Delisse Yestariel
Fin Guerra: Valle del Ingenio deja de Atacar
Armadas perdidas por \"Valle del Ingenio\" = 20
Armadas perdidas por \"Señores de Nurn\" = 22

Historias, leyendas y batallas en las tierras olvidadas de Arda.
Edicion 2
Finalizada · 08-09-2004
2005:12:07:00:42:39
Fin Guerra: Valle del Ingenio deja de Atacar
Armadas perdidas por \"Valle del Ingenio\" = 20
Armadas perdidas por \"Señores de Nurn\" = 22
La mañana transcurría de forma apacible en Ciudad del Dragón. Tan sólo se oían las joviales risotadas de los pocos niños que jugaban con la copiosa nieve que había caído en las últimas semanas.
Los centinelas del gran portón, arrebujados en sus pesadas capas, observaban divertidos las travesuras de los chiquillos sin prestar demasiada atención a la nevada llanura que se extendía delante de la ciudad. Hacía ya muchos días que no tenían noticia alguna de las tropas saucistas guarecidas bajo las frondosas hayas del bosque de taur-nu-giliath y la vigilancia se había tornado cada vez más descuidada.
Una densa niebla bajaba desde las montañas nublando a su paso la hermosa campiña del Valle cegando a los, ya de por sí, indolentes soldados. Raudo como la niebla cabalgaba hacia la ciudad un jinete portando importantes noticias que debían ser escuchadas por el rey. Al divisar las orgullosas torres de la ciudad clavó las espuelas y lanzó a su magnífico corcel a la carrera. No era asunto baladí y no quería demorarse.
Poco después, diríase mensajero de la niebla a la que precedía, llegó a las puertas de la ciudad.
Sorprendidos, los guardias le dieron el alto, desconfiando del solitario jinete pues iba éste ataviado con pesado manto sin enseña alguna y vestía una oscura capucha que ocultaba su rostro. Sin inmutarse ante los gritos de los guardias, el hombre abrió el manto y una espléndida armadura con la argéntea librea del príncipe Yandros refulgió ante los ojos de los soldados que, timoratos, retrocedieron dejándole paso, sabedores del significado de tal insignia.
Azuzó su montura y atravesó las silenciosas calles de la ciudad a gran velocidad, impaciente por entregar el pergamino al rey. Al llegar al palacio desmontó y dejó el cuidado de su caballo a un paje. Respiro hondo y tras componerse las ropas como mejor pudo entró. Un capitán lo interrogó brevemente y tras escuchar su corto relato le ordenó seguirlo acompañado dos soldados que le hacían la vez de escolta. Lo llevaron por un amplio corredor hasta el gran anfiteatro del Consejo de Guerra, la importante sala donde el estado mayor del Valle se reunía bajo la severa mirada de las grandes estatuas de los héroes del pasado.
Una maciza puerta de bronce se alzaba imponente al final del pasillo y dos fornidos guardias vestidos con las espléndidas armaduras de la guardia real franqueaban la entrada.
A una señal del capitán, los guardias recogieron sus lanzas y empujaron los poderosos batientes. El soldado no cabía en sí de gozo. ¡Iba a entrar en el gran anfiteatro! Solo los grandes capitanes tenían acceso a esa sala y él, un sencillo guerrero, tendría el honor de pisar el deseado mármol.
El hombre enmudeció al traspasar el umbral. Ante él, una amplia estancia circular con un pebetero ardiente en el centro, rodeada de altos sitiales labrados en piedra dispuestos en varios niveles, se erigía magna y orgullosa.
El hombre no pudo por menos que abrir la boca, lleno de asombro, pues algunos de los sitiales estaban ocupados por pesadas estatuas de piedra, representando a todos los héroes del Valle.
Decía la leyenda, que cuando un nuevo capitán era elegido, se esculpía para él un nuevo sitial y el consejo se ampliaba añadiendo el saber de un nuevo maestro guerrero al de los poderosos guerreros de antaño.
El capitán lo condujo hasta el centro de la sala, junto al pebetero, y tras indicarle que esperara allí se marchó, cerrando la puerta tras de sí.
Un gran silencio reinaba en la sala y el jinete tenía la sensación de que centenares de ojos lo escrutaban. Sin embargo, sólo dos personas se hallaban presentes, conversando de pié en un extremo del círculo.
Pasados unos breves minutos, uno de ellos, un gigante rubio, le hizo un gesto con la mano, conminándole a acercarse. El hombre se acercó hasta ellos reconociendo al aproximarse al rey y a Volomir, su fiel lugarteniente.
Antes de que pudiera decir nada, Elboron comenzó a hablar.
- Este suelo que pisas es el palio. El verdadero corazón de este Consejo. La vida de un guerrero es efímera pero el ideal por el que lucha permanece. Antes que nosotros han pisado este mismo suelo muchos héroes valientes que cayeron por nuestro país y sus nobles ideales. Ahora lo pisamos nosotros y en un futuro otros lo pisaran. Pero el suelo, soldado, el suelo seguirá siendo el mismo. ¿Entiendes?
El jinete asintió gravemente. La presencia del rey lo perturbaba, pero sus sabias palabras lo habían asombrado. El orgullo que había inundado su corazón al saberse portador de las importantes noticias parecía disiparse ante la inmensidad de la historia pasada y presente de la que hacía gala la sala.
- Señor – dijo tras salir del ensimismamiento en que había caído – traigo un mensaje del príncipe Yandros.
- Veamos... – le respondió cogiendo el pergamino que el soldado le tendía.
- Son buenas noticias – sonrió satisfecho el hombre.
Yandros, Mariscal a Elboron, Rey del Valle
¡Salve!
Este jinete porta buenas noticias, amigo mío. Los tasarianos huyen de nuestros territorios y si mal no me equivoco, para jamás volver. Abandonaron su campamento hace tres días y empujados por el hambre se dirigieron a nuestras costas prestos a embarcarse. El convoy que destruiste hace pocas semanas debía contener los víveres para pasar el invierno y sin ellos no han podido resistir.
Una flota desconocida los embarcó y se marcharon. El Valle ha vencido una vez más.
Una vez acabo de leer el pergamino, se lo tendió al maia, que lo leyó con gran atención, sin poder disimular la satisfacción que le producía tal noticia.
La noticia se propagó rápidamente por la ciudad y los ciudadanos salieron a las calles alborozados, gritando y batiendo palmas. Los soldados se felicitaban y exhibían orgullosos sus armas y sus pendones, seguros de no tener que emplearlos en el invierno. La dura campaña contra los tasarianos había llegado a su fin y por fin podrían descansar en sus mullidos lechos de paja.
¡Qué lejos estaban aquellos pensamientos de la realidad!
En el palio, Elboron y Volomir preparaban una nueva campaña, más arriesgada si cabe. Alentados por la retirada saucista, decidieron asestar un duro golpe a su más mortal enemigo. La primera compañía del Valle, la poderosa hueste real, atacaría la ciudad de Narmelost, en pleno corazón de Nurn.
Pocos días después, la hueste abandonaba Ciudad Dragón en cerrada formación bajo un gélido frío matinal. La marcha hasta Nardazda fue desentumeciendo las piernas de los guerreros, preludio de la fatigosa empresa que tenían proyectada.
Una gran sorpresa aguardaba frente a los pesados muros del puerto militar de Nardazda. Los soldurios de Elboron se habían presentado una vez más a la llamada de su señor y aguardaban silenciosos la llegada del grueso del ejército. Un murmullo de asombro recorrió las filas de la hueste, alentados por la presencia de los mortíferos guerreros elfos.
Si imponente fue la presencia de los misteriosos soldurios, más aún fue la visión de la formidable flota que se había congregado en el puerto para transportarles a las tierras nurnitas.
La colosal máquina de guerra del Valle se había puesto en marcha y al son de las trompetas se hicieron a la mar, ansiosos de entrar en combate. Primero de todas, navegaba el buque almirante, y en el castillo de proa se alzaba inquieta una alta figura que, segura de sí misma, oteaba en lontananza, deseosa de entrar en combate.
El viaje fue breve pues espoleados por la pujanza de la nave capitana, que se alejaba de la flota, los aguerridos soldados se sentaron sobre los bancos de remos y haciendo acopio de fuerzas y heridos en su orgullo, bogaron con gran fuerza, intentando alcanzar la costa antes que los demás, buscando la aprobación del rey. Desconocían que en el barco del rey remaba Volomir, imprimiendo un ritmo infernal, apenas seguido por sus compañeros.
Desembarcaron con gran algarabía en el puerto de Turelonde y sus asustados habitantes, cerraron las puertas temerosos del formidable ejército enemigo. Sin embargo, la fortuna les fue propicia pues Elboron sólo tenía ojos para Narmelost, y desdeñaba capturar cualquier otra plaza. Sin duda fue un grave error pues los habitantes del puerto enviaron mensajeros a sus capitanes y la cuarta compañía, al mando de Arattalion remontó a fuerza de látigo la gran distancia que la separaba de la ciudad, enrolando cuantos orcos y bestias inmundas encontró a su paso.
Mientras tanto, los pendones del Valle ondeaban mecidos por el fuerte viento y las trompas armaban gran estruendo al paso de la temible hueste.
De cuando en cuando, algún orco rastreador se acercaba lo suficiente para asaetearlo pero los hombres se escondían a su paso, deseando que desaparecerían pronto los temibles guerreros llegados del mar, vestidos de oro y plata.
Las mesnadas reales siguieron el curso del Morelimbar y, al quinto día del desembarco, divisaron en la lejanía las altas torres de Narmelost, la odiada.
Sorprendidos por la ausencia del enemigo, los capitanes del Valle decidieron acampar a una prudente distancia de las puertas de la ciudad nurnita. Sin embargo, decidieron enviar un jinete a parlamentar. Contra toda lógica, el siempre temerario Volomir decidió acudir en persona para exponer las exigencias de Elboron ante la ciudad.
Montó sobre su enorme garañón plateado y enarbolando el pendón del rey se acercó hasta las murallas de Narmelost. Al llegar a los orgullosos muros golpeó con fuerza las puertas.
El silencio se podía cortar con cuchillo, diría más tarde el cronista Menel cuando se refirió a aquella escena con las siguientes palabras:
“Siete veces golpeó las puertas Volomir y siete veces retumbaron ante él. Alzando el puño cerrado, llamó con fuerza a los señores de Nurn, llamándolos cobardes y conductores de esclavos, mas el silencio imperaba y la incontenible furia del maia a punto estaba de estallar. Llamó una última vez y los goznes de la puerta crujieron ante el pesado guantelete de Volomir y de nuevo el silencio que hubierase podido cortar con afilado cuchillo.”
Ante la ausencia de respuesta, el maia leyó las condiciones del rey y tras clavar el pendón real en el suelo nurnita, espoleó su caballo hacia el campamento del Valle.
Habían dado dos días a la ciudad para rendirse o la asediarían sin piedad.
Mientras tanto, construyeron una alta empalizada a corta distancia de las murallas, recordando a los nurnitas su presencia y acamparon, parapetados en sus defensas.
En el este avanzaban a marchas forzadas las hordas de Arattalion mas si no lograban llegar a tiempo, condenarían a la ciudad a la destrucción.
Pasados los dos días, Elboron salió de su tienda y se vistió con su labrada armadura. Se puso el yelmo crestado e hizo sonar las trompas, orgulloso de su ejército. Las fuerzas del Valle avanzaron en ordenadas filas y al frente de todos ellos, acompañados de los soldurios, avanzaban Elboron y Volomir, altos y temibles en aquella fatídica hora.
La nieve comenzó a caer con fuerza retrasando el avance de las huestes, mas el cadencioso paso de los guerreros era firme y decidido. Las puertas se hallaban cada vez más cerca y el empuje de los soldados era difícilmente refrenado por los capitanes que, sin poder contener sus ansias, se lanzaron al ataque seguidos de sus soldados gritando con fuerza:
- Alalalalalai
Los pocos defensores que se parapetaban tras las murallas les arrojaban piedras y los asaeteaban con oscuras flechas de penachos negros mas no pudieron evitar que el poderoso ariete fuera batido con fuerza con rítmico compás. Las escalas no tardaron mucho en izarse y en la vanguardia avanzaba Elboron, cegado de furia, sembrando la muerte con su lanza a su paso. Le seguía el fiel Volomir, cargando con el pesado hacha, aunque sin usarlo apenas pues los enemigos corrían despavoridos al verlos llegar.
Un cuerno se escuchó al este y otro más. Un estridente sonido se levantaba tras la pesada bruma del atardecer. ¡El ejército nurnita había llegado!
Las hordas de orcos se lanzaron al ataque, en desigual formación pero cargados de rabia, dispuestos a hacer pagar a los molestos invasores los latigazos que tenían marcados con sangre en sus espaldas por la pesada marcha desde Telda Minya.
La falange del Valle les vio llegar y clavando sus pesados escudos en la tierra, enarbolaron las pesadas picas avanzando hacia ellos, mientras gritaban al unísono:
- Alalalalalai
El choque fue estremecedor. Cascos, escudos y lanzas volaban por doquier y la lucha se presagiaba fiera y sin cuartel.
Volomir y Elboron observaban desde la muralla la escena y deseosos de acudir al combate pusieron pie a tierra y cogiendo escudo y pica avanzaron entre las filas de los infantes.
El combate ganaba en intensidad pues los grandes capitanes de ambos ejércitos se batían en primera línea retándose mutuamente. El gigantesco Volomir abandonó el rodel y asió de nuevo la enorme hacha, catapultando a los orcos hacia atrás, abriendo una brecha entre las filas enemigas. Su ímpetu alejaba a los enemigos y su fuerza asombraba a amigos y enemigos por igual. Perdido en su furia se internó acompañado de sus hombres en las filas enemigas que cerraron tras ellos. A pesar de la destrucción que causaban, los fueron abatiendo uno por uno, abrumados en número. Último de todos quedo el gigante rubicundo pero cuando las fuerzas le fallaron, cayó avasallado por numerosos enemigos.
Al ver caer a su paladín, la falange valluna apretó los dientes y rechazó al enemigo detrás de un extasiado Volomir que, por fortuna, no estaba muerto. Unas improvisadas angarillas construidas con las pesadas lanzas de fresno llevaron al coloso hasta el baluarte, lejos de la batalla.
La lucha duró todo el día sin grandes avances por ningún campo y la ausencia de Volomir pesaba en los corazones de los soldurios, que echaban en falta a su capitán. Sólo Elboron parecía no perder empuje y su lanza, cubierta de sangre, horadaba sin cesar la tumefacta carne orca. Los cobardes orcos se escabulleron del elfo y ante él aparecieron las deformes moles de los trolls.
Las grandes mazas de los ologs hacían retumbar el suelo a su alrededor y el rey echó en falta la descomunal fuerza de su amigo Volomir mientras evitaba los mortíferos golpes.
En un rápido movimiento clavó su lanza en la garganta de un troll que cayó fulminado por el certero golpe que le había atestado. Sin embargo, al intentar sacar la pica del gigante de piedra, el asta se partió astillando la lanza. Elboron buscó en derredor otra lanza mas no encontró pica alguna y empuñando la espada se lanzó al ataque contra los pesados trolls, haciendo caer a varios antes de ser golpeado por la maza de uno de ellos, cuya hercúlea fuerza partió el escudo del rey e incluso abolló el casco para acabar derribando al rey del Valle.
Parecía que todo estaba perdido para él cuando una enorme hacha, lanzada con gran fuerza, se clavó en el poderoso tórax del troll, matándolo. Una ciclópea mano lo alzó y lo situó en la grupa de un caballo que distinguió plateado y después... nada.
La gran explanada se extendía varias millas hacia el horizonte, solo una pequeña colina sobresalía en aquel enorme llano cubierto de nieve, y sobre la colina dos figuras delgadas dibujaban su oscura silueta sobre el blanco paisaje. Lómine Anamoriel y Aranel Élvanwa, permanecían de pié, inmutables, con los ojos fijos en la inmensa lejanía, atentas ante cualquier inesperado movimiento; con sus estilizadas formas, la belleza de sus rostros, los cabellos recogidos en largas trenzas y su piel pálida y perfecta se asemejaban a majestuosas e imponentes estatuas talladas en el más puro mármol.
-Alguien se acerca –murmuró Lómine a su compañera –un jinete sin montura. La Llama Roja se distingue sobre su pecho. Malas nuevas trae con él, puedo verlo en su rostro. Di a los demás Señores que esperen mi llegada y la del mensajero, reunidos en el pabellón de Arattalion.
La elfa asintió con la cabeza y se dirigió presurosa, con la gracia y agilidad que solo su pueblo posee, hacia el grupo de toldos que componían el campamento nurnita.
El macilento crepúsculo de invierno cedía su lugar a la negrura de la noche cuando Lómine descorrió las pesadas telas que cubrían el umbral de la enorme tienda. El temeroso soldado entró tras ella. Una serie de pequeñas antorchas iluminaban el recinto adornado por elaborados tapices bordados con la solemne Llama Roja, a la vez que el suelo se hallaba cubierto por gruesas pieles de diversos animales; un magnífico sitial ubicado en uno de los extremos era ocupado por el Maia Oscuro, mientras que Aranel y la Edain Ilesse permanecían de pié a su lado, esta última entretenida atormentando a un pequeño conejo de pelaje castaño que sostenía entre sus manos.
-Una colosal flota del Valle del Ingenio ha arribado al puerto de Turelondë cargada con una cantidad considerable de soldados fuertemente armados. –Pronunció la Noldo sin perder su aplomo –La ciudad no ha sido atacada pero los informantes dan cuenta de las verdaderas intenciones del ejército extranjero: Elboron Meloronuillion y Volomir el Maia buscan saquear Narmelost.
Las miradas de los Señores nurnitas se cruzaron y un destello de maldad y furia pudo verse en sus ojos, más ningún sonido delató la tensión del momento; el soldado permanecía un par de pasos atrás de la elfa.
-Narmelost no ha sido ni será saqueada mientras la Garra Negra cabalgue sobre el suelo de las Haldanóri –dictó Arattalion con profunda voz. –La orden de partida será transmitida inmediatamente, marcharemos hacia la Ciudad del Poder de Fuego antes que despunte el día. Defenderemos la capital así dejemos nuestra vida en ello.
-Valle no pondrá pié en nuestra capital –Interrumpió Ilesse, luego dirigiéndose al azorado recluta –prepara tus armas y disponte a la batalla, si sobrevives Nurn sabrá recompensarte.
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La poderosa Compañía de la Garra Negra pronto partiría en dirección a Narmelost; el gélido viento invernal azotaba con furia el campamento y a pesar de las numerosas hogueras, la oscuridad que los rodeaba era casi absoluta; sobre sus cabezas el cielo se hallaba oculto tras un grueso manto de nubes, y una incipiente pero continua nevisca se empeñaba en dificultar las labores preliminares a la ofensiva. Sin embargo las fuerzas nurnitas habían sido entrenadas con estrictez y preparadas para sobrevivir y obedecer en las más extremas condiciones, ni la nieve ni la lluvia ni el sol podrían detener a esta extraordinaria legión de soldados fieles a la Llama Roja.
Desde la montura de su corcel, Aranel vigilaba los movimientos de Ilesse; los hechos recientes ocurridos en el corazón del concejo de Nurn habían desencadenado un sentimiento general de recelo y desconfianza entre los Señores, rumores de intrigas, de amenazas, de traiciones y envenenamientos eran una constante en tierras del Clan, un murmullo convenientemente habilitado y alimentado por sus regentes, quienes hallaban en él una forma efectiva de transmitir y obtener información.
Más las rencillas entre los Capitanes de la compañía no interferían con el objetivo cardinal de Nurn, solo tras el exterminio del enemigo podrían ellos encargarse de sus propios asuntos y matarse unos a otros, si esos eran su deseos.
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-Un alud ha bloqueado el camino, mi Señor –informó el experimentado oficial al Maia nurnita -debemos tomar otra ruta y si se me permite opinar, lo mejor sería dirigir las tropas al sur y cruzar el Morelimbar en el vado que se encuentra a pocas millas de las puertas de la Capital.
La enorme montaña de nieve obstruía por completo el sendero que atravesaba las Ered Skalnâ, la vía principal de comunicación entre Narmelost y Curufarmë; intentar despejarla requería demasiado tiempo y esfuerzo, y en aquel momento escaseaban uno y otro, pero tomar el cruce del sur exponía una grave demora que bien podría significar la pérdida de la Capital a manos del despreciable Elboron.
-¿Y si dirigimos nuestros pasos al norte y tomamos el estrecho que se adentra hasta la desembocadura del Arkanelle? Podríamos bordear los muros naturales de la ciudad hasta alcanzar la puerta principal –enunció Élvanwa -El enemigo no espera nuestra llegada desde ese punto.
-Que poco conoces de guerra y que poco sabes de la astucia de Elboron –exclamó Ilesse con desdén.
-Sea la ruta que fuere, tardaremos un día más en llegar –indicó Lómine interrumpiendo la disputa que amenazaba con formarse entre la Noldo y la Atani -¿podrá Narmelost soportar el asedio?
-Podrá y lo hará. Tomaremos el camino sugerido por Aranel y apresuraremos el paso de las tropas –respondió tajante Arattalion.
La elfa hizo una mueca de victoria a la exacerbada Edain.
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Sobre el horizonte se levantaba la silueta de la gran Ciudad del Poder de Fuego, con sus tres torres como delgadas y amenazantes agujas dirigidas al cielo, resguardada por el ardiente río de lava que descendía violento desde la hermosa e intimidante Yagnárë. Narmelost aun no había sido conquistada y los Señores respiraron tranquilos por un instante.
Más el sonido de rocas al caer y de gritos desgarrados alertó a los Capitanes, la orden de atacar, en la poderosa voz de trueno de Arattalion, se levantó sobre la bullicio de las tropas y el rugir del viento, acompañada por el canto grave del cuerno de guerra; cientos de oscuros orcos se lanzaron en embestida contra los soldados del Valle que intentaban resguardarse tras sus amplios escudos, muchos perecieron en el choque de escuadras al ser atravesados por las poderosas lanzas del enemigo, más la enorme y desordenada marea negra se vio asistida por los numerosos Hombres de la compañía que, comandados por Arattalion e Ilesse, arremetieron contra la fuerza invasora blandiendo sus espadas con determinación.
Una lluvia de certeras flechas élficas surcó los aires y descendió sobre los desprevenidos soldados vallunos; a la cabeza de aquella mortal falange de arqueros se encontraban Anamoriel y Élvanwa, quienes también sostenían entre sus manos dos largos arcos y hermosos arcos, prestos a segar la vida de quien osara poner un pié sobre las lajas oscuras de Narmelost. Y a su lado, contenidos por un grupo de orcos, más de una decena de Trolls de las Cavernas amenazaban con destrozar cuanto enemigo encontraran a su paso.
Imposible sería describir la batalla con absoluta fidelidad, tan colosales y poderosas eran las fuerzas de ambas compañías que por momentos resultaba imposible determinar a que bando sonreía la victoria. Pero entonces, cuando la balanza del enfrentamiento parecía no inclinarse hacia ninguno de sus extremos, el ejército nurnita sufrió sus más dolorosas bajas.
Certeras eran las flechas de los arqueros de Nurn, más los soldados del Valle no cesaban en su avance hacia las puertas de la ciudad; el ataque se intensificó al punto de descuidar las defensas de la tropa élfica, tropiezo aprovechado por el enemigo para que un nuevo grupo pudiera acercarse desde la retaguardia, rodear a los nurnitas y ejecutarlos. Efectiva habría sido la maniobra de no ser por los agudos sentidos de Lómine.
-¡Atrás todos! ¡Hacia las murallas! –Ordenó la elfa al distinguir el extraño movimiento de la horda valluna -¡Intentan rodearnos, Aranel, debemos alcanzar la puerta y atacar desde allí, es la única forma de…!
Más las demás palabras murieron en sus labios, la punta de una lanza enemiga se hallaba clavada con fuerza en su costado; el soldado valluno que la sostenía sonrió con insolencia antes de extraerla y volver a hundirla en el cuerpo de la elfa; imaginaba que sería recompensado con grandes honores por la muerte de la Dama de la Oscuridad, su nombre se escribiría en la historia del Valle del Ingenio y su recuerdo jamás perecería. Pero Lómine no estaba dispuesta a partir sola a las estancias de Mandos, tomando por el hombro a su agresor lo atrajo hacia sí y clavó su puñal en el pecho del desdichado soldado, para luego caer desfallecida sobre la enorme mancha carmesí que su sangre había formado sobre la blanca nieve.
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La nieve había cedido y sobre el horizonte la luz crepuscular anunciaba el fin del día más la cruenta batalla parecía no tener fin, los orcos nurnitas caían uno tras otro abatidos por las armas del enemigo, las saetas de los arqueros amenazaban con agotarse y la fuerza de los Hombres se extinguía con rapidez debido al enorme esfuerzo que suponía un enfrentamiento de tal magnitud, pero nada diezmaba la determinación de las huestes oscuras por proteger su Capital. Arattalion luchaba mano a mano con Ilesse, la coordinación en sus ataques les hacía casi invulnerables, tras ellos un grupo de trolls desbarataban con sus grandes mazas, casi divertidos, las filas del enemigo. El ejército del Valle retrocedía poco a poco ante la férrea defensa de Nurn, desmotivados también por la caída de su amado dirigente Volomir, todo parecía mejorar para las huestes de la Llama Roja cuando inesperadamente la Edain y el Maia fueron embestidos por una horda de soldados enemigos. Los nurnitas desesperados intentaron auxiliar a sus Capitanes, pero los seguidores de Elboron acorralaron a los poderosos Señores tras una muralla de picas y escudos imposible de sortear.
Sitiados y acompañados solo por cuatro soldados, Arattalion e Ilesse intentaban defenderse del encarnizado ataque de los vallunos; por un tiempo pareció que nada podría hacerse en su contra, que cualquier intento por acercarse a ellos sería infructuoso y que más fácilmente serían los nurnitas quienes exterminaran a sus opresores. Pero tal como se dijo antes, la fortuna les jugó una mala pasada a los orgullosos Señores; las lanzas y espadas del Valle del Ingenio alcanzaron a la Edain y poco después al Maia, y habrían sido asesinados de no ser por la furiosa acometida de un grupo de trolls, quienes arrastraron consigo a los atacantes para luego arrojarse al ardiente río de lava que bordeaba la ciudad.
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Lo que antes fuera una nívea capa de nieve a las afueras de Narmelost, se había convertido en una enorme mancha de sangre y vísceras y cuerpos mutilados; Nurn había sido derrotado, la Compañía de la Garra Negra diezmada y tres de sus Capitanes heridos… más la Ciudad del Poder Oscuro no pudo ser tomada.
De las entrañas del cadáver de un soldado valluno aun brotaba la sangre tibia y fluía lentamente hasta tocar el suelo, Aranel se acercó a él, su rostro hermoso y sus dorados cabellos trenzados le daban un cierto aire de serenidad, posó su mano sobre la herida abierta hasta cubrirla por completo de sangre, luego, en un sitio en el que aun podía distinguirse el blanco manto de nieve, la elfa escribió:
“Aquí ha perdido Valle su orgullo y su presunción”
Resumen de la batalla:
Valle ha perdido 20 armadas x35= 700 puntos.
Recuperables: 467 puntos.
Valoraciones: 9+8+8,4+8,6= 8,5
Recupera: 397 puntos. Los dirigentes han sufrido daños por el 85%, por este concepto recuperan 297 puntos. Total recuperacion: 694 puntos.
Pierde: 6 puntos.
Nurn ha perdido 22 armadas x35= 770 puntos.
Recuperables: 257 puntos.
Valoraciones: 9+7,5+8+8= 8,125
Recupera: 209 puntos. Los dirigentes han sufrido daños por el 150%, por este concepto recuperan 525 puntos. Total recuperacion: 734 puntos.
Pierde: 36 puntos.
Valle recibe 300 monedas por batalla ganada.
Valle entrega 100 monedas a Nurn por abandono de la batalla.
Compañias actualizadas y listas.