La Guerra de los Clanes

Batalla 107 - C4 Alianza Vs C2 Nurn

Terminada
Escrito el 29-11-2005 02:02 #1

Fin Guerra: Alianza de Eithel-Glîn deja de Atacar

Armadas perdidas por \"Alianza de Eithel-Glîn\" = 6

Armadas perdidas por \"Señores de Nurn\" = 14

Escrito el 01-12-2005 21:16 #2

El viento volvía a soplar con fuerza. Se encontraban en territorio de Nurn, conocedores ya de que su presencia no pasaría desapercibida. Pero quizás eso importara ya muy poco, pues nada había que perder. El ánimo de los soldados se notaba y la alegría asomaba de nuevo en sus rostros, tras la gran victoria sobre Nurn hacía poco tiempo.

La aridez del terreno dificultaba la marcha y la negra oscuridad del cielo amenazaba ya con un blanco manto. Como siempre el recuerdo a los suyos hizo su aparición: poder jugar con sus hijos entre la nieve, después de tanto tiempo, mientras sus esposas les mirasen divertidos, en espera del regreso a casa todos juntos.

¿Luchaban por eso? ¿Por algo que ellos consideraban la bondad del mundo? El elfo comenzaba a dudarlo. Hasta el momento solo muerte se encontraba en su camino, ya fuese infringida o soportada, pero la situación no cambiaba.

Por el amor decían algunos alegres de sus vidas, aunque su muerte fuese en extremo cercana. ¿Merecía la pena? Ese mismo amor lo sentían sus enemigos aunque se considerasen distintos. Mostraban sentimientos como ellos, ocultados al mundo, pero no en sus ojos. Odio podría ser en ocasiones, pero ese amor se percibía. Nada tenía de especial, sino el simple hecho de sentirse mejor siendo amado. Eso era. Sentirlo sin importar mucho si era respondido.

La vida había cambiado mucho y los ideales de amistad y paz eran ya distintos. El ideal se mencionaba y se usaba en las guerras, pero esas palabras carecían ya de todo sentido.

Los mercaderes intentaban ganar más dinero, ofreciendo cualquier mercancía, que posiblemente fuese conseguida por medios poco legales. En el mundo todos buscaban su beneficio sobre los demás, aunque como siempre se buscaba que tales cosas no trascendieran, y si lo hacían siempre se podría argumentar la buena fe o la justicia.

Los mendigos seguían estando a pesar de que fuesen muchas veces ignorados por la gente que se decía de bien. No existían a sus ojos y con ello ya podían dormir bien por las noches seguros en su hogar rodeados de su familia y vecinos.

¡Cuantas mentiras! Dentro y fuera de sus hogares los rumores y las discusiones se mantenían, pero como siempre intentando mantener las apariencias, mientras los vecinos daban rienda suelta a sus lenguas con mil y un comentario, que por supuesto no llegarían nunca a oídos de sus víctimas. O quizás si, cuando se quisiese hacer daño de verdad y poco importasen ya las consecuencias de las palabras, pues eso eran simplemente. ¡Imposible que las palabras dañen y más cuando fuesen ciertas!, Aunque solo fuesen medias verdades. La confianza era en verdad un arma de doble filo y que sin mucha dificultad llevaría al odio y el rencor.

Y por eso luchaban. Por sentimientos vacíos y huecos que solo mantenían la apariencia de bondad y fraternidad. Toda lucha se enmascaraba en estos principios firmes según la mayoría.

Así llegaron a las cercanías de aquella oscura ciudad invadida en todo momento por el fuego y el humo de fraguas incansables. No se distinguía ninguna fuerza en las inmediaciones, y ese sería su error, pues la alegría pronto hizo aparición en sus rostros seguros de una victoria fácil donde destruirían la fuente del daño del enemigo, y entonces se mostraron confiados. Pero las noticias corrían más rápido en ese tiempo que la marcha de cualquier ejército y aquellos supervivientes de la guerra anterior hicieron que pronto la noticia de un seguro ataque hacia Curufarmë, llegase a oídos de aquellas damas.

Oscuros sus corazones como los de cualquier otro miembro de Nurn y duras en sus palabras y sus acciones eran sin duda Nulkaiel, Delisse e Inglin. Comandaban la compañía que poco tiempo atrás asolara las costas de las tierras de la Alianza, pues numeroso era su grupo.

Avanzaban con rapidez, seguras de su poder y de una fácil victoria. Pero la ventisca que se presentó en esos momentos dificultó su deseado avance hacia la victoria. Los orcos gruñían con rabia ante el preludio a la caída de la nieve, pues grandes gotas era lo que el cielo les brindaba, que unidas a esa ventisca impactaban en los rostros desprotegidos, produciéndoles más furia que daños.

Quizás se habían precipitado en el ataque, pero no consentirían que ninguna fuerza de ocupación hollara en modo alguno, recintos bajo su control, si podían evitarlo, pues ante sus subordinados no cabía mostrar ni la mínima flaqueza. Gran parte de su poder recaía en el hecho de mostrarse fuerte ante cualquier obstáculo y lo que podría entenderse como una terquedad, era visto entre sus soldados como una mayor gloria de sus dirigentes, y que por tanto les obligaba a morir antes de fracasar.

Rápidamente la Alianza reaccionó por instinto, sin que una palabra necesitara ser pronunciada, y una oleada de flechas surcó el cielo en busca de su sangriento destino. La práctica en las batallas no minoraba nunca la repulsión de aquella nefasta visión. Hombres que veían vaciarse las cuencas de sus ojos tras el impacto o sufrían el daño en otras partes de su cabeza o cuerpo, cayendo al suelo convulsionados de dolor, mientras una marea de pies molía sus cuerpos en el avance llegando a reventar las entrañas de sus propios compañeros, mientras exhalaban un último suspiro. Cráneos abiertos con la mirada del dolor en sus ojos, vísceras, sangre... siempre era una visión similar, aunque cuando se produjese el encuentro de las armas se dejaría paso a las amputaciones de los cuerpos.

Pero lo más duro era sin duda contemplar los semblantes de los presentes, pues nunca cambiaban. Una indiferencia se percibía se mirase donde se mirase, salvo cuando alguien de su grupo caía a su lado y se buscaba la venganza, segando la vida del verdugo sin piedad, tal y como él había hecho. Y llegaba entonces una sensación distinta y placentera, llenándose de poder por haber vengado su pérdida, y tras unos instantes en los que odiar al vencido y recordar al perdido, la situación volvía al mismo punto de partida.

Por los caídos de Tyélpëosto- se escuchaban algunos gritos. La noticia de aquella masacre hacía tiempo que era conocida por ellos, pero muchos no querían hacerse a la idea de que sus tierras hubiesen sido invadidas por esa misma compañía que se encontraba frente a ellos. Noticias de cabezas cortadas, como un duro recuerdo del paso de Nurn y otras atrocidades fueron entonces recordadas, pero las pérdidas ya habían sido lloradas y la venganza crecía en sus cuerpos.

Tras varias descargas de sus flechas el ataque cuerpo a cuerpo se hizo inminente y quizás el recuerdo de sus caídos les proporcionaban la fuerza para producir un mayor número de bajas en el enemigo. Nada ni nadie les devolvería a la vida, pero sus muertes serían vengadas.

El capitán mostraba síntomas de cansancio, no físico sino de ver una y otra vez el resultado de las batallas. Nadie ganaba en ellas, pues siempre había bajas y en su corazón ya no encontraba los motivos que las justificasen.

Podría ser por la voluntad de dominar, de sentirse superior y doblegar la voluntad de los otros, pero eran sin duda búsquedas absurdas, pues la soledad llegaría a su ser más pronto que tarde y tener miles de siervos no les aumentaría la moral. Envidias y ansias de venganza surgían pronto entre los iguales y poco significaban las amistades que se lograban si no se podía conseguir algo a cambio.

Ni el bien ni el mal justificaban en modo alguno las batallas de ninguna índole, pues quizás esos valores no sean tan claros como se piensa. Puntos de vista distintos y la compañía en la que se encontraran, determinaban siempre las creencias de lo bueno y lo malo, lo justo y lo cruel, sin llegar nunca a un termino medio.

Extrañas preguntas asaltaban su mente, en esos momentos pero ya no tenía sentimiento alguno. Y eso no le gustaba. Le agobiaba sobremanera esa sensación y por un instante detuvo sus movimientos. No cercenó brazo alguno, ni hundió su espada en cuerpo enemigo, pues un deseo de cambio se apoderó de él.

Quizás el don de los hombres fuera en verdad el mejor regalo que Iluvatar podría haberles dado. El no podría sentirlo pero por un momento deseó olvidarse de todo y que todos sus recuerdos se borrasen por un tiempo. Ni sentir, ni ver nada. Un destino desconocido donde el dolor no existe y el tiempo se detiene por siempre. Ni llanto, ni risa se escucharía, pues el silencio lo invadiría todo, esperando que su destino fuese revelado alejándose del dolor de Arda.

Y notó su sangre correr, pero le pareció bien dejarlo todo y partir al fin de un mundo cruel, donde el fuerte tiene la razón y los cambios suponen dolor. La diferencia provoca rechazo y sufrimiento junto con la incomprensión. Se sintió bien como hacía tiempo no sentía y el silencio lo inundo todo.

Pero como siempre ninguna batalla se para por los caídos. Todo continuó tal cual había empezado. Las espadas pronto se cruzaron y el esplendor de la guerra hizo su aparición con danzas de muerte y un olor que ya fuese de victoria o derrota tenía el mismo matiz: El de la muerte.

Hubo pérdidas y enfrentamientos entre razas por sus ideales y su supremacía. Pero pronto todo acabó y una voz entre las fuerzas de la Alianza se alzó por sobre encima del estruendo ordenando la retirada, cuando aun las pérdidas de vidas eran escasas, pues pronto el número de Nurn podría imponerse en la batalla.

Grandes copos de nieve caían por ese entonces y los aliados recogían a todo aquel caído que podían en su huida. Nurn pareció entonces permitirle tal escape, pues la amenaza de otras fuerzas en los alrededores motivaron un recelo a un asalto desde cualquier otro punto a su valiosa ciudad y volvieron raudos sobre sus pasos.

De vuelta en el campamento los heridos fueron atendidos, mientras los hombres festejaban el menor número de bajas en sus filas. Reían felices mientras narraban sus hazañas y sus logros en batalla. Mostraban orgullosos sus recuerdos de batalla y esperaban ansiosos una vuelta al combate.

De pronto se escuchó una voz entonando susurrante un canto, que poco a poco ganaba fuerzas, en recuerdo de las víctimas y en ese entonces el silencio y un llanto mudo se apoderó de todo. Pero se encontraban felices ante el logro de enfrentarse a una gran compañía y salir con vida del encuentro.

Malenril se encontraba en una tienda recibiendo cuidados. Alguien lo había recogido del frió suelo y fue trasladado de vuelta al campamento. Presentaba alguna herida grave y alguna complicación por los daños de las heridas recientes de otras batallas, pero en general su estado, aunque grave, no era muy serio, aunque necesitaba descansar.

Algo en su interior se removía. Se sentía atado al mundo sin poder liberarse, ni siquiera con la muerte. Posiblemente se recuperara y volviera al mando de la compañía, con un estado de ánimo aparentemente normal, pues el mundo no se detenía.

Un velo de falsedad se levantaba en la tierra distinguiendo entre bien y mal situaciones que no admitían tal distinción. Una guerra interminable por estos bandos sucedería irremediablemente hasta el final del mundo, aunque como en todas, no tendría ganadores, sino vencidos. Mas esta sería especial porque tanto el bien como el mal ya estaban muertos.

Escrito el 04-12-2005 21:46 #3

Los copos de nieve que caen suavemente se desvanecen al posarse sobre los árboles siempre verdes de Taurë Manalda. El invierno, frío y letal como ningún otro, ha descendido sobre Haldanóri sin piedad alguna. Quizás un nuevo castigo al orgullo y la miseria que hemos sembrado en ella, enzarzados en una guerra sin fin, eternizada en el tiempo.

- Debo agradecerte que salvaras mi vida – las palabras de Nulkaiel llegan hasta mí, mientras se recuesta sobre uno de los sillones revestidos de cuero situados junto al fuego que arde en el centro de mi tienda. Y sorprendida como nunca, alzo los ojos del mapa que estoy mirando.

- ¿No supondrías acaso que iba a dejarte morir, Nulkaiel? La traición es una cualidad que cada día prolifera más en nuestro reino, pero nada más lejos de mi intención.

Me mira con una enigmática sonrisa. Los días que han pasado desde que abandonara la Compañía de la Muerte Susurrante han borrado magistralmente las huellas del fuego en sus ojos y en su cuerpo. Pero no hay dulzura en sus ojos de color miel. Es raro… nunca la ha habido, y ahora reparo en ello como si fuera la primera vez. Y ella no dice nada. Se queda muda, mientras sujeta indolente un mechón rojizo entre sus dedos, que se desliza como si fuera un pequeño reguero de sangre.

- Veo que sí lo has pensado – añado mi frase sin emoción alguna, y vuelvo a concentrar mi mirada en el mapa que cada vez se torna más oscuro a mis ojos. En ese mismo momento me doy cuenta de cuánto han afectado las intrigas nurnitas a la relación entre los mismos Señores del Clan. Intrigas que yo misma he ayudado a crear, y que han estado a punto de llevarme al borde de la muerte. Nuevamente. - ¿Quién ha dado las órdenes para el traslado de Durthaur esta vez? – pregunto, sin dar importancia ni a sus sospechas ni a las mías. Y no tengo que mirarla para saber que mi indiferencia parece sorprenderla a ella también.

- A veces me sorprende que hagas preguntas de las cuales ya sabes la respuesta, Yestariel. Pero ya que lo preguntas, te diré que ha sido Arattalion mismo, y que nuevamente, no ha dado razón alguna para ello.

Sonrío. Sabía muy bien la respuesta antes de formularla, y también se las razones que han llevado a ese cambio. Una mirada fugaz y me aseguro de que realmente Nulkaiel no está al tanto del atentado en Orod Oiolossë, y que no me miente. Quizás si consiguiera confiar en ella, pudiera darsde de nuevo un acercamiento entre nosotras. Ella ha puesto nuevamente su vida bajo mis órdenes. Después de todo, es posible… Pero no llega a salir palabra alguna de mis labios. Un súbito movimiento en la entrada de la tienda detiene mis palabras.

Inglin parece traer consigo un cambio en el tiempo. La tienda se agita entera, sacudida por un fuerte viento, mientras deja caer un sobre cerrado delante de mí.

- Es un mensaje urgente. Acaba de llegar desde Narmelost.

Mis manos se mueven ágiles sobre el papel, y mis ojos se deslizan frenéticamente sobre las líneas entintadas, mientras Inglin se sienta junto a Nulkaiel esperando noticias. Pero no hay nada que yo hubiera esperado leer. Los trazos fuertes y regulares son de Arattalion. Esperaba noticias suyas, pero no éstas. Mis ojos apenas pueden dar crédito a lo que leen, y las miradas interrogantes de Nulkaiel e Inglin me animan a leer nuevamente. Esta vez en voz alta:

Señora de la Noche Estrellada,

No hay estrellas a estas horas que iluminen el camino hacia Nurn. Narmelost esta siendo asediada, y aunque tanto tú como yo sabemos que no la dejaremos caer, un numeroso ejército se encuentra apostado ante nuestras puertas, liderados por el mismísimo Rey de Valle. ¡Loco insensato! Pues locura debe ser y no otra cosa, la que le ha empujado a llegar hasta aquí, y desafiarnos en nuestra tierra. Tierra negra, pero tierra amada. Tierra roja teñida de la sangre de muchos otros que antes que él cayeron en su misma locura. Ahora su sangre teñirá también nuestra tierra.

Y mientras tanto, en el sur, nuestros aliados de la tierra de los sauces han decidido retirarse de la guerra. Esta guerra que les ha llevado poco a poco a la destrucción. No necesito decirte lo que supone para nosotros esta retirada. Tú lo sabes bien. Llega un nuevo equilibrio a Haldanóri, y ahora la balanza tiembla ligeramente en manos del azar.

Oscuras son las noticias que recibes de mis manos, mas no es mi intención únicamente anunciarte las desdichas de la guerra, aún cuando todavía no hay noticias de nuestro ejército apostado frente a la Ciudad del Dragón. Pero debes partir al norte de inmediato, pues hemos tenido noticias de que una compañía de Eithel Glîn se dirige nuevamente a nuestras tierras, y creemos que intentará apoderarse de Curufarné. Es posible que sepan que nuestro potencial bélico depende de las fraguas de esta ciudad, y nada más cercano a la realidad. Curufarné es vital para nosotros. Debéis interceptarlos, y destruirlos.

Se que puedo confiar en ti. Que puedo confiar en todas vosotras. Sólo espero que el azar haga caer la balanza a nuestro favor, y podamos olvidar la oscuridad de estas líneas.

Arattalion

Señor de Nurn

La carta se desliza entre mis dedos, quedándose suspendida en el aire un instante, y cae suavemente sobre la mesa. Pero es Inglin la primera en conseguir articular palabra.

- ¡No puedo creer que esos malditos sauces se hayan retirado! Después de todo lo que hemos hecho por ellos… ¡Como mínimo debería considerarse traición! – su rostro normalmente pálido ha enrojecido por la ira, y se levanta como si tuviera ante sus ojos a los dirigentes del Concilio, dispuestos para ser ajusticiados.

- Reserva tu ira para la batalla, Inglin – me levanto, y me acerco a ellas despacio. Las ideas se agolpan en mi mente, y creo que tengo demasiadas cosas en la cabeza – No hace falta ni decir que todas sabíamos que esto ocurriría tarde o temprano. Y lamentarnos no nos servirá de nada.

- Nurn sabe valerse por sus propios medios.

La frase de Nulkaiel me acerca un poco a la realidad. Por que tiene razón. Debe tener razón. Y esa frase hace caer por un momento la oscuridad que teme mi mente.

- Así debe ser – añado, sin dudarlo un instante – Preparadlo todo. Partimos de inmediato. Largas leguas nos separan de Nanda Girith, y no sabemos siquiera cuánta ventaja nos lleva la compañía de la Alianza.

- ¿Crees que llegaremos a tiempo? – pregunta Inglin acercándose a la entrada.

- Se que llegaremos a tiempo – le respondo, mientras vuelvo a acercarme a la mesa y comienzo a recoger mapas y cartas. Pero no puedo ver más, y eso no es buena señal. No lo es.

-----------------------------------------------------

Perseguimos el invierno y a medida que nuestro avance hacia el Norte va cumpliendo con las leguas debidas, se hace cada vez más intenso el frío y la nieve. Las copas de los árboles albergan pequeños nidos blancos en la lejanía. Pero las amplias llanuras de Lad Echor se han convertido en una capa uniforme de nieve que dificulta nuestro avance.

No deseamos atravesar Minas Gwaeren, y hemos rodeado la ciudad para atravesar el témpano helado que antaño fuera la alegre corriente del Ninrûth, para después seguir el curso del Ninberêk para adentrarnos por fin en Taur-dîn-Tirith. El bosque, silencioso como nunca, no nos da pista alguna acerca de aquellos a los que perseguimos, pero la cercanía de nuestra tierra presta ligereza a nuestros pies y a nuestros corazones.

Lejanos parecen ahora los días de la destrucción de Barad Avathael. Mucho más lejana si cabe la desolación de Tyelpëosto, donde la crueldad de nuestra compañía dejo un recuerdo siniestro.

Los campos sembrados del valle de Nanda Girith parecen desolados también. Aldamorna hace tiempo que ha partido, y ahora parecen más estremecidos que nunca.

Apenas cruzamos las aguas heladas de Nen Girith cuando diviso a lo lejos la presa que perseguimos. Apostados frente a Curufarnë, la compañía de la Alianza todavía no ha iniciado el ataque, y el saber que llegamos a tiempo renueva nuestras esperanzas.

Iniciamos el ataque. Los caballos se lanzan en una carrera desenfrenada, mientras sus jinetes apenas podemos esperar por llegar a la meta. Una lluvia de flecha intenta frenar nuestro avance. Los caballos a mi alrededor se encabritan y caen, llevándose el valor de sus jinetes consigo. Pero no me detengo. He visto esa imagen tantas veces…, y no dejo de avanzar mientras mis ojos intentan distinguir la línea de defensa enemiga.

Avanzo. Por un momento parece que es la misma línea del horizonte la que se acerca a mí, acosándome sin piedad. Un fuerte viento agita los copos de nieve que caen ante mis ojos y barre la nieve que parece fluctuar como un blanco mar. Una nueva lluvia de flechas surca el aire, intentado vencer la fuerza del viento, y frente al enemigo se establece una línea roja que precede un grupo de cuerpos caídos en posturas imposibles.

Inglin ha reaccionado. Confío en ella y en sus arqueros, mientras lanzan con furia sus flechas empenachadas de rojo y negro. Y por fin llego a cruzarme con la línea enemiga. Airacil se entretiene demasiado tiempo, prisionera en la carne del primer hombre que ha herido, y desciendo de Miré para empujar el cuerpo con el pie y liberar mi espada. No tengo que buscar demasiado para encontrar sangre nueva. Airacil danza ante mis ojos sesgando miembros de manera frenética. Un chorro de sangre salpica mi rostro, cegándome un instante, mientras a mi alrededor el sonido de las espadas parece estallar una y otra vez.

La batalla se detiene para mí. Busco con la mirada a Inglin, pero no la encuentro. Esquivo con presteza el ataque de uno de los enormes Ents que acompaña al enemigo, y vuelvo mi mirada hacia él. No puedo dañarlo. No puedo. Me alejo de él sintiendo un gran pesar en el corazón.

No siento lástima por aquellos que se cruzan en mi camino. Los más afortunados son atravesados por mi espada. Los menos, caen rendidos a mis pies mientras la sangre de sus venas escapa al control de su cuerpo, y quedan esparcidos en el campo de batalla formando horribles fuentes rojas.

A lo lejos diviso por fin a Inglin. Una flecha sobresale de forma antinatural de su pierna, pero sigue luchando. La vida le va en ello. No dejará de luchar.

Y entre los gritos de dolor que se alzan en el campo de batalla, llegan también gritos de venganza. “¡Tyelpëosto!”, gritan una y otra vez. Un hombre se acerca a mí corriendo. En sus ojos veo el placer de la venganza. “¡Por los caídos de Tyelpëosto!” Alza su espada frente a mí, y Airacil se alza rápida para detener su avance. Su cuerpo cae fulminado, y su cabeza rebota sobre la nieve roja, y rueda hasta llegar a los pies de un árbol. Sus ojos vacíos me miran. “Estas muy lejos de Tyelpëosto”.

Al girarme descubro a Nulkaiel. Una cuerda atada a su garganta la oprime de manera salvaje, y se aferra a ella buscando el aire que comienza a faltar en sus pulmones. Intento acercarme a ella, pero una y otra vez se interponen en mi camino. Un hombre de mirada de hielo tira de la cuerda, mientras muchos otros hieren su cuerpo una y otra vez con espadas y cuchillos. Me mira. No puede gritar mientras las fuerzas la abandonan, acompañadas del aire y la sangre de su cuerpo. Y lanzo un grito de rabia en su lugar, mientras me lanzo desesperadamente al ataque.

- ¡Defended a la Señora, malditos! – les grito al montón de orcos inútiles que se encuentran a su alrededor intentando defender sus miserables vidas.

Y parece que surte efecto. Se lanzan contra las espadas hiriendo y mordiendo. Trozos temblorosos de carne humana es lo único que queda de su festín. El hombre de mirada de hielo suelta finalmente la cuerda que aprisiona a Nulkaiel, cayendo al suelo bajo el peso de varios orcos, desafortunadamente para él, hambrientos. Sus gritos espeluznantes llegan hasta mí, y consigo finalmente acercarme hasta él. Alejo a las bestias de él, y mi mirada se estremece ante la visión deforme que encuentro. Un blanco hueso astillado señala cada uno de los sitios donde anteriormente estuvieron sus extremidades. Se agita como un muñeco ciego. La cuenca vacía de sus ojos me indica que no sabe realmente de donde viene tanto dolor. Y grita, una y otra vez, mientras su sangre cae y va derritiendo la nieve a su alrededor, creando una tumba de nieve cada vez más profunda.

No hay piedad. Nunca la hay. Nunca la habrá. Me alejo de él, dejándolo sumido en su propio tormento. Y mientras Inglin se lleva el cuerpo malherido de Nulkaiel, nuevamente al borde de la muerte bajo mis órdenes, las trompetas llaman entonces a la retirada del enemigo para llevarse con ellos una amarga victoria.

No lo siento acercarse. Tanto tiempo acechando entre las sobras aletarga mis sentidos. Un hombre corre hacia mí, con los ojos inundados de miedo. Su se alza al pasar junto a mi, y se clava en mi vientre, pero él no se detiene. Sigue corriendo. Su único deseo es salir de allí con vida. No lo hará. Mi maldición le alcanza y sus rodillas hieren la nieve mientras la sangre brota como un torrente por todos los agujeros de su cuerpo.

Pero la espada esta hendida profundamente. No intento arrancarla, y torpemente me siento en la nieve. El dolor. El dolor debe ser lo que me impide razonar. Me abrazo a la espada como si la acunara, con los ojos cerrados, meciéndome una y otra vez de atrás hacia delante.

He perdido mucha sangre. Y ahora sé que nadie va a venir a buscarme. Pienso en ello tendida en la nieve, mientras copos blancos caen sobre mi cuerpo inerte. Mis ojos abiertos miran al cielo infinito, y se que pronto la única señal de mi presencia allí será la espada que emerge de mi cuerpo. El frío parece adormecer el dolor. Lo agradezco infinitamente, Mandos. Y desde lejos, sólo unas notas de una canción me encuentran.

“Y no se si estoy despierta, y no se si estoy dormida.

Sólo se que sigo viva por si piensas en volver.”

[Editado por Indil el 04-12-2005 21:47]

Escrito el 08-12-2005 00:28 #4

Resumen de la batalla:

Alianza ha perdido 6 armadas x35= 210 puntos.

Recuperables: 140 puntos.

Valoraciones: 7+7+7+8= 7,25

Recupera: 101 puntos. Los dirigentes han sufrido daños por el 40%, por este concepto recuperan 140 puntos. Total recuperacion: 241 puntos.

No pierde puntos.

Nurn ha perdido 14 armadas x35= 490 puntos.

Recuperables: 163 puntos.

Valoraciones: 9+9+9+8.5= 8.9

Recupera: 145 puntos. Los dirigentes han sufrido daños por el 100%, por este concepto recuperan 350 puntos. Total recuperacion: 495 puntos.

No pierde puntos.

Alianza recibe 150 monedas por batalla ganada.

Alianza entrega 100 monedas a Nurn por abandono de la batalla.

Compañias actualizadas y listas.

Historia finalizada.