La Guerra de los Clanes

Historias, leyendas y batallas en las tierras olvidadas de Arda.

Edicion 2

Haldanóri, Las Tierras Ocultas

Finalizada · 08-09-2004

Batalla 117 - C1 Telpe Vs C1 Alianza - Saqueo Niryarion

2006:01:15:09:47:16

Eärondûr Rangilion

Fin Guerra: Alianza de Eithel-Glîn se retira del Combate

Armadas perdidas por \"Orden de Telpe\" = 9

Armadas perdidas por \"Alianza de Eithel-Glîn\" = 7

Victoria para Alianza, no se produce saqueo

Fëathoron

El frío se hacía notar, el invierno estaba ya avanzado y no perdonaba a nada ni a nadie. Todo cuerpo se quedaba helado ante su grueso manto helado y más de uno caía muerto de frío azotado por la cólera del temporal. El mar ahora bañaba con sus aguas heladas las costas de Niryarion. Y sobre esta agua se hallaba reposando un velo denso, tupido y a su vez nebuloso formado por la bruma. El mar se presentaba majestuoso cubierto por su mantilla blanquecina, parecía que éste pretendía ocultarse ante las muertes que pronto se darían en las costas regadas por sus aguas.

El Sol y la Luna eternos rivales, rey del día, reina de la noche, se batían en un duelo de belleza…las estrellas atónitas contemplaban con celos aquellas dotes de cada uno de los rivales.

La noche anterior se había dado Luna llena y había brillado con intensidad para los ojos de sus observadores, haciendo gala de su porte y colosal majestuosidad. Coqueta en la noche empezó a desaparecer con timidez durante el alba…aún así se mostró radiante como anteriormente no dejando que nadie tuviese lugar para cuestionar su indudable belleza…la joya del cielo nocturno partía a sus aposentos de nuevo para ceder su dominio sobre el cielo a su eterno y fulgente compañero…el sol.

A modo de competición la estrella suprema intentó demostrar una vez más su vasto poderío, pero sus capacidades se vieron mermadas ante la presencia de aquel crudo invierno, que hizo prácticamente inadvertida su presencia a los habitantes de Arda…Aun así no se dio por vencido e intentó iluminar y calentar la piel de Arda con el fin de ser venerado por su presencia, pero otra vez más el juego no era limpio…a causa de aquel frío su presencia y capacidades habían sido mermadas hasta el punto de perder de nuevo belleza.

Una vez más, entre otras, la Luna había ganado mostrándose más competitiva en aquella noche de invernal temporal saliendo victoriosa y tan bella como nunca.

Telimektar arropado con un manto blanco intentaba calentarse junto a la hoguera mientras miraba en la lejanía intentado descubrir alguna señal del ejército, el sol empezaba a despuntar, cuando el canto de un gallo ajeno a la guerra que aguardaba dando la bienvenida a la mañana. Mas ese sonido pronto sería acallado por el rumor que se extendía sobre la presencia de un ejercito de Telpe que se dirigía a la ciudad

Allí había pasado toda la noche escudriñando, esperando ver una señal del ejército, había mandado a seis exploradores para que les trajeran nuevas del frente y esperaba ansioso su regreso. De pronto percibió una gran maldad, una maldad que le devolvió a las arduas horas de agonía de Gondolin. Telimektar sabía a que clase de maldad se enfrentarían cuando apareciera el ejército. Fue cuando se acercó Eleanor y posando su mano en su hombro le sacó de esos recuerdos diciéndole:

- ¿Qué te pasa?, Tienes mala cara, ¿No me digas que has pasado toda la noche aquí?

- Tranquila estoy bien, no podía dormir la hora se acerca. Será mejor que empecemos a organizar las defensas, mandé a unos cuantos exploradores por la noche, deben de estar al caer ya- respondió mientras se tapaba con el gran manto y empezaba a descender de las murallas seguido por Eleanor.

Los dos bajaron de la muralla mientras en la Gran Plaza el trajín de soldados era constante, los jinetes preparaban la tan temida caballería de Eorondo, la infantería se agrupaba según sus estandartes y los arqueros tomaban posiciones en las murallas mientras las catapultas eran tensadas y preparadas para atacar cuando se diera la orden.

Era tal la organización de las tropas que en poco tiempo ya estaban preparados esperando él embiste de las tropas Telpitas.

Los dos entraron en la caserna de la guardia y en una mesa había un gran mapa de la zona y sobre el se habían colocado unas figuras que representaban el ejército enemigo. Cuando el Maia iba a hablar, una campana tocó frenéticamente anunciando la llegada de uno de los seis exploradores. Éste salió de la sala dejando dentro a Eleanor organizando la defensa. Telimektar se acercaba al joven cuando este se desplomó, Telimektar corrió hacia él y poniendo la cabeza del joven en su regazo miro su espalda bañada en sangre y reconoció esas heridas. Un escalofrío le recorrió el cuerpo pero antes de que el joven se hundiese en las sombras alcanzo a decir:

- Vienen por el camino del este, les superamos en número pero entre ellos viene un balrog... - pero ya no pudo continuar.

- Llevadlo a las casas de curación que lo sanen - les dijo aun grupo de soldados.

Tras decir eso salió a la carrera hacía el Templete de Yavanna, giró a la derecha hacía el palacete del Señor de la Ciudad donde se había instalado y entro en él. No había nadie en la casa al igual que en toda la ciudad los niños y mujeres habían sido evacuados ante la amenaza de la guerra. Allí en su habitación le esperaba su fiel amigo Laurë, lo miró pero no dijo palabra alguna, su mirada estaba puesta en un gran baúl pero cuando iba a abrirlo llamaron a la puerta, era Eleanor la cual entró en la estancia y lo miro fijamente.

- ¿Qué os dijo el explorador? Algo grave es si venís aquí corriendo, decídmelo- le decía mientras lo agarraba del brazo.

- Algo que creía fuera de toda posibilidad. Entre las tropas de Telpe hay un Balrog uno de los que creo dieron muerte a Gondolin. Si así es que viene, creo que recordará el nombre de mi amiga- le dijo mientras se acercaba al gran baúl.

Este lo abrió y de él sacó algo envuelto en terciopelo rojo, tiró de la tela y ante Eleanor apareció una gran hacha doble y alzándola dijo:

- Aquí está el Azote de los Balrog, con ella di muerte a más de uno de esos demonios durante las grandes guerras. Creía que jamás volvería a desenfundarla. Has de saber que un solo rocé suyo es igual que el de mil espadas, ahora veremos si conserva su destreza mortal.

- ¿Qué es lo que quieres que haga? – le decía mientras lo miraba extrañada.

- Tú conducirás la defensa de la ciudad desde dentro, del Balrog me ocupo yo. Saldré con mi compañía al campo de batalla, seremos el anzuelo. Prepara a los arqueros en la muralla y que las catapultas estén listas, los ents os ayudaran a cargarlas. Divide la infantería en dos una que salga para defender el puente y la otra que se prepare en el patio interior, sacaremos a todo hombre imprescindible. Ahora si me disculpas tengo cosas que hacer- le dijo mientras salía de la sala junto a Laurë.

Los redobles de los tambores que acompañaban a la hueste en su camino empezaron a retumbar en la ciudad, la campana de alerta ya había sido tocada y las tropas formaban en la puerta. Fue cuando Telimektar hizo acto de presencia, bajaba montado en su corcel blanco y la armadura plateada brillaba como nunca y por sobre ella sobresalía la gran hacha. Miro a sus hombres y dijo:

- ¡Señores a llegado el momento no os dejéis amedrentar por lo que podáis encontrar, ahora demostraremos que con la Alianza no se juega!- al terminar un clamor se alzó entre sus hombres.

Las grandes puertas fueron abiertas y la caballería junto a los batallones de enanos y la infantería salieron al completo dividiéndose en dos, una a cada flanco del puente. Telimektar cogió la bandera de la Alianza y se acerco galopando hasta una cierta distancia acompañado por unos cuantos jinetes y gritó:

- ¡Marchaos de estas tierras y deponed las armas, si no lo hacéis nos veremos obligados a luchar! ¿Qué contestáis?

-¡Muerteeeeeee!- gritaron desde las filas Telpitas

Telimektar hizo encabritar al caballo y alzando la gran hacha gritó:

- ¡Pos muerte tendréis!

Atraerlos al alcance de las catapultas y de los arqueros era su plan. Las tropas de la Alianza avanzaban desafiantes y haciendo aproximarse envalentonados a los Telpitas. La tierra temblaba bajo los pies de los ejércitos y fue cuando el cielo se oscureció por el manto de flechas lanzadas desde los dos bandos que impactaban en soldados amigos y enemigos. La marea de caballos blancos se lanzó a la carga mientras Telimektar al frente alzaba el hacha blandiéndola a ambos lados, una furia renacida en él hacía temblar a los enemigos que se cruzaban ante ellos.

Pero fue cuando en un acto de confianza por parte del Maia, éste fue derribado, cayó del caballo y se encontró rodeado por un grupo de enanos. De la ciudad descendían grandes tinajas llenas de aceite ardiendo que impactaban entre las tropas Telpitas convirtiendo la pradera en un mar de llamas.

Los enanos se retiraron cuando llegó él, hombres se batían en retirada ante ese ser mientras el allí petrificado recordaba la caída de Gondolin.

Delante de él se alzaba el Balrog, blandiendo el látigo en el cielo pero no amedrentó al Maia sino que éste se alzó entre risas y el sonido claro de ella llegó a la ciudad, infundiendo valor en los hombres que la escucharon regresando a la batalla con más fuerza, haciendo retroceder a los enemigos.

Los dos oponentes se observaban, mientras la tierra temblaba bajo sus pies, lo miró y le dijo:

- Si no recuerdo mal luchaste en Gondolin, diste muerte a muchos de mis amigos y ahora pagaras por ello.

– Así que el Maia es un superviviente de Gondolin, jajaja, suplicarás haber muerto allí junto a ellos, no luché en ella pero morirás como ellos.

Éste no pudo contener la rabia y el dolor guardados que cegaban al recordar. Blandía el hacha con gran fuerza y al principio el balrog no pudo hacer más que defenderse de los ataques rápidos de Telimektar, aunque le golpeara con el látigo de fuego, él no paraba en su embiste.

Una extensa polvareda se alzaba sobre ellos a lo largo del camino mientras las acometidas de los dos oponentes hacían rescrebajarse las tierras cercanas a ellos, a cada golpe una nueva grieta aparecía y el fuego brotaba de ellas.

Fue cuando un grito de dolor brotó de la garganta del maia, una flecha disparada a traición había impactado justo debajo del brazo cuando alzaba el hacha y al bajarlo esta se había partido quedando un trozo dentro. Su estado no era crítico pero perdía sangre y sus fuerzas estaban mermándose, el impacto de la flecha de magnitud considerable fue apartado por un tiempo de los pensamientos del maia, consiguiendo así aislar el dolor y pudiendo retomar las riendas de la batalla. Al instante de que la saeta impactará contra su cuerpo el Balrog supo que esa era el momento de iniciar un agresivo y duro contraataque.

El Balrog aprovechando eso atacó con más fuerza, el maia herido y con las fuerzas al límite luchaba ahora por defenderse, las tornas se habían girado y le separaba un ejército enemigo de la ciudad. Ahora no solo luchaba contra él sino que se habían unido algunos enanos, sintió las mordeduras de las hachas de los enanos y cayó al suelo de rodillas. La sangre brotaba por su costado mientras le costaba respirar, seguro que le había perforado un pulmón, luchaba desesperado pero ya no podía tenerse en pie, veía como la batalla al menos la ganarían pero el no tenía la esperanza de ver otro día.

El Balrog se adelantó irguiéndose ante él pero en un último esfuerzo perforó la piel del demonio y cayó desvanecido. Fue cuando de entre las llamas apareció Laurë, grande era el porte del Señor de los Fuegos y cogiendo a su amo por el brazo lo montó en su lomo y salió a la carrera hacia la ciudad seguido por el Balrog. Un cuerno sonó de la ciudad tocando a retirada, más la vista se le nublaba a Telimektar, notaba sus miembros mortecinos y un frío se le había introducido en el cuerpo.

Eleanor ya lo esperaba en el patio interior pero nada más entrar el maia cayó al suelo envuelto en un sueño de fuegos, su cuerpo estaba hirviendo. Un temblor sacudió la ciudad y para sorpresa de todos del gran foso que rodeaba la ciudad se levantó una gran muralla de agua, presente de la madre del Maia, que arrastró lejos de la ciudad a las tropas Telpitas. La batalla había acabado con la victoria de la Alianza.

ESCRITO POR TELIMEKTAR Y ELEANOR

[Editado por wiccano el 23-12-2005 23:59]

Ohtar Mallen

El frío entumecía sus pies, y hacía horas que no sentía los dedos de los pies a pesar de las botas revestidas de piel. La caminata aliviaba apenas el frío en su cuerpo, mientras sus mejillas sonrosadas destacaban en contraste con su blanca piel. Sus pestañas atrapaban pequeños copos de nieve que flotaban en el aire, aunque ya no nevaba.

El frío, y las pesadas prendas de piel que llevaba, hacía que fuera cada vez más difícil seguir el endiablado ritmo de avance que los capitanes habían impuesto, ansiosos por llegar cuanto antes a la ciudad de Niryarion.

Mientras obligaba a sus piernas a moverse, pensó en que era lo que le traía a aquella ciudad, sin duda alguna tan lejana de sus tierras de origen. Su madre le había rogado de todas las formas posibles que no se alistara en el ejército. Pero que demonios… quién habría pensado que podía tener razón. Que no estaba hecho para esta guerra, ni para ninguna otra. Si tuviera la suerte de volver a verla, sin duda tampoco sería capaz de reconocérselo ahora. Sin duda volvería a cometer el mismo error una y otra vez.

Algo le impulsaba. Algo mucho más grande, con mucho más poder para arrastrarlo a una estúpida muerte que las historias heroicas que escuchaba entre las calles de Kemina Anka. Mucho más importante que la noble estampa de los guerreros que volvían a casa de permiso luciendo sus mejores galas y sus múltiples condecoraciones en el pecho y en el yelmo.

Le impulsaba sobre todo el recuerdo de su padre. Una ráfaga de viento se coló entre sus ropas haciéndolo estremecer de frío cuando el recuerdo de su padre volvió a él. Desde que abandonara Kemina Anka, apenas había tenido oportunidad de pensar en él. Pero en el momento en que el los capitanes informaron a la compañía del destino de su próxima batalla, cada vez aparecía con mayor intensidad en su memoria.

Su madre había llorado, tal y como recordaba que lo había hecho cuando su padre partió, hacía ahora casi un año de aquello. Pero él tampoco había hecho caso alguno a sus lágrimas. Como su padre, se despidió de ella con un beso en la frente, y una promesa de un regreso próximo. Pero su padre no había vuelto, nadie sabía qué había sido de él. Nunca obtuvieron noticias suyas, ni de vida ni de muerte. Y eso era lo que había colmado su corazón de esa ansiedad. Y ahora seguía sus pasos, con los pies entumecidos de frío, y el corazón ardiente latiendo ante la proximidad de la batalla.

El tímido sol que apenas conseguía iluminar entre las nubes se hallaba en el cenit del día cuando vislumbraron por fin las grises murallas de la ciudad. Apenas había probado bocado al amanecer, cuando se detuvieron para hacer un breve descanso. Su estómago se había convertido en piedra, y la garganta seca pedía a gritos un poco de agua que la aliviara. Sacó la bota de agua que llevaba ceñida al cinto, y bebió un buen trago. Quizás sea el último, pensó. Y después la guardó nuevamente, en vana esperanza.

El silencio sepulcral al otro lado de las murallas angustiaba ahora su corazón. Sus ojos contemplaron en silencio a sus compañeros, adivinando que su angustia no era menor en ningún caso. Pero tampoco eran menos el valor y la determinación que los habían llevado hasta allí.

A lo lejos, donde las filas de soldados terminaban bruscamente ante un campo cubierto de nieve, una sombra y un fuego ardían. La esperanza en el poder sobrenatural que llevaban era también el miedo de aquellos que lo observaban desde detrás de aquellas murallas. El Balrog estaba con ellos, y esa era su ventaja.

Un retumbar de tambores llegó hasta ellos, y las murallas de Niryarion se abrieron de golpe guiados por una cegadora luz blanca. De plata y blanco, un jinete se acercó hasta ellos, y la duda volvió a sus mentes. En ningún caso habían conocido ser igual a ese, quizás lejos en Barad Avathael… un poder similar se alzaba en el bosque. Movió los pies, cada vez más entumecidos ya que ahora además habían perdido el calor del movimiento.

La voz del jinete se alzó y todos la oyeron, golpeando sus mentes y su esperanza:

- ¡Marchaos de estas tierras y deponed las armas, si no lo hacéis nos veremos obligados a luchar! ¿Qué contestáis?

Un solo grito brotó de su garganta, y se unió a otros cientos que surgieron de forma incontrolable, sin pensarlo, sin quererlo siquiera:

- ¡Muerteeeeeeeeeeeeeeeee!

El caballo blanco alzó las manos frente a ellos, y el jinete alzó su hacha amenzante:

- ¡Pues muerte tendréis! – gritó.

Y retrocedió de nuevo hasta las filas del ejército de la Alianza, seguido sin duda por la ira de Undumeron. Se habían acabado las palabras, y ahora llegaba la acción.

El primer golpe de las catapultas apenas llegó a dañarlos. Sin duda aún se encontraban lejos de su alcance, pero mientras avanzaban se volvieron cada vez más certeras, y la sangre de sus compañeros pronto salpicó sus ropas. Maldijo en voz baja, y rogó por su propia fortuna, quizás en detrimento de la misma batalla. Si la diosa de las estrellas le escuchara ahora…

Una furia de caballos blancos alcanzó su compañía, y apenas pudo hacer nada salvo alzar su espada y clavarla en alguno de aquellos magníficos animales. Sintió lástima por ellos, y por él mismo en la necesidad de tener que destruir algo tan hermoso. Pero los jinetes cayeron, y sus espadas con ellos. Se irguió sobre uno de ellos, y clavó la espada en su cuello sin dejar que su último ruego brotara de sus labios. Un ruido detrás de él le hizo sacarla de su víctima rápidamente, y detener un golpe que sin duda hubiera sido letal. El hombre de la Alianza se echó literalmente sobre él, con una rabia descontrolada. Pero él consiguió detener su empuje, y asestar un golpe en el yelmo que le hizo perder el equilibrio. Cuando cayó, la coraza de metal no detuvo el hierro de su espada, y se enterró en el pecho del hombre cuyo rostro ya no vería.

El ejército de Alianza les superaba en número. Las catapultas lanzaban desde la ciudad rocas y piedras ardientes, y ahora veía como a su alrededor muchos de sus compañeros iban cayendo. Cercenados sus miembros a veces por el golpe de las rocas, o a veces como teas ardientes intentando apagar su fuego en la nieve.

No pudo mantener la mirada. Tuvo una visión de su padre en el tiempo, luchando frente a él, con la mirada inyectada en sangre. Alzó la mano para acercarse a él, intentó gritarle que tuviera cuidado. Que huyera. No pudo. La visión se desvaneció sin llegar a demostrarle el desenlace, fuera cual fuera… Un soldado de la Alianza se alzaba ahora ante él, con los ojos inyectados en sangre. Parecía mayor, quizá de la edad que tenía su padre…. De la que hubiera tenido más bien. Los ojos grises y el pelo cano aportaban solemnidad a su semblante, y la sabiduría de los años. Con los ojos anegados en lágrimas, levantó la espada para defenderse, pero no con fuerza suficiente. El golpe fue brutal, y la espada de su enemigo alcanzó la coraza que protegía su pecho, encontrando su carne. La sangre corría a través del metal, mientras intentaba nuevamente respirar.

Frente al segundo golpe tuvo más suerte. Apenas se había recobrado del primero, pero pudo detenerlo firme, y el enemigo entonces dudó lo suficiente, como para darle tiempo a recuperar el tiempo perdido. Fue su momento de contraatacar, aunque su espada fue detenida una y otra vez por aquel soldado, mayor y más experimentado que él. Cientos de batallas a sus espaldas, y una familia con la que volver. No se dejaría vencer fácilmente.

Pero la suerte estuvo en contra de su enemigo. Retrocedió intentando esquivar un golpe, y tropezó con un cuerpo tendido en la nieve. Randhol se acercó a él, con la espada apuntando justo por debajo de su barbilla. Observó temblar los labios del hombre, mientras una pequeña gota de sangre surgía de sus labios. También estaba herido de un lance anterior.

Iba a terminar con su vida. Se juró a sí mismo lo mismo a partir de aquél día miles de veces. Iba a hacerlo. Pero por un momento la mente le confundió. Aquel rostro se convirtió en el de su padre. Los ojos verdes abiertos, suplicantes. Y él se convirtió en el enemigo, aquél que podía haber acabado con él.

Iba a terminar con su vida pero no lo hizo. Se marchó de allí buscando un nuevo enemigo. Y no fue cobardía. Fue piedad. Simplemente no pudo hacerlo.

El fuego del Balrog temblaba cerca de las murallas de Niryarion, sobre el cuerpo blanco de aquel jinete, ahora sin caballo tendido en la nieve. Un golpe desesperado hundió el acero del hombre en el cuerpo de Undumeron, y entonces supo que la batalla estaba perdida.

Un grupo pasó a su lado portando una camilla. En ella, yacía Gorgon también herido. Sus ojos abiertos miraban al cielo, y dos hombres le sujetaban intentando mantenerlo quieto, mientras el se retorcía gritando una y otra vez que no se lo llevaran, que tenía que seguir luchando hasta el final. Una enorme herida abierta en el vientre dejaba entrever mucho más que carne.

Mientras su espada recogía más sangre de aquellos que se iban cruzando una y otra vez en su camino, el ansiado sonido de la retirada llegó hasta él. Mûrazor hizo resonar su cuerno una y otra vez, hasta que una flecha certera cruzó el campo de batalla y alcanzó su pecho, acallando sus pulmones.

Comenzó a correr hacia él, mientras veía como caía sobre la nieve, con el cuerno todavía en la mano. Y mientras maldecía nuevamente su suerte, tomó el cuerno y lo hizo sonar nuevamente tanto como pudo, mientras arrastraba con él el cuerpo malherido de su capitán.

La batalla estaba perdida, y ahora debían refugiarse en los bosques.

Adiós Niryarion.

Delisse Yestariel

Resumen de la batalla.

Alianza ha perdido 7 armadas x35= 245 puntos.

Recuperables: 162 puntos.

Valoraciones: 8+7+7.6+7= 7.4

Recupera: 120 puntos. Han solicitado daños del 40% que aparecen reflejados en la historia, por este concepto recupera 140 puntos. Total recuperacion: 260 puntos.

No pierde puntos.

Telpe ha perdido 9 armadas x35= 315 puntos.

Recuperables: 104 puntos.

Valoraciones: 8+8+8.4+9 = 8.35

Recupera: 87 puntos. Han solicitado daños por un total de 60%,por este concepto recupera 210 puntos.Total recuperacion: 297 puntos.

Sanción de Telpe por retraso en publicación 13 armadas: 455 puntos

Pierde en total: 473 puntos.

Alianza recibe 75 monedas por batalla ganada.

Alianza entrega a Telpe 100 monedas por abandono de la batalla.

Compañías actualizadas y listas.