Las Salas de Curación le parecían un ambiente hostil. Prefería curarse las heridas a la antigua usanza: a tizón. Su cuerpo era, en apariencia mortal, pero no así él. Como Maia de la guerra no había sufrido pocas heridas. Antaño en Eldamar, más tarde contra Él y ahora en estas incursiones de humanos.
Cada década que pasaba se sentía menos poderoso que en las grandes batallas que aguantaba a sus espaldas pero no era él sólo. El mundo entero perdía la fuerza de los Primeros Días y llegaba a un declive que parecería constante, normal para los jóvenes de esos tiempos pero antaño no fue así.
Cogió el tizón ardiente con la diestra y quemó las heridas de espada de su brazo contrario. Apenas habían sido la causa de su caída en combate. Aquellos tontos trolls le habían placado en su estampida contra las fuerzas de Valle pero ¿quién puede razonar con un troll? Hasta el más afamado estratega habría tenido problemas para que un troll cogiera bien un escudo el tiempo en que tarda en dar cuatro pasos.
El golpe con el suelo sumado a la mala suerte de caer en una piedra le hizo perder el conocimiento, pero ya todo aquello pasó. Luchaba al lado de Ilesse y no parecían hacerles mella pero no todo es para siempre. El envalentonamiento de los soldados de Valle pilló desprevenida a la humana y luego los trolls acabaron el trabajo sucio en detrimento de las huestes de Narmelost y a la vez a favor de ellas.
Al despertar no vio a la humana, buena señal. Más tarde le confirmaron que había sido llevada a las Salas de Curación. En los humanos las heridas son siempre más graves. Lómine también se encontraba allí. Al parecer la joven Élvanwä no sufrió ningún rasguño, parecía que la cosa mejoraba día a día en ella y se alegraba por el éxito de la Garra Negra aunque si bien es cierto prefería perder a la joven elfa que a la impetuosa humana por motivos secretos que no deben ser desvelados.
Salió de la herrería de la que había cogido el tizón y al pasar por un abrevadero se miró en el agua. El antiestético vendaje en el rostro y las quemazones en el brazo que aún debían sanar no le favorecían en su imagen de Señor de Nurn, pero con esa indumentaria debía desplazarse mas no tenía otra.
Fue a la guardia de Narmelost a contar bajas y animó a los habitantes de Narmelost con menos escrúpulos a salir al campo de batalla silenciado por la muerte, para recoger los atavíos de los muertos del bando de Valle y de Nurn propios. La capital no había sido asediada pero raro sería si los enemigos desistieran en su empeño. Había que hacer acopio de materiales y suministros en seguida.
Mandó enviar una paloma mensajera a Túrelondë a por vituallas. Quizá un barco lo suficientemente ágil podría cruzar el Morëlimbar en poco tiempo y proveer de comida a la capital. Suerte del río cercano a la capital que les suministraba agua de calidad.
Después de arreglar todo lo primario ahora debía ir a ver a Lómine. El juego había ido demasiado al enterarse que la elfa trató de matar a la Maia Delissë. Las cosas estaban tornándose algo complicadas en este juego en el que los sentimientos llevaban las acciones más al terreno personal que al común en el principio.
La humana le había mandado informar recientemente de las actividades de la elfa y de si esta (Ilesse) debía chantajear a Lómine o avisar a Delissë. Ah de aquellos inocentes que no conocían el vínculo entre el gran Arattalion y la joven humana pues más de una sorpresa se habrían llevado.
Allí entre juegos de mentiras, engaños y presunciones el Maia jugaba un papel importante en todo eso, como juez, jurado y verdugo de su pupila, Lómine, y como espectador del juego, por parte de Ilesse.
Una vez terminada la charla se fue a sus aposentos a descansar. Una jornada ciertamente muy larga y las heridas no la hacían más llevadera, sino al contrario.
Su brazo acusaba las horas de esfuerzo para tratar de dirigir la ciudad a la espera de un contraataque enemigo y su cabeza le parecía a punto de estallar, no le quedó más remedio que finalizar el día y dejar a su cuerpo recuperarse al modo natural.
Aquella noche por su mente rondaron imágenes escabrosas de personas desconocidas luchando entre sí, probablemente premonitorias de alguna batalla importante en los alrededores. Vio también a Lómine jugueteando con un cuchillo y en otra imagen apareció Delisse mirándole con severidad. Despertó mas no se levantó de la cama sino que se quedó pensativo contemplando las diferentes posibilidades en que podía acabar aquél juego y de momento ninguna le parecía la óptima para el clan, pero eran perfectas para su diversión.
Su brazo había recobrado algo de fuerzas y su cabeza ya no le dolía tanto. Se untó un bálsamo en el brazo y después se vistió con normalidad. Algo le decía que Lómine e Ilesse habían tenido palabras, seguro que la humana habría provocado a la elfa y debía enterarse muy bien de todo el juego. No era admisible que hubiera entre ellas muchos rencores en el campo de batalla, perder a una de ellas sería en el mejor de los casos irreparable. Debía tratar de hacer que se llevaran bien. Pedía imposibles.
Esperando que la matanza contemplada en la noche estuviera lejos del día presente en que se encontraba fue hacia la Sala de Curación. Nulkaiel se encontraba mucho mejor y podría ayudarle a dirigir la ciudad. Durante mucho tiempo la Compañía de Nulkaiel quedó al cargo de la capital y ella sin duda llevaría los asuntos mejor que él.
“Querida Nulkaiel, vengo a ti para pedirte ayuda en tiempos de necesidad. La ciudad necesita una mano que la regente y sólo Delissë, Shulak y tú conocéis los modos de manejar bien esta ciudad.”
“Aprecio tu petición y me alegar veros de nuevo por aquí, si no fuera porque tu llegada indica que también regresa Ilesse.”
“No me digas que…”
“Sí, completamente insoportable.”
Por primera vez en mucho tiempo no se oía reír en aquella ciudad.
