La Guerra de los Clanes

Historias, leyendas y batallas en las tierras olvidadas de Arda.

Edicion 2

Haldanóri, Las Tierras Ocultas

Finalizada · 08-09-2004

Batalla 112 - C1 Tercano Vs C3 Valle. Saqueo De Asentamiento

2006:01:07:08:33:10

Delisse Yestariel

00:12:00 24-12-2005:

Soldados perdidos por \"Tercano Nuruva\": 2

Soldados perdidos por \"Valle del Ingenio\": 8

Tercano Nuruva ha ganado la 1ª Batalla.

Tercano Nuruva ha ganado la 2ª Batalla.

16:12:34 23-12-2005:

Valle del Ingenio ha obtenido un 5 y un 1 en la tirada.

15:12:47 23-12-2005:

Tercano Nuruva ha obtenido un 6, un 2 y un 3 en la tirada.

Tercano Nuruva deja de atacar.

Victoria para Tercano, sin saqueo.

Gwyllion

Le asqueó la grasa del pollo frío.

Con un ademán, su multifuncional escolta retiró el plato.

Belegùr se tapó la cara con las manos.

Siempre había sostenido que inhibir la vista permitía oír mejor.

Ahora escuchaba las descargas furiosas de agua contra la lona de la carpa. Los furibundos vendavales orientales desviaban las nubes más negras haciéndolas precipitar sobre la Isla del Valle, lugar al que había arribado semanas atrás.

-Mi Capitán, ¿desea que le sirva vino? – preguntó tímidamente el muchacho.

<<Mi Capitán>>, repitió para sus adentros Belegùr. Las mismas palabras reverberaron en su cráneo golpeándose en cada hueso.

Le costaba acostumbrarse a aquel trato. Y es que hacia no mucho él debía ser quien ofreciera humildemente el vino.

Él no había escogido aquella responsabilidad.

“Recordaba muy bien la impresión que le había causado cuando lo llamaron a la Audiencia. Se había preocupado mucho y parecía llevar el corazón en la mano.

Le habían indicado que esperara a las afueras del salón principal.

Mientras tanto, los guardias intentaban recomponer sus ánimos con palabras benévolas, pero todo efecto tranquilizador que pudiesen haber surtido en su momento, se desvaneció al abrirse las puertas macizas que lo invitaban a ingresar a la estancia. Tragó saliva y entró.

Pasó entre de dos largas mesas, ocupadas por las gentes más influyentes del reino; ricos comerciantes, regentes y príncipes. La gente le sonreía, mientras él caminaba a paso lento e intentaba captar todos los rostros.

Al final, en una mesa perpendicular a las dos ya mencionadas, estaban los Capitanes y la Comandante, que era quien administraba al reino en tiempo de guerra.

La mayoría ignoraba la existencia del Rey, pues era un anciano bonachón que nada entendía de armas, y había cedido el poder a Gwyllion, mucho tiempo atrás, cuando la guerra aún doraba lo límites del reino.

Aquella mujer no era como las que inspiraban los cantares más celebres; no tenía la pasta de las grandes reinas. Era un soldado más sobre el tablero; pero le sonreía.

Recordaría aquella sonrisa siempre, pues le permitió relajarse, soltar los miembros tensos y disfrutar el clímax de su carrera militar. La deseada ascensión.”

-¿Mi Capitán? – preguntó el escolta, haciendo aterrizar a Belegùr. - ¿Vino?

-No, no...lo siento...estaba pensando en... - comenzó. – Olvídalo.

Nunca bebía antes de una batalla. Prefería dormir bien y despertar con la mente despejada, listo para rendir en la plenitud de sus fuerzas.

Cuando se acostó, las preocupaciones parecieron compartir su lecho.

Se daba infinitas vueltas. Giraba hacia un lado, y luego hacia el otro. Doblaba o estiraba los pies, sin dormir. Pero no era la lluvia que caía a cántaros lo que le quitaba el sueño.

Todo el resto de Capitanes estaban heridos. Convalecientes.

Ahora él tomaría las decisiones, y de acuerdo a estas se escribiría el porvenir de la compañía que incursionaba en la Isla.

A sus veintisiete años, experiencia tenía, sólo le faltaba seguridad.

Él no tenía el supuesto don de la genialidad del que muchos guerreros se jactaban. Le costaba urdir los planes; siempre se había complicado la existencia con los estratagemas, y se devanaba los sesos horas y horas planeando dar dos pasos.

Pero los resudados lo avalaban. Era infalible.

Bajo la guía de su mano diestra, jamás habían perdido más hombres de los estrictamente necesarios.

Pero si no era el máximo dirigente de las tropas Tercanas, era porque tenía una extraña concepción de la justicia, y el resto de Capitanes le guardaba recelo.

Jamás saquearía una ciudad que no estuviese habitada por orcos, trolls u otras criaturas de igual calibre. Simplemente no odiaba al enemigo, y a razón de eso algunos desconfiaban de su lealtad.

¿Cómo estar seguros que no le da lo mismo estar de un lado o del otro?, vociferaban sus contrarios.

Pero erraban, puesto que el objetivo que tenía ahora, era un asentamiento netamente militar, para el cual no guardaría escrúpulos si de arrasarlo se trata.

Mas el aciago escrutinio del destino quiso que cuando todo otro líder estuviese herido, Belegùr tomase las riendas de las tropas, e hiciese lo que le pareciera mejor.

Actuaba con suma parsimonia. La convocatoria de una voz potente y meliflua en igual medida, era inmensa. Sabía de sobremanera que al soldado corriente le gusta oír frases rebuscadas que apenas comprende, pero que engalanan el objetivo, los medios a usar y enaltecen la causa. Cuanto más imbuyese de altruismo las acciones banales del soldado raso, mejor.

Se puso una capucha para proteger su rostro galano de la lluvia que arreciaba a aquellas horas.

En realidad, lo hacía aún sin lluvia, pues sus ojos verdes eran tan claros, que captaban todas las miradas. Era difícil ignorar su atractivo, a pesar del aire siniestro que insinuaba.

Los rayos surcaban el cielo periódicamente, estremeciendo a la tropa.

Belegùr coordinó un primer ataque con los altivos elfos, secundó sus planes con una incursión orca más feroz, mientras cerraba con trolls que arrasasen los últimos vestigios de resistencia del Valle.

Estaba mojado de pies a cabeza. Su capa verde oscuro, daba la sensación de ser negra, a causa del agua que corría a su largo y ancho, modificando el tono visiblemente.

Enfermaría de quedarse así mucho más tiempo. Además, aún no había llevado a cabo sus planes. Los guerreros esperaban la orden.

-Mi Capitán...disculpe la tardanza...sucede que...- comenzó excusándose Halad, uno de sus tenientes.

-Solo te pido que no le des vueltas al asunto. Estoy cansado.

-Los locales llaman a este, el Bosque de la Sabiduría...o Taur-un-Nolwe...- dijo haciendo una pausa reprobatoria al altisonante nombre del lugar.- Tal y como nos dieron a conocer aún cuando estábamos en el continente y no en esta maldita Isla...- otra pausa reprobatoria. Belegùr tuvo la impresión que le pegaría una bofetada si se detenía de nuevo. - ...hay una empalizada de madera en medio del bosque, Ostauriath. Hasta aquí nada nuevo, excepto los nombres. Ahora bien, lo interesante son sus salidas, o entradas, según prefiera. Mirando al Norte, el muro de la empalizada cesa para permitir la entrada de víveres, agua, etc; a fin de cuentas, la logística.

Hay una segunda puerta en el Sudoeste. Ya habrá adivinado que es la que mira hacia el puerto de Maruëlondë. Pero presenta un inconveniente; es la mejor protegida. Ahora bien, mi fuente...– y miró con cara de ‘no me pregunte quien es; no puedo decírselo’. –... afirma que existe una tercera puerta al Este. Es utilizada únicamente para salir a recoger madera, y pocos son en verdad quienes saben de su existencia. Supe además, que las mercancías que vienen de la Ciudad del Dragón, son almacenadas cerca de la entrada Norte. Obviamente también ahí es donde guardan los víveres, por ser esta la utilidad estratégica de la puerta. Es posible que también los establos estén cercanos a esa locación, pues casi todo el resto de la empalizada está destinado al entrenamiento de las tropas.

El levante que soplaba incesante sobre las cabezas de los guerreros entumidos.

-Buen trabajo. – musitó no muy convencido Belegùr.

<<¿Cómo diablos habrá hecho para conseguir toda esta información?>>, se preguntó el hombre, más preocupado que feliz.

A lo mejor era paranoia suya, pero algo había en el rostro del Teniente que no lo asemejaba al resto de soldados de Tercano. Por un momento pensó que podía tratarse de un renegado del Valle, pero pronto desechó la idea. Si mal no recordaba, era hijo de un honorable mercader asentado en la desértica Aikalondë. <<No tengo dudas al respecto.>>

Halad se retiró algo defraudado. Cualquier líder decente le habría puesto una mano en el hombro mientras decía: -Bien hecho, hijo.

Al parecer aquella clase estaban en peligro de extinción.

El joven se fue apretando los dientes furioso. <<Nunca basta lo que hago. Nunca.>>

Solían confundirlo con un tal Halad de padres adinerados, asentado en el puerto árido de Aikalondë. Le hervía la sangre cada vez que mencionaban aquello.

Al principio se había esmerado en aclarar el malentendido, pero pronto desistió, dada la conveniencia que significaba poseer aquel estatus gratuitamente.

A pesar de eso, jamás se había avergonzado de su origen. Su padre era un humilde agricultor de las cercanías de Nenitath; su madre en cambio era extranjera. Provenía de la afamada Dol Amroth, lejos en el Norte, y también en su rostro vivía el recuerdo de la sangre inmortal.

Desde pequeño, Halad había destacado entre sus pares. Lo suyo era la diligencia. Emprendía labores que acababan por ser perfectas. Tal como la recolección de datos que había realizado no mucho atrás. Lo extraño era la tendencia colectiva a subestimar los méritos de su trabajo. Había algo en sus ojos que generaba desconfianza.

Belegùr dio la orden y pequeños grupos de soldados orcos se deslizaron cual sombras a través de los árboles.

Había escogido la entrada Norte. La del Este le parecía sospechosamente fácil. Además cerca al septentrión de la empalizada hallaría el mercado, herrerías y establos, justo como para aumentar el botín del saqueo.

Halad, al enterarse de la acción desistió avanzar. Obviamente su Capitán no había entendido, y buscaba victorias fáciles.

Él hubiese optado por el portalón Este, pues evidentemente su entrada por aquel lugar habría pasado más desapercibida. Nadie recolectaba leña con aquella lluvia.

De ahí se desplazarían al Norte, como para perpetrar el saqueo a la zona más rica. Armarían alboroto, de modo que los vallunos creyesen que eran muchos más los ultramarinos invasores, y doblegarían a sus huestes en cosa de horas.

<<O hago lo que mandaba el escalafón y arriesgamos la derrota, o emprendo una empresa propia a las espaldas de mi superior>>, pensó.

Por un momento el joven dudó, y la inseguridad se imbuyó en sus cavilaciones, mientras la sombra de sublevación se extendía y envenenaba cada rincón de su alma, convencida de su propia verdad. <<Después de todo, él no es más que un soldado con suerte.>>, se consoló e indicó a sus hombres otra dirección a seguir.

Belegùr ya dominaba el Norte. Los vallunos le opusieron fiera resistencia en un principio, más la superioridad de fuerzas tercanas que se concentraba en aquel sitio, los hizo desistir momentáneamente. Al hombre sin embargo, no le cabía la menor duda que volverían a arremeter, por tanto mandó a la delantera a todo cuanto portase un escudo. Armaron una barrera sumamente compacta y se defendieron con astucia de las saetas que surcaban el cielo cargado de lluvia.

Los rayos que se dejaban caer de vez en cuando, iluminaban los rostro cansados de las tropas. Y los ojos de Belegùr, brillaban siniestros, pues su clarísimo verde parecía casi blanco.

Se torció el tobillo estúpidamente. Maldijo un par de veces, mas no bastó para aliviar al malogrado miembro que amenazaba con hincharse. La ira se apoderó del hombre que apretó los puños con tal fuerza, que se incrustó las uñas en las palmas. Si hubiese sido doncella, hubiese llorado, pero los prejuicios propios del guerrero no se lo permitieron.

Y justo cuando la eficacia de sus órdenes había comenzado a cosechar frutos, le sobrevino aquel hecho fortuito que lo hizo quedar postrado en medio del barrial creado por la lluvia. Una ráfaga de desconsuelo barrió el calor del alma, y no pudo más que sentir la mano de la impotencia cargada en su hombro.

Nornorë, Hirluin y Halad debían recurrir al lastimoso llamado de su capitán, que apoyado en un árbol se disponía a darles las órdenes pertinentes para el saqueo, dado que la victoria ya estaba embolsada, y el dominio tercano en el portal Norte era evidente.

-¿Qué hay de Halad? Creo recordar que convoque a los tres tenientes.

-Mi Capitán, le perdimos la pista desde un principio, cuando usted decidió que entraríamos por el portal Norte. Si me permite...- dijo Nornorë con la vista clavada en sus botas. – puedo aseverar con toda seguridad que hizo lo que a su juicio era mejor, y se fue a embargar la puerta Este. Pero...pero...creo que todos pensamos en un principio que aquello era lo mejor; le ofrezco mis más sinceras disculpas por desconfiar de sus decisiones. – concluyó Nornorë apoyando avergonzado una rodilla en el suelo.

Belegùr estaba más pálido de lo común. Todavía estaba conmocionado. ¿Así qué su propia gente no confiaba en él?

Aquello le había dolido mucho más que una bofetada. Se alejó del árbol dejando a los dos tenientes presentes en una situación incómoda. No sabían si acompañarlo o dejarlo ir, puesto que intuían rechazaría cualquier intento de auxilio. Hirluin sin embargo, corrió a prestarle su hombro para que se apoyase, pero bastó un ademán de Belegùr para darle a entender que su compañía no era bienvenida.

No se pudieron organizar nuevamente, y los vallunos se agruparon para cerrar los portales justo frente a sus narices. Aquella noche perdieron un poco más de soldados que tercano, pero se salvaron del saqueo.

Por la mañana Halad se presentó ante su Capitán.

Belegùr lo miraba con odio, mas no sabía que hacer.

Se le ocurrió varias veces matarlo, pero cada vez que lo pensaba, algo frenaba el impulso. En otro tanto de ocasiones se le ocurrió el destierro; no volver a verlo jamás, bajo amenaza de muerte si se le aparecía de nuevo. ¿Bajarle el rango, azotarlo, humillarlo públicamente?

No sabía que hacer. Después de todo su corazón siempre había tendido a la piedad. Incluso se le ocurrió pensar en que él había desembocado aquella actitud rebelde con su indiferencia a las aptitudes del muchacho.

-Puedes retirarte. – sentenció sin mirarlo.

Al salir de la tienda Halad recién respiró. Los pies le temblaban embarazosamente, pero estaba feliz.

[Editado por arantxa el 29-12-2005 20:14]

Thralor

- Mira papá he hecho esto con la piedra que nos encontramos el día de caza- exclamó un pequeño enano de apenas doce años -. ¿A que es bonito?

- ¿Lo has hecho tú solo? Es precioso hijo, pero… ¿qué es?

- Es un dragón, como aquél que mataste cuando fuiste a ver a los primos del norte. Incluso le he hecho un agujerito para colgarlo en una cuerda.

- ¿Qué te parece si hacemos un trato? Te cambio tu colgante del dragón, por el que hice hace unos días. Lleva el emblema de nuestra familia.

El pequeño dudó, pero al ver que el de su padre era más grande, aceptó a cambiarlo. El colgante del niño era la representación de un dragón alado con las alas abiertas, por lo que daba la sensación de estar en pleno vuelo. El otro, en cambio, era de una talla mucho más fina y más pulida. En él estaban tallados un escudo en cuyo interior había una llama ardiendo, y tras él un hacha y un martillo cruzados que simbolizaban el emblema de la familia a la que pertenecían.

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Un cegador rayo iluminó el dormitorio. Thralor se despertó por ello. Nunca había soportado las luces de noche, acostumbrado a la penumbra que ofrecen las cuevas enanas. Eso provocaba aún más su añoranza por su tierra y su casa.

Se despertó con la mano apretada cerca del cuello. En su interior había un colgante esculpido. El colgante de su padre. Lo añoraba, echaba de menos sus conversaciones sobre viajes al norte y al este. Siempre quiso viajar tanto como su padre, y cuando por fin decidió hacerlo, fue impulsado por su muerte.

Se levantó y salió a tomar algo de aire fresco, pues llevaba varias horas metido en su habitación. Nada más salir una caprichosa gota callo en su nariz y se dividió en pequeñas gotitas que quedaron atrapadas en su poblada barba. Con cara molesta se secó y miró al cielo. Entonces se dio cuenta de que ya no había estrellas, por lo que dedujo que estaba a punto de llover. Entró de nuevo en su habitación y recogió una capa con capucha para ponérsela y así evitar el húmedo contacto con el agua.

Podría ser una noche cualquiera, pero Thralor sabía que no lo era, y no por la tormenta eléctrica que iluminaba el cielo mientras el agua mojaba el suelo. Algo se respiraba en el aire que le erizaba los pelos de la nuca. No sabía lo que era pero no le gustaba en absoluto.

El sueño se había esfumado, y ante el mal presagio de la tormenta, decidió planear la estrategia para la defensa del asentamiento, pues el ataque no tardaría en tener lugar, o eso creía. Se adentró en el cuartel donde guardaban los planos del lugar y demás documentos. Alcanzó una lámpara de aceite y la dejó encima de la mesa con cuidado de alejarla de los papeles. Acercó una silla y se sentó en ella incluso antes de que terminara de apoyarla completamente. Seguido tomó un mapa de encima de la mesa y lo desenrolló, lo extendió en toda su extensión y le echó un ojo. Apenas podía distinguir nada, pues la llama de la vela titilaba tanto que las letras y dibujos bailaban a su antojo. Sintió una leve ráfaga de viento y por acto reflejo miró a la entrada. En la puerta había una silueta alta con el cabello ondeando al antojo del viento y con la mano apoyada en el pomo de la puerta. Llevaba poco tiempo con ellos, pero lo suficiente como para que su capitán supiera que ese semblante sólo podía ser de una persona: Farath.

- Veo que no soy el único que se ha desvelado esta noche.

- Me temo que sí, pues yo llevo toda la noche sin dormir –contestó la dúnedain-. No sé por qué, pero tengo un mal presentimiento que no me deja dormir. Al ver la luz en el interior, decidí acercarme a ver quién estaba.

- Pues como ves, soy yo. Yo tampoco puedo dormir y el presentimiento es compartido. Por ello he decidido repasar los planos y algunos documentos para preparar la defensa de la batalla que, según creo, es inminente.

- Pues bien, veamos esos planos. ¿Has pensado ya en algo?

- Sí, después de la última batalla he estado pensando en una cosa, y venía a comprobar su eficacia. Había pensado reforzar un poco más las defensas de la puerta sur, y aumentar los soldados en las murallas, creo que con eso y algún que otro matiz será suficiente.

- Uhm… -Farath meditó esa posibilidad-. Creo que sería buena idea, aunque creo que no hay que descuidar la puerta del este, es cierto que es pequeña y sólo es para la recolección de madera, pero si la descuidamos, podríamos tener alguna sorpresa desagradable.

- Tienes razón, pero ya es difícil defender dos puertas, como para preocuparnos de otra más. Además, no se abrirá en unos días, pues la madera está mojada, y no podemos recoger madera. Esos hombres serán de más ayuda defendiendo las otras dos puertas.

- Está bien, pero no me gusta tener un punto débil que pueda emplear el enemigo. ¿Por cierto, qué tal andamos de víveres y reservas?

- Pues con lo que tenemos no tenemos para el resto de la semana, pero según este mensaje que me enviaron ayer desde La Torre, ayer mismo salió una caravana con alimentos y espero que soldados también.

- ¡Maldita sea! Ahora me explico que era lo que me quitaba el sueño. Me temo que esa caravana no llegue a su destino. Incluso si viaja de noche le deben de quedar unas horas para llegar, y no creo que el descanso dure tanto.

- ¡No digas eso ni en broma! ¡Sin esos víveres, no aguantaremos un solo asedio más! ¡Los hombres pueden luchar recién despertados, o mojados hasta los huesos, pero no con el estómago vacío!

- Se puede saber qué son esos gritos –preguntó Erekan a la par que bostezaba-. Entre vuestras voces y los rayos no hay quien duerma.

- ¡No hay tiempo para dormir condenado elfo! –gritó Thralor a fin de desperezar a su compañero-. Tenemos que despertar a todos y preparar la defensa de inmediato. Mañana llegará un cargamento de víveres y posiblemente de soldados, y es probable que sea asaltado por los tercanitas, si es que ya no ha ocurrido.

- ¿De qué cargamento estás hablando?

- Ayer me llegó una carta que venía de La Torre diciendo que enviaban ayuda. Se me olvidó avisaros, pero lo importante ahora es evitar que sea atacada.

- Está bien –cortó Farath la conversación-. Veamos, la caravana viene por la puerta norte, pero si los tercanitas no lo saben atacarán desde el sur. Vale, haremos como tú has dicho, reforzaremos la puerta sur con los hombres encargados de la madera, y aumentaremos el número de vigías en la empalizada. Erekan, tú dirigirás a los elfos desde la empalizada y nos avisarás si ves alguna señal de la caravana. Thralor, tú encárgate de abrir las puertas en cuanto Erekan aviste el convoy y defenderlo al igual que la puerta norte tras abrirlas. Yo me quedaré vigilando cualquier ataque que pueda provenir del sur, nunca se está suficientemente bien defendido, y como decía mi padre: casa con dos puertas, difícil de guardar.

- De acuerdo –asintió el enano-. Tenemos mucho trabajo que hacer amigos. Esta noche nada puede fallar. Erekan, tú te llevarás la mitad de los elfos a lo alto de la empalizada y la otra mitad esperará tus órdenes abajo. Los enanos vendrán conmigo a la puerta para crear un pasillo de metal a la caravana. Tú Farath dispondrás de los humanos para la defensa de la puerta sur. Espero que te sea suficiente. ¡Manos a la obra muchachos!

Y así fue como todo el campamento estuvo en pie en apenas unos minutos sin dar tiempo a que un solo bostezo o estiramiento aliviase el sueño de los soldados. Erekan ascendió a la muralla con los elfos bajo su mando y Thralor amontonó a los enanos tanto como pudo contra la puerta, a fin de que tardaran menos en salir del asentamiento al abrir las puertas. A su vez, Farath envió a los hombres a la puerta sur en escuadrones para una mejor organización. Los recolectores de madera también se unieron que, a falta de armas, empuñaron las hachas con las que talaban los árboles.

De pronto todo el campamento volvió a estar en silencio. Incluso las gotas de lluvia dejaron de caer por miedo a romper el tenebroso silencio. Los rayos en cambio, no cesaban de aparecer con la misma velocidad que desaparecían en el firmamento. Todos agudizaron al máximo sus sentidos a fin de poder detectar algo que determinara la posición del enemigo.

De pronto Erekan, gracias a la luz irradiada por unos rayos que casi alcanzan una de las torres del asentamiento, distinguió unas sombras que se movían en dirección norte. Las había pequeñas que se movían a gran velocidad, y las había grandes, que caminaban lentas pero firmes. Acto seguido, para no alzar la voz y ser detectado, lanzó una flecha que se clavó a los pies de Farath. Creyendo que el proyectil provenía del exterior miró al cielo para ver si seguían lanzando flechas, pero vio que los elfos de las murallas le indicaban que Erekan era el dueño de la flecha. Al mirarle, vio cómo el elfo le hacia señas de que el ataque vendría del norte, y ordenó a sus filas con un gesto de manos que se dirigieran al norte, junto con los soldados de la puerta custodiada por Thralor.

Fue entonces cuando uno de los elfos apostados en la empalizada aviso a Erekan de que se acercaba el enemigo por el norte, justo cuando salían del refugio de los árboles. Erekan alzó la mano en señal de que prepararan sus arcos, y al descenderla en dirección norte los elfos descargaron sus flechas cobre el enemigo. Este acto se repitió unas cuantas veces, hasta darse cuenta de que era inútil pues las bajas causadas eran ínfimas debido a los escudos de los soldados tercanitas. Con esto, El capitán hizo un gesto a Thralor a modo de señal para que salieran, pues la batalla había comenzado.

Las puertas se abrieron y los soldados descargaron toda su furia. Al frente iba Thralor, con su hacha amenazando a cualquiera que tuviera suficiente valor como para evitar el fuego que ardía en sus ojos. Los tercanitas hicieron lo propio y delante de los orcos iba uno más grande que parecía ser quien los guiaba. De esa manera se enfrentaron ambas mareas de soldados.

Antes que ninguno, entraron en contacto el orco y Thralor. Cuando el enano desató su furia y golpeó el escudo con tal fuerza que parecía que el cielo iba a romperse en pedazos, y empezó a llover de nuevo mientras los rayos iluminaban la noche con mayor intensidad. Pero no fue el cielo lo que se rompió, sino el escudo del orco. La acometida fue tan brutal, que partió el escudo por la mitad y se le clavó el hacha en el fango. Cuando se prestó a sacar el hacha del suelo, el orco le dio una estocada en el hombro dejándolo aturdido por un momento, mientras vio cómo su enemigo sacaba la espada curva para hundirla nuevamente en su carne. De pronto, el orco se quedó inmóvil con su arma a pocos centímetros del cuerpo del enano. Se desplomó de espaldas contra el suelo con una flecha clavada entre lo que habrían de ser dos cejas. El enano miró atrás y vio cómo su amigo elfo le guiñaba el ojo a modo de complicidad.

Farath a su vez estaba detrás de los enanos esperando a que saliera el grueso del ejército tercanita para atacar, pues por el ruido proveniente del bosque, aún quedaban soldados por salir. Pero fue entonces cuando oyó cómo uno de sus hombres gritaba a la vez que señalaba la puerta del este. Un pequeño escuadrón enemigo se había escabullido del resto y había derribado la puerta. Ante la duda de detenerlos o mantenerse firme ante el ejército de Tercano, decidió dividir sus tropas y enviar la mayor parte con Thralor y llevarse un pequeño grupo a defender la puerta.

Se dirigió a toda velocidad desenvainando su espada sin quitarle el ojo al escuadrón enemigo. Los soldados enemigos apenas podían mantenerse en pie a causa del temor que causaba la dúnedain. Pero ente su asombro, sacaron valor de donde no lo había, y comenzaron a disparar contra Farath y sus hombres. La mayoría fallecieron por las flechas, pero los que sobrevivieron no cesaron en su intento de defender su asentamiento. Farath se dirigió hacia el que parecía comandar aquél escuadrón. el entrechocar del acero era estremecedor. Las chispas volaban pero se pagaban al contacto con las gotas de agua que insistían en dificultar los movimientos de los combatientes.

Aquel duelo pareció eterno. Los soldados dirigidos por Farath fallecieron todos llevándose consigo a tantos tercanitas como pudieron, de manera que en la puerta este sólo estaban Farath y su contrincante en el duelo y apenas dos soldados más. La dúnedain no podía luchar contra tres hombres a la vez y lo sabía, pero se negaba a rendirse y aceptar su derrota. En un último intento asestó una estocada que se clavó en el corazón de uno de ellos que se desplomó sin vida contra el barro. Pero mientras extraía la espada del cuerpo inerte, sintió el frío acero adentrándose en la pierna y, en contraste, el calor ardiente de su sangre escapando de la herida que acababa de inflingirle la daga que había rasgado su piel.

La pierna estaba demasiado dañada para mantenerla en pie, por lo que cayó al suelo y se hundió en el fango incrustando su cara en él. Cuando el enemigo se disponía a dar el golpe de gracia, una flecha atravesó el aire a escasos centímetros de su nariz y se clavó en el árbol más próximo. Erekan había visto el duelo y se negaba a perder a una compañera en tan poco tiempo. El dirigente y su soldado huyeron despavoridos ante la amenaza de ser alcanzados por otra flecha.

Al día siguiente Farath se despertó en su habitación con la pierna vendada y un tremendo dolor en ella. A su lado estaban Thralor con el hombro vendado y el brazo en cabestrillo, y Erekan, que tenía un par de cortes en la cara y costados. Al despertar cejaron de hablar y saludaron a su compañera que acababa de despertar.

Tras un par de aclaraciones sobre sus heridas, le contaron lo que había sucedido en la puerta norte mientras ella defendía la puerta este.

- Tenías razón –comenzó el enano-. Como me advertiste, atacaron la puerta este y no te hice caso. ¡Maldita sea, si lo hubiera hecho no estarías aquí!

- No te preocupes Toral –dijo cariñosamente Farath- si hubieras enviado más soldados a esa puerta, hubiéramos perdido la norte. Por cierto, ¿qué ocurrió allí?

- Verás –relató el elfo-, después del enfrentamiento entre orcos y enanos, tus hombres arremetieron contra todo tercanita que vieron hasta que advertí que por fin la caravana salía del bosque y se disponía a entrar. Entonces avisé a Thralor y él y sus enanos crearon un pasillo de escudos para permitir el paso del convoy mientras tus hombres mantenían a raya todo lo que podían a los demás. Una vez que la última mula entró por la puerta, nos replegamos y cerramos las puertas para evitar su entrada.

>>Después volvimos a ver cómo te había ido en la puerta este y ahuyentamos al resto de enemigos que te acechaban. Perdimos más bajas esa noche que los tercanitas, pero al menos evitamos el saqueo y lo más importante, conseguimos salvar a la caravana, sin la cual ni Thralor ni tú os hubierais sanado.

- En fin –dijo el enano-, ahora sólo nos queda recuperarnos seguir entrenando a los soldados para la próxima batalla.

Y así, los tres capitanes se quedaron charlando y comentando la batalla en la habitación mientras disfrutan de un merecido descanso.

[Editado por Thralor el 04-01-2006 00:56]

Gaur

Resumen de la batalla.

Tercano ha perdido 2 armadas x35= 70 puntos.

Recuperables: 47 puntos.

Valoraciones: 8+8+8= 8

Recupera: 38 puntos. Este clan ha solicitado daños para Belegur del 20%, pero no puede aplicarse puesto que las reglas establecen que:

\"1º Es requisito para quitar porcentaje de vida a un personaje de una compañía, o más, que dicha compañía haya perdido un mínimo de 4 armadas en la batalla.\". Total recuperacion: 38 puntos.

Pierde 32 puntos.

Valle ha perdido 8 armadas x35= 280 puntos.

Recuperables: 93 puntos.

Valoraciones: 8+9+8= 8,33

Recupera: 77 puntos.

Pierde: 203 puntos. Valle recibe una sanción de 3 armadas por la publicación tardía de la historia. Total pérdida: 308 puntos.

Tercano percibe 75 monedas por batalla ganada.

Tercano entrega 100 monedas a Valle por abandono de la batalla.

Compañías actualizadas y listas.

[Editado por gaurwaith el 07-01-2006 12:53]