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Fin Guerra: Señores de Nurn se retira del Combate
Armadas perdidas por \"Alianza de Eithel-Glîn\" = 12
Armadas perdidas por \"Señores de Nurn\" = 4
Victoria para Nurn.

Historias, leyendas y batallas en las tierras olvidadas de Arda.
Edicion 2
Finalizada · 08-09-2004
2005:12:30:23:54:50
Fin Guerra: Señores de Nurn se retira del Combate
Armadas perdidas por \"Alianza de Eithel-Glîn\" = 12
Armadas perdidas por \"Señores de Nurn\" = 4
Victoria para Nurn.
La derrota sufrida en el Taur-Nîn-Tirith fue un aviso. Si bien es cierto que la pésima organización de la tropa y la deserción de los vigías había facilitado la victoria enemiga, no es menos cierto que el equilibrio de fuerzas había variado y que ahora resultaba mucho más arriesgado mantener un puesto avanzado, lejos de las rutas de suministros del Clan y demasiado lejos para recibir refuerzos en caso de necesidad.
Así pues, los señores del clan, que sólo por accidente se habían visto envueltos en ese desafortunado incidente, decidieron hacerse cargo de los soldados supervivientes.
Partieron hacia el Noroeste, primero bordeando el bosque y luego atravesando las abiertas e inmensas tierras bajas que se extienden entre el oscuro bosque y el Nen Girith.
Siete duras jornadas duró el viaje hasta el río. La nieve se acumulaba y el viento soplaba con fiereza. Los soldados estaban agotados y sus heridas aun sangraban, y algunas eran heridas terribles, heridas que arrancaban gemidos y lágrimas a esos duros soldados, hombres y orcos avezados a la guerra y al dolor, pero los señores no les concedían ni un respiro, cabalgaban imponentes sobre sus grandes corceles, abrigados con oscuras capas, altivos e imperturbables a los lamentos y gemidos de la tropa.
Aunque imperturbables no es, probablemente, el adjetivo adecuado, quizá sería más correcto decir que no se compadecían en absoluto del sufrimiento de sus tropas y que más de uno de los Señores, incluso, disfrutaba de las muecas de dolor que no podían evitar los heridos y exhaustos combatientes. Pero no estaban imperturbables. De hecho les empezaba a molestar tanta queja. Así que decidieron acallar esa muestra de debilidad a la vez que daban una inolvidable y efectiva lección.
Como lobos hambrientos se lanzaron los Señores de Nurn. No fue una noble batalla, ni una lucha justa... fue una carnicería.
Fearyol Yámore, Barkoin hoja de hierro, Shulak y Nulkaiel Milyawen mataron, mataron como bestias salvajes de negro corazón. Y cuando el sol se hubo puesto en el lejano occidente, sumiendo su brillo de fuego en la tiniebla helada de la noche, las aguas del Nen Girith continuaron rojas, rojas por la sangre y por el fuego. Y ya no hubieron más gritos, ni más heridos, y los Señores se limpiaron la sangre que cubría sus cuerpos en el río helado y ordenaron continuar el viaje... y ya nadie se quejó.
La tropa había disminuido mucho, más de 50 fueron los que mancharon con su sangre y su vida la inmaculada nieve que vestía las orillas del río, pero ahora avanzaban más rápidamente, y todos andaban con paso firme y mirada fiera. Llegaron al cabo de dos días a la ciudad norteña de Curufarnë.
Desde la ciudad de las forjas vieron nacer el sol tras Ered Skalnâ, que se alzaba lejana a más de 30 leguas, el décimo amanecer desde que partieran del bosque.
Y a partir de ese momento se inició el trabajo de reconstituir la maltrecha compañía: se alistaron nuevos soldados y empezó su adiestramiento, se los armó con nuevas y poderosas armas de la ciudad de metal y, en poco tiempo, la que había sido una compañía ruinosa se convirtió en una auténtica compañía de Nurn. Los hombres y enanos de Curufarnë eran gente vigorosa, acostumbrada al duro trabajo, de brazos fuertes y corazón duro como el pedernal, habían sufrido mucho... ahora ellos tendrían la oportunidad de convertirse en un arma terrible y de vengar su dolor dando dolor a otros: serían unos buenos soldados.
El tiempo pasaba rápido y el adiestramiento de los soldados se estaba cumpliendo con eficacia bajo el mando de Shulak. Los Señores aprovechaban el tiempo para descansar y supervisar el trabajo de la ciudad. Se producían armas a gran velocidad: espadas, armaduras, arcos, flechas... y variada maquinaria de guerra... Mientras la ciudad siguiera en pié Nurn estaría bien abastecido.
Los hornos escupían su eterno y pesado humo, el golpeteo del acero inundaba la ciudad y el calor de las fraguas se derramaba en las calles heladas.
Y entonces llegaron las tropas de la Alianza: era un gran ejército, mayor que las tropas disponibles para defender la ciudad. Curufarnë había quedado asolada hacía unos pocos meses por un fuego devorador, por un fuego más poderoso que el que ardiera jamás en ninguna fragua, por un fuego negro y abrasador... pero muy pocos sabían cual había sido su causa... porque su causa era más negra que Nurn.
Así pues, con una guarnición diezmada y con el apoyo de la recién creada compañía, Curufarnë se aprestaba a la defensa.
El enemigo avanzaba con paso firme y sus brillantes estandartes refulgían a la luz del sol. Con ellos iba un Poder, y creían que tomarían sin dificultad la ciudad de Nurn. Pero las ciudades de Nurn jamás se toman con facilidad, y mucho menos si las defienden sus Señores.
Las murallas de Curufarnë no son especialmente altas, ni especialmente fuertes, pero con bravos guerreros que las defiendan son difíciles de tomar. Y allí, en la ciudad de metal de Nurn, había cuatro de sus señores, eran Fearyol Yámore, el elfo vampiro; Barkoin hoja de hierro, el enano oscuro; Shulak, el hombre dragón, el demonio del este y Nulkaiel Milyawen la dama elfa regente de Nurn. Desde que llegaron a la ciudad se había extendido un aire marcial que antes jamás había habido, los soldados estaban motivados y preparados.
Los cuernos de guerra empezaron a sonar y la tropa tomó sus posiciones aprendidas, fuertemente armados, dispuestos a morir y dispuestos a matar.
Y los señores, viendo el ejército que se acercaba daban las últimas órdenes: Los arqueros en las almenas; cubriendo un posible asalto, lanceros feroces e infantería pesada; en el patio estaba apostada la caballería ligera y la infantería, dispuestos para salir de la ciudad y arrollar a los invasores en cuanto se lo ordenaran,… y máquinas de guerra, muchas máquinas preparadas para responder a cualquier fuerza que se atreviera a acercarse a la ciudad industrial del Clan.
Y todo se precipitó, las poderosas fuerzas de la Alianza se lanzaron sobre su presa, quizá demasiado confiados en su superioridad. Pero la ciudad aguantó la primera acometida, y luego se pusieron en marcha las máquinas de guerra. Se había dejado acercar al enemigo, se le había hecho creer que la ciudad no podía defenderse, pero ahora se revolvía furiosa y los invasores morían sin saber cómo. Llovían flechas y piedras de fuego y la Alianza había quedado atrapada en su propio ataque. La muerte se extendió en el campo, pero no sólo en el campo, porque los hábiles arqueros atacantes no soltaban sus flechas en vano y la muerte volaba hasta las almenas y mordía la carne de orcos, enanos y humanos.
Había llegado la hora del cuerpo a cuerpo: los atacantes se habían instalado demasiado cerca de las murallas y las máquinas habían perdido parte de su efectividad, entonces se abrieron todas las puertas de la ciudad y la caballería salió salvaje, atropellando a la infantería enemiga, que probablemente no se había esperado una tan pronta salida.
Nulkaiel y Shulak se quedaron sobre las murallas dirigiendo a las topas defensoras mientras que el enano y Fearyol salieron con la infantería. La batalla estaba en un punto crítico, todo se jugaba a una carta. Si se alargaba el combate la ciudad caería, necesitaban una victoria rápida. Pero tras la sorpresa, los atacantes se estaban reorganizando y la salida de las tropas ligeras ahora empezaba a parecer precipitada. Y había un Poder de Arda entre los enemigos, los señores lo conocían, era Árchaon, y estaba realizando una verdadera carnicería entre las tropas de Nurn, sus ojos verdes brillaban como las joyas de las edades antiguas, y Shulak tomó una decisión, había llegado el momento, ese sí era un rival de su nivel, posiblemente superior a él mismo, pero debía detenerlo ahora, o todo sería en vano.
Mientras tanto Barkoin hoja de hierro y Fearyol dirigían las tropas que se debatían en inferioridad numérica bajo las murallas, resistían con habilidad sorprendente y con una fuerza como la que no se había visto en muchos años en seres de su raza, los elfos de la Alianza se apartaban ante su furia pero la lucha se estaba alargando y no podrían continuar así mucho tiempo.
Elfos, ents, humanos, enanos, orcos… todo era confusión y muerte en el nevado campo de batalla y desde las murallas se intentaba imponer un orden imposible. Una flecha hirió la mano izquierda de Nulkaiel, pero siguió dirigiendo a la tropa con frialdad e inteligencia. Shulak, después de comprobar que la herida de la elfa no revestía peligro se decidió por sumarse al ataque de la infantería. Desde las almenas los arqueros, dirigidos por la arrogante señora, les cubrirían lo mejor que pudieran.
Desenvainó su sable y salió por la mayor de las puertas de la ciudad. Unos cuantos enemigos se pusieron en su camino… pero lo pagaron con la vida. Él era Shulak, criatura de Melkor, el más terrible de los hombres dragón que salieron de Angband en la primera edad del Sol. Y fue hacia el maia hacia donde dirigió sus pasos. Y cruzaron sus miradas terribles… y sus espadas. Y se trabaron en una salvaje lucha. Los aceros se golpeaban brutalmente, más allá de la fuerza de hombres o elfos. La fuerza del maia superaba a la de Shulak pero, el hombre dragón era un zorro viejo, y por su sangre corría la guerra. Simuló perder el equilibrio ante un golpe terrible de Árchaon, y simuló levantarse torpemente… y el maia atacó con toda su fuerza, Shulak a penas pudo esquivarlo y recibió un corte en un brazo… una herida que nadie sino un maia podría haber hecho, en la carne de dragón; pero ahora la guardia de Árchaon había quedado descubierta, y el hombre dragón no desperdició la oportunidad: le clavó su sable en el flanco izquierdo y un grito de dolor se escapó de su poderoso pecho, un grito que hizo temblar la tierra, un grito que desconcertó a sus tropas.
La Alianza vaciló y Nurn aprovechó para reponerse, pero sólo era un espejismo, la superioridad numérica de la Alianza, tarde o temprano acabaría decantando la victoria de su lado. Nulkaiel, desde la altura de la muralla era consciente de ello. Y también era consciente de que los enemigos habían sufrido un severo revés. Y supo que ese era el momento de retirarse. Y los cuernos bramaron desde la ciudad y las tropas se refugiaron tras las murallas. Afuera sólo quedaron los asaltantes, aquellos que creyeron que podrían tomar Curufarnë de Nurn, y ahora, diezmados en sus fuerzas, no podían nada contra las murallas de la ciudad, que ahora parecían más altas, y los arqueros de la Señora parecían más hábiles... Y no pudieron sino retirarse, vencidos.
La Señora bajó a la plaza principal de la ciudad, y allí estaban el enano y el vampiro, ambos estaban siendo atendidos por una joven de pelo rojo, que les vendaba con paño limpio unas magulladuras de aspecto inofensivo, aunque Barkoin insistía en relatar cómo un ent estuvo a punto de reventarle la cabeza y cómo el yelmo, forjado en Moria, le había salvado la vida.
La búsqueda del Bien Supremo... algo con lo que siempre soñaban aquellos soldados que ahora marchaban hacia Curufarnë, ciudad de Nurn.
Habían pasado ya varias semanas desde su último encuentro con el ejército nurnita en el cual habían salido victoriosos, pero el temor por aquella gente siempre surcaba sus pensamientos: Orcos sin conciencia capaces de matar por miedo a los latigazos de sus amos, hombres y elfos oscuros cuyos recuerdos de antaño fueran borrados para crear el mal dentro de sus cabezas, gigantescos trolls golpeando sus mazas a bocajarro e irradiando sus graves chillidos...sí, en verdad todo aquello haría que aquellos soldados corrieran hacia el sur a esconderse de aquellos seres. Tan solo había una cosa que los empujaba más fuertemente que los recuerdos de esas criaturas para seguir hacia delante: La paz en la Tierra Media, la paz en Haldanóri, la salvación y la felicidad de aquellos por los que luchaban, sus gentes de la Alianza...en efecto, aquellos que portaban aquel estandarte en el cual refulgía, brillante, una fuente manando agua clara y limpia, se sentían orgullosos de luchar por aquella tierra a la que tanto amaban...
- ¿A cuánto queda la ciudad, Árchaon?- La voz de la bella Auriga interrumpió los pensamientos del Maia, que, asimilando la pregunta, contestó al cabo.
- Pues si mis cálculos no me fallan estamos a una jornada y media.
La edain asintió sonriendo y siguió cabalgando al lado del capitán de aquel ejército.
Estuvo pensando un rato, y al poco, inquieta, volvió a preguntar:
- Mi señor, ¿con cuánto ejército cuenta el enemigo?
- Los últimos informes de la avanzadilla notificaban que portaban con ellos a heridos y mutilados, así que no creo que cuenten con muchos efectivos.- Volvió a asentir..
Siguieron cabalgando por una gran colina que elevaba casi la mitad de un gran valle tras el cual se levantaba un gran bosque.
- Capitán- La voz de Auriga volvió a sonar en el fino oído del Maia.
- ¿¡Qué Auriga!?- Contestó perdiendo la paciencia.
- ¿Ganaremos la batalla?
- ¡No lo sé! ¿¡Cómo voy a saberlo!?- Su paciencia se perdió por completo, a lo que la humana no volvió a hablar en todo el camino...
Así pues, aquella compañía de la Alianza alcanzó en poco tiempo su objetivo, pero antes de entrar en batalla, como consecuencia de que el cansancio se había apoderado de los guerreros, montaron rápidamente un campamento provisional a poca distancia de Curufarnë.
Sabían del riesgo que corrían en aquella posición, así que las guardias no descansaron ni un segundo en aquella noche en la que el viento comenzaba a levantarse.
Un frío intenso recorrió todo el campo en el que se llevaría a cabo la batalla, y justo al poco tiempo de que el sol asomara por el oeste, la nieve comenzó a poblar aquella tierra yerma que dentro de poco ambos ejércitos pisarían.
Árchaon ordenó avanzar a su ejército infundiendo grandes ánimos para tomar la ciudad. Se conocía que el ejército nurnita poseía menos efectivos que ellos mismos, por lo que la moral del ejército aumentó considerablemente cuando los exploradores trajeron estas nuevas.
Ondeando la fuente bordada en oro grabada en aquella fina seda que hacía las veces de estandarte, los soldados aliados se empotraron contra las murallas de la ciudad.
Pronto, una oleada de proyectiles caían empicados por sobre sus cabezas, y aunque los escudos frenaron muchos de ellos, otros tantos impactaron en el cuerpo de los soldados, que, pese a estar heridos, insistían en su tarea de derribar a los arqueros de la muralla.
El Maia gritaba dando ánimos a sus soldados que cargaban valientemente contra la muralla, y cuando parecía que perecerían intentando acceder, las grandes puertas de la ciudad se abrieron, y rápidos caballos que portaban feroces jinetes en su lomo salieron desde la ciudad forzando una improvisada huída de las lanzas y espadas que estos lanzaban al aire.
Auriga trataba de organizar aquella sección de ejército que le correspondía: la infantería.
Pronto lo consiguió, pues a pesar de todo ella seguía luchando, y aquello infundió nuevos ánimos a los soldados que volvieron a apoyarla frenando los pasos de la caballería.
Poco a poco, la superioridad se iba notando en el campo de batalla. Árchaon dirigía a sus jinetes montado en su felino Silvaron, un poderoso ejemplar de tigre albino, el Señor de las Nieves, cuyos ojos emulaban la misma esperanza, el de color verde, y la paz interior con la que te envuelve el mar, su ojo azul.
Heru-Los acometía con sus garras y dientes contra aquellas criaturas que osaran ponerse frente a él. Sobre el tigre, el Maia de Fuego, Árchaon, sembraba una macabra danza, la de la muerte, segando la vida de sus enemigos, dando de beber su sangre a Mommênt, la espada forjada por Aulë tras la desencadenación de los poderes del Maia.
Fue entonces cuando lo sintió, un poder sobrehumano, un poder muy superior al que cualquier elfo, hombre o enano pudiera desear.
Un ser antiguo, aunque no tanto como él mismo. Su cuerpo estaba surcado por la misma piel de cualquier dragón...Ese era Shulak, uno de los Señores de Nurn.
Fue en ese momento cuando notó su presencia cerca, así que, sin meditarlo ni un segundo, descabalgó de su compañero y se lanzó hacia el Hombre Dragón.
Notó como un círculo de elfos, hombres y orcos los rodearon, paralizando los combates por aquel lugar.
Los ojos se clavaron unos en los del otro, desafiantes, y ambos se lo tomaron como un asunto personal, un duelo de unos de los mas antiguos poderes de la Tierra Media.
Desconectando sus miradas, ambos se lanzaron hacia el otro espada el alto. Con una fuerza y una velocidad inimaginables, los dos descargaban una y otra vez sus espadas en la espada del adversario.
A pesar de que el poder de Shulak era bien diferenciable de hasta el hombre más poderoso, a Árchaon no le costaba un excesivo esfuerzo abatir la espada del nurnita. Y largo rato intercambiaron golpes hasta que Shulak pareció caer, momento en el que el Maia dejó caer su brazo haciendo una buena brecha en el hombro del Hombre Dragón.
En ese momento, el Señor de Nurn aprovechó para clavar su sable en el costado izquierdo del Maia, el cual, presa del dolor, gritó maldiciendo a los dioses oscuros. El grito se elevó por todo el campo de batalla, e incluso llegó a intimidar a aquellos nurnitas que se encontraban cerca de él. Pero algo llamó la atención del Maia que le hizo dejar el combate.
Cerca de allí, Auriga se desplomó al suelo presa de los profundos cortes sufridos por un grupo de orcos que habían aislado a la muchacha de sus tropas. Cayó desmayada por el gran dolor sufrido.
Así pues, el Maia corrió hacia ella sin evitar cojear por su herida en el costado, y olvidándose del dolor por el momento, segó la vida de aquellos míseros orcos y gritó con todas su fuerzas que aquella ciudad debería ser tomada.
Cuando todo se decantaba por la Alianza, el cuerno de la retirada nurnita sonó, y como alimañas que huyen a sus álcantarillas, los orcos corrieron hacia su fortaleza, seguidos de hombres y elfos...
Así pues, la batalla había finalizado, y Árchaon, cuyos ojos irradiaban furia e ira, clavó su espada repetidas veces en el cuerpo inerte de un joven nurnita cuya armadura aún relucía al sol que acababa de salir negando la posibilidad de más nevadas.
- Volvamos sobre nuestros pasos- anunció el general mientras portaba a Auriga, inconsciente, en sus brazos- mas solo será por el momento...volveremos...
[Editado por legolaragorn el 23-12-2005 23:42]
Resumen de la batalla.
Alianza ha perdido 12 armadas x35= 420 puntos.
Recuperables: 140 puntos.
Valoraciones: 8+8+9+8= 8,25
Recupera: 115 puntos. Los dirigentes han sufrido daños por el 95%, por este concepto recupera 333 puntos. Total recuperacion: 448 puntos.
No pierde puntos.
Nurn ha perdido 4 armadas x35= 140 puntos.
Recuperables: 93 puntos.
Valoraciones: 8+8+9+9= 8,5
Recupera: 79 puntos. Los dirigentes han sufrido daños por el 20%, por este concepto recupera 70 puntos. Total recuperacion: 149 puntos.
No pierde puntos.
Nurn percibe 75 monedas por la victoria de la batalla.
Nurn entrega 100 monedas a Alianza por abandono de la batalla.
Compañias actualizadas y listas!