Un hombre rollizo, algo pelado y con un inconfundible parecido a gato esperaba fuera de la tienda de Narmoth.
Tenía las manos juntas como si estuviese orando. De vez en cuando las frotaba y esgrimía una sonrisa pícara.
-Dígale que pase...-se oyó decir a una voz un tanto ronca, desde el interior de la tienda.
Un soldado salió y le indicó que pasara, levantando la lona que pendía tapando la entrada.
El hombre no tuvo necesidad de agacharse para pasar, era lo bastante bajo para hacerlo completamente erguido.
Adentro el aire estaba un tanto enrarecido. ¡Tienda de hombre!, pensó el recién llegado, que a pesar de serlo también, se esmeraba más en la limpieza de su estancia.
Narmoth estaba tendido sobre una colcha. De aspecto desgreñado y cansado, el elfo no hacía honor a la pulcra presentación de su raza. Estaba masticando un trozo de carne salada a la espera de que el hombre hablase.
Pero al parecer, susodicho individuo esperaba a su vez, que le indicasen que podía hacerlo.
Narmoth se sacó la carne de la boca y arqueó las cejas como diciendo <<¿Y ahora qué?>>. No se le ocurrió invitarlo a sentarse u ofrecerle una copa de vino.
Lo siguió una risita nerviosa de su interlocutor.
-Mi Capitán...no quería molestarlo con este asunto...pero usted sabe lo difícil que es contentar a los proveedores cuando no hay resultados...no se si me explico...
-No. – contestó secamente el elfo.
-Je je je, es un tanto complejo el asunto. – dijo el hombre y Narmoth no pudo más poner los ojos en blanco. A decir verdad el sindar no sabía precisar si a la gente le gustaba tachar las cosas de ‘delicadas’ para darse importancia, o es que en realidad nunca había existido asunto ‘sencillo’ que tratar. – Usted ya sabe, el viaje ha sido largo, lo que se traduce en más fardo para los caballos, más carne salada, más agua, nuevos afiladores para las armas que se gastan...y ¡uf!...centenares de herraduras. Resumiendo, esta última empresa han requerido innumerables gastos que...a lo mejor no se justifican...
-A ver, aclaremos algo honorable Celebnar...si mal no lo recuerdo, la última vez yo era el Capitán, no tú. Para cualquier reclamo tendrás que esperar que termine la guerra y estemos de vuelta en el reino, donde un jurado competente evaluará tus quejas y podrá juzgarme...mientras tanto, y si aprecias tu vida...evita los roces con el Mando, créeme que la mayoría anda irascible con eso de las derrotas y el desabastecimiento...- se acercó al hombre y le palmeó la espalda.- Vete ahora, y yo haré como si no te hubiese oído. – remató Narmoth, con la mano sobre la empuñadura de la espada. Celebanr lo miró de reojo y se alejó casi al trote, echando maldiciones, naturalmente.
Narmoth se volvió a tirar en el lecho. Cogió un par de uvas, mas pronto se arrepintió y las lanzó lejos, haciéndolas estrellarse con la lona de la carpa. Le habían agriado la mañana.
Cercano al meridiano, salió de su tienda y convocó a un par de tenientes.
-Necesito que junten a las tropas. Los quiero listos y dispuestos para el combate dentro de hora y media. – dijo mirando el cielo brumoso.
-Pero...se necesitan mínimo tres horas para eso...- recalcó escéptico uno de los tenientes.
-Entonces tienes solo una. Y no se hable más del asunto. – contestó malhumorado Narmoth. ¿Qué bicho les había picado a todos, que cuestionaban sin reparos su autoridad? A lo mejor había sido muy benévolo, y debía ajustar el cinturón a partir de entonces.
La mañana cargada de minúsculas partículas de agua estaba cediendo a una tarde algo más cálida.
Hacia las dos, gran parte de los guerreros estaba completamente equipado. No faltaban claro, los jovenzuelos que pulían los emblemas a última hora, o no hallaban algún elemento de la indumentaria.
Estaban formados en una larga hilera, y Narmoth se paseó inspeccionando el estado del uniforme.
-¡Tú! Para serte sincero, no sé como te entra la cabeza en un yelmo abollado...corre a por el herrero y pídele otro...- Aiwendil...me decepcionas...ve y lustra el símbolo de Tercano, a ver si no se te olvida por quien peleas.- comentó menando la cabeza mientras el muchacho le sonreía. Era el sobrino de uno de sus oficiales amigos.
Espadas sin afilar, uno que otro sin cota de malla aduciendo a que lo pesada que era le quitaba agilidad, y otras barbaridades por el estilo configuraron la ronda de Narmoth, que se alargó por otra hora.
Cerca de las tres, por fin pudieron partir. La tarde se anunciaba benévola y la retirada de las brumas matutinas era inminente.
El blanco era Núrulondë. El principal puerto de la Alianza.
Las fosas nasales de Narmoth se dilataron en una inspiración muy profunda. Llenó los pulmones deleitándose con un viento fresco le daba en la cara, y supo que el Gran Mar estaba cerca.
En el transcurso del día vio pasar a tres gaviotas, y su chillido lo regocijó aún más.
El sindar caminaba al lado de su corcel que transportaba trabajosamente los bártulos de la desmontada tienda de campaña.
Volteó sin dejar de caminar, y pudo contemplar la larga hilera de soldados que le seguían el paso.
Horas después dio la impresión que las nubes habían bajado pues la visibilidad era mala y la humedad acosaba parajes aledaños al puerto.
Cuando llegaron a los muros que protegían el Núrulondë se desencadenó el pleito.
Narmoth nunca recordaba bien el desarrollo de las batallas, pues a la hora de la verdad, cuando la fuerza valía más que la razón, lo suyo se transformaba en instinto asesino.
Hacia tiempo la duda oprimía su corazón. Durante la primera juventud de los Eldar, lo suyo era la lucha incondicional e incuestionable; ardorosa y apasionada, pero los años había templado sus ánimos y con la mochila de la experiencia a las espaldas, siempre se detenía a pensar dos veces lo que iba a hacer. La cuestión es que en el último tiempo sus manos temblaban ligeramente antes de asestar la estocada mortal. Era un guerrero a ultranza, mas no le obsesionaba el honor. Creía estar perdiendo el tacto, pero en realidad lo que florecía en su interior eran los escrúpulos.
¿Cómo devastar un puerto tan bello como el que tenía en frente? ¿Cómo siquiera armarse del valor para hundir la hoja en las carnes prietas de un joven, a pesar de enemigo?
A veces se sentía sucio por toda la muerte y dolor que había infringido; mas en otras ocasiones se consolaba repitiendo que era necesario hacerlo si deseaba proteger el reino de la gente común, de los campesinos y los mercaderes, los niños y las mujeres.
A esas alturas de la tarde el Sol parecía casi una contradicción, pues sus débiles rayos a penas lograban entibiar las gélidas armaduras. Anar se perfilaba como una macha amarillenta, de límites difusos.
Si tan solo hubiese desposado a Súrinen nunca se hubiese aventurado tan lejos en las Haldanóri, nunca hubiese vuelto a coger una espada ni hubiese llegado a sembrar tanto dolor, pensó Narmoth.
Por un momento añoró el instante en que la había dejado, llorando sobre una colina. Deseó regresar y abrazarla para aferrarse a aquel destino que sin embargo jamás tendría la oportunidad de escoger; ni desechar nuevamente.
Pero la amargura que sintió en un principio se evaporó prematuramente y volvió a sonreír ante la perspectiva de una victoria en la batalla. De su pasado no quedaba más que la cicatriz de una herida sanada mucho tiempo atrás.
Los frentes se organizaron rápidos e impávidos, y tanto enanos como elfos, ents y humanos, contuvieron un último respiro antes que se desencadenase el cataclismo.
Por un instante el silencio imperó, pues el hado pendía de un hilo demasiado delgado que amenazaba con cortarse y rasgar la Paz del lugar, postrándola ante la Guerra que cual verdugo irascible se disponía a cegarla.
Narmoth no miró al adversario. Sabía que hacer.
Esbozó un sonrisa resignada y sentenció cual el más común de los líderes
-¡Por Tercano! – vociferó algo avergonzado, pues le pareció estúpido el arrebato de populismo. Era otra máscara para decir ‘¡Muerte!’’¡A ganar!’ o ‘¡Disparen!’. Surtía exactamente el mismo efecto. La locura generalizada. El pánico.
Los batallones chocaron, algo tímidos al principio, mas confiados al final, y los de Tercano se impusieron en ciertos parámetros.
Narmoth se limitó a dispensar órdenes desde la retaguardia que nunca llegó a la lucha directa.
Refrenó su impulso de salir a cercenar gaznates, pues sabía que no era mucho lo que podían hacer frente a los muros que cercaban el puerto de Núrulondë.
Lo que en realidad estaba esperando era un despiste enemigo que nunca llegó.
Los de Eithel-Glin no dejaron el portal desprotegido en ningún momento, si bien sus soldados fueron masacrados en la razón, tres es a uno.
Las arenas blanquecinas de las playas circundantes fueron mancilladas con sangre de la Alianza, y también la de los mártires tercanos, aunque en menor medida.
Y cuando el sol se asomó de entre la niebla y el aire oreó los rostros exhaustos, se dio fin al conflicto.
Narmoth dio la orden del cese, pues si bien lograban desbaratar la defensa excedente, los guardas del portal muertos eran siempre repuestos por guerreros provenientes del interior, descansados y en la plenitud de sus fuerzas.
Tras toda una tarde de conflicto, los de Alianza no daban el menor signo de inclinar el viento en otra dirección. Seguirían protegiendo la entrada, aún si toda la tropa perecía en el intento, y el coste de las continuas embestidas por parte de los vecinos nortinos, era igualmente grande.
El silencio y la oscuridad reinaron de la mano nuevamente y la noche se precipitó sobre el mundo.
Los fuegos fatuos doraron la linde boscosa, mas no eran suficientes para quemarla.
Después de todo, el enfrentamiento no había sido tan cruento.
Hacia medianoche, Narmoth se pudo volver a desplomar en su tienda.
Tenía un tajo doloroso y en apariencia infecto entre dos dedos de la mano derecha. ¡Suerte que era zurdo!
Sacó del bolsillo un par de cantáridas que había sacado de las ramas de un tilo, en el bosque, y las depositó sobre la cama. Los escarabajos estaban ya muertos, y su verde esmeralda perdía el brillo metalizado que los caracterizaba en vida.
A Narmoth le eran más que familiares las propiedades vesicantes del emplasto preparado con estos coleópteros. Y bien sabía de la llaga que le produciría y el insomnio que despertaba al ser aplicado.
Pero estaba convencido que le ayudarían a eliminar los líquidos perniciosos.
Cuando una de las sanadoras de turno se deslizó en su carpa, no pudo hacer más que cerrar los ojos y afrontar su condena. Dolería.