La Guerra de los Clanes

Batalla 115 - C4 Nurn Vs C1 Valle

Terminada
Escrito el 19-12-2005 23:23 #1

Fin Guerra: Valle del Ingenio se retira del Combate

Armadas perdidas por \"Señores de Nurn\" = 13

Armadas perdidas por \"Valle del Ingenio\" = 37

Victoria para Nurn.

Escrito el 22-12-2005 21:43 #2

Las huellas de la batalla anterior aun desaparecían, un nuevo manto de nieve cubría los alrededores de la imponente ciudad y sin embargo, los rastros de la sangre derramada relucían bajo la blancura de la escarcha. Un temor generalizado recorría las callejuelas oscuras de Narmelost y es que, a pesar de la invulnerabilidad de las defensas nurnitas demostrada una vez más en el enfrentamiento anterior, el enemigo permanecía en su campamento, aguardando pacientemente a que las condiciones les favorecieran para intentar un nuevo asalto. Los sofocantes vapores despedidos por el Nar-Falmar al recibir los fríos cristales de hielo envolvían a la ciudad en una bruma fantasmal, acentuando su naturaleza oscura y siniestra, mientras que, sobre los puentes, el numeroso cuerpo de guardianes se transformaba en una visión espectral y la luz de sus antorchas en aterradores fuegos fatuos.

Narmelost la Odiada, la Temida, la Nunca Conquistada, la Ciudad del Poder de Fuego permanecía con sus mil ojos puestos sobre los estandartes de Valle, que ondeaban insolentemente con el viento de invierno a poca distancia de la fortaleza.

Más los Señores de Nurn no aguardaban ociosos el contraataque enemigo, desde el interior de la siempre hermosa y aterradora Morna Selmë se trazaba la nueva estrategia y dirigían la formación de los ejércitos nurnitas; nuevos hombres y orcos y elfos y trolls arribaban a la Capital portando la Llama Roja sobre sus negras armaduras, negras como la piedra que daba forma a la ciudad, negras como el corazón de sus gobernantes.

En la última batalla muchas fueron las suposiciones y conjeturas hechas a raíz de las graves heridas recibidas por los dirigentes de la Cuarta Compañía, la Garra Negra, más ninguna fue cierta; grande fue el pesar de los capitalinos al ver desplomarse sobre el campo helado a su bienamado Maia, así como a las eternas rivales Lómine e Ilesse; muchas fueron las lágrimas derramadas por los desesperados habitantes y mayor aun el desconsuelo que les invadió cuando la falsa noticia de sus muertes recorrió las lóbregas calles de la ciudad; pero la voluntad de hierro y fuego de los Señores nunca cedió a la sombra de la muerte, y los tres agónicos personajes desafiaron una vez más la voluntad de Námo para levantarse imponentes y poderosos ante los desconcertados pobladores que no dudaban al aseverar que aquellos seres obedecían solo a sus propios deseos, jamás a los designios del destino.

Y era en Rúnya Mindon, en la magnífica Sala del Concejo en donde se hallaban reunidos los cuatro Capitanes, el Maia Oscuro, Arattalion, la orgullosa Atani Ilesse, y las Noldor Anamoriel y Élvanwa. Dos noches se contaron desde que las puertas del salón fueran cerradas y desde entonces los Señores permanecían en vigilia, algunas veces se entreabría el enorme portón y aparecía bajo el umbral la figura de uno de ellos sosteniendo algún pergamino en sus manos y ordenando su envío inmediato… pero solo los mensajeros conocieron los nombres de los destinatarios, para los demás esto siempre fue un secreto.

La tarde antes del duelo el cielo se tornó completamente oscuro y una intensa nevisca se desató furiosa sobre la ciudad y el campamento enemigo; jamás se vio en Narmelost una tormenta más feroz que aquella, pareciera que la naturaleza encolerizada intentara sepultar los ánimos de batalla de ambos clanes, bajo metros y más metros de blanca nieve. Pero ni siquiera ella podría detener el encuentro de las fuerzas enemistadas.

Marchando bajo la cellisca avanzaban las huestes de nurnitas como una enorme mancha negra sobre la capa nívea que cubría el suelo; la firmeza de sus pasos, la determinación en sus miradas y el silencio sepulcral descubrían las oscuras intenciones de Nurn: Valle del Ingenio pagaría cara su osadía… Elboron sufriría la más cruel de las derrotas.

Esta vez la luz crepuscular no tiñó de rojo el invernal paisaje, solo el caer continuo de los copos de nieve y una cenicienta luminosidad los acompañó en aquel trágico atardecer. Los soldados de Valle dejaron atrás la seguridad aparente de su campamento y se formaron con perfecta sincronía y gracia frente al enorme ejército nurnita. Eran elfos, todos ellos, elfos hermosos ataviados con armaduras brillantes y tan hermosas como ellos mismos, en sus manos llevaban lanzas, en sus cintos espadas y a sus espaldas arcos y flechas, y frente a ellos, encabezando la marcha, se mostraban orgullosos Volomir y Elboron.

Silencio… absoluto y sobrecogedor, hasta el viento no cantaba más su canción aunque aun soplaba sobre sus cabezas y revolvía sus cabellos. Silencio… y de repente el sonido grave de un cuerno de guerra, luego los gritos exacerbados de los orcos y su chocar de armas contra los escudos, y por fin la voz estentórea de Arattalion sobre todos los sonidos ordenando a sus cientos de orcos y elfos y hombres el inicio de la batalla.

La mancha negra se lanzó en furiosa arremetida contra las fuerzas de plata de Valle, por un momento todo fue confusión y caos pero pronto se evidenció la superioridad nurnita; los orcos rompían las filas enemigas en forma eficaz aunque desordenadamente, y tras ellos los hombres esgrimían sus espadas y asestaban mortales estocadas por doquier y rebanaban cabezas y mutilaban miembros; los trolls también hacían lo suyo, aplastando con sus enormes pies los heridos que yacían en el suelo, blandiendo sus enormes mazas y descargándolas sobre los pobres soldados vallunos, y destrozando la maravillosa formación del enemigo.

Pero de todas estas tal vez fueron los arqueros quienes, desde la retaguardia, causaron el mayor de los daños, apuntando sus flechas al cielo disparaban una lluvia mortal de saetas envenenadas sobre el campo de batalla, las cuales en su mayoría terminaban enclavadas en los cuerpos de los infortunados reclutas “ingeniosos”. Quiso la suerte que una vez más el grupo de arqueros nurnita desatendiera su propia defensa al concentrar sus esfuerzos en los objetivos a distancia, pero en esta ocasión fue Aranel quien descubrió la treta y se lanzó, espada en mano y acompañada por algunos de sus elfos, contra una pequeña camarilla enemiga. Poco se supo de ella y de sus acompañantes Eldar desde que dejara la unidad de arquería a manos de Lómine, solo unos gritos desgarrados y lejanos llegaron a los oídos de su colega, que no pudo hacer más que confiar en la fortaleza de la Estrella Negra… y en su buena fortuna.

Uno tras otro caían los soldados del enemigo a los pies de los Señores de Nurn, quienes rebanaban cabezas y finiquitaban vidas con sus afilados aceros como si de segar espigas de trigo se tratase. Poco a poco se cerraba el cerco que los estrategas nurnitas prepararan para su enemigo, en cuestión de minutos el ejército de Valle se vería atrapado sin salida en medio de una horda furibunda y despiadada que los exterminaría sin misericordia… y entre ellos estaría el poderoso Volomir… y también el orgulloso Elboron… Más el enemigo fue hábil y recuperó el dominio del terreno a su retaguardia, y tras la orden de su rey las fuerzas de Valle del Ingenio se replegaron de nuevo hacia su campamento.

……………………………………………………………

De pié entre los restos de la batalla y dirigiendo las labores de rescate de cuerpos y botín permanecían el Maia Oscuro, Ilesse y Lómine.

-¿Dónde se encuentra Aranel? –preguntó Arattalion a la Elda

-En el campamento cerca de la puerta principal… muy malherida –respondió ella mientras intentaba detener la sangre que manaba de su hombro a causa de una profunda cisura.

-¿Y tú?

-Sobreviviré, si es lo que te preocupa -respondió Anamoriel con desdén –En cuanto a Ilesse, sabes que preferiría verla atravesada por mi espada… pero pareciera que sus vidas son tantas como las de un gato, solo ha sufrido un par de cortes no muy diferentes a los míos.

-Te escuché elfa, y no me importan tus palabras –se le oyó decir a la Edain en su típico tono mordaz, quien permanecía algunos pasos alejada de ellos. –Arattalion ¿Qué crees que podamos hacer con los estandartes abandonados de Valle del Ingenio?

-Déjaselo a los orcos, les encantaran.

A lo lejos un grupo de oscuras criaturas se divertía dibujando garras negras sobre los blasones vallunos… usando como tinta la sangre derramada por los élficos soldados del enemigo.

Escrito el 29-12-2005 02:39 #3

La Debacle

Hacía varias horas que habían perdido el rastro de Tarkash. Aún con la formidable capacidad de rastreo de Gaur, el oriental había logrado confundirles en los pasos de las montañas. Sin duda, debía conocer con gran precisión el terreno, hecho que confirmaba las sospechas de Aikanár, que repetía una y otra vez que se trataba de un asesino nurnita.

El camino se había estrechado a medida que avanzaban, obligando al grupo a cabalgar en fila. Gaur marchaba en cabeza seguido de Faevelin, que portaba el precario mapa trazado por el explorador nurnita al que capturaron poco después de desembarcar, varias semanas atrás.

Al doblar un recodo, el velocípedo alzó la mano y los cinco jinetes se detuvieron. Ante ellos, una inesperada encrucijada. O al menos eso se podía presumir al escrutar la contrariada expresión de Gaur.

- Faevelin – dijo sin girarse -, ¿qué camino lleva a Narmelost?

- Pues... esta encrucijada no debería estar aquí – contestó perplejo, mirando el mapa –. No debería...

- Pues es evidente que sí está – tronó malhumorado Aikanár.

- Ese maldito reptil galopa veloz hacia Narmelost mientras nosotros estamos aquí, perdidos en una absurda encrucijada – dijo malhumorado Gaur.

Elboron se mantuvo en un discreto silencio mientras los tres guerreros discutían sobre qué camino escoger.

A su lado, una muchacha elfa, contemplaba impasible la escena.

El rey había estado observando durante todo el camino a la misteriosa elfa que habían encontrado dos noches atrás en el bosque. Se había presentado como Giselaï mas no había dicho palabra alguna de cómo había llegado hasta allí y por qué.

El encuentro había sido totalmente fortuito o, al menos, eso habían pensado todos. Un simple y azaroso golpe de suerte. O no...

Los cuatro hombres, Gaur, Aikanár, Ewan y él mismo, habían partido del baluarte con las primeras luces del alba el día siguiente a la llegada de Gaur. Un juramento los unía y no quisieron demorar la busca de los asesinos del joven Breda, primo de Gaur.

Seguros de que el sicario no había actuado sólo, pronto batieron los alrededores en pos de algún rastro que los condujera hasta sus secuaces.

¡Y vaya si lo encontraron!

En un claro del bosque, junto a una humeante fogata, cinco hombres yacían muertos con fatales estocadas asestadas con mortífera precisión. Una figura embozada, proyectada por la tenue luz de las llamas, clavaba su mortal acero en el último de ellos.

- Por todas las estrellas de Varda – clamó Aikanar sorprendido -. ¿Quién o qué eres?

- Desenvainad – ordenó Elboron, mientras empuñaba su lanza. No quería sorpresa alguna y desde el intento de asesinato se mostraba más suspicaz que de costumbre.

Los cuatro hombres se apearon de sus caballos y se acercaron cautelosamente a la figura, que, inmóvil, aguardaba con la cabeza gacha mas, asiendo con fuerza el excepcional acero que manejaba con tanta destreza, se mantenía en guardia.

Levantó lentamente la cabeza y sus ojos se cruzaron con los del rey mientras una sonrisa se dibujaba en sus labios. Dejando caer su capucha dijo:

- Mi nombre es Giselaï y, si tanto os interesa, soy una elfa de los bosques, Elboron, rey de Valle.

Faevelin pronto bajó su espada y respiró tranquilo, seguido de Gaur, que parecía haber dado por buenas las escuetas explicaciones de la elfa.

Sin embargo, Aikanár, el taryalie, no parecía convencido, y la presencia de los cinco hombres muertos no le calmaba en absoluto.

La elfa pronto se giró hacia él, retándole con la mirada sin soltar su mano de la espada que apoyaba contra el suelo.

- Aikanár – llamó Elboron tratando de tranquilizarle -, Aikanár, baja tu arma.

- No me fío – siseó suspicaz -, cualquiera puede reconocerte con solo ver la estrella de tu manto. Estas son tierras de gentes traicioneras y asesinas. Ni siquiera sabemos de dónde viene ni que se propone.

- Tranquilo, mi buen amigo – rió Giselaï -, tu celo por Elboron es encomiable mas... no debes preocuparte. Vengo de las lejanas tierras de Eriador, más allá de las Montañas Nubladas y mi deseo no es otro que combatir con vosotros el mal que se esconde tras los oscuros muros de Narmelost, la grande.

- Entonces dinos, oh elfa, ¿quiénes son estos hombres que yacen aquí, abatidos bajo tu espada? – preguntó Gaur, impaciente por acabar la conversación y proseguir la búsqueda de los orientales.

- Ayer, al anochecer, llegué a estos bosques en busca de cobijo y quizá algún conejo para llenar mi vacío estómago cuando mis oídos escucharon roncas voces – comenzó diciendo la elfa -. Temiendo que se tratara de apestosos orcos, me acerqué sigilosamente hasta la linde del claro y miré entre los arbustos. Para mi sorpresa, no se trataba de orco alguno, sino de estos cinco orientales que ves aquí – dijo señalando al hombre que había abatido el último -. Aliviada, pensé en retirarme y seguir mi camino, pero pronto me interesó la conversación que mantenían y doy fe que seguro que a vosotros también.

- ¿De qué modo puede interesar a cuatro jinetes del Valle la conversación de unos vagabundos orientales? – mintió Elboron.

- Quizá no – asintió meditabunda -, aunque si alguno de vosotros es un tal Gaur, imagino que querrá saber que estos hombres son los asesinos del mensajero de su casa y los ladrones de su pergamino.

- ¿Qué más sabes? – la interrumpió bruscamente Aikanár.

Entonces, Giselaï les contó cuanto había oído acerca del intento de asesinato a Elboron, la suerte de Breda y de la carta, que galopaba con Tarkash hacia las negras profundidades de la gran ciudad nurnita.

- Lo que no alcanzo a comprender... – reflexionó Elboron en voz alta - ¿por qué los mataste?

- Uno de ellos se levantó a orinar y antes de que pudiera escabullirme me vio – dijo Giselaï con repugnancia -. La mueca lasciva de su sonrisa fue suficiente para que le traspasara con mi espada.

- Entiendo – asintió Aikanár complacido por las explicaciones de la elfa, ajustando el pesado hacha en la correa de su corcel.

Desde entonces, la elfa los había acompañado en su persecución. Aunque parca en palabras, Giselaï pronto demostró ser una formidable compañía.

Tales asuntos cavilaba el abstraído elfo, ajeno a la disputa de sus amigos, cuando Giselaï, azuzando su montura, se adelantó, tomando el sendero que se abría a la derecha, segura de sí misma.

Los cuatro hombres se quedaron perplejos ante la repentina decisión de la elfa y, sin demora, la siguieron por el camino que había elegido.

Cabalgaron toda la noche sin encontrar huella alguna de Tarkash y al despuntar el alba, un estremecedor grito les detuvo.

Gaur, caído de su rocín, se retorcía entre chillidos asiéndose con las manos la cabeza.

- Sal de mi cabeza, maldita bruja – gritó -, algún día...

- ¡Gaur! – llamó Aikanár alarmado acercándose hacia él-, ¿qué te ocurre?

- Déjale – le ordenó Elboron tocando el hombro de su amigo -, es cosa de Aliena.

- ¿Aliena? – se extrañó el maia -, ¿cómo es posible tal brujería?

- Los arcanos poderes de Aliena son extraños aún para los más sabios alquimistas y apenas ella es capaz de controlarlos – le explicó Elboron con serio semblante.

Tras el breve forcejeo dentro de su mente, Gaur escuchó las palabras de Aliena, que exhortaba al edain a reunirse con ella en Telpe. Había tenido una extraña visión y lo necesitaba allí.

- Amigos... – comenzó diciendo el velocípedo -, he de marchar al oeste. Extraños sucesos tienen lugar en Osto Telemna y Aliena me necesita allí. Por ello, y muy a mi pesar, debo renunciar por el momento a encontrar al asesino de mi primo.

No obstante, os libero de vuestro juramento.

- No hay lugar sobre la faz de la Tierra Media donde ese gusano pueda esconderse de nosotros. Cumpliremos nuestra palabra en esta hora sombría o la oscuridad sempiterna se abatirá sobre nosotros – le contestó Aikanár, orgulloso, mientras Elboron asentía con impasible rictus.

- Sea así, pues – dijo el señor de la casa del pegaso plateado -. Buena suerte, amigos míos.

- Que Oromë proteja tus pasos – masculló Elboron entre dientes mientras observaba al formidable jinete perderse en la llanura.

- Ahí va el gran jinete, cabalgando de nuevo – suspiró el maia, admirando la prodigiosa celeridad del edain.

Y así, en una gélida mañana invernal, los tres amigos se separaron, ignorando cuando sus pasos les llevarían a unirse de nuevo. Una promesa los unía y tanto Aikanár como Elboron pensaban cumplirla morir en el intento.

Con renovados bríos, la menguada compañía se lanzó al galope a través de la llanura, divisando la asediada ciudad de Curufarnë. Su travesía les había llevado muy al noroeste de Nurn, lejos de Narmelost, lejos de su objetivo.

A pesar de que instigaban con premura sus monturas, se encontraban muy lejos de Tarkash, quien hábil, tras lograr escabullirse en las montañas, se desvió del camino hasta la ciudad de Curufarnë, donde dos compañías del ejercito nurnita se hallaban acantonadas.

A muchas millas de allí, en Narmelost, el ejército de la cuarta compañía de Nurn, marchaba en perfecto orden de batalla en busca de las huestes del Valle.

Los tambores resonaban con fuerza desde las almenaras de la ciudad, llamando a sus soldados al combate. No quedó centinela alguno ese día en las altas torres. Ya fuera elfo, hombre, troll u orco, lucharía ese día contra el ejército real.

Mientras tanto, cundía el desánimo en el campamento valluno. Su bienamado rey, el valeroso Aikanár y Faevelin, amigo del rey, habían emprendido insensata búsqueda, abandonando las mesnadas a su suerte.

Tales pensamientos rondaban la mente de los soldados, ignorantes de cuanto les había sucedido.

Sin embargo, no esperaban que el enemigo atacara, y menos aún, en lo más fiero del invierno. Poco previsores, se aprestaron con prontitud a la batalla, sorprendidos de la audacia del enemigo.

Arrebujados en sus capas, Lochlan y Ewan, los grandes lugartenientes, dispusieron sus tropas y, con vigoroso ánimo, marcharon entre los guerreros, infundiéndoles valor y coraje.

Sin embargo, no pocos entres los elfos dudaron aquel día y su duda fue fatal en el desenlace de la batalla.

Ahora bien, Ewan, ayuda de campo del rey, era sagaz y de corazón animoso y acercándose a Lochlan le dijo:

- Ea, amigo mío, cojamos las ropas de nuestros señores y suplantémosles en la esforzada batalla, henchidos de orgullo ondearan entonces los pendones y renovados bríos y ardor guerrero brotará en los hombres.

Lochlan asintió complacido ante el plan del ladino Ewan. Poco después, se abrieron paso entre las tropas, enmudecidas a su paso, para apostarse, gallardos, los primeros de todos para la batalla.

Gloria eterna buscaban los corajinosos elfos, aunque muy a su pesar, ni Lochlan blandía el hacha con la hercúlea fuerza de Aikanár, ni Ewan empuñaba la lanza con la mortífera precisión de Elboron.

Aún así, los bravos capitanes se hallaban dispuestos a hacerse matar valerosamente por sus osados soldados.

Y por desventura, así fue. La furia contenida del Maia Oscuro explotó al fin y los orcos surgieron en riadas, precedidos de temibles rayos y estentóreos truenos.

Pareciera que la caja de Pandora se abría ante los estupefactos ojos de los nobles elfos del Valle, acongojados ante la terrible visión del enemigo del Valle.

La batalla fue dura y sin cuartel pues aunque se batían con bravura, pronto fueron quebradas las líneas del Valle, sembrando el desconcierto entre las tropas.

Sólo se mantenían firmes las compañías donde luchaban Lochlan y Ewan, causando gran congoja entre el enemigo, creyendo que Elboron y Aikanár luchaban codo con codo ante ellos.

Pero el valiente ardid fue en vano. Abriéndose paso entre los gigantescos trolls, llegó Ataratalion, empuñando terrible y llameante espada.

Pronto, Lochlan y Ewan le hicieron frente, haciendo acopio de todo su valor, que, voto a los benditos Valar, no era poco.

Un círculo se cerró alrededor de los héroes, batiéndose con celo ante su poderoso rival. Mucho resistieron los grandes capitanes y mucho se cantó su pérdida después mas el maia oscuro los derribó uno a uno al fin, traspasando la celada de Ewan y hendiendo su tumefacta espada en la rosada carne de Lochlan.

Así cayeron los grandes capitanes de Elboron, loados sean con aplausos y vítores.

Por desgracia, la lucha seguía y no para bien. La caída de los capitanes dejó huérfana de mando a la hueste que, timorata, retrocedía en desorden ante el enemigo.

¡Ay!, no pocos valientes guerreros, veteranos en toda lid, murieron aquel día en tan funesta batalla y tan penosa retirada, hostigados por los arqueros de Lómine.

No obstante, los cuerpos de Ewan y Lochlan no se perdieron pues, rojos de ira, los más bravos entre los soldurios acudieron a su rescate, e improvisando precarias parihuelas, transportaron lejos del combate los exangües cuerpos de los héroes.

La inimaginable debacle estaba teniendo lugar y los elfos caían masacrados en todos los frentes, ante la mirada impotente de sus compañeros.

Mientras tanto, los cuatro jinetes cabalgaban raudos, aunque ajenos a la terrible matanza que sucedía en Narmelost.

Ahora bien, un negro presentimiento oprimía el corazón de Elboron aquel día, que, temiendo por sus hombres, espoleó hasta el límite del paroxismo a su montura, deseoso de acudir con sus huestes.

No se equivocaba, como tampoco lo hicieron sus ojos al llegar al campo de batalla y observar el desastre. Y tampoco se equivocaron sus vidriosos ojos al llorar semejante destrucción. Como tampoco se equivocó su corazón cuando, inflamado, clamó venganza por la muerte de sus leales soldados.

Empuñó su pesada lanza de fresno y se lanzó a la carrera, ciego de ira, deseoso de entablar batalla con el enemigo.

A su lado, Aikanár, el tulkalie, envuelto en pálida llama, azuzaba a su corcel mientras asía su descomunal hacha, preparándose para cargar.

Giselaï, noble en cuerpo y mente, desenvainó su rutilante espada, imitando a sus nuevos compañeros.

Último de todos, pero no por ello menos valiente, marchaba Faevelin a lomos de su espléndida montura, manejando pesada lanza y embrazando poderoso rodel.

- Si hemos de morir, así sea – masculló Faevelin entre dientes mientras observaba girar a la compacta formación nurnita, haciéndoles frente en un mar de picas.

- Pero antes de caer me llevaré cien de estos perros conmigo - gritó Giselaï, dándose ánimos.

- Alalalalalai – vocearon al unísono Elboron y Aikanár.

La colisión fue brutal pues caballos, jinetes y enemigos rodaron por doquier. Tan sólo Aikanár, émulo de Tulkas en fuerza, permaneció inmóvil sobre su rocín.

El fulgor de su llama encendida cegaba a sus enemigos y “la llama afilada” se ganó su epíteto una vez más, derribando enemigos sin compasión mientras ardía sin quemarse.

A pesar de ser abrumados en número, los cuatro jinetes se batieron con inusitado valor, concentrando la atención de los capitanes nurnitas y permitiendo la huida ordenada de las huestes.

Ahora bien, todo esfuerzo tiene su recompensa pero también su pago. Si la valerosa gesta de Elboron y sus capitanes fue crucial para la salvación del ejército del Valle, tales heroicos actos les costaron las más terribles heridas que elfo u hombre alguno pueda soportar.

En aquel fatídico día atardeció rojizo en Haldanori, prueba irrefutable de la sangre vertida en el desolado yermo de Nurn.

Horas más tarde, entre agónicos estertores, los cuatro magníficos guerreros se debatían entre la vida y la muerte a causa de las mortales heridas que habían sufrido.

A incontables leguas al oeste de allí, ignorante de cuanto había sucedido aquel día, el velocípedo Gaur paseaba por las terrazas de Osto Telmna preguntándose por la suerte de la carta, de Tarkash y, sobretodo, de sus valerosos amigos...

Escrito el 01-01-2006 12:21 #4

Resumen de la batalla.

Nurn ha perdido 13 armadas x35= 455 puntos.

Recuperables: 303 puntos.

Valoraciones: 8+9+8= 8,33

Recupera: 252 puntos. Los dirigenes han sufrido daños por el 70%, por este concepto recupera 245 puntos. Total recuperación: 497 puntos.

No pierde puntos.

Valle ha perdido 37 armadas x35= 1295 puntos.

Recuperables: 432 puntos.

Valoraciones: 9+9+9= 9

Recupera: 389 puntos. Los dirigentes han sufrido daños por el 270%, por este concepto recupera 945 puntos. Total recuperacion: 1334 puntos.

No pierde puntos.

Nurn percibe 300 monedas por batalla ganada.

Valle entrega 100 monedas a Nurn por abandono de la batalla.

Compañías actualizadas y listas.

Historia finalizada.