Malenril
Un blanco manto cubría los campos. La noche había sido fría como todas las que se sucediesen a partir de entonces, y las pequeñas hogueras, junto a las que se reunían los hombres, suponían apenas una leve ayuda. Tal vez pudieran delatar su posición pero poco importaba pasar desapercibido al enemigo, si la muerte, los encontraría sin dificultad.
Quienes peor lo pasaban eran sin duda los heridos. Gran sufrimiento se notaba bajo aquellos ligeros toldos y los lamentos de los allí presentes se escuchaban en la totalidad del campamento. Multitud de ojos se concentraban en ellos cuando una pequeña abertura se abría y de ella surgía un elfo. Acudía en busca de que un explorador encontrase una planta o simplemente en busca de agua caliente, pero su sola presencia imponía el más absoluto de los silencios.
Ocurría entonces que como si de una llamada se tratara, muchos de los allí presentes acudían en busca de alivio. Muchos esperaban noticias de sus amigos pues el sufrimiento se extendía por igual entre hombres y elfos. Casi siempre se escuchaban palabras tranquilizadoras, aunque el hecho de que no se refirieran a nadie en concreto les volvía a sumir en un penar, que solo lograban calmar entonando algún viejo y triste canto.
Así y poco a poco la calma y la tranquilidad fueron encontrando un camino entre las sendas del dolor y cuando los días se sucedían con el lento discurrir del tiempo, los heridos mas leves comenzaron a abandonar su encierro. Grande era la alegría que se despertaba en el campamento cuando este hecho se sucedía. Los murmullos se escuchaban en su alrededor, mientras mostraba sus heridas o relataba el dolor de una fría noche de invierno.
Pero siempre se producía una mirada triste a aquellas tiendas. Los gritos de dolor hacía tiempo que no se oían con tanta intensidad, mas se recordaban. La espera y el silencio era lo único que podían hacer por ellos en ese momento.
En el interior también se encontraba el capitán. Largo tiempo había meditado desde que recuperase la consciencia. Y de lo que en un principio aquellos pensamientos le parecían, en verdad los correctos, quedaba ya muy poco. Sentía que sus acciones constituían una traición y por un tiempo no pronunció palabra alguna. Se encerró en su mundo, alejándole de todo lo que le rodeaba.
El sufrimiento no era ajeno para él, pero las habitaciones destinadas a los capitanes eran distintas encontrándose en las casas de curación de una bonita y alegre ciudad. Los cuidados eran los mismos, cierto es, mas la soledad era distinta. Mayor cantidad de heridos se encontraba en las otras salas y una visita esporádica no permitía cuantificar los daños ni llegar a conocer a fondo las situaciones de los allí recluidos.
No se conocía en verdad poco más que una parte de la vida de todos aquellos que le rodeaban. Solo se conocía pequeños relatos de su familia, que reflejaban solo una parte de las gentes de su reino, pero los relatos en momentos agradables o relajados eran distintos a los que se escuchan en delirios febriles.
Sentimientos puros y reales embargaban aquella estancia mientras el dolor seguía vagando por los alrededores. Recuerdos de sus progenitores regresaban a sus mentes mientras el mundo a su alrededor desaparecía por completo. Era lo más parecido a contemplar lo más recóndito del ser sin recurrir a poder alguno.
El abrazo de un padre o el beso de una madre cobraban un distinto cariz. No se reprimía sentimiento alguno, ante la proximidad del fin. Y ante esto una mano que poder asir era el mayor de los deseos.
Malenril ya bastante recuperado de los daños, ansiaba alejarse de allí, refugiarse en el bosque y desaparecer. Pero con el suceder de los días surgió un deseo de expiar su culpa y llegar a sentirse bien consigo mismo en la medida de lo posible.
A su lado se encontraba un hombre herido en el costado por una flecha. Había perdido mucha sangre y desde que había vuelto al campamento su estado no parecía variar. Varios comentarios llegaron a oídos del elfo del lugar de procedencia del hombre y sin saber muy bien porque acerco una silla hasta su lecho y le relató los recuerdos que tenía de la zona. Las heridas aun molestaban al capitán, pero en ese momento no le parecía que ese dolor fuese el principal de los problemas.
Nadie le aseguraba que aquel pudiese escuchar su voz, ni nada de lo que este le contaba, pero en su interior una luz comenzaba a brillar con fuerzas y le conminaba a seguir, pues a pesar de que día a día, esto ayudaba al elfo, creía por encima de todo que estaba ayudando a alguien más desfallecido que él mismo.
Llegó al fin el día en que el capitán ya estaba recuperado, y solo el tiempo acabaría por restablecerlo al fin, pero quizás el retorno a la vida normal le asustaba. Temía enfrentar a aquellos que dirigía mientras no supo ni controlarse en el campo de batalla. Retrasar el momento no contribuiría mucho, y recogiendo aquello que le pertenecía, al fin cruzo el umbral.
Sentía o creía tener la mirada de su ejército clavándose en su espalda como un arma de filo, y se dirigió sin mediar palabra a su tienda. Tras asearse y vestir unas ropas más duras salió de nuevo. Era la hora del almuerzo y los hombres se encontraban ante el fuego, la mayoría de ellos con la comida ya en sus manos.
Cogió un plato, pero apenas probó bocado, pues se sentía culpable, pero en esos momentos alguien reunió valor y como si de un soldado más se tratase, dirigiéndose al capitán le preguntó por los que aun se encontraban en la tienda. Y tras este llegó otro más y pronto un pequeño grupo se formó. En aquella situación poco importaban los rangos y el elfo se sintió animado pudiendo relatar las mejorías de algunos de los que allí se encontraban.
Poco pudo relatar sobre muchos de aquellos hombres, mas notaba que por fin había recuperado su sitio, y tras una dura lección llegó a la conclusión de que quizás no todo el mundo estaba tan perdido como el creía. Después se dispuso a dar un pequeño paseo por la zona cercana, para desentumecer el cuerpo tras el prolongado reposo, y admirar así de nuevo la magia de un bosque, que pese a no ser el de su reino, tenía algo especial como todo en este mundo. La conversación le había alegrado el espíritu.
Ya mucho más animado retornó al campamento, y tras contemplar que todo estaba tal cual lo había dejado, cruzó de nuevo aquel triste umbral para interesarse por todo aquel que se encontrase herido. Tal vez poco pudiese contribuir a la mejora de nadie, pero cuando descubrió que aquel hombre a quien hablaba, se encontraba despierto y su rostro sereno mostraba una sonrisa, decidió que el trabajo de un capitán no consiste solo en ayudar a los soldados en la batalla, sino en todo lo que fuese necesario, mientras el tiempo de la guerra no diera paso a mejores momentos donde las armas, solo se recordarían como un triste recuerdo del pasado.
