?” le reprendí con severidad, “¿acaso no has visto lo que han hecho con nuestra aldea, con nuestras tierras, con nuestros animales, con nuestras familias… con nosotros?” Me llevé las manos al rostro para ocultar las lágrimas de rabia y de dolor que resbalaban por mis mejillas, mientras ella me observaba con esos ojos fríos y sin emoción…
…La monotonía de la marcha se hacía cada vez más insoportable; los árboles, los arroyos, las rocas, los obstáculos, el amanecer, el crepúsculo, día tras día todo lucía exactamente igual; ni siquiera la constante presencia del enemigo parecía variar. Sus pasos siempre eran lo bastante cercanos como para permitirnos escucharles, y lo suficientemente lejanos para no preocuparnos por un sorpresivo ataque y una muerte inminente…
…Hérincë siguió cambiando, al igual que sus hábitos; al anochecer no buscaba cobijo en los árboles, sino que emprendía largas caminatas en medio de la oscuridad; y sólo regresaba al despuntar el alba, tal como lo hiciese una lechuza. Le pedí que no se alejara demasiado, los soldados aún nos perseguían; pero ella ignoró por completo mis advertencias. Para nuestra sorpresa, siempre regresó sana y salva de sus largos paseos…
…Cayeron sobre nosotros en medio de la noche; corrimos como conejos asustados huyendo de nuestro predador, un cazador experto cuyas armas no eran las flechas certeras y piadosas sino el filo de una espada. Algunos fueron muertos por saetas envenenadas cuando intentaban escapar; otros tantos perecieron al enfrentarse a los soldados, cuerpo a cuerpo; y otros, como yo, fuimos apresados y encadenados como animales. Temí por Hérincë, por su seguridad, por su vida; y oré a los Valar invocando su protección, tal vez su nueva costumbre de recorrer los bosques terminaría por librarla de la muerte atroz que nos aguardaba a los sobrevivientes…
…La vi de pie en el extremo opuesto de nuestro derruido campamento, con su mirada indiferente sobre mí. ¿Sería posible que no advirtiera el peligro en que se hallaba? Una figura alta y oscura se aproximó a ella; grité con todas mis fuerzas; intenté llamar su atención; pero ella permanecía impávida, observando cómo los soldados me llevaban a rastras con el resto de los prisioneros. La figura se le acercó un poco más y rodeó sus hombros con el brazo. Pude ver que se trataba de un elfo de dorados cabellos y traje completamente negro. Algo me golpeó en la cabeza y todo se nubló a mi alrededor. “Hantalë Hérincë” escuché decir al Elda; “Úman ná” respondió mi hermana…
