Vilmanion
Mientras oía el galopar cada vez más lejano del caballo de Arawen, Vilmanion escudriñó entre los troncos del bosque, para ver si captaba algún movimiento furtivo. Pero, a parte del vuelo de algunos pájaros y el susurrar del viento deslizándose sobre las hojas, no oyó nada fuera de lo habitual. Había dejado a su general, Aredhel, en lo alto de un árbol frondoso, confiando en que, si eran atacados, pasase desapercibida, dado que estaba muy mal herida. Por eso, procuró alejarse del árbol, aunque sin llegar a perderlo de vista. Así, decidió subir a un pequeño castaño, que se elevaba algunos metros del resto de árboles que lo rodeaban. Allí, camuflado entre las ramas, vigiló los limites del bosque que le rodeaban, a la espera del enemigo. Pasados algunos minutos, oyó como una bandada de pájaros salía volando repentinamente, ahuyentados sin dudo por un invasor que había penetrado en la espesura. El sonido procedía del oeste, justo el lado por el que les era mas corto acceder a los nurnitas desde su campamento en la pequeña bahía en la que habían fondeado.
Vilmanion descendió de un salto y caló con un sonido casi inaudible al suelo. Luego, procurando ocultarse tras los troncos de los árboles, se acercó hacia aquella zona. No tardó mucho en oír las sonoras pisadas de la pesadas botas del grupo de soldados nurnitas. El druedain se agachó, para apoyar su oreja en una raíz que sobresalía de la tierra. Así, pudo sabes que eran seis enemigos los que se aproximaban, probablemente, de la infantería ligera de Nurn. Dos humanos y cuatro orcos. Iban muy separados, para poder peinar el bosque, y no hacían nada para ocultar su presencia. Eran, o muy torpes, o muy confiados. Vilmanion se puso en pié y reanudó la marcha, pero, nada más dar un paso tubo que agarrarse a la rama baja de un árbol, para no caer. Había sufrido un pequeño desmayo, por culpa de la sangre que estaba perdiendo por sus heridas. Por lo bajo, el druedáin maldijo su debilidad, y espero algunos segundos para poder recuperarse. Luego, siguió avanzando.
Finalmente, se detuvo a escasos cien metros de uno de los soldados, un hombre con una musculatura desproporcionada, que andaba con una cierta cojera, portando sobre un hombro una inmensa espada de más de veinte quince palmos de largo. Vilmanion lo estudió detenidamente. Aquél gigante sucio y patizambo no supondría un rival para alguien ágil, así que se decidió a eliminarlo el primero. Optó por no iniciar aun un combate abierto, por lo cual, se decidió a matarlo en silencio, sin que sus compañeros pudiesen ponerse alerta, ni ir en su auxilio. Por ello, desenfundó la daga que llevaba en la bota y se acercó lentamente, sin hacer el más mínimo ruido, hasta quedar detrás del nurnita. Este seguía caminando, intentando esquivar los árboles con su rígido corpachón, pero, sin muy buen resultado. En un par de ocasiones, casi se quedó atorado entre dos troncos. Vilmanion lo siguió de cerca, asegurándose de que no lo viese si alguna vez giraba la cabeza. Por fin, el druedain se decidió a actuar. Aceleró el paso, y cuando estaba a escasos dos metros, enarboló su daga, y coloco su mano izquierda de modo que pudiese agarrar rápidamente la mandíbula del enemigo, mientras que con la diestra, la acercaba poco a poco, al cuello, pasando el brazo sobre el hombro. Era algo difícil, dada la estatura del adversario, pero, actuando con rapidez, Vilmanion tapó la su boca con la siniestra, a la vez que con la daga cercenaba la yugular, que expulsó un chorro de sangre, el cual tiñó de rojo las hojas de una rama baja que había a un lado. EL individuo a penas se resistió, y en cuestión de segundos cayó inerte. Con mucho esfuerzo, el druedain pudo amortiguar la caída y depositarlo en el suelo sin hacer ruido. “Uno menos”, pensó, mientras limpiaba la hoja de su daga con los harapos del muerto. Siguió caminando lentamente, hacia donde se oía el ruido de los demás nurnitas. Pronto, pudo ver el segundo: ésta vez se trataba de un orco. Sabia que estos seres poseían un olfato más fino que el de los humanos, y podría detectarlo antes de que llegase a una distancia suficiente como para poder cogerle por sorpresa, aunque tenia la ventaja de tener el viento en contra, por lo que su enemigo tardaría más en percatarse de su presencia allí. Siguió avanzando, con la diestra sobre la empuñadura de su espada, consciente que en cualquier momento, el horrible ser podría girarse y atacarle. Cuando estaba a diez metros de él, vio como el nurnita se detenía. Vilmanion pensó en ocultarse detrás de un tronco, pero pensó que ya era demasiado tarde, Ali que, sin recapacitar demasiado, se lanzó hacia el orco con toda la rapidez que le fue posible, al mismo tiempo que desenfundaba la espada. La hoja silbó en el aire, y mientras el orco se giraba, enarbolando su cimitarra oxidada, Vilmanion saltó y descargó un fortísimo tajo contra la cara del monstruo. Éste, que había visto venir el movimiento, pudo esquivar por poca distancia el golpe, y reaccionando con rapidez, interpuso su arma entre él i Vilmanion, que había tocado el suelo y ya se giraba para descargar un nuevo golpe. Los aceros chocaron, con un estallido metálico, y así comenzó el combate. Vilmanion descargó varios golpes más con todas sus fuerzas, y luego, viendo que la técnica del monstruo no era en absoluto refinada, se decidió por recurrir a la habilidad, en vez de a la fuerza. Contuvo los tajos que el orco le lanzaba a diestro y siniestro sin mucha dificultad, manteniendo siempre una guardia media, pero luego, levantó su acero para descargar los golpes desde arriba, en diagonal, con lo que obligaba al orco a subir la guardia. En una de las ocasiones en la que el monstruo levantaba su arma para parar un golpe del druedain, éste hizo que la hoja se deslizase sobre el hierro enemigo, desplazándola hasta casi tocar el suelo, para luego, con una sola mano, impulsarla hacia el desprotegido costado del soldado nurnita. Introdujo el acero más de dos palmos, hasta asegurarse de que la herida era mortal, y luego, la retiró con un tirón. La sangre brotó de la herida, y el animal, que emitía roncos chillidos, intentó tapársela, mientras caía al suelo de rodillas. Vilmanion lanzó un tajo directo al cuello del orco, para que dejase de gritar y muriese rápidamente, pero sabia que sin duda, sus compañeros lo habían oído.
No tardaron mucho en irrumpir en las cercanías, corriendo, y con las armas en alto. Fue el humano, un ser de corta estatura y figura famélica, el primero en atacar con su espada corta y oxidada. El druedain lo esquivó, y el hombrecillo se adelantó debido al impulsó, lo cual aprovechó Vilmanion para mandar una tajo directo a su espalda. La hoja golpeó sobre los hombros, clavándose al menos un dedo de acero en la carne y los huesos. Con un grito agudo, el nurnita cayó al suelo y empezó a revolverse sobre las hojas.
Durante aquél movimiento, el druedáin había perdido de vista durante unos segundos al orco que quedaba con vida, y no volvió a verlo cuando ya estaba demasiado cerca. A penas pudo desviar un estoque dirigido directamente hasta su pecho, que finalmente fue a clavarse encima de la cadera izquierda. Con Un grito, más de furia que de dolor, Vilmanion se echo hacia atrás, para liberarse del arma enemiga, y para poder esquivar un puñetazo que el orco le lanzó con la zurda. El druedain sangraba abundantemente por la nueva herida, y notó como las fuerzas se le escapaban a través de la piel abierta. Pronto, casi no podía mantenerse en pie. Fue entonces cuando oyó un grito femenino, detrás de él, a cierta distancia. Fue entonces cuando recordó a Aredhel. Un ruido de ramas rotas, resonó en el bosque, y fue precedido por un golpe seco en la hierva. Un gemido se acalló lentamente. Vilmanion se giró, y vio el cuerpo de su general tendido a los pies del árbol donde la había dejado minutos antes, creyendo que allí estaría a salvo.
El orco, que había estado pendiente de lo que sucedía, aprovechó al distracción del druedain para intentar asestarle una estocada mortal. Vilmanion a penas tuvo tiempo para tirarse a un lado, y caer al suelo. La hoja del nurnita fue a parar al tronco de árbol donde había estado el torso de Vilmanion segundos antes, y se quedó allí atascada, mientras su dueño hacia grandes esfuerzos por sacarla. Con sus ultimas fuerzas, el druedain sacó la daga de su bota, u la lanzó con un grito directamente contra el pecho descubierto del monstruo, que cayó al suelo. Allí, después de llevarse las manos a la herida en un gesto inútil, murió con su horrenda faz contorsionada en una mueca terrible.
Vilmanion vio como lentamente la oscuridad inundaba su visión, y pronto no vio ni sintió nada. Tal vez estaba muerto.
