La Guerra de los Clanes

Batalla 116 - C3 Nurn Vs C5 Valle

Terminada
Escrito el 21-12-2005 07:22 #1

Fin Guerra: Señores de Nurn deja de Atacar

Armadas perdidas por \"Señores de Nurn\" = 32

Armadas perdidas por \"Valle del Ingenio\" = 28

Victoria para Valle.

Escrito el 24-12-2005 01:05 #2

Vilmanion no aguantaba ni un solo minuto más en la cama. Hacía ya algunas horas que el ejército de la Quinta Compañía de Valle había abandonado los muros de la capital y ninguna noticia llegaba. El druedain decidió contravenir la orden de su esposa de que guardase reposo, ya pensaría más tarde la manera de compensar a la elfa por haberla desobedecido.

El joven si incorporó sobre el camastro con dificultad, las suturas de la herida del costado le tiraba bastante, frotó sus manos en ambas rodillas para intentar desentumecerlas, no estaba acostumbrado a estar tanto tiempo acostado y su cuerpo se resentía enseguida por la falta de movimiento.

Apoyando se en el cabecero de la cama se ayudó erguirse sobre sus maltrechas piernas.

-¿Dónde habrá puesto Árawen las…- y se interrumpió al ver sus armas sobre un tonel que hacia las funciones de mesa auxiliar. Se vistió con las ropas que la elfa le tenía preparadas para el día de la partida. A Vilmanion no le hacia falta ser adivino para saber la cara que le pondría su esposa al verle con aquellas ropas nuevas, pero sabía que el enfado de la elfa sería mayor si él pillaba un resfriado. No había marcha atrás, al levantarse ya sabía que el disgusto de Árawen sería enorme, el resto sólo serviría para adornar el hecho.

El druiedain tomó su capa y tras asegurar los cintos abrió la puerta de la habitación. Un viento gélido le golpeó en la cara, se colocó manto y cerró la puerta.

Atravesó los largos pasillos de la Casa de Curación que separaban las estancias de reposo de la entrada al edificio. Empujó la inmensa puerta de cristal y salió al exterior, unos grandes copos de nieve caían al suelo dónde el intenso viento los reorganizaba a su antojo.

No había gente en las calles, tal vez sería por el frío y, sobre todo, por la guerra que se estaba produciendo al sur. Los habitantes de Ciudad Dragón podían refugiarse en los corredores subterráneos que surcaban los cimientos de la ciudad. Cada barrio disponía de una entrada a esos túneles así se evitaba el riesgo de colapso y por tanto de pérdidas de vidas de una manera innecesaria.

Atajó por un estrecho callejón que le llevaría directo a la puerta sur, pero antes de llegar escuchó un gran alboroto de voces que superaban al fuerte viento que arreciaba. Vilmanion aceleró el paso y llegó a la plaza donde una gran muchedumbre se agolpaba. Eran los heridos de la batalla que estaban llegando. El druedain se acercó a un pequeño grupo de soldados transportaban a un compañero.

-¿qué ha pasado?

-Ganamos Señor, pero fue una batalla muy dura- respondió uno.

- Una vez más Valle ha perdido muchas vidas.- añadió otro

-¿Dónde están los capitanes?- preguntó temeroso de la respuesta.

- Han sido llevados a las Casas.

A Vilmanion le consoló saber que seguían con vida

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Un gran alborozo se escuchó en la puerta de la gran ciudad. Un grupo de niños había entrado dando voces, con el terror reflejado en sus rostros y llenos de magulladuras, probablemente debido a las numerosas caídas que habían tenido en su frenética carrera de regreso a la ciudad.

Vilmanion se apresuró a acercarse al lugar. Allí se encontró a los chiquillos, totalmente frenéticos y agarrándose a las piernas de los soldados.

-¡Los vimos! ¡Ya vienen, ya vienen! ¡Orcos y elfos oscuros, atacarán la ciudad!-gritaban

-Estábamos jugando en los riscos, y los vimos, vienen de la otra parte de la montaña, ¡no están lejos!- dijo una chiquilla, que parecía estar un poco mas tranquila que el resto.

Visiblemente alarmado, el druedain mando atender a los niños, y pensó desesperado que iba a hacer. El ejército estaba visiblemente mermado, Árawen y Aredhel estaban gravemente heridas y no podrían ayudarle. ¿Qué hacer? ¿Qué hacer? El ejército de Nurn estaba cerca y no tenían suficiente contingente para detenerlo. Mucha gente moriría… ¡el ataque desesperado de la quinta compañía en el paso habría sido en vano!

Todos estos pensamientos se hicieron visibles a través de la faz del druedain, quien fue incapaz de ocultarlos. Miradas de preocupación le rodeaban, los soldados y los civiles que habían visto a los niños se congregaban en torno a Vilmanion esperando sus órdenes, rogando por un atisbo de esperanza., pero no lo hubo.

-¿Cuales son sus órdenes, señor?

-Mis…. ¿ordenes?- preguntó vil

-Así es señor, ahora sois la máxima autoridad de la ciudad, ¿qué debemos hacer?

La cabeza le daba vueltas, ¿la máxima autoridad?, no, aquello lo abrumaba, todo había sido demasiado repentino. Quería gritar y decir que no tenia ni idea de cómo salir de aquello… quería tener a Árawen y Aredhel a su lado…Al fin habló.

-Reunid a la multitud en la plaza mayor ahora mismo, daos prisa, el tiempo se agota.

Raudos como el viento que soplaba del norte, los soldados allí congregados acataron las órdenes y la multitud se congregó en un breve espacio de tiempo.

En medio de la plaza, habían amontonado algunas cajas y el druedain estaba subido a ellas, para que todo el mundo pudiera verle. Su rostro grave, acompaño a las palabras que debía pronunciar.

-He sabido que la ciudad corre peligro. Nos han informado que los restos del ejercito nurnita que fue detenido en el paso y que creíamos que había cesado en su empeño de atacarnos, esta cerca de la ciudad.

Una exclamación general se alzó hacia el cielo. Las madres abrazaron a sus hijos con fuerza.

-Nuestro ejército ha sufrido numerosas bajas, y es muy probable que no sea suficiente para detenerlos en campo abierto. Ni siquiera sabemos si hacerlos desde los mismísimos muros de esta ciudad será suficiente. Por ello, os pedimos, que abandonéis la ciudad, ocultaos en las montañas y dejad que pase el peligro. Salvad a vuestras familias y no corráis un riesgo vano. Nosotros ganaremos el tiempo necesario para que podáis poneros a salvo.

Ahora, la exclamación fue mayor.

-¡No!, gritó una voz- no abandonaremos nuestras casas. Un hombre alto, moreno y ancho de espaldas se abrió paso entre la multitud y se aproximó al estupefacto druedain. –Estos hombres están dando la vida por nosotros, y muchos ya la han dado... ¿Vamos a huir? ¿Dejaremos que mueran por nosotros? ¡No!, no los dejaremos, ¡no abandonaremos nuestro hogar! ¿Quien esta conmigo?

La exclamación anterior se tornó un grito de júbilo. La ciudad misma pareció temblar bajo las voces de sus habitantes. Hombre, mujeres, niños y ancianos lucharían hasta el final.

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La ciudad entera se movilizó para conseguir armas. Los herreros prendieron las fraguas como nunca lo había echo y los martillazos sobre el metal, se escucharon durante horas seguidas. Los armeros sacaron sus mejores armas y las repartieron entre los civiles más grandes y musculosos. Todo el mundo buscó cualquier objeto punzante con el que defenderse.

Vilmanion, por su parte, situó a sus ents enfrente de los muros de la ciudad y colocó a cuantos jinetes pudo entre ellos. El resto, civiles o soldados, se apostaron a lo largo del muro, bien provistos de arcos, flechas, lanzas, ballestas, o cualquier objeto que pudieran lanzar.

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Mediodía. Había comenzado a nevar con fuerza y las nubes comienzan a nublar el sol. Hacía frío, pero el ánimo de los combatientes calentaba cualquier espíritu.

Así pues, el ejército de nurn no se hizo esperar. Orcos y demás criaturas malignas comenzaron a dejarse entrever en la lejanía. Enseguida, distinguieron la hilera de ents que protegía la ciudad, y se lanzaron al ataque, pues sabían que los habían estado esperando.

Vil, que se había situado encima de uno de los ents, dio la orden de que se lanzaran a la carga, y el suelo comenzó a temblar cuando los ents comenzaron a avanzar terreno.

El enemigo, no se amedrentó y siguió avanzando con velocidad. Rama, acero, escudos, equinos y lanzas se entrechocaron formando un espantoso estruendo.

El blanco manto de la nieve, comenzó a tornarse rojo. Vilmanion se giró preocupado hacía los muros de la ciudad. Algunos enemigos habían conseguido acercarse lo bastante como para presentar una amenaza, pero, los combatientes apostados en las murallas los mantuvieron a ralla y algunos valientes optaron por salir de la ciudad y combatir a pie.

De pronto, el ent donde estaba subido estalló en llamas y las ramas se prendieron rápidamente, abrasando al druedain. Enseguida se lanzó al suelo para intentar sofocar las llamas en la nieve. Cuando lo hubo conseguido, débil y mareado, tuvo que enfrentarse a pié con el enemigo.

Pese a sus quemaduras, aún se recuerda como Vilmanion, en aquel momento general, le gustara o no, luchó con ahínco y valentía y acabó con la vida de multitud de nurnitas, pese a las continuas heridas que sufrió en la liza.

El sol se estaba poniendo, y el ejército de nurn, dejó de atacar y comenzó a retirarse lentamente. Vil se permitió el lujo de dejarse caer y antes de perder la conciencia, miró alrededor. Un paisaje desolador lo rodeaba… habían muchas bajas… demasiadas.

Sin fuerzas para continuar, se dejó acunar en las sombras y la negrura se lo tragó. No llegó a escuchar el clamor de los suyos, que daban gracias a Eru por haber podido defender la ciudad y que gritaban victoriosos el nombre del druedáin…seguro que le habría gustado escucharlo…

Escrito el 01-01-2006 02:27 #3

Los días pasan, mezquinos y malvados. El frío helado no desalienta a los invasores de Nurn que avanzan en infinitas hileras a través de las largas y heladas escaladas de los cientos de desfiladeros que se abren, sinuosos y emboscados, hacia el Valle del Ingenio y su Capital.

En cada vez mayores campamentos, mechados de humaredas y estandartes negrísimos, ocultándose entre los riscos de las profundas quebradas, los ejércitos van reuniéndose en diversos puntos de encuentro, casi sobre las laderas occidentales …allí donde la nieve casi desaparece, aunque el viento helado no ceje en punto alguno.

La lenta pero eficaz estrategia de ocupación del territorio y división de las armadas ha permitido a la Compañía de las Albas Sangrientas conseguir una de sus metas principales: obligar a las defensas de Azdakadar a retirarse del Puerto hasta la Capital, luchando paso por paso, y metro a metro, en una retirada permanente y en exceso desgastante.

Cierto era que el secreto del éxito de la estratagema –el propio origen de la iniciativa- se debía a la partida del Rey Elboron hacia Nármelost, en una campaña desesperada y suicida, una vez deshechos moralmente los ejércitos Tasarianos que cercaban la Capital.

Cierto, también, que los objetivos de no tocar Azdakadar, sino dedicarse a agotar sus recursos, amenazando implacablemente la Ciudad del Dragón, día a día, y hombre a hombre, hasta forzar la retirada de las defensas del puerto a la capital fue una orden directa e inapelable desde Nármelost.

Pero no menos cierto era que estos factores contextuales no empañaban el éxito de las Albas: el Capitán Númenóreano se congratulaba, hoy, del éxito indudable del movimiento. Los detalles le habían sido reservados, y estos detalles no eran un asunto menor, dada la complejidad de la situación.

Él estaba convencido de haber hecho un gran trabajo durante esas seis semanas de los mil demonios. Desde su litera de convalescencia, recuperándose del brutal golpe de un Ent a las puertas de la ciudad-puerto de Azdakadar, Elugalad había conseguido dirigir una ofensiva disimulada y artera, de pequeñas escaramuzas y de movimientos pretendidamente embozados, de espionajes y traiciones, y de grandes manifestaciones de fuerzas inexistentes, o al menos seriamente cuestionables.

Sin dudas, el aprovechamiento de los pueblos nativos, mediante sucias ardides, fue el mayor de los eventos de la larga campaña invernal. El espionaje, la traición y la extorsión, le habían proporcionado, nuevamente, de informaciones y facilidades que no hubiera obtenido de ningún otro modo. Y los nativos se habían prestado de maravillas a la iniciativa. Desde la “espada del héroe”, hasta el héroe mismo y su mujer… toda la historia montada para el avance nurnita funcionó a la perfección.

Tal vez el más serio revés fuera la lamentable emboscada de la senda de las cabras, aquella que había sellado el odio entre Dûrthaur y Morcen; encontronazo que, junto a tantas otros aislados reveses, hacían contar las bajas por centenares. Pero todo entraba en los cálculos. Desde ya, no es gratuito dividir las fuerzas en múltiples ataques y escaramuzas aisladas, en rastrillajes y exploraciones imprudentes. Estos, y otros sacrificios estratégicos, se habían sumado al fiero invierno de las alturas del Valle, para afectar en algún modo la potencia de las Albas Sangrientas en las Isla Oriental.

Pero no su disposición ni su entrega a la misión. Si de algo estaba muy satisfecho Seregruin en su campamento de avanzada, ya casi a la vista de su objetivo, era del éxito del cruce de los pasos. El invierno había obligado al Valle a retirar sus guarniciones de altura, amenazadas sus vidas por las enormemente potentes nevadas, y por el descomunal frío del invierno. En cambio, los nurnitas no habían hallado inconvenientes de importancia en la penosa tarea de abrirse paso hasta las puertas de su objetivo.

Y en cuanto a las pérdidas de meses anteriores, la falta se había saldado con el último refuerzo de dos importantes batallones élficos, al mando de la terrible Allase, a quien Elugalad no viera desde la Revuelta de Túrelondë, tanto tiempo atrás que parecía una vida. Su entera vida nurnita.

Allase acampaba en el campamento contiguo, más arriba sobre la ladera. Sus batallones habían incorporado a los arqueros y hombres de Morcen, quien se hallaba aún en un penoso estado luego de la imprevista emboscada de las cabras, batalla que acaso dañara más su orgullo de Capitán que su duro cuerpo inmortal.

Más al norte, la hueste de Dûrthaur, la más numerosa en hombres de a pie, debía estar encontrando a las avanzadas de Aldamorna que, según se esperaba, dejara el mando del cruce en alguno de sus Avari de confianza. La mujer-ent debía permanecer detrás, en la ensenada oculta, el mejor sitio de acampada desde que llegaran para arrasar el Valle el Ingenio. Allí, la retaguardia seguramente recibiría en los próximos días a los Tasarianos, para arrasar definitivamente con la siempre esquiva ciudad-puerto de Azdakadar.

Seregruin lamentaba no estar allí debajo para quemar hasta los cimientos aquel emplazamiento, pero también se alegraba de no tener más nada que hacer montaña abajo. La sola palabra Azdakadar ya lo ulceraba. Por lo demás, y mientras nadie hiciera mención de la ciudad-puerto o de la política nurnita de aquellos días, su salud había mejorado definitivamente, y hasta se hallaba de muy buen talante.

El amanecer lo halló despierto y listo, como era costumbre antes de cualquier batalla, y observando los estandartes de Dürthaur y Aldamorna bajar a la planicie. Los tambores y los bronces de Nurn retumbaban en el Valle del Ingenio como el fin del mundo, y el fuerte viento norte les traía a los nurnitas el clamor de sus compañeros presentándose a la batalla unas millas por fuera de la enigmática Ciudad del Dragón.

Una hora después, convocó a las caballerías, que ya estaban alistadas, montadas y desafiantes, para que empuñaran sus sables y dispusieran su atención. Sería necesario ver el despliegue del Valle antes de decidir los propios movimientos, y probablemente la entrada en batalla fuera inminente.

Sin embargo, nadie parecía responder al desafío de la marcha de los nurnitas. Se sucedían, implacables como el viento norte, los minutos eternos de tensa expectativa para los capitanes y sus tropas. Aunque para los orcos de Dûrthaur la espera parecía ser una excusa para complacerse en una excitada algarabía. Momento a momento, por entre las rachas de nieve que llovían por espacio de minutos, redoblaban sus tambores y rompían incansablemente en nuevos y más obscenos cánticos dedicados al cobarde valluno que aguardaba tras los muros de su fortaleza.

Mientras la mañana discurría, Seregruin crecía en nerviosismo por la tardanza del Valle para entrar en combate. Montar un asedio ante la indiferencia de los muros no estaba fuera de las posibilidades de Nurn, pero muy extraño sería que el Ingenio tuviese sus fuerzas tan mermadas como para evitar la lucha a campo descubierto en su propio terreno. Muy extraño, y sospechoso. Posiblemente esperasen refuerzos, pensó entonces, algo turbado por las implicancias del imprevisto. Y mandó marchar hacia el flanco sur a las tropas de Allase y Morcen (un decir, porque este permanecía echado en una tienda en la lejana ensenada oculta, acaso perdido definitivamente en la profundidad de su herida).

Debajo, Dûrthaur desplegaba a sus tropas en el llano, ya enteramente a la vista de los muros de la Ciudad del Dragón. Acaso pretendía ganar algo de tiempo, y de distracción para la tropa. Sólo les faltaba encender las hogueras para alejar el frío y preparar las máquinas de asedio. Mientras tanto, desde las montañas a sus espaldas seguían descendiendo las infinitas hileras de orcos, mechadas de oscuros batallones élficos, todos bajo los altos estandartes de Aldamorna.

Y algún tiempo más tarde, asomando por entre los repliegues de las laderas del Sur, Elugalad también observaba la dificultosa marcha de los arqueros de Allase y los caballeros de Morcen. El ataque estaba bien planteado. Pero aún no era claro cómo responderían los ingeniosos, ni qué tan afectadas estarían sus fuerzas para responderles: el enemigo era una cabal incógnita.

Fiorhin avanzó entonces hasta Seregruin, luego de una señal convenida y entregó el gran estandarte ingenioso robado en Ostaire durante el ataque conjunto con la Reina Mornaew. Ante la tropa, que ardía en deseos de sangre, el Capitán de las Albas encendió el estandarte, que representaba el Valle y la Torre del Dragón, clamando voces de Muerte y Destrucción. La tropa respondió fieramente, y los Trolls comenzaron el descenso de la ladera, rodeados de un mar de Orcos desgraciados y helados, cautelosos y silenciosos, acatando las órdenes de sus generales por sobre los llamados de su naturaleza.

Apenas un instante después se abrían las puertas en las murallas del Dragón para dejar salir a las defensas: eran mayores, y mejor ordenadas, de lo esperado. En efecto, eran muy superiores a las propias tropas invasoras. La batalla estaba obligada a ser nuevamente de desgaste… pero ¿cómo acampar en esos riscos helados durante el tiempo necesario? Había que jugar lo más fuertemente posible.

Seregruin mandó descender los arqueros desde las montañas y las caballerías sobre la misma puerta de la ciudad y las últimas columnas del ingenio, mientras permanecía oculto en los riscos junto a la retaguardia, y los orcos y trolls seguían su descenso embozado.

Al tiempo que las flechas de Allase llovían sobre el flanco de los defensores, Dûrthaur mandó el ataque frontal de la columna. El infierno de la batalla se amplificaba en las montañas con el eco que los vientos barrían y golpeaban, produciendo un espectáculo por demás llamativo y estimulante. Los hombres de Seregruin observaban la escena de la batalla con una nitidez asombrosa, y con crecientes ansias de combatir. Una visión envidiable y una espera angustiosa.

Pero, para la profunda sorpresa de los Capitanes en la retaguardia, en las primeras filas de la hueste del Norte (y no era nada difícil distinguirla, sobresaliendo en altura por sobre todos los seres a su alrededor, apilando vallunos bajo los indetenibles golpes de sus brazos y pies), Aldamorna destacaba en la batalla, y en primera línea de lucha… una extraña desobediencia sobre la que el Capitán de las Albas tendría que meditar.

Poco después, en medio de la magna batalla del Valle, los Trolls y los Orcos caían sobre los azorados defensores, cada vez más encerrados por las fuerzas del invasor. Así, hombre a hombre, sangre a sangre, durante dos horas que parecieron el día entero, las enormes huestes de Nurn y Valle batallaron sobre el llano sin que pudiera decidirse una ventaja clara. Los hombres de Dûrthaur eran fuertes y muchos, y la furia de la mujer-ent les inspiraba en el incansable ataque, que pronto se transformaba en una auténtica masacre para ambos bandos. Las espadas no cejaban en sus cortes, los trolls y los ents se enzarzaban en épicas contiendas, y las flechas llovían de a rachas por sobre los contendientes.

En el otro flanco, sin embargo, los embates de caballería no conseguían quebrar las líneas de retaguardia de las defensas, y los arqueros luchaban ahora cuerpo a cuerpo contra las tropas de Arawen. Seregruin vio que era fundamental no perder aquellas tropas, desviadas por la mala interpretación de la demora del Valle en la mañana, y mandó a cabalgar ferozmente a los suyos hacia aquél punto del sur.

Entonces, los nubarrones que hacían parte del paisaje desde la primera mañana, coparon absolutamente la bóveda y cerraron el valle en una profunda negrura. Los gritos de muerte acompañaban este lúgubre escenario, acompañando la brutalidad de la lucha, y del viento que barría los estandartes desgarrados.

Como la tormenta, que pronto se manifestó en una nieve pesada sobre las multitudes ensangrentadas, la caballería de Seregruin atravesó rápidamente las líneas de combate del flanco oriental para cernirse sobre los defensores del sur. Un implacable golpe sobre los elfos del ingenio, que no tardaron en replegarse hacia las puertas. Entonces, desde el campo, se oyó la llamada de los cuernos para la retirada de todos los defensores, en medio de la nieve que se arremolinaba, y cubría los caídos bajo la marcha forzada, enrojecida de dolor.

Los nurnitas no cejaron entonces en el hostigamiento de los vallunos, pero las fuerzas estaban diezmadas, y los ingeniosos marchaban en líneas firmes y cerradas. La puerta se cerró detrás de los defensores y sólo las flechas vibraron en el mediodía helado hasta que los nurnitas volvieron sus pasos a sus campamentos en las montañas, cargando una infinidad de heridos.

Entre ellos, Seregruin agonizaba, herido de flechas, golpes y cortes de duros aceros todo a lo largo del cuerpo. Algunos de sus órganos vitales seguramente peligraba. Allase no había dado nada por su supervivencia al verlo echado, desecho, con un elfo ensartado en su espada, el yelmo numenóreano roto en medio de la cabeza y la armadura repetidamente abollada. Ella misma estaba herida de flecha, y uno de sus brazos no dejaba de manar copiosa sangre. A pesar de su estado, secreto para todos los demás, se había visto obligada a la lucha cuerpo a cuerpo cuando sus arqueros se vieron sobrepasados. Pero Elfa y valerosa, al fin, soportó la carga y resistía sus dolores con entereza.

Mandó cargar los restos de Seregruin de regreso a las tiendas de curación y guió a sus tropas de nuevo junto a Aldamorna, que ordenaba la retirada nurnita seriamente herida en su cuerpo por los filos arrojadizos de los elfos del Ingenio. En el camino observó el desastre que había dejado la masacre entre los nuestros, y la aflicción se reflejaba en su rostro, aunque nadie pudiera sospechar su más profunda razón.

Una corpulenta figura dio entonces la espalda a la Elfa y a la Mujer-ent, esperando acaso ciegamente que las Capitanas pudieran, heridas como estaban, reorganizar pronto los despojos del enorme ejército conquistador. La figura marchó con notable rapidez de regreso a las tiendas. Su carga era preciada: el cuerpo ya casi muerto de Dûrthaur, que no estaba en mejor estado que Seregruin, el mestizo; había combatido desde el primer momento en los principales y más feroces embates, y herido muchas veces a lo largo de la jornada, acabó cayendo bajo el peso de un acero élfico.

La sombra depositó el cuerpo destruido del Capitán junto a las tiendas de curación, y trepó montaña arriba, buscando echarse en las cumbres solitarias para lamentarme del destino. Porque, al fin ¿quién ha dicho que los Troll no lloran?

Escrito el 04-01-2006 17:59 #4

Resumen de la batalla.

Nurn ha perdido 32 armadas x35= 1120 puntos.

Recuperables: 373 puntos.

Valoraciones: 8+8+9= 8,33

Recupera: 311 puntos. Los dirigentes sufren daños por el 245%, por este concepto recupera 857 puntos. Total recuperacion: 1168 puntos.

No pierde puntos. Se aplica una sanción de dos armadas por el retraso en la publicación de la historia. Total pérdida: 70 puntos.

Valle ha perdido 28 armadas x35= 980 puntos.

Recuperables: 653 puntos.

Valoraciones: 7+7+8= 7,33

Recupera: 479 puntos. Los dirigentes sufren daños por el 85%, por este concepto recupera 297 puntos. Total recuperacion: 776 puntos.

Total perdida: 204 puntos.

Valle percibe 300 monedas por batalla ganada.

Nurn entrega 100 monedas a Valle por abandono de la batalla.

Compañías actualizadas y listas

Historia finalizada.