Elboron
Gritos. Alaridos de múltiples criaturas enfrentadas solapándose en la vorágine del caos. Entrechocar de metales. El sonido inconfundible de la sangre salpicando el piso. Las llamas lamían las piedras blancas de las construcciones.
Una mujer corrió llevando un bulto en los brazos, esquivando a los guerreros que se mataban entre sí. Suerte que ninguna espada desconcentrada de su destino se fijó en su vientre, pero… un hombre, montado a caballo, le interceptó.
Aprovechando la oscuridad, la mujer fingió derrumbarse, y disimulando puso el bultito con delicadeza en el suelo, detrás de una pared semiderruida. Pero no le sirvió de nada.
El hombre se agachó en su montura y la tomó por los cabellos. A la luz de las hogueras vio la belleza de ella, la levantó del suelo tomándola con una mano de las mejillas y poniendo sus ojos frente a los suyos, le lamió la frente y la deseó. Decidió postergar el asesinato.
Primero la golpeó para atontarla, y mas tarde la poseyó hasta la extenuación. Cuando se hartó de ella, hincó su espada en el abdomen y un crujido indicó que le había roto el cuello de un puñetazo.
- Maldita perra del Valle -murmuró, escupiéndole y ciñéndose los pantalones.
Montó en su cabalgadura y se fue.
Celeblasse y sus arqueros acabaron con los Nurnitas restantes mientras Yandros, el nigromante, y su caballería perseguían a los orcos que habían huido para rematarlos en el bosque.
A la dama le restaba una flecha empenachada de azul en el carcaj. Montada en su alazán, la tendió en el arco y apuntó. Su aguda vista se fijó en las ruinas, esperando observar algún orco.
Vio uno, inclinándose para recoger algo del piso. Cuando las espantosas garras del orco tomaron el bultito, un chillido desgarrador emergió de él. Atanvarde reconoció ese sonido como el llanto de un bebé. Espoleó al caballo, dirigiéndose a través de los escombros hacia el orco, y tiró acertándole en la cabeza.
El orco murió con la misma expresión de sádico placer que tenía en la cara segundos antes.
La dama desmontó el caballo que se revolvía machacando con sus cascos el hediondo cuerpo del Orco caído. El bebé lloraba con toda la fuerza que le permitían sus pequeños pulmones. Lo tomó y lo acunó en su regazo acorazado de acero brillante y ribeteado de perlas.
El pequeño tenía el rostro manchado de sangre negra. Atanvarde lo limpió con un trozo de la cobija que lo envolvía. Tenía unos brillantes ojillos grises, la piel blanca y los cabellos negros. Era un hermoso hijo de Hombre. Caminó entre las ruinas del incendio, buscando algún otro indicio, quizá a la madre del niño.
Y la encontró. Un cadáver de mujer con los vestidos desgarrados, el vientre hendido y la cabeza cruelmente inclinada hacía un lado, separada de la columna vertebral y la piel del cuello amoratada. En el rostro golpeado reconoció a una de las mujeres que servían a las Damas del Valle en los aposentos de la Torre de Cristal.
Aquella mujer había renunciado para casarse con uno de los soldurios de la compañía del Rey Elboron. La capitana se agachó y se puso de rodillas contemplando a aquella mujer. Intentaba imaginarla antes de que la encontrase así, con su mirada profunda, sus vestiduras vaporosas, sus palabras amables… pero no podía librarse de esa imagen, y en un segundo pasó por su mente el sufrimiento de aquella que fue su doncella.
El infante derramaba copiosas lágrimas en su lloro. Lo descargó en la tierra. Con su mano tanteó su costado izquierdo, donde estaba la daga forjada para ella por el maese Nülk. Pero se detuvo. ¿Era eso lo mejor para el niño? No. No lo era. Ella no era una asesina. Nada más era una guerrera. Mataba sólo a aquellos que eran sus enemigos. Y desde todo punto de vista, ese niño indefenso no lo era. Y de todos modos, estaba clarísimo que su madre había muerto para salvarlo. De nuevo lo puso contra su pecho, se levantó, y con la voz algo quebrada, lo arrulló para calmarlo.
El nigromante la observaba en silencio. Hizo una seña a uno de sus soldados para que llamara a Atanvarde de su abstracción.
- ¿Señora?
- Ely siriar…el sila….melui loth, anar alantie…ithil entuluva… - cantó Atanvarde para el niño.
- ¡Señora! - exclamó el soldado, sacudiéndola por los hombros levemente.
La dama lo miró algo distraída. De pronto cayó en la cuenta de que debían volver a Ostaire. Montó su caballo, y con la capa improvisó una especie de canguro para llevar al niño prendido de su espalda. Nadie preguntó nada sobre aquel extraño invitado. Había decidido adoptarlo.
La cabalgata hasta Ostaire duró poco, y el niño no se quejó. Los soldados no se atrevían a murmurar entre ellos sobre lo sucedido en la pequeña población arrasada por los orcos y los guerreros nurnitas.
El enano Nülk, sentado tieso sobre la silla de su pony, iba quejándose y gruñendo en voz alta. Odiaba todo animal cuadrúpedo sobre el que se pudiera poner una silla y montarlo. Odiaba cabalgar. Entrando a Ostaire, con su suelo adoquinado de piedras blanqueadas con cal, el suplicio comenzó.
El pony, imitando el comportamiento de los caballos que lo precedían, empezó a trotar suavemente, logrando que su jinete botara sobre la silla. La parte de su rostro que no estaba cubierto por una espesa barba, se puso rojo de ira.
El nigromante de vez en cuando desviaba la mirada hacia atrás para observar el orgulloso rostro de la dama Atanvarde por entre los pliegues de su capucha negra. Ella, agobiada, se había retirado el yelmo. Los cabellos rubios iban de aquí para allá al compás del trote del caballo. En su cara había una expresión indescifrable, pero su abstracción había desaparecido. Estaba concentrada en algo que Yandros no lograba adivinar.
Desmontaron al arribar al edificio que destinaban para los capitanes en la ciudad.
Allí, de pie, los tres componían un grupo extraño, por no decir atípico: el nigromante, alto y oscuro, ancho de espaldas, cubierto con su capa; la delgada figura de la dama (que era alta pero apenas llegaba a los hombros de Yandros), enfundada en una armadura de acero bruñido; y el enano, cuya estatura llegaba un poco mas arriba de los codos de Atanvarde, portaba una cota de malla de anillos plateados y un peto profusamente labrado.
El bebé que colgaba de la espalda de Atanvarde observaba con extraña fijeza el capacete que cubría la cabeza del enano. Nülk alzó la mirada, encontrándose con los grises ojos del infante, y empezó a hacerle caras chistosas para que el bebé se riera. Los labios del niño se curvaron en un amago de sonrisa, pero luego cerró los ojitos, como si estuviese muy cansado.
Entraron. Allí los esperaba uno de los mensajeros del Rey Elboron, ansioso por llevar noticias a su señor en Ciudad Dragón.
- Ya escribo el informe - dijo Nülk para quitarse al molesto mensajero de enfrente.
El enano se dirigió a su despacho, seguido por el joven.
Señor Elboron:
La población de Nindeiros, a tres horas a caballo de la ciudad portuaria de Ostaire, ha sido arrasada por un grupo de nurnitas, estimados en sesenta soldados, que atacaron en la noche del 23 de Anteyule el pequeño pueblo para saquearlo en busca de víveres. La razón de nuestra demora para enviarles ayuda fue el asesinato de los mensajeros que –se supone- debían avisarnos. Cuando uno de los centinelas apostado en las murallas vió el incendio, nos ha puesto sobre aviso y hemos acudido, pero no pudimos más que desbaratarle los festejos a los orcos al amanecer de hoy, 24 de Anteyule.
Nülk Quarenorno.
Hiswénandë.
El enano enrolló en pergamino, lo ató con una cinta negra, y selló el borde del pergamino con lacre. Se lo entregó al mensajero, que salió corriendo de la casa.
Mientras tanto, Atanvarde y Yandros se habían retirado a sus respectivas habitaciones.
En la recámara de la dama, una mujer, con lágrimas en los ojos, le ayudaba a Atanvarde a desabrocharse los correajes de la armadura.
- No llores, Vildirian - dijo Atanvarde, seria pero amable.
- Niña mía, ¿como quieres que no llore? - hipó Vildirian - ¡Han asesinado a la pobre Haihna! ¿Y qué será de su hijo?
- Yo lo cuidaré. Y cuando no esté, vosotras lo haréis por mí. Y, Vildirian, no me llames “niña”, que sabéis perfectamente que os adelanto miles de años.
Vildirian sollozó mientras Atanvarde se quitaba el peto y los guanteletes.
Entonces se oyeron llantos infantiles de nuevo. Era el bebé, al que habían dejado sobre el lecho de la dama.
- Debe de tener hambre - hipó Vildirian - Voy a traer leche, o algo…
- No demores, Vildirian.
La mujer salió y cerró la puerta.
Atanvarde ya se había despojado de la armadura y la cota de malla. Sobre su pecho resplandecía el pesado medallón de plata, que contrastaba con la blancura de la camisa. Desenvolvió al bebé de su cobija, y se encontró con que el niño estaba vestido sólo con su pañal y en la muñeca izquierda llevaba una manilla de tela con letras bordadas: “Morfindel”, Cabellos Oscuros.
- Así que te llamas Morfindel. Tu madre hizo una buena elección.
Se le contrajo el estómago de tristeza. No podía borrar de su mente la imagen de Haihna, la madre de Morfindel, casi desnuda, golpeada, sangrante…muerta.
Alzó en vilo a Morfindel y lo puso contra su pecho. Besó sus cabellos con ternura, sintiendo su agitada respiración, que se iba espaciando lentamente.
Duérmete…porque ya la Estrella de la Tarde
Ha salido en el horizonte…
Arien ha guardado su carro de fuego
Y el borde blanco de la isla de Tilion
Se ve sobre las copas de los fresnos.
¿Quién pudiera ser como tú,
Mi dulce niño?
Único como un carámbano de nieve reluciente
Duerme, hermoso niño, no temas
Aquel sonido misterioso que oyes
Es el agua de la fuente
Y el tañido de pequeños cascabeles…
El tiempo pasó rápidamente. Atanvarde volvió a Ciudad Dragón, y los primeros meses de Morfindel pasaron como un rayo.
El niño caminaba por ahí cuando le placía, aunque aún se tambaleaba un poco. Hablaba unas tres o cuatro palabras, y le fascinaba mirar a las mariposas que se colaban por la ventana de la habitación de Atanvarde en la Torre de Cristal.
Una mariposa azul se coló por la ventana. Atanvarde no estaba. Morfindel se las ingenió para salirse de su corral y perseguirla. Nadie notó la ausencia del pequeñín hasta que la dama regresó de una misión a Nardazda, junto con Nülk.
Atanvarde y el enano charlaban animadamente sobre la última palabra aprendida por el bebé: “Nuk”, para referirse al enano.
Yandros, aunque había sido desprovisto de sentimientos al transformarse en nigromante, le había tomado algo parecido a la nostalgia al bebé.
Seguramente él al nacer tuviese el mismo aspecto, hubiese sido igual de suave, igual de inocente.
Al entrar a la habitación, Atanvarde miró instintivamente al corral de juegos de Morfindel, esperando oír “amil” exclamada por su voz infantil. Pero él no estaba allí.
Lo buscaron por toda la habitación. No estaba. En el pasillo tampoco. Nadie lo había visto.
De inmediato los guardias de la Torre se pusieron en actividad. Registraron palmo a palmo la Torre en toda su altura y anchura, incluso las bibliotecas cerradas hacía años, pero Morfindel no estaba en ningún lado. Sólo quedaba por registrar los alrededores. Se estaba haciendo de noche.
De pronto, un guardia, que venía aterrado y sin aliento, le murmuró algo a Yandros. Su semblante cambió.
- ¿Qué ha pasado? - le inquirió Celeblasse, que se había agarrado del respaldo de una silla.
- Lo han encontrado - respondió Yandros con su voz de ultratumba.
A pesar del escalofrío que la recorrió, sintió un aleteo de júbilo en el estómago.
- ¿Y dónde está? ¿Porqué no lo han traído? - dijo Nülk, un poco ansioso.
Yandros pensó si debía o no responder a esa pregunta. Al fin se decidió.
- Porque lo encontraron ahogado en el pequeño lago del jardín de lirios.
Atanvarde bajó la mirada. Las lágrimas mojaron los nudillos de sus manos, que estaban ya blancos de aferrarse a la silla de cedro.
De pronto, en un arranque de rabia que hizo que Nülk se asustara, Atanvarde lanzó con fuerza la silla hacia un lado, profiriendo un sollozo ahogado.
Su temple se había quebrado por completo. El dolor la embargaba, recorría sus venas como un veneno lento y ardiente.
Se sentó en su cama, sin emitir ningún sonido. Nülk se sentó a su lado e intentó consolarla, pero ni las palabras del enano eran paliativas para ella.
El naugrim miró acusadoramente al nigromante, a quien aquello le había conmovido lo mismo que habría conmovido a una piedra. Él se limitó a encogerse de hombros.
- ¡Quiero verlo! - dijo Atanvarde.
Se puso en pie, y lentamente, recorrió el pasillo, bajó las larguísimas escaleras y entró al vestíbulo. Allí se encontraba Árawen Tindomë, con Morfindel en los brazos.
- Hice lo que pude, Varde - se lamentó - pero cuando lo encontramos hacía horas que había muerto. Lo siento muchísimo.
- No te preocupes, Arawen - respondió Atanvarde con la voz forzadamente tranquila.
Tomó a Morfindel en los brazos y lo miró.
Frío, cianótico, rígido. La expresión de su rostro estaba crispada, como si hiciera un puchero. La dama lo imaginó tratando de respirar…exhalando su último suspiro en el estertor de su corta vida.
Recordó cuando lo había visto por primera vez. Había querido matarlo para que no sufriera al ser mayor, para que no descubriera que su madre, antes de morir, fue brutalmente violada. Pero se arrepintió. Mas le hubiera valido hincarle la daga, para ahorrarse aquel dolor… pero también le hubiera dolido más todo aquello…no hubiera podido sentirse a cargo de otro ser, de alguien tan tierno, de alguien que la quería, como se había sentido los últimos ocho meses.
El cadáver de Morfindel fue quemado en una pira al día siguiente. Su madre y su padre habían muerto. Al fin se reuniría con ellos más allá de Arda, según la creencia élfica.
“Duerme, Morfindel, niño blanco como la nieve
Sueña con navíos y estandartes azules
Oyendo los cantos leves
De las olas que te llevan más allá.
Duerme, niño mío
Rocío fresco de la mañana
Persiguiendo unas alas te fuiste
A ver tu reflejo en un espejo
Rodeado de lirios relucientes”
Historia escrita por Atanvarde Celeblasse
[Editado por jarvis el 18-12-2005 17:28]
