Desde hacía varios días rugía la tempestad asolando la zona, ahora cubierta por una espesa capa de nieve. En aquel Reino asolado por el manto de la nieve todo el mundo sabía que cuando la el viento aúlla y la nieve golpea como un mazo blanco las montañas, no hay que salir de la seguridad de la casa: la Señora de las Nieves se encuentra cerca, vagando en busca de aquellos imprudentes que osan retar su dominio. Nadie sabe con certeza a que raza pertenece, muchos dicen que es una hechicera otros que es un fantasma y algunas voces que es una Maia corrompida por el poder del Innombrable pero nadie a sobrevivido a sus encuentros para contarlo con certeza.
Mas una de esas noches un joven edain llego al pueblo y vio que nadie había en las calles, las ventanas estaban cerradas al igual que las puertas, como si temieran algo y este intrigado se acerco a una vieja anciana y le dijo:
- Buenas días señora, ¿sabéis si queda mucho para llegar a la Fortaleza del Señor?
- La Fortaleza que buscáis esta detrás de ese bosque a no mas de media tarde de camino para un joven como tu- le respondió mientras se tapaba con un gran manto la cara, mientras el frío hacía salir vaho a cada suspiro de la anciana
- Gracias, veo que esta noche podré cenar en casa- le respondió cuando se iba a ir
- ¡Espera!, será mejor que no partas esta noche, espera a que la tormenta amaine, no vaya a ser que ella…- le decía pero de pronto se callo como si hubiera dicho algo que no debía ser pronunciado
- ¿A que os referías anciana decidme, que es lo que os hace callar, a que o a quien teméis?- increpó el joven
- A la Señora de las Nieves, aquella que vaga en las noches de tormenta buscando a aquellos temerarios que se atreven a desafiar su poder, no debéis ir- le dijo mientras le cogía las manos
- Eso son cuentos de viejas para asustar a las criaturas, no hay ninguna Señora de las nieves y os lo demostrare- le dijo mientras proseguía su camino desoyendo los consejos de la anciana.
Eso es lo que fue el joven Azrabêl, mira que le habían aconsejado que no cogiera aquel camino, que no se internara entre los senderos cubiertos de nieve. Pero tenía prisa y también sentía curiosidad. ¿Quien era realmente aquella dama fantasma de la que le habían hablado con tanto temor y existiría como afirmaba la anciana?
Pero pronto la curiosidad empezó a desaparecer al igual que los rayos del sol. Había caminado durante todo el día, las piernas le dolían, estaba helado e intentaba calentarse los dedos con el vaho inútilmente. El hambre hizo acto de presencia atormentando si cabe aun más al joven, este deseaba encontrar algún rastro de presencia humana, pero nada lograba atravesar aquella oscuridad.
Siguió su camino esperando a que la tormenta pasara y dejara de castigar a su dolorido cuerpo, andaba con la cabeza agachada para protegerse de los copos de nieve que caían cuando, de pronto, las vio allí marcadas en la nieve. Eran huellas de unos pies descalzos, pequeños, frágiles, delicados y recientes ya que la nieve aun no había tenido tiempo para ocultarlas. Eran tan pequeñas que solo podían pertenecer a una mujer. Pero ¿que haría una mujer, de noche, con los pies desnudos en aquella helada y despiadada noche?
Sin pensarlo demasiado, se puso a seguir las huellas que sin darse cuenta lo alejaban cada vez más y más del camino, así que termino por adentrarse en la espesura de aquellos bosques hasta que se perdió en ellos.
El joven empezó a temblar al ver que no reconocía nada de lo que veía y se maldecía por no haber hecho caso a la anciana, se le heló el sudor en la espalda al ver una sombra blanca flotando delante de él. Una bella mujer vestida del blanco mas puro danzaba delante de él, mientras su cabello blanco como la mismísima nieve era mecido por el viento helado, las manos de la joven se movían gracilmente llamándolo a que se uniera a su baile, al baile con la mismísima muerte. Este la miraba lleno de miedo pero a la vez atraído por mortal belleza.
-La Señora de las Nieves….- articularon sus labios helados sin que ningún sonido saliera de su boca.
Este se llevo la mano al cinto donde guardaba una bella daga de las armerías elficas de las bellas tierras de Beleriand, se acercó e intento cortar la sombra que se erguía delante de él, pero esta se retiro. Lo intentó de nuevo mientras maldecía a aquella figura:
-¡Maldita seas, sierva de Morgoth, yo te daré muerte!
Esta retrocedió al tiempo que lo atraía cada vez un poco más hacia la profundidad del bosque, la oscuridad era absoluta solo rota por la luz blanquecina que desprendía la Señora de las Nieves, el joven sentía como el viento le rasgaba su fina piel y podía sentir como la sangre recorría su cara helada y resbalaba hasta caer al suelo, profanando la blancura de la nieve. La Dama bailaba cada vez mas frenéticamente su danza mortal atrayéndolo cada vez más hacia la oscuridad, hacía la muerte.
El joven estaba agotado y la sombra se reía de sus vanos intentos de herirla mientras esta danzaba sobre la nieve. Tropezó, cayó de rodillas en la nieve, se volvió a levantar y cayó otra vez. En esos fríos momentos recordaba todo lo que le habían contado y temblaba de miedo. Sabía que solo la muerte le aguardaba en ese lugar, que ella era su emisaria y que ella lo conduciría hasta ella. Estaba agotado pero haciendo un último esfuerzo, se arrojó sobre la dama gritándole:
- ¡Yo te maldigo hasta el fin de los días!
Esta desapareció en ese instante mientras el joven sentía como ella lanzaba su fría y mortal risa, allí lo dejo solo en la fría oscuridad esperando a la muerte mas ahora el bravo joven no era más que un cuerpo inerte que la nieve cubrió poco a poco.
Mas una luz se acercaba hacia ellos, una luz que desafiaba a la oscuridad reinante y eso extraño a la Dama más sabía quien venia con esa luz y pronto pudo escuchar su voz:
- Nos volvemos a ver hermana después de tantos años veo que tu maldad no a decaído en estos años- le dijo
- ¡Como te atreves a dirigirte a mi, mírate los años han pasado para ti y yo sigo conservando la belleza y la juventud!- le respondió la dama airada.
- ¿A que precio has comprado tu belleza? Has vendido tu alma al innombrable y ¿que crees, que no llegara el día en que tengas que pagar tu afrenta?- se mascaba en el ambiente una tensión que estaba a punto de estallar a la mas mínima- Pobre joven, ¿porque no me hiciste caso y esperaste a que amainara la tormenta, porque no escuchaste?- decía mientras le cerraba los ojos al cuerpo inerte del joven.
- Puedes quedarte con su cuerpo no me sirve para nada, ya tome lo que quería y con el ya seré invencible, ni tu ni nadie podré desafiar mi autoridad- le dijo mientras lanzaba una poderosa carcajada que hizo estremecer hasta la última alma de la zona.
- Mira que eres necia tu sed de inmortalidad te ha cegado y no creas que nadie se alzara sobre tu autoridad. ¿Has visto a quien has dado muerte?- le dijo señalando al joven
- No es mas que un campesino estúpido que iba a temer de el- le replico
- Veo que no te acuerdas de lo que nos dijo madre, los corazones puros son capaces de derrotar hasta el más poderoso, ¡este campesino al que has dado tu muerte te dará aquello que tanto tiempo has evitado!- le grito mientras la cara de la Dama blanca iba transformándose.
De ser la que infundiera temor ahora podía sentir como su cuerpo vibraba, sentía como las vidas de aquellos a los que se las había segado ahora luchaban desde dentro contra ella y los temía. Lanzaba escalofriantes alaridos mientras se rasgaba la piel blanca y sangre negra de ella brotaba mancillando la nieve.
Fue cuando de pronto lanzo su ultimo grito mientras caía al suelo de rodillas y su piel se ennegrecía como si un fuego interno la estuviera consumiendo, un fuego que la devoraba a pasos agigantados, mas la anciana desenfundando una espada la alzó y con un golpe certero le corto la cabeza a la Dama de las Nieves, la cabeza rodó hasta sus pies mientras veía como sus ojos la miraban, pero pronto el cuerpo se transformo en cenizas que fueron barridas por la tempestad reinante.
Así murió la Dama de las Nieves, pero dicen algunos aldeanos que esa noche el cielo se ilumino con centenares de luces plateadas que se elevaban hacía el cielo y algunos de ellos afirman que son las almas atrapadas por la Dama y que ahora habían sido liberadas.
Pero de la anciana nadie supo nada y cuando encontraron al joven, después de la tempestad, sus dedos seguían crispados sujetando la daga y sus ojos mostraban una expresión de un horror terrible, el horror de aquel al que ha mirado a la muerte cara a cara.
