La Guerra de los Clanes

Historias, leyendas y batallas en las tierras olvidadas de Arda.

Edicion 2

Haldanóri, Las Tierras Ocultas

Finalizada · 08-09-2004

Historia Por Vida. Nurn. Seshat

2005:12:15:20:52:11

Lómine

Lo recuerdo perfectamente, su mirar orgulloso, la sonrisa en sus labios y la satisfacción dibujada en su rostro mientras hundía con sevicia la pica de su lanza en mi vientre; era un Elda, como yo… no, no como yo, mi alma se ha perdido para siempre en la oscuridad, en el dulce sabor de la perversión, de la venganza, de la perfidia; no, el camino de luz trazado por los Quendi no es más mi camino, y aunque quisiera, jamás podría regresar a su senda. Él en cambio aborrecía la oscuridad y sus secretos, la temía como se teme a lo desconocido, y desconfiaba de mí por ser el heraldo de su sombra…

El dolor, intenso, profundo, penetrante, recorrió mi cuerpo, sentí desfallecer; todo a mi alrededor se tornó de repente tan sombrío como las noches sin luna del Bosque del Susurro, todo excepto su rostro… un rostro tan hermoso, tan cálido, tan familiar y a la vez tan distante, tan extraño, tan desalmado. Posé mi mano sobre su hombro y le miré suplicante e indignada, en un gesto irracional y desesperado, más la afilada punta volvió a clavarse hasta desgarrar mis entrañas, y pude sentir la tibieza de mi sangre sobre mi piel, y pude ver como lentamente se deslizaba hasta alcanzar el suelo. Toda mi desesperación, toda la indignación ante la traición de mi raza se transformó entonces en ira, en cólera, en furia ciega, y con las pocas fuerzas que me restaban lo atraje hacia mí y enclavé con malevolencia la hoja de mi puñal en su pecho… una hoja élfica, como él, como yo…

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Las heridas que recibiera en la batalla eran profundas y delicadas y demasiada fue la sangre perdida; sus fieles arqueros, bajo las órdenes de Aranel, habían trasladado su cuerpo inerte hacia el interior de Narmelost y entregado a los sabios elfos que ejercían las artes de la curación en Karnairë. Varios fueron los días que sucedieran al atardecer de su llegada, y desde entonces la condición de su cuerpo había mejorado, aunque no la de su mente, aun atormentada por delirios y alucinaciones.

-¿Qué te ocurre, Señora mía? –Murmuró Artarion mientras acariciaba el rostro de Lómine -¿Cuánta angustia encierras en tu corazón? ¿Qué pena puede robar la tranquilidad de tu sueño?... ¿Qué terribles secretos ocultas, Dama de la Oscuridad?

Los párpados de la elfa se abrieron lentamente dejando ver el iris gris que bordeaba la negra pupila de sus ojos, y un profundo suspiro escapó de sus labios.

-Él está bien, si es lo que te preocupa –continuó el elda –tus temores eran infundados, su vida jamás corrió peligro… pero eso no ocurre contigo.

-¿Qué insinúas? –Preguntó ella y su voz era apenas un susurro -¿Porqué mi vida estaría amenazada?

-Rumores aquí y allá hacen mención a una oscura conspiración en contra de Delisse Yestariel, y se dice también que el autor de dicha conjura fue uno de los Grandes Poderes de Nurn. –Los ojos azules del elfo resplandecieron en la penumbra de la habitación -¿No tendrás algo que ver en todo esto, Lómine Anamoriel?

-Nada tengo que ver –respondió la elfa –no sería tan estúpida como para atentar en su contra y arriesgarme a sufrir su venganza…

-Es cierto, no eres estúpida, pero eres atrevida y hostil… y no pasarías por alto una ofensa… te conozco mejor que nadie Anamoriel, nadie en todo Nurn tendría la osadía y las razones para hacer algo así… nadie excepto tú…

Allí estaba él, tan joven, tan ingenuo, tan frágil, siempre dócil, sumiso e insoportablemente servil… lamentablemente su fidelidad al clan fue lo que lo llevó a la desgracia.

Ganar su confianza resultó ser una empresa sencilla, un par de palabras, una mirada y una sonrisa, el sutil roce de mi piel sobre la suya, un beso fugaz… y el chiquillo cayó rendido a mis pies. Tal fue su candidez, su entrega desinteresada como jamás conocí en Elda o Edain alguno, ni una noche pasé a su lado y aun así fue devoto a mis encantos ¡Extraña raza la de los Hombres!

Cubierto por el manto de la noche acudió al encuentro previsto; en las cartas que hasta entonces había enviado le hice saber de una enorme preocupación que irrumpía en mi mente, un asunto de extrema gravedad del que dependía, no solo el curso de la guerra, sino también la supervivencia de Nurn. Le vi llegar presuroso y agitado, su semblante era ahora sombrío, tal vez a causa de la intensa faena a la que se hallaban sometidos él y su maestro, o tal vez por la fatalidad de las palabras trazadas en mis escritos; Un beso fue mi saludo y también mi despedida porque esta sería la última vez que vería en sus ojos el fulgor de la vida…

Lo envié como corderito al altar de sacrificio y por única ocasión sentí pena por él, extrañaría su vitalidad, su entrega, su ingenuidad, pero su vida no significaba para mí tanto como las razones que me llevaron a la traición… odiaba a Delisse por atravesarse en mi camino.

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La elda permaneció de pie observando como el grupo de sanadores desaparecía en la penumbra del enorme pasillo, y solo cuando la última silueta se hubo desdibujado se acercó hasta la puerta y la abrió lentamente; sobre la cama de rojas sábanas de seda pudo distinguir la figura de Lómine y en su rostro aun presente la sombra de la muerte. Sus pies se deslizaban sobre la suave alfombra que cubría el suelo de la habitación y ningún sonido, excepto el compás de la respiración, rompía el imperante silencio; más la ligera nota que produjo el roce del anillo señorial contra la madera tallada del lecho hizo que Anamoriel despertara sobresaltada.

-Serë Lómine, nan Inglin –pronunció la elfa.

-Inglin, Meldonya –exclamó la Dama de la Oscuridad aliviada – Haira lúmello! Alassië nar i hendu i cenantet

-Y dichoso mi corazón que se regocija al saberte bien –rió Inglin y tomó entre sus manos las de Lómine -¿Cómo se encuentran tus heridas?

-Mucho mejor –respondió la Elda –pero ¿tú como te encuentras? ¿Y cómo están Delisse y Nulkariel?

-La batalla fue cruenta, sufrimos innumerables pérdidas y sus vidas estuvieron a punto de extinguirse, Nurn aun aguarda por noticias favorables. Pero no he venido a traer las nuevas de la guerra -Las suaves facciones de Inglin se tensaron –He hablado con Artarion… temo por ti.

Lómine se incorporó, no sin esfuerzo, y se acercó al enorme ventanal; tras ella se levantó Inglin quien aguardaba con impaciencia una respuesta por parte de su amiga.

-Debes saber que no confirmaré tus sospechas y tampoco negaré tus acusaciones –dijo por fin Anamoriel tras un perturbador silencio –pero si deseas escucharme te diré porqué tan terribles suposiciones recaen sobre mí… y será tu decisión si creer en mis palabras o no…

Mentir un arte del que los nurnitas somos maestros indiscutibles; nada de lo que sea dicho por alguno de los Señores estará exento de mentiras, ni siquiera las palabras que pronuncia en medio de sus delirios podrían ser tomadas como ciertas; vivimos en medio de una farsa, de un teatro en el que todos somos actores representando papeles previamente convenidos, simples marionetas que se mecen al compás de la las hábiles manos del titiritero, asistentes a un baile de máscaras en el que los verdaderos rostros siempre estarán ocultos.

Mentimos por egoísmo, para proteger nuestros propios intereses, para maquillar una realidad que puede no favorecernos, mentimos para sobrevivir a la compleja trama del poder sin perder la cabeza, mentimos para dominar la oscuridad que nos gobierna; sin embargo, en algunas ocasiones la mentira se hace amarga en los labios, tal vez sea porque en el fondo, muy en el fondo aun conservamos un poco de honor, de orgullo, de lealtad… no lo sé, pero el agrio sabor del engaño vino a mí la tarde en que Inglin estuvo a mi lado.

No podía confesar mi traición y sin embargo no podía ocultarla, la profunda mirada de Inglin me atravesaba como lo hiciera la lanza y un estremecimiento recorría todo mi cuerpo, pero no debía decirlo, no a ella quien era tal vez la única amiga que jamás tuve, no a pesar de su aparente preocupación. Mentí con el mismo descaro con que hubiese mentido a cualquier otra persona, aunque el dolor de mi engaño fue más fuerte que el de mis heridas… pero tuve que hacerlo… por ella… por mí.

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-Mi querida Lómine, sé que jamás verás en mí lo que ves en él, nunca me amarás como le amas a él, y aun así tienes mi vida en tus manos –le susurró Artarion al oído –dime que deseas, haré lo que me pidas…

-Quiero la vida de Delisse –respondió la elfa –pero ese asunto lo discutiremos en otro momento…

La pálida luna surgió tras la cortina de nubes que la ocultaba y bañó con su luz cenicienta la habitación señorial, descubriendo la silueta de dos cuerpos entrelazados bajo las sábanas de seda del enorme camastro; de dos seres de igual naturaleza e igual destino abandonados al éxtasis de sus lujuriosas pasiones inmortales, de dos oscuras almas condenadas a la trágica fatalidad.

Gaur

Este personaje recupera el 50% de vida.