El ambiente caótico en la tienda de los sanadores era pan de cada día.
Amanaišal no era ya tan joven. Mucha agua había pasado debajo de aquel puente, y muchas cosas había visto. Algunos acusaban su escasa capacidad de asombro, mas en su oficio el estoicismo con que enfrentase la desgracia era esencial.
La mujer de origen númenóreano había destacado de joven por su belleza, mas nunca se le había visto cerca de hombre alguno. Los rumores en el pueblo no tardaron en esparcirse, y no siempre fueron de lo más decorosos.
Por su parte, la joven Amanišal se había dedicado por completo a su ciencia.
Sus métodos siempre fueron cuestionados. Decíase que derrochaba la sangre del paciente; y es que a ella siempre le gustó experimentar, intervenir directamente la zona afectada, y no esperar a que pócimas y brebajes de dudosa eficacia retardaran el deceso del enfermo, sin curarlo verdaderamente.
Pero lo que era peor aún a juicio de la opinión pública, era su abierto escepticismo a las intervenciones divinas de los Valar, en la suerte de los Hombres.
Amanaišal no esperaba un golpe de suerte ni un futuro grandioso.
Si le iba mal, todo se debía a variables que sentía tener el poder de regular.
Así pues, pronto había desarrollado una propia escuela para las curanderas y curanderos (pues se negaba a aceptar el oficio como exclusivamente femenino), y los jóvenes más listos y atrevidos se apuntaban en sus filas para dilucidar una ciencia que nada tenía de mística ni oculta.
-¡Halad, por favor ayuda a tu compañera! Lo único que pueden hacer por ese pobre soldado es taponar la hemorragia con vendas. Pónganlas una sobre la otra...¡prohibido removerlas, aunque estén empapadas en sangre,... ¡¿me oyeron?! Después de la tercera o cuarta pueden sacar solamente la superior y cambiarla por una limpia...no quiero que hagan nada más, ¡entendido! – vociferaba instrucciones la mujer, a sus jóvenes aprendices, al tiempo que ella misma llevaba a cabo otras labores sanadoras.
El asalto al Asentamiento de las Compañías de Valle había comenzado con solo clarear el alba, y ahora, hacia el mediodía, los heridos que llegaban a la tienda llevados en brazos por sus compañeros o bien arrastrados por sus propias fuerzas, experimentaba un crecimiento lineal.
Las camillas ambulatorias pronto se saturaron y hubo que habilitar sectores enteros al aire libre donde los heridos se tendían agonizantes esperando a que algún sanador se les acercase, cosa que muchas veces sucedía solamente si el afectado convulsionaba, había entrado en paro o agonizaba de forma tan escandalosa que alteraba el ánimo de lo demás heridos.
Una muchacha jovencísima intentaba resucitar desesperadamente a un guerrero casi tan joven como ella, y de cabellos igual de rojos.
-¡Ezel!¡Basta ya! ¿Para que sigues si sabes que está muerto?...y créeme que para eso todavía no hallo cura... – comentó como de paso Amanaišal.
La joven levantó la mirada y Amanaišal pudo ver que había llorado.
-Es...que...- dijo Ezel entre susurros y antes de volver a romper en llanto - ¡Ay Ama, es que él era mi primo!. Y las lágrimas volvieron a licuar sus ojos verdes.
<<Si fuese por eso, a mi no me quedarían ni lágrimas ni compostura>>, pensó Amanaišal.
<<Enterré a toda mi familia antes de cumplir los veinte; he vivido con la Muerte y la combato a diario..., no me desposo de la desolación cuando perece alguien; no deberías hacerlo tu tampoco criatura >>, reflexionó, mas sin atreverse a decírselo a la joven Ezel.
En la carpa de los sanadores, Amanaišal o Amany, como la llamaban cariñosamente sus aprendices, era ama y señora. Nadie entraba, salía o efectuaba alguna otra acción sin que ella lo supiese. En aquel lugar no corría la jerarquía militar, pues ella había sido criada en la sana costumbre de que todos eran iguales. No existía por tanto prioridad alguna en atender a los capitanes o a los regentes antes que al soldado raso; el concepto de justicia de la númenóreana no admitía distingos sociales.
Se seleccionaba a los pacientes por la gravedad de sus heridas.
Pero por supuesto, no siempre era fácil lidiar con quienes creían ser privilegiados por su rango en el escalafón militar. No faltaban los capitanes que ostentando títulos y medallas rompefilas buscaban abrirse paso entre la masa.
Bajo aquellas circunstancias Amanaišal solo podía endurecer el espíritu y negarse a atenderlos.
Mas claro, se la acusó más de una vez de invocar ánimos de sublevación en el grueso tranquilo del ejército, y en más de una ocasión se la condenó a prisión.
Lo curioso es que siempre había salvado ilesa de los castigos, y es que era conocido el especial favor y respeto que le guardaba la Dama Gwyllion.
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Afuera el viento aullaba y bramaba, el aguacero caía como si otro mar se descargara sobre ellos.
Las gélidas ventiscas que hubiesen tersado en su momento los velámenes azulinos de los navíos de ultramar, ahora laceraban la carne mortal tanto como la que no contaba sus años en decenios sino en siglos.
Morion, envuelto en pieles de oso negro azabache, evocaba la imagen de los guerreros de antaño. Robusto y vigoroso.
Tras él, una tropa oscura extendía sus dominios en un vasto terreno.
Orcos y trolls sembraban el pánico y la destrucción, mientras elfos tan malditos como sus infectos compañeros, acertaban en quitar la vida a todo quien se les cruzase. Resultaba inverosímil que en el mismo grueso viajasen los sanadores, que buscaban remediar lo que sus compañeros sembraban a diestra y siniestra.
Las nubes cargadas de lluvia irrumpían en el paisaje impulsadas en su recambio por los vientos australes.
-Ar sindarnóriello caita mornie... (todos los caminos se han ahogado en sombras) – pronunció con parsimonia Naevian.
Desde la estribación del terreno en la que comandaba a los arqueros elfos, el páramo donde se desenvolvía el combate cuerpo a cuerpo, parecía un festín de carnicería. La mujer no hallaba salida de escape a sus pesares, que a pesar de aliviados por la prodigiosa puntería élfica, no se veían del todo menguados.
Tras tantas horas de batalla ya no podía pensar en cosa más que su propia fatiga. El mazo que portaba resbaló por sus manos, y se postró de rodillas exhausta. Estaba inimaginablemente cansada. Sus brazos ya no respondían a su silenciosa plegaria de continuar.
Le dolía el pecho al respirar, los pies al caminar y sobretodo le dolía el alma. El pesimismo es un mal mucha más grave de los que se imagina la común de las personas.
Los ánimos de Naevian iban en declive, y ya no hallaba un hecho concreto que la mantuviese de pie, si ni siquiera se sentía identificada por la composición de las tropas de su propio clan.
Morion la vio así, lánguida, recorriendo los lóbregos pasajes de su conciencia y por un momento creyó que la piedad inflamaba también su alma, mas la ilusión de los aires compasivos duró solo un instante, pues al siguiente, debía volver al rutinario grito que vociferaba ordenar las tropas de acuerdo al estratagema hilado por las finas hebras de la experiencia.
Naevian se tendió sobre un montículo, y si no fuese porque uno de sus hombres la levantó y llevó a la tienda de los sanadores, fëar y höar habrían divorciado su alianza.
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-¡Ezel! Encárgate de esta doncella. Su rostro me dice que ha caído en agonía.
La joven sanadora se apresuró en auxiliar a aquella que ostentaba varias medallas al valor, mérito y constancia en su guerrera.
La tendió en el piso y comenzó a buscar la herida que se suponía provocaba aquel estado convaleciente. En un principio se avergonzó de su propia incompetencia, pues no lograba dar con la lesión a pesar de haber recurrido a la denominada etapa de ‘exposición’, que consistía en desvestir parcialmente al afectado, en busca de contacto visual con la contusión.
-Amanaišal...ven un momento...- solicitó la pelirroja.
-¡No puedes hacerte cargo de una herida!¿Tengo que velar yo sola por la salud de toda la tropa? – se exasperó la mujer.
-... esto es raro...créeme... – comentó en un murmullo Ezel, cuando resignada Amanaišal había cedido ante la petición de su alumna y ambas se encaminaban al lugar donde yacía la postrada Capitana.
-¿Crees qué pueda tener una conmoción cerebral? – aventuró insegura Ezel.
-No. Palpa aquí...detrás de las orejas...si se hubiese golpeado la cabeza
abultaría donde te indico, o bien estaría corriendo un líquido amarillento. Como ninguna de las dos cosas ha acaecido en esta muchacha, queda absolutamente descartado el golpe en el cráneo. Bien, como ya te encargaste de desvestirla de sus nobles prendas, te darás cuenta que tampoco han sido dañadas las costillas, por ende no han sufrido sus pulmones. No, no, esos moretones son naturales en los guerreros que unan cota de malla. Los protege de las heridas punzantes, mas nada evita que la presión del golpe produzca hematomas, como te puedes dar cuenta. Pues bien, no hay nada a la vista y oso asegurar tampoco fuera de esta. Ezel, no todos los males son físicos...y los que pasan por aquí...- prosiguió en su explicación tocándose el pecho, como aludiendo al corazón – no curan sino con el tiempo u otros estímulos ajenos a mi ciencia...Déjala ahora, pues no serás tú quien la rescate de los Pasajes de las Sombras, y si los Valar así lo requieren, nos abandonará con el alba. Ve y presta tus servicios a quienes está en tus manos ayudar.
Ezel marchó consternada, pues de todo lo que había dicho su maestra, lo que la impresionó de sobremanera fue que hubiese admitido por una vez en su vida que ella no lo curaba todo, y que a fin de cuentas, los Valar tenían la última palabra en el destino de los grandes guerreros.
Amanaišal se agachó sobre Naevian y dijo
-Uich gwennen na ‘wanath ah na dhín (no estás destinada a la pena y al silencio). Y marchó para atender a otros soldados caídos en desgracia.
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Morion por su parte llevaba las riendas del conflicto como mejor podía, aunque a veces, ni las mejores intenciones bastan.
Sus fuerzas cedieron ante el ímpetu de la resistencia enemiga, y por una vez, los soldados de Tercano Nuruva, cayeron en cuenta de la ausencia de un líder moral, apasionado en la causa.
Y aquel mismo día Morion supo porque los reinos de bien prevalecían.
Soldados idiotas como los orcos u orgullosos como los elfos no entendían el sentido de la batalla y cada cual navegaba a la deriva de los sueños propios.
Necesitaban una gran causa, única, potente y sobrecogedora. Necesitaban a Hombres corrientes, trabajadores y sobre todo amantes de los propio. Capaces de dar la vida por defender a los suyos y dispuestos a los actos altruistas más desesperados en pos del ideal soñado. De la utopía personal.
Y mientras imaginaba el bien soñado, y el mal presente, un tiro certero se alojó en su vientre. Su espalda se curvó y sujetó la flecha por el extremo, para extraerla dolorosamente de su cuerpo. En su rostro se reflejaba un grito de dolor que sin embargo, nunca escapó de sus labios.
Se había quitado la cota de malla, pues esta y la piel de oso que potaba eran una carga difícil de aguantar incluso para él. Craso error. La sangre manaba ahora a borbotones y lo llevaría a la inconciencia en cosa de minutos.
Otra labor más para los sanadores guiados por la mano atenta de Amanaišal.
Sin un alma que impusiera su voluntad de lucha, las tropas de infectos trolls y orcos, se desbandaron y los elfos huyeron de igual forma al no contar con un apoyo efectivo.
El panorama hostil que hostigaba a la gente de Tercano Nuruva, durante su estadía invasora en la Isla del Valle del Ingenio, agobió a los soldados, que sin embargo, no se habían dado por vencidos propiamente tal.
Esperarían una nueva oportunidad y la sonrisa más benévola de la suerte, como decían ellos, pasajera amiga.
Ú i meted nâ I onnad (Este no es el fin, sino el comienzo), se habría oído decir a algún Capitán si hubiese sobrevivido en pie aún luego de la derrota.