La Guerra de los Clanes

Historias, leyendas y batallas en las tierras olvidadas de Arda.

Edicion 2

Haldanóri, Las Tierras Ocultas

Finalizada · 08-09-2004

Historia Por Vida - Valle - Elboron

2005:12:15:21:31:07

Elboron

La carta perdida

Era noche cerrada en el campamento valluno, que distaba apenas un kilómetro del gran fortín de Nurn, la todopoderosa ciudadela de Narmelost.

En el baluarte de Valle, numerosos soldados velaban a la luz de la luna la tienda del rey Elboron, herido en la batalla.

En el interior, un cirujano, presa de gran angustia, cosía con mágico hilo la feroz brecha que recorría la amplia frente del elfo, ante la divertida mirada de los lugartenientes del gran guerrero.

La terrible batalla frente a las huestes del Maia Oscuro había dejado no pocas huellas en el cuerpo de Elboron. Sin embargo, una vez más, la sorprendentemente veloz recuperación de sus heridas habían dejado atónitos a los galenos, anonadados ante la aparente invulnerabilidad del señor de Farbala.

Apenas cuatro días habían bastado para sanar sus heridas y dos más para salir de su pabellón, aunque apoyado en su cayado de negro tejo, pues perdía el equilibrio con facilidad.

Vestía una sencilla túnica militar de anchas mangas sin adornos. Tan sólo el emblema de su casa bordado en el sobreveste delataba su condición. Los cabellos le caían revoltosos por los hombros, anudados con una sencilla cinta argéntea.

Su capa, asegurada con pesado broche, envolvía sus hombros, y una oscura capucha ocultaba su rostro.

A su lado, caminaban Lochlan y Ewan, dos de sus leales capitanes, asegurándose, pese a las protestas del elfo, que no trastabillara ni perdiera pié.

El descomunal golpe que le había propinado aquel gigantesco troll había sido capaz de quebrar su gran escudo e incluso abollar la protectora celada, abriéndole un profundo corte en la sien. A pesar de que pronto sanaron sus heridas, un agudo dolor de cabeza le acompañaba a todas partes, recuerdo seguro de la fuerza del troll.

Pronto preguntó por Volomir, pues recordaba como su esforzado amigo le había salvado de las fauces del tánatos, una vez más, y, agradecido, quería comprobar que se encontraba en buen estado.

Mientras caminaban hacia la espartana tienda del maia, un horrorizado chillido se elevó por encima de sus voces, proveniente de la mencionada tienda.

Sin dudar, Lochlan y Ewan desenvainaron sus relucientes aceros y se dirigieron, a la carrera, a averiguar que sucedía, preparados para defender al forzudo si fuera menester.

Algo después llegaría el anciano galeno Andreth, acompañado por una gran hueste de soldurios, que habían salido de sus tiendas al oír el histérico grito.

En el interior de la tienda, un acostado Volomir musitaba palabras en sueños, envuelto en una misteriosa llama azulada, que no quemaba su piel ni chamuscaba sus rizados cabellos.

A su lado, un joven sanador le observaba petrificado. Sin duda el agudo grito había salido de sus jóvenes pulmones.

Elboron forzó el paso tanto como pudo hasta llegar al pabellón de su amigo y entró sigilosamente. Un nutrido grupo rodeaba el jergón de Volomir, tratando de descifrar las extrañas palabras que fluían de su boca.

Sólo él de cuantos se hallaban presentes comprendió sus inteligibles susurros. El sueño de su olvidado pasado volvía a aparecer en el maia, quien tan sólo recordaba haber conocido a Elboron en lejanas edades bajo la tupida floresta de Farbala. Antes de ello... la nada nublaba su mente.

- Ha llegado la hora de que afrontes tu pasado – pensó Elboron para sí y haciendo acopio de todo su poder, proyectó su mente en la del maia, gritándole – ¡Aikanár!, ya no serás más el misterioso Volomir, comandante de huestes. Reclama tu herencia. Reclama tu pasado. Eres el tulkalie. ¡Aikanár, la llama afilada, despierta!

En ese día, el rey elfo reveló a sus súbditos las increíbles proezas y gestas del gran capitán, llamándolo Aikanár, la llama afilada, el poderoso taryalie, y éste, hasta ahora timorato de su pasado, recogió la lanza que le había sido tendida y, aguerrido, afrontó su destino.

Ya no se escondería más bajo la identidad del desconocido.

Él era el gran Aikanár, para bien y para mal...

Unas horas después, Aikanár y Elboron conversaban tranquilos en lo alto del baluarte, observando las oscuras torres puntiagudas de Narmelost alzarse ante ellos, amenazantes.

Sin embargo, nada ensombrecía ese día el ánimo de los bravos capitanes del Valle. Los terribles dolores de Elboron parecían haber amainado por momentos y las heridas de Aikanár no eran más que meras cicatrices en su marcado cuerpo, nuevos recuerdos de una vida dedicada a la batalla.

El elfo fumaba feliz en su gastada pipa de arcilla, exhalando grandes anillos de humo de extravagantes colores ante la mirada divertida del forzudo, charlando sobre los remotos años en que ambos lucharon en las hundidas tierras de Beleriand, cuando los elfos aún eran jóvenes.

- Señor – les interrumpió una voz a sus espaldas -, ha llegado un mensajero desde las lejanas tierras de Tercano Nuruva.

Los héroes se volvieron, curiosos, observando a Ewan. A su lado, un hombre encapuchado, presumiblemente el mensajero, aguardaba silencioso. El pegaso plateado, emblema de la casa de Gaur, relucía bordado en su manto. Sólo los portadores de las insignias de los grandes capitanes podían llegar ante el rey sin demora.

- Y bien, amigo mío, has hecho un viaje muy largo – dijo Elboron con gran sonrisa -, ¿qué noticias traes de nuestro bienamado capitán?

- Mi señor – contestó el jinete acercándose e hincando la rodilla en la tierra -, los grandes capitanes de la cuarta compañía os envían sus saludos y os desean.... ¡la muerte!

Y de repente, sacando afilada daga de su faltriquera, se abalanzó sobre el desprevenido Elboron, que no lograba entender que sucedía.

Ahora bien, la fatídica puñalada no llegó jamás a hendirse en la carne del rey pues Aikanár, rugiendo, se interpuso entre el elfo y el asesino, deteniendo la mortal estocada. Tras un breve forcejeo, la descomunal fuerza del tulkalie se sobrepuso a la de su adversario y logró contenerlo con esforzada llave.

Poco después, un auténtico ejército de guerreros en clámide, a medio vestir, apuntaba con sus puntiagudas lanza la garganta de un temeroso oriental que, asustado, se encogía hecho un ovillo en medio de la turba de elfos.

- Registradlo – ordenó lacónicamente Ewan.

Mientras tanto, el gigante rubicundo discutía con Elboron fuera del círculo, dilucidando la suerte de su agresor.

- Yo digo que lo colguemos sin más – masculló Aikanár mirando al preso.

- No te apresures, amigo mío – le calmó Elboron -, sepamos antes quién le envía.

- Supongo que es lo más prudente – rezongó mientras se abría paso entre los soldados.

- Señor – le detuvo Ewan -, el villano portaba una carta del capitán Gaur, seguramente robada, y esas insignias son de la cuarta compañía.

- El rey estará encantado de leerla – le contestó Aikanár sin detenerse. Aquel miserable lamentaría haber intentado matar a Elboron.

El oriental retrocedió horrorizado ante la imponente presencia de Aikanár que, divertido, se rascaba la cabeza simulando no saber que hacer con él.

- Verás... – comenzó – si de mi dependiera, ya estarías muerto. – dijo provocando las risas entre la tropa y dibujando una mueca de horror en el sicario – Sin embargo, alguien muy caro a mí ha intercedido en tu favor. Así pues... ¡habla!

El sicario pareció sopesar sus opciones durante un momento, que debió resultar más largo de lo esperado por el maia pues, tras hacer una breve señal con la barbilla, dos soldados se adelantaron, propinando terribles patadas al preso.

- ¡Habla! – ordenó de nuevo - ¿Quién te ha envíado?

- ¡Perro valluno! – masculló, vomitando sangre.

- No me estás facilitando las cosas. – suspiró Aikanár, sacudiendo la cabeza mientras los dos guardias le golpeaban de nuevo – Por última vez.... ¡habla!

A pesar de los continuos golpes de los guerreros, el asesino, obstinado, se negó a responder a pregunta alguna del tulkalie que, desesperado, lo mandó atar a un poste con pesada cadena alrededor del cuello.

- Es duro – reconoció después el maia -, dudo que traicione a sus amos. Aún así, yo diría que es nurnita. Los tatuajes de su rostro los he visto en estar tierras con frecuencia. Yo diría que es un bandido a sueldo de nuestros enemigos.

- ¿Y cómo explicas esto? – le preguntó Elboron, meditabundo.

Aikanár cogió el pergamino que le tendía el rey y lo leyó con avidez mientras Elboron, silencioso, aguardaba que terminara la lectura.

Gaur a Elboron, ¡salve!

Mi querido amigo, te envío un mensajero de mi propia casa para darte una importante noticia de viva voz. No me he atrevido a escribir por miedo a que fuera interceptado y la información cayera en manos del enemigo. El secreto que guarda sólo será revelado en tu presencia.

¡Gloria a Valle!

- Es un embuste – dijo Aikanár -. Esta no es la letra de Gaur. Sin embargo, fue lo suficientemente preciso para que los guardias le dejaran pasar.

- Lo sé – contestó -. Sin embargo, me preocupa el paradero del emisario y de la verdadera misiva...

Mientras tanto, en la ciudad de Ost in Tercan, Gaur y Aliena aguardaban impacientes la respuesta de Elboron, ignorando la suerte que había corrido su mensajero. Habían pasado demasiados días desde su partida y ya debería estar de vuelta con la misiva real.

Preocupados por el paradero de la secreta carta, los capitanes decidieron enviar un nuevo mensajero, pero esta vez no sería uno cualquiera. El mismísimo Gaur partiría hasta las desoladas tierras del norte en pos del jinete y la carta perdidos.

La asombrosa celeridad del capitán le permitió recorrer el peligroso tramo que le separaba de Narmelost en pocos días. No por nada era llamado el velocípedo. A pié o a caballo, en carrera no tenía igual. Y eso, él, lo sabía.

Una mañana, después de haber cabalgado toda la noche, el esforzado jinete divisó al fin las puntiagudas agujas de las torres nurnitas, y en un último esfuerzo de su incansable rocín, Gaur se lanzó al galope atravesando los pantanosos vados del Morelimbar, resuelto a alcanzar el baluarte de Elboron antes de la puesta de sol.

- ¡Un jinete! – alertó el centinela de la torreta – cabalga más aprisa que el viento y se dirige hacia aquí.

Sin perder un segundo, Aikanár trepó de potente salto a lo alto de la empalizada para escrutar en lontananza. Demasiados misterios, para su gusto, estaban sucediendo en los últimos días.

- Es endiabladamente rápido - se dijo para sí -, sólo conozco un jinete que pueda cabalgar tan rápido y... ¡abrid las puertas!

- ¿Señor?

- ¿No me habéis oído?, os digo que abráis las puertas. Es el señor Gaur, capitán de la cuarta compañía – rugió.

Poco después, el velocípedo traspasaba las puertas ante la incrédula mirada de los centinelas que, curiosos se arremolinaron en derredor del alto jinete encapuchado.

Una vez más, un pegaso plateado se distinguía en el manto del mensajero. Sólo que esta vez su portador no era un caballero cualquiera. Era Gaur, señor de la casa del pegaso plateado, quien se encontraba ante ellos.

- ¡Voto a tal! – masculló Aikanár – Será posible...

- ¡Bah!, no relates tanto – rió el jinete descubriendo su rostro – cualquiera diría que has visto un balrog.

- Un balrog no – dijo una voz que se acercaba desde el pabellón real -, pero, que me ahorquen si no es una sorpresa tenerte aquí, amigo mío.

- ¡Elboron! – repuso sonriente – me alegro de verte, y... en tan buen estado.

- Ojalá fuera cierto, Gaur, amigo mío. Un desafortunado golpe en el asedio a Narmelost me mantiene con agudas migrañas – repuso el elfo –. Ahora bien, ¿dónde están mis modales? Imagino que estarás cansado. Desmonta y ven a tomar un trago.

- Más tarde quizá – le contestó – un asunto de vital importancia me trae hasta aquí y deberíamos tratarlo cuanto antes. Hace ya varias lunas os envíe un mensajero y aún no ha regresado. ¿Llegó nuestra misiva hasta vosotros?

Elboron y Aikanár se intercambiaron reveladoras miradas y sin mediar palabra, el tulkalie se fue en busca del prisionero.

- ¿Le reconoces? – preguntó seriamente el rey.

- A fe que no – contestó el velocípedo -. ¿Quién es este gusano?

- Este gusano portaba este pergamino y vestía las ropas de vuestro mensajero – contestó Aikanár, entregándole la misteriosa carta.

- ¡Por los relucientes cascos de Nahar! – bufó tras leer la misiva - ¡Qué clase de ardid es este!

Haciendo gala de su agilidad, se acercó al sicario y poniendo su afilada espada en la garganta le gritó:

- Dime, basura, ¿qué ha sido del hombre al que robaste estas ropas? ¿Dónde está Breda?

- Breda... me hubiera gustado saber su nombre antes de matarlo – contestó con gélida voz el oriental mientras hacía una desagradable mueca, enseñando sus picados dientes.

- ¡Mientes! – retumbó la voz de Gaur mientras traspasaba una y otra vez al asesino de su mensajero.

- Basta Gaur, basta – le dijo dulcemente Elboron conteniendo la mano de su amigo, empapada en la sangre del oriental –. Ya es suficiente.

- Era... era mi primo – sollozó -. Yo... yo le envíe a la muerte.

- Le vengaremos – tronó Aikanár.

- Lo juro con mi sangre – dijo Gaur, abriéndose profundo corte en la mano.

- Así sea – dijeron sus amigos, repitiendo su gesto.

Epílogo

A no muchas millas de allí, calentados por una fogata en la tranquilidad del bosque, se reunían, silenciosos, los asesinos de Breda.

- Darzag todavía no ha regresado – dijo por fin uno.

- Y no creo que lo haga nunca, Tarkash – respondió otro -. La misión que nos encomendó la señora Lómine era imposible.

- Sin embargo – terció Gurgun – el salvoconducto del mensajero al que abatimos ha debido bastarle para llegar ante él.

- No debimos aceptar el encargo – dijo Tharkash -. Lómine nos ahorcará si se entera que hemos fracasado.

- No tiene porqué – dijo al fin el que parecía el jefe de todos ellos -.Todavía tenemos en nuestro poder la verdadera carta del mensajero. Se la enviaremos y quizá así nos perdone la vida.

Poco después, Tarkash partía hacia Narmelost con el importante pergamino bajo su manto, ignorante de que su suerte ya estaba echada.

Nurn no aceptaba fracasos.

No habría un mañana ni para él ni para sus compañeros.

[Editado por jarvis el 15-12-2005 19:19]

Gaur

Este personaje recupera un 45% de vida.