Atanvarde Celeblasse
La flecha. La vio venir como en un sueño, vio las diminutas partículas de agua que salían despedidas al rebotar con ella en su trayectoria. Pero no pudo esquivarla. Estaba demasiado ocupada tratando de que el inerte cuerpo de Yandros no se cayera de su caballo. Abrió mucho los ojos. El dolor era insoportable. La saeta se había incrustado en el lado izquierdo de su pecho, unos centímetros debajo de la clavícula, y le había partido dos costillas, rozándole el pulmón. El golpe de la flecha fue detenido en gran medida por la armadura y la cota de malla. Emitió un débil gemido. Sintió que su cuerpo se iba hacia un lado, sin que pudiera hacer nada. Su visión se fue apagando lentamente. Luchaba por la consciencia…sabía que si se desmayaba lo más probable era que se le quedase un pie enredado en el estribo y el caballo la arrastrase, dejándola pisotear por los guerreros que aún se batían en duelo, o incluso que alguno la acabase de matar. Pero al fin el dolor ganó.
Cayó, y tal como lo había supuesto, su pie derecho se quedó atrapado en el estribo, pero uno de los soldados del Valle la cargó en sus hombros cuidando de no hundirle mas la flecha. Yandros tuvo que ser sostenido por tres hombres: su peso corporal era obviamente mayor que el de la dama. Fueron llevados a una tienda.
Los sanadores se debatían en persistentes carreras, exhalaciones, indicaciones a los asistentes.
-Si le sacamos la flecha se desangrará.-le dijo un sanador a otro. Con una pequeña sierra habían cortado la mitad de la saeta. Las sábanas que la cubrían lentamente se iban llenando de sangre, barro y agua. Una asistente le retiró la coraza y la cota de malla, y cortó la parte superior de la camisa de algodón manchada de carmesí. El sanador decidió sacarle la flecha. La movió un poco hacia la derecha, la giró un cuarto de vuelta para que se le hiciera más fácil retirarla, y con un sonoro crujido extrajo la punta. La sangre empezó a salir a borbollones por la herida. Tenían poco tiempo para restaurarle el pulmón y las costillas. El cirujano sacó la sangre que había entrado en el pulmón izquierdo de la dama, cosió con un hilo muy fino la herida, enderezó las costillas rotas y las “adhirió” con un líquido dispuesto para ello. Atanvarde tuvo que ser sostenida por cuatro auxiliares, pues el dolor, aunque estaba inconsciente, la estaba atenazando hasta el punto de convulsionar. El cirujano terminó su trabajo. El sanador le echó un líquido raro que olía a árnica y alcohol y suturó la bárbara abertura. Era increíble que una flecha pudiera hacer semejante daño. Le vendaron el tórax y le pusieron ropa seca. Ya no podían hacer nada más, excepto esperar su evolución. Respiraba muy lentamente, ya que dolía hinchar el torso, y su corazón iba a un ritmo desbocado. La fiebre le estaba subiendo rápidamente. De repente, tosió sangre, y sus latidos se espaciaron, disminuyendo hasta que casi no se oían. Pararon por unos treinta segundos, y luego reanudó su marcha.
El hilo del que pendía su vida se estaba desvaneciendo. En la cama de al lado, Yandros también se debatía entre la vida y la muerte, aunque ya era un espectro.
En esos nefastos treinta segundos, Atanvarde experimentó visiones de las Estancias de Mandos, un castillo enorme, casi como una ciudad, hermosa pero melancólica. Sus habitaciones estaban decoradas con tapices de escenas que ella reconocía…antiguas leyendas afloraban ante sus ojos. Sobre una puerta, los dos Árboles de Valinor, tejidos en oro y plata, resplandecían. Intentó tocar el tapiz, pero la puerta se abrió sola. Entró en una sala cuyo techo estaba sostenido por columnas altísimas que se perdían en la oscuridad. Al fondo de la sala, había dos tronos. Los seres que estaban sentados sobre ellos despedían un fulgor plateado, y el poder que emanaba de ese fulgor hacía que Atanvarde se estremeciera. Avanzó por entre las columnas, de las que colgaban tapices y estandartes, y observó el rostro de Námo y de su esposa, Vairë.
Los rasgos de él eran varoniles y hermosos. Sus ojos claros la observaban sin inmutarse. En realidad, su expresión era tan adusta que impondría respeto al más desjuiciado de los hombres. Vairë era de una delicadeza extrema. Sus manos sostenían una tijera e hilos de bordar. Su sonrisa era tranquilizadora, y sus ojos, claros, iguales a los de su esposo.
-¿Quién sois?-preguntó Mandos.
-Atanvarde Celeblasse.-respondió ella con la cabeza gacha, mientras hacía una reverencia.
-¿A qué habéis venido?-intervino Vairë con voz dulce mientras jugueteaba con un hilo plateado.
-A encontrar la paz.-fue lo único que pudo articular. Las comisuras de la boca de Mandos se crisparon en una débil sonrisa. Hizo un gesto a su mujer. La Valië le mostró a Atanvarde el hilo que tenía en la mano derecha. Era muy largo, y en la mitad tenía tres nudos, cada uno seguido de otro.
Despertó de golpe. Su hilo había sido reanudado, aunque seguía muy grave. Una mujer se apresuró a darle de beber. La infusión la dejó inconsciente de nuevo. Antes de desmayarse volteó la cabeza y miró la cama de Yandros, llena de sangre. Extrañamente, el nigromante también la estaba mirando mientras un hilillo bermellón se le escurría por la comisura de los labios.
En su niñez había temido a aquel numenóreano, sirviente de Morgoth, que buscaba a los Amigos de los Elfos para quemarlos en el templo de Sauron. Ahora lo respetaba y lo apreciaba como amigo y como compañero de armas, y le preocupaba su estado de salud. Pidió a Eru que cuando despertara, Yandros también lo hiciera.
Volvió en sí unos días después. Siempre que la herían en batalla el sueño la dominaba largo tiempo. Aún ardía en fiebre, y tenía el brazo izquierdo en cabestrillo para evitar que lo moviera. Con cuidado se tocó la herida.
-“Espero que esto no me deje cicatriz”-murmuró, sentándose.
-Los sanadores siempre tratan de no dejarnos marcas.- dijo la voz de Yandros desde la cama contigua.- Pero creo que ahora sus ungüentos no me van a causar ningún efecto.
Atanvarde miró instintivamente al nigromante, más pálido que nunca. Sus ojos verde esmeralda la observaban, y en sus labios se asomaba una sonrisa. La dama se levantó con algo de esfuerzo y se sentó en la cama de Yandros.
-¿Cómo te encuentras?-le preguntó.
- Algo adolorido y entumecido. Los sanadores me han mandado reposar (no levantarme bajo ningún concepto) y ya estoy aburrido, aunque se han portado de maravillas. ¿Y tú, qué tal vas?
-Pues ya ves. Mejorando. Tengo algo de fiebre todavía, y estoy atontada por el efecto de las medicinas.
-Quiero agradecerte por haberme sacado de allí…
-No me agradezcas. Era mi deber. Además debemos agradecerte a ti el tener ese sueño.- le interrumpió ella.
Siguieron hablando durante unos minutos sobre la desastrosa batalla.
-! Y ahora nos perderemos todo lo bueno!-protestó la dama.-Seguramente nos recluirán en las habitaciones de la Torre hasta que nos recuperemos.
-¡Señora!-intervino indignada la voz de un sanador, que recién había entrado en la tienda trayendo más medicinas.-¡Debéis guardar reposo! Por favor volved a vuestra cama…
Sin protestar, Atanvarde se metió bajo las cobijas de su cama. El sanador, despotricando contra los pacientes rebeldes a los que no les interesaba su recuperación, puso una mano sobre la frente de ella para comprobar su temperatura.
-¡Y encima os ha subido la fiebre!! No os permitiré levantaros de nuevo!
Yandros la miró burlonamente. Ahora le tocaría aguantar con duro estoicismo el desagradable sabor de los filtros y pociones que utilizaban para bajar la fiebre.
La noche estaba bastante avanzada. Se aventuró a calcular que eran las dos de la madrugada, pero era imposible estar segura sin mirar la posición de la luna en el cielo. Los sanadores se habían retirado a sus tiendas, y los cuatro ayudantes que cuidaban de Yandros y Atanvarde estaban profundamente dormidos. Se oía la acompasada respiración del numenóreano.
La dama se levantó de su lecho de nuevo. Ya no soportaba estar acostada por más tiempo. La angustia corroía su corazón. El Valle. No les faltaba fuerza militar ni inteligencia, pero estaba preocupada. Su amada isla había sido declarada la Enemiga Pública de Haldanóri. Sabía desde antes que Telpe y Nurn estaban confabulados contra ellos, pero le golpeó sin duda el ver tropas nurnitas y telpitas luchando juntas. Apartó la
cortina que tapaba la entrada a la tienda. Los guardias dormitaban de pie, apoyados en sus lanzas. El aguzado oído de uno de ellos sintió los leves pasos de la dama, y reaccionó a ellos. Intentó susurrarle hacia dónde se dirigía. La mujer, sin mirarlo, se puso el dedo índice sobre los labios para pedirle silencio. El guardia hizo como que no la había visto y siguió dormitando.
La elfa entrechocó sus muñecas. Los brazaletes que las adornaban emitieron una tenue luz azul al reaccionar con el brillo plata de Isil, que se encontraba en la casilla décima del cielo. Delicados carámbanos de hielo caían sobre ella y alrededor de ella. El fango se cubría de polvo blanco. Tardó un momento en darse cuenta de que estaba nevando y al respirar le salía vaho por la boca. Se mareó. Siguió caminando, tenía que llegar hasta su tienda. Al fin entró en ella, temblando. La luz azul iluminó un lecho improvisado, una mesa llena de papeles y mapas, tres sillas, una percha en la que dormitaba una enorme ave de presa de color marrón, otra percha de la que colgaba su armadura perfectamente organizada y ensamblada, dispuesta para cualquier emergencia, y un pequeño altar cuyas únicas dos figuras eran una de Elbereth y otra de Aldaron.
Se aproximó a la segunda percha. Su coraza tenía un hoyo de tamaño considerable a la altura de la clavícula, estaba sucia y ensangrentada. Se sentó en su lecho, y de una pequeña canastilla escondida debajo de su almohada sacó una botellita de cristal envuelta en tela azul bordada con la efigie de la Torre.
-“No la tomes sino hasta que estés en una situación muy grave, en la que incluso ya no tengas control de tus movimientos y el dolor recorra cada partícula de tu cuerpo.”
Se le hizo difícil abrir la botella. Tenía los dedos entumecidos. El cordial de color opalino se deslizó por su garganta lentamente.
Le causó el mismo efecto que le habría causado tomar veneno. Escupió los restos que quedaban en su boca, pero con pánico comprobó que se había tomado la mitad del contenido de un solo trago.
“Me han engañado. ¡Maldita sea! ¿Moriré envenenada yo, que tantas veces le he escapado a la Muerte?”
Antes de que la consciencia le fuera arrebatada, notó que el calor que se esparcía por su pecho desaparecía al chocarse contra una superficie blanca y poco mullida: el suelo.
-¡Atanvarde!!Despierta!- casi gritó una voz espectral en adûinac.
-Déjame, no me atormentes, ya estoy muerta…- murmuró ella en el mismo idioma.
Una bofetada hizo que recobrara el sentido. La enojada faz de Yandros la miraba. Aún tenía la pesada y grisácea mano en alto. Su delicada mano tomó con rabia la mano de Yandros y la apartó bruscamente de ella. Nunca nadie había osado tocarle el rostro, y ella tomó eso como un insulto.
-¿y tú quién demonios te crees para andar pegándome, espectro?-protestó, airada. Para su sorpresa, el nigromante sonrió.
-¡Qué bien! No sabía que los muertos hablasen.-bromeó.
-Ja, ja. Tú, en teoría, eres un muerto andante.
-En teoría, muy bien dicho, en teoría…
Se encontraba de nuevo en la tienda de curación. Ahora era Yandros quien estaba sentado en su cama.
-Pensé que había tomado veneno.-murmuró ella confundida.
-Eso mismo pensaron los sanadores cuando te vieron, hasta que les dije que todavía estabas viva.-le respondió Yandros.-Además, no eres de las que se quitan la vida. Hemos mandado la botella a la Torre para que sea analizada por los alquimistas. Según los sanadores, el efecto que ha causado esta...poción… no es malo, al contrario, te ha quitado la fiebre, el dolor y la hinchazón, ha normalizado tu respiración y tus latidos…
-Pero vaya si hizo que me asustara…
-¡Señor Yandros! ¿Qué le dije ayer?- exclamó la voz de un sanador. Yandros, renqueando, fue a acostarse en su cama.
