La Guerra de los Clanes

Batalla 111 - C4 Alianza Vs C2 Nurn

Terminada
Escrito el 19-12-2005 20:53 #1

Fin Guerra: Alianza de Eithel-Glîn deja de Atacar

Armadas perdidas por \"Alianza de Eithel-Glîn\" = 17

Armadas perdidas por \"Señores de Nurn\" = 21

Victoria para Alianza.

Escrito el 22-12-2005 23:24 #2

El viento seguía imponiéndose sobre aquellas tierras. Parecía incitarles a abandonar aquellos campos y retomar el camino hacia el más cálido Sur. Pero por tentadora que resultase aquella opción no entraba en los planes de sus capitanes, pues confiaban en la defensa que de sus territorios estarían realizando el resto de sus compañeros.

Las fuerzas estaban ya recuperadas y se notaba esto en el ánimo de los soldados que junto con el ímpetu de Feandra buscaban enfrentarse al enemigo. En la mente del capitán flotaba ya la idea de retomar sus planes de ataque a Curufarmë, y conquistar aquella ciudad que se les había resistido en el anterior ataque. Ciertamente no era el clima mas adecuado, pues las intensas nevadas al fin cumplieron su objetivo de cubrir los campos con su blanco manto, pero eso solo retrasaría en parte aquella empresa, pues era en verdad riesgoso tomar una ciudad custodiada por una fuerza poderosa sin tener el clima a favor.

Así se decidió que esperarían quizás un tiempo y atacar cuando el momento fuese en verdad propicio para asegurar al menos una victoria, pero sucedió una cosa que nadie en la compañía se podría imaginar. Una de esas frías mañanas los ágiles vigías de la Alianza trajeron la noticia de la marcha de la compañía enemiga hacia el Sur. La ciudad se encontraría sin defensa y poco importaría entonces el clima para la conquista. Era ciertamente una situación propicia que no podía desaprovecharse pero seguramente habría una trampa oculta.

¿Dónde marchaba esa compañía dejando una conquista tan favorable? ¿Acaso pensaban que no había atacantes en la zona y que las fuerzas de la Alianza no se encontraban allí? Era absurdo pensar eso puesto que eran lo suficiente numerosos para no pasar desapercibidos. La trampa seguramente estaba dispuesta y la decisión de caer o no estaba servida. ¿Y si solo buscaban incentivar este miedo para que no se intentase un nuevo ataque? Solo el tiempo lo diría, y mientras tanto la compañía de Nurn seguía sin detenerse ni mostrar intenciones de retomar su posición.

Pero ese día no decidirían que hacer. Tal vez la serena noche le traería la solución pero algo le hacía pensar al capitán que poco descanso encontraría y que ninguna decisión seria la correcta. En verdad la astucia de Nurn era grande, pero solo faltaba por descubrir si era mayor esta cualidad en la Alianza. Esa duda habría de resolverla el elfo.

Y al fin el resplandor del primer rayo del sol brilló por encima de las oscuras montañas, pero como de costumbre se enfrentaba de nuevo a unas nubes de oscuridad que pronto acabaron con su brillo y sumieron todo bajo un velo grisáceo, que restaba la vida aun más a aquellos tristes y fríos bosques. Ya todo estaba preparado para la marcha. Se intentaría tomar la ciudad y comprobar si la estrategia de Nurn producía o no resultados nefastos.

Los soldados formaban ya y solo faltaba la orden del elfo para que comenzase el asalto. Malenril se encontraba en su tienda, indeciso aun, de sí saldrían triunfantes de esta acción. Pero solo el tiempo lo determinaría, así que tras coger sus armas y comprobar que sus flechas eran suficientes salió al fin para dar la orden. Sus pasos eran firmes y aunque dudaba, sentía una extraña sensación, que se fue acrecentando antes de llegar al frente de todo el ejército.

Algo le sucedía. Movió la cabeza de lado a lado y se creyó libre de aquello, pero apenas había dado unos pasos hacia delante aquella situación se incrementó en intensidad e hizo que el elfo se viera en la necesidad de hincar una rodilla en tierra.

Un rumor creció entre la multitud ante lo que semejaba una recaída por alguna herida no curada, pero en su interior, el elfo sabía que aquello se trataba del resultado de alguna fuerza cercana. ¿Sería el enemigo que trataba de conocer el camino que emprenderían? De ser así la misión correría peligro y mucho se podría perder. Los soldados comenzaron a acercarse, mas Feandra les detuvo con un movimiento de su mano. Esa lucha nadie salvo el elfo podría vencerla.

Instantes después todo quedó revelado. Bajó las manos de sus sienes y por un momento aguardo en aquella posición, y aunque nadie podía verlo una sonrisa se dibujo en su rostro. Se incorporo rápidamente y tras echar una furtiva mirada hacia el Sureste, volvió el rostro y regresó sobre sus pasos, hasta que por fin se detuvo. El viento azotaba sus cabellos y sus ropas, mas se quedo quieto como si de una estatua se tratase. La mirada fija en el horizonte y a pesar del bullicio que se producía a sus espaldas, en ese momento no escuchaba sonido alguno.

Eran momentos de tensión en el campamento, pero salvo los comentarios entre compañeros, nadie osó a perturbar a su capitán, hasta que este al fin como saliendo de un embrujo, retomó su marcha bajo la mirada interrogante de su ejército.

-Partiremos ya. Rumbo al Sur. Dejaremos que sea la compañía de Árchaon quien ataque la ciudad. Pronto llegará a esta posición, y conoce de la marcha de la maia Delisse. Hemos de evitar que su compañía llegue a atacar nuestras tierras. Suficientes enemigos tenemos para permitir su ataque, y esperemos que la batalla de Curufarmë nos sea favorable... para que al menos esta pequeña intromisión no haya servido para nada, salvo para una breve jaqueca-terminó el elfo en voz más baja.

Raudos emprendieron la marcha en persecución de aquellos que les llevaban ya un día de ventaja, mas era difícil que la distancia fuese excesiva, pues habían escogido en verdad un día poco propicio para una larga caminata. El rastro era fácil de seguir pues los orcos dejaban un rastro tan evidente que incluso en plena noche se podría encontrar. Y por encima de todo aquello ese fétido olor que les acompañaba fuesen donde fuesen, lo que evidenciaba que sus portadores no estarían en verdad alejados.

Un día bastó para ser avistados en la distancia. Llevaban prisa pero movilizar aquel ejército era difícil en aquellos terrenos. Su campamento se encontraba en las cercanías de un pequeño bosque, pues su suelo estaba algo más abrigado del manto nevado que lo cubría todo. Aquella noche les atacarían, en lo que pretendían fuese un ataque silencioso. Escasas millas les separaban y el fuerte viento mitigaría cualquier sonido.

Y al resguardo de la noche se produjo el ataque. Apenas una decena de elfos se aventuraría en los límites del campamento. Tras unos matorrales esperaron y comprobaron la situación. Escasos vigías resguardaban el lugar, y debido al clima la mayoría se encontraban en el cálido, aunque leve calor de una gran hoguera sita en el centro del campamento, sin duda cerca del refugio de los dirigentes de Nurn. Sin duda, no esperaban visitas.

Unas cuantas flechas surcaron el cielo nocturno y bajo su vuelo perecieron los hombres más cercanos a su posición. El camino hacia el interior del campamento estaba libre. Entraron en la primera tienda que encontraron. Era apenas unas mantas sostenidas sobre una rama desnuda y en su interior se encontraban unos cuantos orcos. Sin piedad tal como ellos actuaron con su pueblo sacaron sus dagas y segaron sus vidas. Apenas si produjeron ruido cuando su garganta se colmó de sangre sin tiempo para ver si quiera que era lo que ocurría. Una vez terminado el trabajo allí y sin tiempo a limpiar sus armas alcanzaron con el mismo sigilo el siguiente objetivo.

Esa noche aquella compañía habría perecido bajo el metal de no ser por un vigía que surgió de la oscuridad de la noche y antes de ser callado por una flecha en su garganta consiguió dar la voz de alarma. Un revuelo se alzó en los presentes en la hoguera y pronto el silencio de la noche volvió a quebrarse por el sonido ronco de los cuernos alertando a sus hombres, que raudos respondieron a la llamada.

El plan no se pudo llevar en la totalidad a cabo y a pesar de haber sido efectivo, el capitán dio orden de salir del refugio y atacar. Escasas fuerzas había perdido el enemigo y sin duda no encontrarían de nuevo tan escasa vigilancia. El ataque debía tener la suficiente contundencia para frenar al enemigo en su viaje y mantenerlo allí donde sus ataques sólo les afectasen a aquel ejército que tenía el suficiente coraje para enfrentarlos en un terreno desconocido.

Hombres y elfos se desplegaron por el bosque y aquello se convirtió en pequeñas escaramuzas en las que era difícil discernir que acaecía a escasos metros de donde se encontraran. Ninguna armadura fue usada pues sus brillos más que proteger constituían sin duda una diana en la que probar la puntería y no era su intención ser un objetivo fácil. Habían salido victoriosos sin duda de muchas batallas e intentarían salir de esta de igual modo produciendo la mayor cantidad de bajas posibles.

Los gritos se oían por doquier en el interior del oscuro bosque lo que evidenciaba que en verdad lo que se planteo como una pequeña escaramuza se estaba convirtiendo en una gran batalla. Poco importaba el número de soldados de cada ejército ante aquella oscuridad sólo rota por el fulgor de aquella hoguera, que ciertamente ofrecía suficiente iluminación al campamento, pero no donde la lucha se estaba desarrollando. En el lugar donde la vida crecía lentamente y el invierno consumía lentamente las pequeñas plantas, el poder de las armas repartía muerte de una manera más rápida aunque sin duda igual de dolorosa, pues poco se respetaba a los caídos del bando rival.

Malenril repartía mandobles sin descanso. Escaso uso le había dado a su arco, mas en una ocasión si le libró de una estocada por la espalda, que sin duda hubiese sido mortal, que solo le dejó una herida algo profunda en el hombro, aunque fue sin duda de menor gravedad que la que le produjo entonces a su atacante, pues con un rápido movimiento esquivo un nuevo ataque y de un certero tajo le separó la cabeza de los hombros, antes de darle tiempo a reaccionar. No buscaban infringir daños vistosos dedicando para ello un mayor tiempo, por lo que ese era sin duda un acto que pocas veces se repetiría salvo que como en esta ocasión fuese lo aconsejable, aunque sin duda sería un bonito recuerdo para cuando fuese encontrado, si en posible reconocimiento posterior de la zona por los hombres de Nurn.

Pero poca batalla le quedaba por luchar en esa ocasión al elfo, pues fue alcanzado por una flecha en la pierna, sin saber su procedencia. La partió en un doloroso movimiento y siguió luchando. La herida en el hombro le sangraba y no le permitía manejar arma alguna y la herida de la pierna le producía un dolor intenso en sus desplazamientos, asi que pronto comprendió que poco podría ayudar a sus hombres salvo defenderse, sin moverse del sitio. Esta pausa le permitió cuantificar las pérdidas y viendo que pronto el sol permitiría localizarles ordenó la retirada. Los cuernos sonaron entonces y poco a poco se fueron abandonando las posiciones.

Tras un esfuerzo pudo ser ayudado por sus soldados y alcanzar el punto que habían determinado sería el lugar de encuentro, si la batalla se complicaba. Estaba lo suficientemente alejado de la batalla como para que Nurn no se aventurase en su busca, y además sus numerosas bajas sin duda reducirían aun más estas intenciones.

Allí encontró a Feandra, que era trasladada por un par de hombres. Su costado había sido atravesado por una espada y una flecha afloraba en su pecho. Malenril se acercó con una notable cojera para interesarse por su estado.

-Tranquilo mi capitán, el quedo en peor estado que yo- dijo con una sonrisa que pronto fue cambiada por una mueca de dolor. Pronto volveré a estar disponible para la batalla.

Y diciendo esto dejó caer su cabeza. Rápidamente fue trasladada donde los curanderos se movían con prisa poniendo en práctica todo lo que conocían para ayudar a los heridos que llegaban cada vez en un mayor número.

Malenril se quedó un rato pensativo, sentado en el tronco de un árbol caído. Habían sufrido bastantes bajas, pero algo en su interior le decía que las bajas eran mayores en el otro bando, aunque lo que en verdad era esperanzador era que sin duda habían cumplido su objetivo y aquella compañía no iría muy lejos. Poco tiempo después y ante las insistentes llamadas que recibía para que acudiese en busca de cuidados, avanzó con una leve sonrisa hacia la ya levantada tienda, de la que esperaba sin duda salir pronto, pues el enemigo no les facilitaba descanso alguno.

Escrito el 24-12-2005 16:17 #3

La nieve por fin ha dejado de caer. El frío entumece mis músculos y me siento torpe mientras camino sobre la nieve, donde cada paso parece pesar más que el anterior, y me hundo casi hasta la altura de las rodillas.

Las secuelas de heridas pasadas me pasan factura a la hora de subir el pequeño montículo que se alza sobre la orilla del río. Un pequeño trecho que se asemeja a una enorme montaña, y la respiración entrecortada entre las nubes de vapor que brotan de mis labios me acompaña todo el camino. Cuando llego, un desierto de nieve barrida por el viento se extiende ante mis ojos hasta la blanca línea del horizonte, confundiéndose con los primeros rayos del sol que irrumpe con fuerza en forma de brillos blanquecinos. Apenas se ve interrumpida por la línea de árboles de ramas desnudas y ásperas que crecen en las orillas del río. Las pocas hojas que permanecen aún asidas a la vida se han teñido de blanco, y parecen cerezos prematuramente en flor.

Las tiendas de campaña, hechas con pieles blancas, apenas se distinguen en la distancia, pero el enorme fuego que arde en el centro del campamento es una señal muy clara. Allí se encuentra la Compañía de la Muerte Susurrante, después de cuatro días de dificultoso avance. Y allí espera.

Una voz de alerta se alza desde la orilla del río, y llega hasta mí arrastrada por el fuerte viento del Norte, trayendo su confusión y su miedo.

- ¡El Nen Girith baja rojo! – grita, mientras su mirada es incapaz de apartarse de aquello que le produce terror, señalando las aguas teñidas de rojo que salpican de sangre las orillas del río.

- ¡Las aguas del río se han convertido en sangre! – una segunda voz, incrédula, temblorosa, se une a la primera, a la cual sigue un coro que poco a poco se convierte en un murmullo de voces confusas.

El caos que se apodera del campamento no me sorprende. Es su propia sangre la que avanza hasta nosotros a través del río. Podría ser cualquier de ellos, en cualquier lugar al Sur de Taun-dîn-Tirith. Hombres y orcos corren entre las tiendas, avisándose unos a otros, sin deseos de mirar el prodigio ante sus ojos, pero sin deseos tampoco de no verlo.

Los cabellos de Inglin se entrelazan con los míos, creando un curioso contraste de tonalidades en claroscuro, mientras me pregunto cuál será el destino de todos nosotros… Los años que han pasado mi mente y mi alma en esta tierra mortalmente enferma nublan mi percepción. Y este cuerpo que necesito y odio cada vez más me encadena. Pero se que nuestro destino se decide aquí y ahora. Y en Curufarnë. Y en Narmelost. Y más allá de los mares del Este, en la lejana Ciudad del Dragón. Y quizás un poco más cerca. Osto Telemna, y al sur, en las tierras que hace poco sembráramos de muerte, en Tyelpeosto y sus altos muros de piedra.

- La compañía de Shulak y Nulkaiel avanza ahora mismo hacia Curufarnë. El cebo esta preparado, y la presa lista para ser cazada… - el tono de mi voz, frío, distante, parece provenir de una profecía lejana en el tiempo. Inglin y Helërauko observan sobrecogidos la sangre que desciende por el río, como una enorme vena abierta sobre piel blanca – Ahora sólo nos queda esperar. Esta noche llegara hasta nosotros un Gran Señor de Eithel Glîn. Creo que deberíamos prepararle una cálida bienvenida…

El silencio de Inglin y Helërauko nos acompaña mientras descendemos nuevamente, esta vez con menos esfuerzo, pero cuidando nuestros pasos e intentando no perder el equilibrio. Un pequeño bosque congelado nos espera, con sus flores de nieve y sus ramas de plata ondeando al viento, separado apenas por unos metros del campamento. Pero se conserva todavía sorprendentemente frondoso. Lo suficiente para ocultar la mayor parte del ejército.

La capa de nieve es mucho más delgada en la zona boscosa, y lo agradezco mientras me dirijo hasta mi tienda. Apenas soporto el peso de la capa de piel sobre mis hombros, y un dolor agudo en el vientre me recuerda nuevamente que hay viejas heridas que tardan en curar, aún cuando sus huellas físicas hayan desaparecido.

Nada más entrar en la tienda, deslizo la capa de mis hombros, dejándola caer sobre la cama. Pero a pesar del cansancio y el dolor creo que no voy a conseguir dormir. Me recuesto en busca de un poco de paz… pero mis ojos abiertos se alimentan de las llamas que arden frenéticamente en el centro de la tienda. Y así permanezco un tiempo que parece eterno, sintiendo poco a poco cómo mis párpados se cierran ante el calor y la luz.

Al despertar, todo permanece en penumbras. La noche se apresura y la poca luz vespertina apenas puede atravesar la frondosidad del bosque. Intento despertar del letargo avivando un fuego del que apenas quedan unas brasas, y recuerdo sin querer las últimas palabras de Aisha, justo antes de despedirnos junto al linde de Taur-dîn-Tirith. “¿Realmente creéis estar segura en Nurn?”. Esa pregunta. Esa única pregunta que ahora se repite constantemente en mi cabeza, con una única respuesta que no quiero aceptar, con una traición que no quiero ver, y con un odio nuevo que no quiero sentir.

Sobre la mesa, las últimas cartas recibidas. Las noticias son confusas, pero ya no confío en nadie. Nadie lo merece. Y menos que nadie aquella elfa maldita. La Renegada. Su traición para mí no es nada. Sin duda alguna la esperaba hace tiempo, y quizás lo único que me sorprenda es que no haya sido capaz de concluirla con éxito. Pero no siento dolor alguno por ella. Mi venganza la alcanzará. Y me esperará junto a Mandos, eternamente, como muchos otros antes que ella. Como todos aquellos que han caído bajo mi mano.

Más duele la traición de aquél que yo le entregué. Esa traición inesperada se ha clavado en mi corazón profundamente. Este corazón que no debía sentir nada. De rodillas junto al fuego acerco mis manos a las llamas, sintiendo el calor de sus caricias, y cierro los puños con la ira que me invade. Maldito seas, Seregruin. Maldito tú y toda tu raza. Hombres llenos de miedo, de miseria y de tristeza. Se que nunca encontrarás la paz, aunque la muerte se lleve tu alma lejos de mi venganza. Pues ella quedará para siempre retenida ante Mandos, y tú desaparecerás con tu Don de Muerte… y serás la nada.

Agradéceselo a Iluvatar.

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Permanezco sentada en silencio, mientras observo lentamente el caminar en círculos de Helërauko alrededor del fuego. Mis dedos, ágiles, danzan en torno a un mechón de mis cabellos, inmersos en el trenzado. Y agradezco la agilidad que los años de práctica les han otorgado, pues mi mente se encuentra embarcada en pensamientos mucho más oscuros.

- No lo tengo claro – repite Helérauko. Y lleva repitiendo esa frase desde que nos adentramos en el bosque y nos separamos de Delissë.

- ¿Y porqué no se lo has dicho a ella? – pregunto esta vez. Aunque yo también podría haberlo dicho, se muy bien por que no lo dije.

Él se detiene y me mira con sus ardientes ojos negros.

- ¡Sabes tan bien como yo la razón! ¡Nunca me hubiera escuchado! Cree que estamos todos a sus órdenes, como si fuera la única voz de la razón…

- No alces la voz si no quieres que te oiga ahora – le digo en un surruro, dejando un momento mi tarea de trenzar cabellos, mientras me inclino hacia delante en el asiento.

- ¡Qué me oiga entonces! – grita, volviéndose hacia la entrada de la tienda – ¡Qué escuche por una vez lo que tengo que decir! La Alianza nunca caerá en la trampa… ¿cómo pudo pensar que podía dejar la defensa de Curufarnë en manos de una compañía tan débil como la de Shulak?

- Ni Nulkaiel ni Shulak se han opuesto a sus planes. Quizás ellos vean algo que nosotros ahora mismo no vemos…

- ¡Quizás! ¿De qué nos sirve un quizás? ¡Ahora mismo podrían estar saqueando Curufarnë mientras nosotros estamos aquí esperando un ataque que quizás nunca llegue!

- La señal ha llegado, Morkano.

La voz que llega desde la entrada de la tienda nos sorprende a ambos. Esa voz dulce, que sólo ella sabe entonar a pesar de la oscuridad de su corazón. Sus ojos, enrojecidos, han sido sombreados completamente con pintura negra, pero percibo que ha estado llorando. Y aún así, la mirada violeta que dirige hacia Helërauko no oculta la desconfianza que siente ante sus palabras. O ante mis palabras. Conspiración es una palabra que puede aparecer muy pronto en la mente de la Maia.

- Esa es tu señal, Delissë. La señal que tú nos dijiste que llegaría. Pero no la concibo yo como tal… - Helërauko no ha notado nada. Se lanza al ataque en busca de una defensa a sus palabras, a sus dudas. Y yo lo abandono en su lucha, pues no puedo oponerme a ella.

- No voy a pedirte confianza, Helërauko…– el ligero vestido blanco de Delissë ondea el viento mientras se gira para marcharse - Pero verás, y entonces, creerás.

Permanezco nuevamente sentada en silencio, mientras Helërauko sale de la tienda quizás aún más confuso que antes. Mis dedos, ágiles, danzan en torno al último mechón de mis cabellos, inmersos en el trenzado.

He trenzado mis cabellos para la batalla. Y la batalla ya se acerca.

***************************************

Aposté mi vida a una estrategia incierta. Helërauko tiene razón. Ahora presiento que la sangre de los Señores de Nurn correrá nuevamente esta noche, y no puedo evitar estremecerme al pensarlo.

Oculta entre las ramas de unos arbustos bajos observo cómo se acercan. Una lluvia de flechas acaba silenciosamente con los vigías apostados para custodiar el campamento. Un extraño silencio, apenas roto por el ulular del viento, que continúa mientras el enemigo penetra entre las tiendas, sembrando la muerte. No consigo escuchar grito alguno, pero el olor de la sangre llega hasta a mí a pesar de la distancia. El sonido de un cuerno rompe la magia del silencio, para ser luego interrumpido bruscamente, y cientos de orcos salen de las tiendas, espada en mano.

Ahora la batalla es inevitable.

Inglin se encuentra arrodillada junto a mí, pero se levanta tensando en su arco una flecha enteramente negra, que permanece firmemente dispuesta. Apunta, mientras entrecierra sus ojos claros, y la suelta finalmente. Se desliza a gran velocidad en busca de su destino. Un grito de mujer me sorprende, mientras observo la figura en sombras que cae con la flecha incrustada en el pecho.

- ¡No necesito veros para saber donde os encontráis, miserables! – grita Inglin, mientras vuelve a tensar el arco.

Es entonces cuando el verdadero ejército de la Compañía de la Muerte Surrante sale a su encuentro desde el bosque. El fulgor de mis ojos frente al fuego nos delata, pero no intento evitarlo.

Somos el susurro de la muerte agonizante. La muerte en todas sus tristes formas.

Rostros confusos aparecen ante mí, apenas iluminados por el fuego que arde en el campo. No intento distinguirlos, pues en todos veo un único rostro. Seregruin. La muerte es mi regalo para todos ellos. Para él. Mis labios saborean su sangre, y mi alma se regocija ante la carnicería que siembro.

Desde el lado opuesto del campo de batalla, Inglin y Helërauko avanzan junto a la caballería. Y en la oscuridad su ira alcanza por igual tanto a sus enemigos como a sus propios soldados. Nada importa. Nada importa si es por ganar esta batalla. Y el enemigo es nuestro. Ha llegado hasta nosotros siguiendo los planes que hemos trazado, y ahora es nuestro hasta el fin de los tiempos.

Intento abrirme paso hasta ellos, pero un profundo temblor sacude la tierra bajo mis pies, y tengo que esforzarme por mantener el equilibrio. Me giro entonces, aunque se muy bien que es lo que voy a encontrar. Los ents avanzan hasta nosotros, destrozando a su paso todo lo que encuentran. El primero de ellos me mira, mientras su enorme mano sostiene un hombre que grita y se retuerce en un esfuerzo desesperado por liberarse de su mortal abrazo. Se que no lo va a conseguir. La sangre del hombre se desliza sobre la curtida piel de madera del ent, y sus gritos de dolor se confunden con otros muchos que siento alrededor, aunque no los distinga. Un horrible crujido resuena en mis oídos, y se que su espalda se acaba de romper en mil pedazos. El ent arroja el cuerpo inerte sobre la nieve, como un niño tiraría un juguete del que se ha cansado, y me mira. Y yo se que viene a buscarme.

Se detiene ante mí, y tengo que alzar la vista para buscar sus profundos ojos negros. Siento su confusión. Su incredulidad. Su miedo. Sospecha quien soy, pero todavía no lo sabe. Alza su enorme brazo hacia mí, pero no me muevo, y eso lo hace dudar nuevamente. Cuando finalmente continúa el movimiento, alzo la mano, y se detienen.

El viento del Norte me acompaña, y lo siento crecer en torno a mi cuerpo. Un torbellino de aire que poco a poco comienza a arrastrar la nieve a mí alrededor. El fuego de mis ojos se enciende ahora con luz propia, y siento como el calor funde la nieve bajo mis pies, transformándola en agua hirviente. Ahora por fin comprenden quien soy, y su cabello de hojas tiembla mientras la voz profunda y grave del ent que se encuentra frente a mí pronuncia un nombre que desearía olvidar.

- ¡Kementari!

El ruego se pierde en el silencio que parece envolverme, y cierro los ojos, mientras la vorágine de sentimientos encontrados gira en torno a mí. Cuando abro los ojos nuevamente, sólo hay árboles. Han abandonado el campo de batalla para siempre.

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La luz de las estrellas es suficiente para mí. He tensado mi arco muchas veces durante la batalla, y las flechas de mi carcaj escasean, pero vuelvo a tensarlo una y otra vez, cubriendo el campo de cuerpos inertes.

Helërauko ha caído detrás de mí. Su caballo ha sido abatido por una lanza, y yace agonizante sobre la nieve entre relinchos de dolor que me estremecen, pero puedo ver que él se mantiene en pie apoyándose sobre su espada, cojeando visiblemente. La sangre que inunda su pantalón destaca la posición antinatural de su pierna, rota a media altura.

Una elfa vestida de negro se acerca hasta él, llevando mi flecha todavía prendida en el pecho, como si fuera un estrafalario adorno. No se cual podría ser el desenlace de tal encuentro, pero Helërauko necesita ayuda, y tenso mi arco buscando nuevamente un blanco certero en el cuerpo de la elfa.

Maldita sea. La flecha cae a medio camino de un tiro radicalmente desviado hacia la derecha. El dolor punzante que siento lo identifico claramente, no así el doloroso escozor que lo acompaña. El caballo sigue adelante mientras mis manos dejan caer el arco para revisar la herida causada por la flecha en mi vientre, y el color azulado que bordea mi vestido es suficiente para saber que ese escozor lo produce el veneno que se abre camino hasta mi corazón, siguiendo el ritmo de mi sangre.

Mi vista se nubla, y siento frío. Lo último que alcanzo a contemplar es el cuerpo de la elfa doblado sobre sí misma, mientras la espada de Helërauko se hunde profundamente en su carne.

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La batalla ha terminado. Airacil se desliza suavemente desde el interior de un cuerpo ahora inerte, que termina por caer al suelo salpicando mi rostro de rojizo polvo de nieve, mientras observo cómo el enemigo se retira. Los aullidos de los lobos señalan la hora. Ahora los Fauces Rojas terminarán el trabajo, acosando al enemigo sin piedad hasta la frontera.

Un grito agudo llama mi atención, y alzo la vista hasta el linde del bosque. El caballo de Inglin se aleja rápidamente arrastrando consigo el cuerpo inerte de la elfa enganchado en el estribo. Echo a correr sin pensar, espada en mano, mientras me pregunto si llegaré a tiempo. Intento concentrar mi mente únicamente en el caballo, quien por fin parece escuchar mi orden silenciosa, y se detiene bruscamente al llegar hasta mí. De rodillas, observo el rostro en carne viva de Inglin, y comprendo que también esta vez es tarde.

Arrastro con cuidado su cuerpo, y apoyo su cabeza sobre mi regazo, y dos hombres se acercan trayendo una improvisada parihuela. El pesar se apodera de mí, golpeándome de nuevo. Helërauko conserva una espada clavada en el costado, y me mira con ojos vidriosos.

- Ahora he visto. Y ahora creo.

La batalla ha terminado. Una sola lágrima se atreve a surcar mi mejilla manchada de sangre. Insegura se abre paso sobre mi piel, lentamente, y tiembla cuando llega al final del camino. La siento dudar sobre mí un instante, para luego lanzarse al vacío que la espera. Se estrella sobre la nieve, y sus restos desaparecen rápidamente.

[Editado por Indil el 24-12-2005 16:29]

Escrito el 31-12-2005 09:15 #4

Resumen de la batalla.

Alianza ha perdido 17 armadas x35= 595 puntos.

Recuperables: 397 puntos.

Valoraciones: 8+8+9= 8,33

Recupera: 331 puntos. Los dirigentes han sufrido daños por el 95%, por este concepto recupera 333 puntos. Total recuperación: 664 puntos.

No pierde puntos.

Nurn ha perdido 21 armadas x35= 735 puntos.

Recuperables: 331 puntos, por hacer uso del poder especial de Delisse.

Valoraciones: 10+10+7= 9. Tiene una sancion de 0,25 puntos por el tamaño de la historia. Total valoración: 8,75.

Recupera: 290 puntos. Los dirigentes han sufrido daños por el 130%, por este concepto recupera 455 puntos. Total recuperacion: 745 puntos.

No pierde puntos.

Alianza percibe 225 monedas por la victoria en la batalla.

Alianza entrega 100 monedas a Nurn por abandono de la batalla.

Compañías actualizadas y listas.

Historia finalizada.