EL PRÍNCIPE DE LAS TINIEBLAS
Escribo estas líneas para aquel que las encuentre, yo Aglahad soy el último descendiente de una larga dinastía de cazadores. Puedo sentir el frío aliento de la muerte en mi espalda, desde este frío calabozo puedo ver como en el patio del castillo se prepara lo que parece mi ejecución, largos años nos ha perseguido y nos ha dado muerte uno a uno. Para aquel que encuentre esto, sepa contra que se enfrenta, él es El Príncipe de las Tinieblas.
Todo ocurrió hará 300 años, cuando una joven doncella de nuestra tribu fue apresada por aquellos que le reverencian, cruel muerte le dieron y con su virginal sangre le devolvieron a la vida.
Era una noche de verano cuando el cielo pareció arder en llamas detrás de las montañas, las campanas de las aldeas cercanas tocaron en alerta pero no había nada que se pudiera hacer contra aquellos seres. Recuerdo el ataque como si fuera ayer.
Las hordas enemigas atacaron con gran fiereza y los pocos hombres que había en el poblado nada pudieron hacer contra éstas. Él disfrutaba desde lo alto de su montura viendo el cruel espectáculo, pronto el fuego se propagó entre las casas y los gritos de aquellos que se habían refugiado llenaron la noche. Algunos logramos escapar de sus manos, pero nos ha perseguido durante todo este tiempo y yo soy el último. Ha arrasado todo a su paso con sólo el objetivo de aniquilarnos y ahora lo logrará, nos quiere muertos porque nos teme.
Han abierto la celda de al lado y los gritos de una mujer me han devuelto a esta cruel realidad, me hará ver como le dan muerte. Así ha sido en el patio del castillo han colocado su trono, y allí sentado miraba con maliciosa diversión las innumerables torturas a las que ha sido sometida, he cerrado los ojos para no verlo pero él me los ha hecho abrir, he sentido todo su poder cuando ha rozado mi cara, la mujer me miraba mientras yo lloraba impotente. No quiero recordar más ya que sé que veré morir a todos los que hay aquí antes de que la hora me llegue.
Hoy recordé la llegada a este castillo, hoy mismo hace un año que estoy entre estos fríos muros. Llegue aquí después de dos meses de duras persecuciones pero al fin fui capturado. Él había dado orden de que me trajeran vivo, aun desconozco el motivo, amargas lágrimas he llorado desde ese día, prefiero la muerte a esta locura. A muchos he visto caer bajo su espada y a cuál más sádica tortura los ha sometido antes de darles muerte ante mis ojos. De muerte y terror será su reinado sino lo destruyen antes, quiere someter a todos los hombres y no descansará hasta hacerlo.
La última batalla que libró mi pueblo contra él fue hace más de 1000 años, un gran ejército fue mandado para derrotarlo, pero ante ellos se alzaba un ejército de demonios y seres espectrales. La batalla duró tres días hasta que pudieron alzarse sobre las hordas enemigas y lo ataron en los más profundos abismos de la tierra, creyendo que jamás regresaría. Pero una locura se alzó entre las tropas triunfales y se dieron muerte entre ellas hasta que no quedó nadie en pie. Nadie osó pisar esas tierras jamás, ya que decían que el poder del Príncipe volvía locos a los que allí estuvieran. Pero nuestro pueblo ha combatido desde ese día para asegurarse que no regresaría y hemos fracasado condenando a todo el mundo a un reino de oscuridad.
Las estrellas que veo desde mi calabozo cada día brillan menos y la hora se acerca, lo sé. Durante este año lo he observado, es vulnerable y por eso nos teme, no ha recuperado todo su poder. Ahora durante el día me tiene postrado ante su trono como si fuera su mascota, ayer trajeron a un grupo de campesinos de una aldea cercana, su voz sonó como un trueno en la sala haciendo que estos cayeran al suelo entre suplicas, me miró y una sonrisa sarcástica recorrió su rostro, sabía lo que estaba pensando y pronto lo pude comprobar.
Hizo llevar a los campesinos hasta el patio, allí los agrupó como si fueran un rebaño, ¿Por qué me hace ver esas matanzas? Se recrea viendo como sufren y como el último que puede plantarle cara no puede hacer otra cosa que maldecirlo.
Aun no se como pude y su cara denotó sorpresa cuando las cadenas que me tienen postrado fueron rotas, rápidamente me alcé y cogí la espada de uno de sus lugartenientes, ante mí estaban todos sus vasallos esperando una orden para descuartizarme y yo no se lo iba a poner fácil.
Este sonrió y quiso probarme, saqué fuerzas de donde pude y luché. La sangre de sus vasallos me recorría el cuerpo, fue cuando aprese a su mano derecha, el Señor de los Lobos. Mi mirada estaba fija en el Príncipe que ahora se había levantado y se dirigía a mí, retrocedí y apreté más la espada en la garganta de mi enemigo, un hilo de sangre empezó a descender su piel maldita.
Fue cuando sentí su voz en mi cabeza, “Devuélveme esa espada no seas estúpido nada puedes hacer contra mí”, luchaba contra ella pero mi cuerpo le obedecía por mucho que yo me rebelase. Fue cuando alargando la mano me quitó la espada. Su mirada me hizo estremecer y solo deseaba que me diera muerte, pero el no me la daría, aun no.
Miró a su discípulo, el Príncipe se dio la vuelta e hizo el ademán de volver al Trono, pero cuando todos parecían haber suspirado aliviados, este se giró y en un ataque rápido le cortó la cabeza a su mano derecha. La sangre negra bañaba el suelo formando un manto rojizo, su poderosa mirada se poso en mí y sentí como si una montaña me cayera encima. Su voz retumbaba en mi cabeza haciéndome retorcer de dolor, ¿si con sus servidores hacía eso que es lo que me haría a mí?
Los días después de esa noche fueron confusos. Hoy el aire me trajo los aromas de la primavera o mi mente me tendió una trampa al creerlo, al despertarme me costó adaptarme a la luz, me habían trasladado; ya no estaba en ese oscuro calabozo sino en una sala de columnas altas como torres donde el resplandor de una gran hoguera las iluminaba. Estaba atado a una pared de piedra, los grilletes mordían mi maltrecho cuerpo, mas el redoble de unos tambores lejanos me sacó de ese sueño. Sentía como el sonido se acercaba cada vez más junto al de muchas pisadas, podía sentir el ruido de las espadas al golpear contra la cota de malla, un nudo se me hizo en el estómago temiendo mi final, mi liberación, ¿Cómo podía temer la tan deseada libertad?, fue cuando apareció él en todo su esplendor.
Allí delante de mí estaba el Príncipe de las Tinieblas vestido de rojo y negro y en su cabeza ostentaba una macabra corona, extrañas formas se escondían en la oscuridad pero sus lugartenientes estaban junto a él, observando. De pronto salió lo que parecía ser un hombre, éste se fue acercando a mí, no podía ver su cara mas andaba encorvado y arrastrando la pierna, en sus manos llevaba un cuenco lleno de sangre aun caliente, metió los dedos dentro de este y fue pintando mi cuerpo, yo me retorcía todo lo que me dejaban los grilletes mientras lanzaba amenazas a los presentes. El ser, tras terminar de pintarme, me lanzó una mirada y me dijo:
-¿No me reconoces Aglahad, quien se ríe ahora, eh! valiente guerrero?- de su garganta brotó una risa gutural, más parecida a la de un animal que a la de una persona.
- ¡Cómo has podido, te has unido a nuestro enemigo!- grité
Con furia sacudí mi cuerpo tensando las cadenas e intentado alcanzar con las manos la garganta del traidor, éste retrocedió y desde la seguridad gritó pero era tal la furia que debía mostrar en esos momentos que los secuaces del Príncipe retrocedieron, como si temieran que pudiera romper otra vez las cadenas. Pero el no lo hizo, una mueca se dibujó en su rostro y se fue acercando, sus pasos resonaban como si fueran martillos golpeando las entrañas de la tierra, a cada paso suyo mi firmeza iba decayendo, convirtiéndose en un mero recuerdo de lo que en un día fui.
Sentí como me cogía de la cara y nuestras miradas luchaban mientras un frío acero mordía mi carne desgarrándola, la sangre brotaba de ella mientras el se llevaba esa daga a la boca saboreando la sangre de su oponente.
Cogió un cuenco y lo aproximó a la herida, lo posó debajo de esta y apretándola fue llenándolo de mi sangre. Ahora sabía que mi final estaba cerca, los tambores empezaron un ascenso frenético mientras extraños seres recitaban unos versos en la lengua maldita, otra vez se acercó el traidor mientras el Príncipe no se apartaba de mí. Le dio otro cuenco y el Príncipe me lo dio a beber, el primer sorbo se lo escupí en la cara respondiendo él con una sonora bofetada, el guante de su armadura me rasgó la piel, aguantándome un grito de dolor, me cogió de la barbilla y abriéndome la boca me hizo beber ese extraño brebaje.
Éste me condujo al delirio, veía las cosas borrosas pero a la vez veía un mundo extraño plagado por formas blanquecinas, mi mirada se poso en él, ahora lo veía como era realmente o mejor dicho como sería cuando recobrara la totalidad de su poder y me hizo estremecer. Extrañas formas veía pasar ante mí, susurros de hombres ya muertos me atormentaban. El Príncipe se dirigió a un altar cercano donde había un bulto tapado por un manto negro, este alargó la mano hasta el manto y tiró de él, en la mesa había un bebé, entonces mirándome dijo:
- ¡La sangre de un guerrero, la sangre de un inocente y la de una virgen todas ellas mezcladas con la mía me devolverán mi poder!
Alzó el cuchillo y lo hundió en la carne tierna del pobre bebé, la sangre brotó de él y empezó a llenar otro cuenco. Allí dentro residía el poder del trono, aquel que lo tomara se haría con él y yo no era el único que lo sabía para temor del Príncipe.
Entonces un clamor de voces se alzaron recitando versos en la lengua maldita, el Príncipe sacó una pequeña daga dorada y se hizo un corte en la mano, la sangre que brotaba de la herida caía en el cuenco mientras lo mezclaba con la daga. Vertió la sangre en una copa de cristal y la alzó, la luz de las hogueras la hacían brillar como si fueran rubíes, de pronto una señal de dolor surcó su cara, bajó su mirada y vio que una espada atravesaba su vientre. ¡ En la hora de más peligro para el Príncipe había sido traicionando!. Este miró a la cara a su asesino antes de caer mortalmente herido frente a mí, antes de caer, el lugarteniente le había cogido la copa, mas un clamor se alzó entre el resto de lugartenientes ante la traición.
Las espadas de los fieles al Príncipe luchaban contra los traidores pero pronto la batalla se convirtió en una carnicería quedando solo él y algunos de los fieles al Príncipe. El miedo recorría al lugarteniente y alzando la copa se la bebió entera lanzándola al suelo y estallando en miles de diminutos cristales.
Ahora era el nuevo Príncipe de las Tinieblas, si el anterior había sido temido este haría estremecerse hasta los mismísimos dioses.
Los pocos que quedaban en pie retrocedieron asustados ante el nuevo poder que se alzaba ante ellos, en un ataque desesperado se lanzaron hacía él. Lucharon con fiereza y a duras penas pudo aguantar los embistes de sus enemigos pero pronto cayeron ante él. Fue cuando me dije:
“ Ahora o nunca, ahora es débil, aun no controla el nuevo poder”
Una extraña fuerza ancestral sacudió mi cuerpo haciendo tensar las cadenas las cuales no pudieron contener la rabia que había despertado en mi, mi cuerpo no me dolía y me sentía poderoso otra vez. Me miró asustado, me creía demasiado débil como para resistirme, pegué un estirón y acabé de arrancar las cadenas de la pared, corrí tan rápido como pude y me hice con la espada del Príncipe, ahora sí que me temía, era el único que podía matarle aun con el nuevo poder.
Asustado, retrocedía mientras yo me aproximaba, buscaba a alguien que pudiera ayudarle, pero no había nadie en la sala y los pocos que quedaban se escondieron temiéndonos. Salté como una fiera sobre él, las espadas entrechocaban pero no daba a vasto para defenderse de mis estocadas, en una de ellos le rasgué el vientre haciéndolo gritar de dolor, su grito retumbó en las más profundas salas haciendo estremecer a los allí escondidos.
Larga fue la batalla, mas parecía que yo no me cansaba, sino que cada vez tenía más fuerzas y atacaba con más dureza, él en un ataque imprevisto, me golpeó lanzándome contra la pared, reboté en la dura piedra y caí de rodillas al suelo, escupía sangre en la fría piedra mientras sentía como se iba acercando, noté como me cogía por los cabellos y me alzaba tirando al cabeza para atrás, alzó la espada y antes de que pudiera hacer o decir nada le clavé la espada atravesándole hasta salir por la nuca. Este se desplomó y el ruido que hizo al caer fue como si se derrumbara toda la montaña, la tierra temblaba mientras se resquebrajaba y de ella salían lenguas de fuego arrastrando todo hacía la destrucción. Como pude me puse en pie y empecé a correr, ahora la fuerza se desvanecía y el dolor me invadía pero tenía que lograr salir de allí, ya veía la luz mientras a mi espalda, un mar de fuego engullía todo a su paso destruyéndolo todo. La luz, otra vez la amada luz........
