Nülk Quárënorno
Entre unas manos gruesas de dedos aparentemente torpes, se deslizaba un cilindro plateado con un cabujón lleno de tinta en la punta. Se escapó de entre los dedos y fue rodando con un sonido metálico por la mesa sorteando pergaminos y mapas…hasta que fue detenido en seco por unas manos de porcelana.
Aquellas manos levantaron el artilugio y lo pusieron cerca de la llama de un candelabro, así refulgieron unas runas oscuras remarcadas en el metal… al fondo, en segundo plano se veía a un enano, Nülk, de cuclillas en la boca de la chimenea atusando distraídamente las ascuas.
La figura de manos de porcelana posó el artilugio en la mesa, cerca de una percha en la que un halcón permanecía inmóvil tras una máscara de cuero rojo. Aquella manó dobló su dedo índice y le acarició el pecho a contra pluma, haciendo que la ave picara suavemente la uña del dedo que le atusaba. Pero aquellas manos terminaron, y su dueña se acercó por detrás a Nülk y se quedo por un instante mirando como escarbaba en las brasas mientras se arropaba con un chal liviano de lino..
_creo que está cerca, el artefacto así lo indica__dijo la Dama Atanvarde___
Nülk no respondió, giró la cabeza e hizo un leve asentimiento. A continuación, tomó con unas tenazas un tronco de la parte de debajo de la chimenea y lo introdujo en las brasas. Sacó de su bolso un saquito de arena que esparció por la madera. Al entrar en contacto con el fuego produjo la combustión del duro madero.
_Mi artefacto no ha fallado hasta la fecha __dijo el Enano levantándose y mirando al otro lado de la mesa__
…
Materializándose de tonos transparentes a otros más nítidos, tomó forma Yandros, envuelto en su capa de oscuridad misteriosa, reflejando en una bruma su gloria pasada. A ambos lados de la silla en la que se sentaba se materializaron dos pares de ojos rojos que escrutaban la sala con una mirada vacía.
_ Y bien __resonó la voz del espectro__ el día ha llegado, ¿hay noticias de…?
No, __dijo de forma cortante el Nülk __ ¿acaso lo esperabas?
…
Tras un silencio inquietante un repiqueteo llamó a los cristales. Un grajo negro apareció posado en la repisa del balcón tras los cristales. Se antojaba hermoso por su plumaje negro como la ceniza, brillante como el vidrio pulido, pero con una mirada desconcertante e inquieta.
Ingenuos para la esperanza son en verdad los enanos __Apostilló en tono triunfante el espectro__, Señor Quärenörno.
Yandros se deslizó por la sala con el inconfundible sonido del roce de los pliegues de la capa, alcanzó la ventana, levantó su dedo enguantado de malla metálica, y abrió el gozne de las ventanas. Obediente el cuervo se posó en su hombro, tal vez encontrando confianza en seres de la oscuridad con los que estaba acostumbrado a tratar, y le susurró a Yandros palabras en un dialecto macabro, arrastrando las palabras y siseando en sus entonaciones y giros. La lengua negra resonaba como un conjuro que provocaba el rechinar insistente del artefacto metálico en la mesa. Una vez que el grajo acabó de relatar su mensaje, Atanvarde y Nülk parecieron ver de nuevo correr el tiempo.
__Seguidme a las armerías, .__dijo apresuradamente Yandros__
Id pensando por el camino en cuatro soldados de vuestra confianza, ni uno más por cada uno
Solamente dijo eso, y pasó el grajo a su mano haciendo sonar su capa al contacto con el suelo, lo depositó en una mesa cerca de la ventana, desde donde les miraba fijamente.
Salió primero Yandros, que abrió las puertas, en segundo lugar Atanvarde, pero Nülk se rezagó fingiendo buscar algo, lo encontró nada mas se fue Yandros. Se acercó con toda normalidad al ave de presa de Atanvarde, y lo desató de forma que pudiese fijarse en el grajo nada mas tener una visión. Luego Nülk avanzó hacia la puerta y solo miró atrás cuando percibió el sonido de las campanillas del halcón ahogándose tras un graznido apenas llegado a emitir. Antes de cerrar la puerta comprobó con gusto como el Halcón despellejaba ávidamente las plumas del mensajero, se limpiaba el pico de los trozos de plumón ensangrentado y volvía a hundir su pico, en un cabeceo frenético, con las garras todavía atenazando el cuerpo inerte de su presa, saboreando la carne despellejada en tiras aun calientes.
Nülk Cerró la puerta y en el fondo del pasillo encontró a Atanvarde y a Yandros de lado, mirándole, separados ambos por un hueco, enarcados los rostros por la luz de las antorchas. Parecían decirle que apresurara el paso, y Nülk aligeró y se unió a ellos. Cuando estuvo entre ambos, reanudaron el paso y bajaron por gran cantidad de escaleras en semipenumbra. En el último piso las escaleras morían al final de un laberíntico pasillo y nada mas bajar unos escalones, encontraron una gran puerta de roble ribeteada por láminas de acero, candados y todo tipo de herrajes enrevesados. Atanvarde tomó el mando, y susurró unas palabras en la puerta mientras los tres sacaban una llave que introducían a la vez en tres cerraduras correspondientes. Al cabo de un instante, los goznes empezaron a responder y la puerta se abrió con violencia hacia dentro, haciendo sonar unas campanillas de bronce que sonaban sobre ellas.
Yandros hizo una señal al resto y estos entraron sin mirar atrás, pues ya lo hizo él para asegurarse de que nadie les seguía. Una vez dentro, Atanvarde entrechocó sus muñecas en un complicado movimiento y sus brazaletes emitieron una tenue luz azulada que le permitió acercarse a un mosaico de vidrios que representaba la antigua ciudad enana de Belegost. Acarició los vidrios con sus manos y cerró los ojos diciendo… “tingilindë”...y de las paredes y el techo brotaron puntos luminosos que representaban el firmamento en una noche estrellada. Y la estancia quedó iluminada como si de la noche se tratase, Yandros aprobó con un cabeceo la ayuda de Atanvarde, que aunque no la necesitaba para llegar a su destino, si le parecía animar y traer buenos recuerdos.
En medio de un amanecer bajo tierra, cada uno tomó lo que consideró necesario, pensando en sus asuntos y en los destinatarios. Por sus manos pasaron guanteletes con escamas de acero entrelazado, carcajs con flechas cortas y de punta ancha para atravesar armaduras, máscaras y yelmos sobredorados con penachos blancos, espadas de mortífero filo, capas oscuras para la noche… no escatimaron y de lo mejor de lo mejor hicieron su elección.
Bajando por una de las escaleras mas anchas, bajaban los tres capitanes seguidos de un grupo de gente cargada con lo sacado de la armería. Frente a las puertas que daban a la muralla esperaban una fila de soldados erguidos mirando al frente. Los sirvientes dejaron las armas de cada capitán al que servían, mientras estos elegían a los soldados, que se acercaban y tomaban lo que se les indicaba. Una vez hecho todo, Yandros ordenó abrir las puertas y todos salieron en una fila silenciosa a la intemperie, cubiertos de capas negras. Continuaron su camino escondiéndose tras los parapetos de la muralla. encontraron algún cuerpo abatido por las flechas, recogieron a los soldados que encontraron a su paso y mandaron a algunos llevar a los heridos y a los pocos muertos a las casas de curación. Ya avanzada la noche, la compañía había crecido en número y se movía como una sombra hasta que llegaron a una torre. Allí se apostaron todos los soldados que no pertenecían a la escolta de los capitanes. Se les dió la orden de cubrir una zona indicada de bosque y de no disparar a menos que se les fuese ordenado desde abajo. Tras esto, Nülk abrió con una llave un candado que liberó una gruesa cadena que bajaba por un nicho en el suelo. luego ordenó a cuatro hombres que girasen una palanca que unida a una polea, recogía en un rollo la cadena. No sonaban cuando subían pero parecía que traían algo pesado hacia arriba…una plataforma tapó en segundos el hueco y por ella bajaron, aprovechando su propio peso. Una vez se posó la plataforma en el suelo. Los capitanes escoltados avanzaron por un corredor que desembocaba en un muro custodiado por dos guardias dormidos. Estos se despertaron con el susurro de la clave que pronunciaba Atanvarde para abrir las puertas. La pared se apartó silenciosa y la compañía accedió a una parte del bosque en la que había un claro con tocones de árboles cortados y dispuestos en círculo. Esperaron pero no encontraron más que un silenció inquietante en medio de la noche.
Pasado un rato, Yandros se volvió a los suyos y ordenó la retirada a la puerta.
_No miréis atrás y moveros lentamente sin levantar sospechas.__susurró Yandros__ Han acudido a la cita más de los que se necesitan para hablar…
La compañía retrocedió lentamente pero de improvisto una flecha se estrelló violentamente contra la espalda de un guardia. Yandros se dió la vuelta y sacó de los pliegues de su capa dos espadas que atravesaron a un encapuchado en el momento justo que se iba a abalanzar sobre él. Un hacha arrojadiza derribó a un segundo más lejano que se movía oculto entre los árboles. Atanvarde liberó una flecha de su espalda y la impulsó hacía unas sombras que parecían sospechosas. La compañía de Valle se movió rápidamente para escapar, tenían un ojo puesto en la retaguardia y otro en las puertas. Una vez allí, en lo que Atanvarde susurró la clave, Nülk ató un saquito de arena a una flecha y Yandros conjuró una llama azul que envolvió la flecha
__Rápido o moriremos todos__apremió Nülk al espectro__elévala hacia la torre
Yandros rió al ver que la cueva se abría en silencio, disparó la flecha ardiendo hacia la espesura, provocando una explosión azulada que iluminó la noche. Cuando todo pasó y la puerta se cerraba se oyó decir a Nülk
¡Para habernos matado con tus jueguecitos Yandros, para habernos matado!
[Editado por gorathion el 06-12-2005 20:11]
Mornaew
Por los alrededores de la Torre Hexagonal, tan solo acompañado por su propia sombra gris que el sol de media tarde proyectaba sobre el piso de la ciudad, un hombre se paseaba con paso firme y calmado como siguiendo una comitiva fúnebre. Aquel personaje, que aparentaba una juventud que no se correspondía con los años que cargaba a sus espaldas, se llamaba Halnaur. Y la relevancia de su persona no hubiera ido más allá, ni siquiera dando a conocer que él era el principal estratega y consejero de la Reina Mornaew, si no fuera porque en su destino se cruzaba también el devenir de algunos de los personajes más destacados que jamás hayan pisado las Tierras Oscuras.
El fuerte viento, que con razón da nombre a la negra ciudadela Telpeniana, azotaba con fuerza los oscuros cabellos de Halnaur que ondeaban despejando la totalidad de su rostro, dejando ver su seria expresión, inalterable; su cuello largo cubierto a medias por el cuello levantado del largo abrigo de tonalidad ocre que lucía. Sus ojos grises contrastaban con el color de su piel aceitunada, la recta nariz no demasiado prominente y los sonrosados labios ligeramente agrietados por causa del incesante viento del este.
Halnaur caminaba con las manos entrelazadas por la espalda. Las mangas del abrigo apenas dejaban entrever sus largos dedos; unos dedos de los que se podía adivinar que no se trataba de una persona entregada a la batalla ni al trabajo manual. De complexión más bien delgada y estatura aceptable, aunque no excesiva si uno considera la sangre númenóreana que corría por sus venas, el hombre seguía andando erguido y sin prestar atención al puñado de gente que aún deambulaba por las calles a aquellas horas próximas al ocaso.
—¡Señor! Traigo una notificación de parte de la Reina —lo alcanzó corriendo uno de los hombres que constituían la guardia personal de Mornaew.
Halnaur se volteó, sorprendido por aquella repentina incursión en su sosegado paseo. —Dime Tithendir, ¿Qué sucede? —preguntó intrigado.
—La Reina desea verle, señor Halnaur —clarificó el hombrecillo, corpulento y de baja estatura—. No ha especificado la razón de su petición, pero le espera en la Torre; en sus habitaciones.
—Bien pues, si no puede esperar comunica a Mornaew que estaré allí en unos minutos —comunicó Halnaur—. Debo ir antes a mi casa.
El hombre asintió y, tras dar media vuelta, desapareció rápidamente por una esquina en la misma dirección por donde había llegado.
*****
La lujosa casa, de la que era propietario desde que su mujer y sus dos hijos se trasladaran a Minas Gwaeren desde la ciudad portuaria de Kemina Anka, contrastaba por su fachada de mármol blanquecino muy distinto a la negrura de los muros de la ciudad.
Un amplio jardín precedía la entrada al hogar del Númenóreano. Su mujer estaba en el salón, sentada sobre una mullida butaca. Varios tapices cubrían las paredes y unas lamparillas alumbraban tenuemente la estancia. Una gran alfombra cubría las losas del suelo, y sobre ella jugaban los niños; ambos de pelo oscuro y ojos azules como los de su madre. Una mujer bastante dotada de hermosura, aunque algo desaliñada. Su expresión denotaba cansancio, tal vez por la ardua tarea de cuidar de dos niños pequeños y muy activos.
Un beso fugaz a su esposa y el despeinar cariñosamente las cabecitas de sus niños, antes de anunciar su partida.
—Otra vez lo mismo —habló algo enfurecida la mujer—. Pareciera que la Reina te tiene más tiempo en sus aposentos que yo misma. Me pregunto qué asunto no podrá esperar a mañana, para que tenga que soportar otra cena a solas, para que llegues cuando ya todo el mundo duerme en esta casa.
—Te prometo que hablaré con Mornaew y pediré que evite estas llamadas tan tardías —trató de disculparse Halnaur—, pero ahora debo cumplir con lo que se me ha ordenado. Tal vez aún estés despierta cuando llegue.
El hombre rozó el rostro de su esposa profiriéndole una dulce caricia. Ella giró la cara, negándose a despedirse. Pero, a pesar de todo, enseguida se oyó el ruido de la puerta la cerrarse de golpe.
Hacía ya más de un mes que esas situaciones no se repetían en el hogar de Halnaur…
*****
A pesar de que mi familia se encontraba por entonces más feliz que nunca y que mi trabajo junto a Mornaew había quedado limitado a las pocas misivas e informes que intercambiábamos mediante los cuervos habituales –los indispensables, pues corrían el riesgo de ser interceptados-, yo me sentía preocupado y no dejaba de pensar en que hacía diez días que nada sabía de la situación de nuestros ejércitos.
Todo empeoró cuando llegó la noticia del avistamiento de tropas enemigas, de Eîthel, rondando la costa oeste de Harna Dîn. Irán a por Osto Telemna y nuestra capital se verá comprometida –me dije. Y me apresuré a pedir ayuda a nuestros aliados Nurnitas. Una de sus compañías se dispuso a movilizarse para apoyarnos en caso de que el enemigo tratara de sitiar Telemna, pero a esas alturas de la guerra ya pocas compañías quedaban que estuvieran tan poco mermadas como para defender los vastos muros de una ciudad tan sumamente grande.
Pero mi gran preocupación seguía siendo el estado del –por aquel entonces- mayor ejército de que disponía la Orden de Telpe. El pesimismo me invadía día tras día y comencé a plantearme si no debería subirme a un barco y comandar a la flota para el rescate del Rimbe-a-Quákolie. Los Valar no lo quieran… con sólo acordarme de los malos ratos que pasé navegando en alta mar empiezan a recorrerme el cuerpo los sudores fríos y ese mareo insoportable.
Pasaron varias noches en las que a duras penas conseguí conciliar el sueño, e incluso me atacaron las peores pesadillas relacionadas con mis preocupaciones.
El reducido espacio del húmedo camarote, provisto de los muebles indispensables; un lecho estrecho cubierto de un par de mantas gruesas, un butacón forrado en negras pieles y una mesa apenas alumbrada por una lamparilla de aceite en la que centelleaba una llama poco animada.
Escuchaba el rugir de las olas bajo mis pies cuando me dispuse a salir a cubierta, y me tambaleaba por los estrechos pasillos que me condujeron a la escalerilla por la que salí al aire libre.
Lo primero que vi fueron las flechas incendiarias que se me venían encima, fulgurando a través del cielo nocturno. Y empecé a correr para alertar a la tripulación, pero no encontraba a nadie. Me hallaba solo, abandonado en aquel navío que iba a ser hundido y yo con él. Entonces resbalé y, mientras recuperaba el sentido y trataba de incorporarme, escuché unos fuertes golpes en la madera del barco. Iban a agujerearlo mientras las velas se prendían y caían hechas pedazos.
Y pensé que no valía la pena ponerme en pie. Solamente escuchaba el estruendo del ataque y la embarcación destruyéndose debajo de mi. Y muchos golpes. Cada vez más fuertes, más cercanos… Sabía que no sobreviviría a aquella noche. Isil alumbraba mi figura tendida sobre la oscura cubierta, y los fuertes golpes no cesaban…
Llamaban a la puerta. Y me desperté de pronto, alterado y sudoroso; pero a la vez sentía como si me hubiera escapado de un destino fatal. La casa aún estaba a oscuras y mi esposa seguía dormida a pesar del incesante golpeteo en la puerta.
—Lamento esta irrupción en su casa cuando ni siquiera ha salido el sol, señor Halnaur —se disculpó el mensajero—. Pero me dejó claro que lo avisara si llegaba alguna información desde la Isla enemiga y así ha sido.
El muchacho me entregó un pergamino plegado y lacrado con la insignia de la Reina, y comprendí que esa era la carta que estaba esperando. Le di las gracias y me apresuré a ir al salón para revelar el contenido del mensaje frente al fuego crepitante de la chimenea.
“Estimado Halnaur:
Te escribo apresuradamente, temiendo que ya puedas pensar que sucede algo terrible debido a mi tardanza en mandar informes a Minas Gwaeren. Ha sido un retraso inevitable mucho me temo. Los acontecimientos así lo han dispuesto. He estado recuperándome durante las últimas semanas de una profunda herida provocada por una hoja de espada enemiga. Pero nada grave ya, estoy prácticamente recuperada.
Y te alegrará saber que al fin podemos añadir de nuevo una victoria para el Ejército de los Cuervos. Una pena que no llegáramos a sitiar su ciudad costera de Ostaire en dicha contienda. He de decir que conté con ayuda proporcionada por el Nurnita Seregruin de las Albas Sangrientas, y fue una importante aportación de fuerza para nuestro ejército.
Pero ayer me equivoqué, y actué imprudentemente. Creo que mis ansias por poner fin a esta maldita guerra han nublado mi mente.
Sucedió que hace tres días hice llegar a los Ingeniosos un mensaje para parlamentar, con la intención de llegar a algún tipo de acuerdo sobre el dominio de la Isla. Pero bien sabes que no me fío de nadie y pensé que tal vez si los dirigentes llevaban escolta de más al encuentro podríamos aprovechar para iniciar un ataque inesperado y tal vez acercarnos a la ciudad.
El grueso de mi ejército se encontraba bien camuflado entre las sombras, y hubo un instante en el que pensé que ese tal Yandros y sus amigos habían venido a reunirse conmigo con un puñado de hombres como escolta. Pero herré. Y uno de esos elfos arqueros de que dispongo en la compañía dejó ir una flecha. ¡Maldita sea la hora en que acepté incorporarlos entre mis tropas!
Ya te puedes imaginar el desastre. Tras la gloria de pocos días atrás, la deshonra de nuevo. Aunque poco más de una docena de mis soldados murieron, y por suerte muchos de los abatidos fueron elfos arqueros; entre ellos el desgraciado que provocó a los Ingeniosos, aunque fui yo misma la que le quito su preciada vida.
Una lluvia de flechas asoló el lugar donde debíamos tener el encuentro y aún ahora no acabo de comprender como ni siquiera me di cuenta de que llevaban más tropas de las esperadas. Supongo que subestimé el hecho de que esos Ingeniosos conocen su territorio mejor que yo, igual que yo conozco Harna Dîn.
Ahora mismo no sé que vamos a hacer. No estoy segura de que nuestra compañía esté preparada para enfrentarse de nuevo al enemigo. Mis espías dicen que tienen muchos más soldados de los que pudiéramos aspirar a derrotar. Y tras esos muros de Ostaire están bien protegidos.
Necesito consejo, Halnaur. Espero tu pronta respuesta, de igual modo que aguardo alguna señal de Seregruin puesto que ya hace días que mandé de vuelta a sus tropas de soporte. No sé si la situación de las tropas Nurnitas será también complicada.
Cualquier ayuda de tu parte será bien recibida.
Recibe un cordial saludo de mi parte,
Mornaew Echtar Nieninqë”
Al menos no se habían cumplido mis peores pesadillas y podría permanecer en tierra firme, siempre y cuando ayudara convenientemente a la Reina. Me esperaba un fatigoso día de trabajo, y no esperé a que saliera el sol.
Susurré a mi esposa, aún adormecida en la cama, que debía ir a trabajar urgentemente; y partí hacia la Torre Hexagonal a sumergirme de lleno entre mapas e informes diversos.
Un cuervo aguardaba en la ventana el mensaje que haría llegar a Mornaew.