La Guerra de los Clanes

Historias, leyendas y batallas en las tierras olvidadas de Arda.

Edicion 2

Haldanóri, Las Tierras Ocultas

Finalizada · 08-09-2004

Historia Por Vida - Valle - Volomir

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Volomir

El Lay del Taryalie

El gran guerrero dormía presa de altas fiebres en el cómodo jergón que habían traído de la tienda de Elboron y dispuesto para él en su austera tienda.

Habituado a una espartana vida, Volomir apenas se permitía mayores lujos que una comida caliente y una rígida estera por toda cama.

Pues no era su cuerpo lo que necesitaba descanso en las frías noches de Haldanori, sino su alma, su atribulada y melancólica alma.

Y esa noche, arropado con un cálido vellón en su confortable lecho, Volomir soñaba. Soñaba con tiempos remotos y pasados en los inconmensurables palacios intemporales, cuando Arda aún era joven, apenas un imperceptible susurro inaudible en el devenir del tiempo.

Tiempos en los que aún los ainur eran jóvenes, tiempos tan lejanos en el recuerdo que en ocasiones dudaba si alguna vez existieron y si alguna vez ardió en él la llama imperecedera.

En la cabecera de su cama, un joven galeno le observaba con asombro.

Jamás había visto a nadie tan enorme como el campeón valluno y tan enconadamente resistente a toda fatiga y todo mal.

Seguía con absorta mirada el suave compás de la respiración del maia cuando éste, de pronto, comenzó a musitar unas incomprensibles palabras mientras su cuerpo comenzaba a agitarse con la incontenible fuerza de sus poderosísimos pulmones, envuelto en una llama pálida.

Horrorizado, el joven salió vociferando de la tienda en busca de ayuda y pronto llegó el viejo Andreth, el gran y anciano galeno de la compañía real, acompañado de varios soldurios, que velaban al capitán en la puerta y que, alarmados por el alboroto, entraron empuñando sus mortíferas armas, temerosos de algún ataque contra su comandante.

A pesar de la azulada llama que lo envolvía, el maia no parecía sufrir quemadura alguna y pronto, a pesar de su asombro, los elfos se aproximaron a Volomir, deseosos de comprender sus extrañas palabras.

- ¿Qué dice? – preguntó uno de ellos, incapaz de descifrar las palabras del guerrero.

- Diríase que es algún tipo de dialecto antiguo... no acierto a comprenderle – respondió el sabio Andreth, descorazonado.

- Yo sí – tronó una voz desde el quicio de la puerta, donde un encapuchado se sostenía en un largo cayado de tejo negro – Muy pocos pueden entenderle ya, pues la lengua que escucháis no es otra que el olvidado modo del maestro Rúmil en la Tierra Media, el quenya según se habla en Aman.

- Aman... – acertaron a pronunciar los guerreros, evocando los antiguos relatos que habían oído a sus mayores.

- Y, ¿qué está diciendo?, mi señor – preguntó Andreth al desconocido que reconoció como Elboron.

- Recita un poema – contestó – el lay del taryalie.

- ¡Taryalie! – exclamó sorprendido Andreth – Entonces Volomir es... Volomir es un... él es...

- Así es – asintió tranquilo -. Él es uno de los elegidos de Astaldo. Su verdadero nombre es Aikanár, la llama afilada, el tulkalie.

Antes de que los estupefactos guerreros pudieran articular palabra, el rey elfo cerró los ojos y con clara voz les recitó el poema que el gran poeta Rúmil escribiera en Tirion en edades remotas en honor del héroe Aikanár y que su poderoso amigo había musitado en su delirio.

Más allá de la sombra del misterio,

Más abstracto que la forma de la idea,

Más esquivo que la risa de la muerte,

En el albor del tiempo, Aikanár llegó a Eä

Ha navegado por los mares de otros mundos,

Ha vagado entre los vientos de cometas,

Cabalgando en elipse el universo,

Entre guiños de brillantes estrellas

Ha sufrido el infierno del ángel caído

Su risa ha tronado en el cielo de los dioses

Ha perseguido con furia al maldito

Hasta los más remotos confines

En busca de su destino

Ha luchado en incontables batallas,

Segando a su paso ajenos corazones,

Insuflado de llamas y laureles

Loado con gemidos y vítores

No se apagará la llama

No cesaran los ruidos

Hasta que el tulkalie

Cumpla con su cometido

La voz de Elboron se apagó y el silencio se apoderó de la sala. Incluso el palpitante maia había dejado de convulsionarse en sueños y dormía placidamente ajeno a cuanto sucedía en derredor de su camastro.

Las palabras del rey elfo habían causado gran impresión en los presentes, ignorantes hasta entonces de cuanto él había dicho. Hechos tan lejanos que aún pocos de entre los elfos habían oído hablar de ello.

Sólo Andreth, el viejo galeno, tenía algún conocimiento de tales historias, recuerdos que creía olvidados en la oscuridad en que se había sumido su cerebro. Palabras, palabras que oyera a la reina Melian en los bosques de Doriath, se agolpaban en su mente cubriendo sus ojos de lágrimas y de recuerdos.

Recuerdos del mediodía del reino, cuando Beleriand aún se alzaba orgullosa y desafiante y Thingol Mantogrís, esplendido en su apogeo, reinaba, clemente, sobre todos ellos.

El viejo elfo rebuscó en los más recónditos rincones de su memoria hasta que por fin pudo juntar mágicamente las olvidadas palabras y pronunció los versos de Melian:

“Y con las primeras luces del alba llegaran los taryalie, los elegidos de Tulkas, terribles en su cólera; y al frente de todos ellos se encontrara Aikanár, envuelto en su afilada llama, derribando enemigos a su paso, furibundo”

Elboron asintió complacido, afirmando las palabras del galeno. El viejo Andreth, anciano aún entre los quendi, no gozaba del don de la memoria, pero sus escasos recuerdos eran parte de la historia viva de los primeros nacidos.

- Sin embargo... – continuó el anciano con pesar – ya no recuerdo más.

- No temas, viejo amigo – le reconfortó Elboron -, yo contaré esta historia por ti.

El viejo asintió con gratitud mientras, cansado, buscaba donde sentarse. Presto, un soldurio trajo un cómodo sillón para el galeno, sentándose junto a los otros guerreros en respetuoso silencio alrededor del rey, que apoyado en su cayado declinó el escabel que le ofrecían.

- En el ocaso de la primera edad – comenzó- se cumplió la profecía de la reina y el pueblo del celebérrimo Tulkas, los escasos maias que se le unieran cuando bajó a Arda, que luego se les llamaría “los fuertes”, taryalie ó tulkalie en quenya, partieron a la batalla detrás del áureo estandarte de Eönwë.

Eran éstos temibles guerreros, semejantes en todo a su señor. No portaban armas y, cuando lo hacían, empuñaban pesados martillos y grandes hachas.

Grandes en fuerza y en proezas, su risa no tenía parangón en toda Arda.

Dice la leyenda que cuando los tulkalie corrían acompañados de su señor, un fuerte temblor sacudía el suelo, pregonando su llegada, provocando la huída de toa criatura maligna a su paso.

De tez rubicunda, sus barbas y cabellos eran rizados, pero sólo Aikanár, de entre todos ellos, rivalizaba con Tulkas en cuanto al dorado brillo de sus cabellos.

Los guerreros sonrieron, volviendo la cabeza hacia Volomir, que dormía placidamente. Cuantas veces habían reído junto a él, haciendo jocosos comentarios sobre la excepcional constitución de su señor.

Elboron carraspeó y tras recuperar la atención de los quendi retomó la historia:

- No obstante, el brillo que envolvía al maia se tornaba en ocasiones en pálida llama, otorgando al incandescente taryalie una majestad sobrenatural. Este extraño suceso le valió el sobrenombre de “la llama afilada”, epíteto que se uniría a su nombre por toda la eternidad.

Sucedió pues, que Eärendil, el bendito, llegó al fin a las costas de Aman y obtuvo el perdón de los valar en la eterna benevolencia de Manwë, que dispuso un ejército como no se había contemplado antes, ni se contemplaría después, para acudir en ayuda de los dos linajes y derrotar a Morgoth.

Pronto, los tulkalie fueron convocados por Eönwë y éstos, radiantes en sus armaduras, se aprestaron para la batalla.

Luego de desembarcar, los taryalie soplaron las grandes trompas que Salmar fabricara para ellos, y el ejército de Valinor se dirigió al norte, en busca de Morgoth Bauglir, el oscuro enemigo del mundo, ansiosos de entrar en batalla.

Cuenta la leyenda que en aquella temible batalla tuvieron lugar las más excepcionales proezas y mucho se cantó después en Tirion, sobre la colina de Túna, acerca de las excepcionales gestas de Eönwë y mucho se dijo también acerca de los taryalie y de Aikanár, cuya pálida llama se encendió entonces envolviendo su cuerpo en un halo azulado, causando el terror entre sus enemigos.

Elboron se detuvo un momento, tragando saliva antes de continuar. No se oía un ruido en la tienda. Incluso la suave respiración de Volomir parecía el tosco gruñir de un orco. Los elfos aguardaban expectantes a que el rey retomara la narración.

- Y entonces, cuando la furia del maia lo alejó de sus compañeros – continuó – adentrándose en las entrañas de Angband aparecieron los valuraukar ante él, desafiando su poder, impasibles ante su llama.

Una expresión de asombro y de miedo se dibujó en los soldurios, temerosos del excepcional poder de los demonios de Morgoth.

- Pero Aikanár no se amedrentó y ciego de ira cargó con su irrefrenable ímpetu hacia sus enemigos, sembrando la muerte por doquier. Tal era la fuerza que irradiaba aquel día.

No obstante, pronto se vio abrumado por el número de sus incontables enemigos y, a pesar de su extraordinaria fortaleza, el paladín comenzó a desfallecer, mientras su llama se apagaba, marchitándose con él.

Ahora bien, en un último y supremo esfuerzo, antes de caer abatido, el maia sopló su gran cuerno, quebrándolo con un soplido capaz de impulsar un navío por el más bravío de los mares.

El eco se escuchó por sobre toda Arda y dicen los sabios noldor, que aquel poderoso trueno echó abajo las puertas de Angband, abriendo brechas en el inexpugnable bastión del enemigo. Empero, también quebró las tierras donde tanta sangre habían derramado los quendi y los edain, provocando la destrucción de la amada Beleriand.

Así pues, los tulkalie acudieron a su llamada y pronto el negro ejército de Melko fue destruido, avasallado por la incontestable superioridad de las fuerzas de Eönwë y él, capturado.

- Y así Aikanár alcanzó gran renombre ente elfos y hombres, que muchos siglos después lo conocerían como Volomir, el grande, en las lejanas tierras de Haldanori. – tronó una potente voz a sus espaldas - Pero eso, eso ya es otra historia.

Gaur

Este personaje recupera un 50% de vida.