La Guerra de los Clanes

Historia Por Puntos. Nurn. La Muerte Brillante.

Terminada
Escrito el 03-01-2006 19:39 #1

Una sombra negra avanzaba por el largo y sinuoso camino que lleva a Narmelost, siguiendo la rápida y helada corriente del Morëlimbar. Sus pasos no producían ningún sonido en la callada quietud que precede al anochecer, cuando la temperatura baja vertiginosamente y las gentes atrancan sus puertas. Un Poder oscuro se intuía en esta presencia, aunque su cara no revelaba ninguna amenaza. Era pálido como la misma Muerte, sus ojos azules como el frío hielo del Helcaraxë, alto y flexible como un sauce, y poderoso como uno de los Primeros Hijos de Ilúvatar. Una larga capa negra lo cubría de pies a cabeza, y la capucha le cubría el rostro, aunque el cabello le sobresalía un poco del borde de la capucha, y era negro como el azabache. Y aunque no se viera detrás de la capa, llevaba una espada al cinto. Esta espada tenía una larga y negra historia, y era llamada Oirahetha, poseía un filo mágico capaz de cortar cualquier material como si fuese simple mantequilla. Este era el Ser que se encontrarían los viajeros que vinieran del Taur-dîn-Tirith, y que siguieran el camino a la Ciudad de Fuego.

Llevaba ya tres días sin encontrar a nadie en el camino, algo que era extraño incluso en esa época del año, y ya empezaba a experimentar los primeros síntomas de la Sed. Cuando salió del Taur-dîn-Tirith no tenía propósito alguno, pero se había cansado de la estancia en el Bosque, y quería volver a ostentar el esplendor que le correspondía como Señor de Nurn que era. En el camino hacia Narmelost había oído unos rumores extraños, que hablaban de una criatura demoníaca que guardaba un precioso objeto, anhelado por Hombres y Elfos. Al principio no dió crédito a esos rumores, pero a medida que se encaminaba al Norte comenzó a sentir una extraña Presencia, y rumores de asesinatos brutales sin motivo alguno. Una vez cruzó el Nen Girith descubrió en el camino varias poblaciones destrozadas por el fuego, y todos sus habitantes calcinados yacían en un montón alejado unos cuantos metros alimentando a los buitres, que habían encontrado un espléndido festín. Encontró esto en unas cuantas poblaciones más, y al fin descubrió unas huellas que se alejaban del lugar del crimen, unas huellas que parecían por todos los indicios humanas. Las siguió durante tres jornadas sin descanso, hasta que vió delante de si las Ered Skalnâ. Las huellas se perdían en su suelo recio y rocoso. Pero el Vampiro había llegado ya muy lejos como para dejar escapar a esta presa, una de las mejores y más poderosas que había encontrado a lo largo de los siglos de su existencia. De todas formas, pensó el Vampiro, no encontraré más presas en este paraje yermo y desolado, dejado de la mano de Morgoth.

Durante muchos días anduvo por la desnuda soledad de Ered Skalnâ, sin encontrar ninguna huella del Ser que estaba buscando. La terrible e impía Sed Oscura ya lo atormentaba sobremanera, y tenía que ejercer un poderoso autocontrol para no perder la cabeza. En su agonía se alimentaba de pequeños seres que conseguía cazar gracias a sus sentidos desarrollados. En la desolación de las montañas encontró muchas cuevas, y las exploro todas hasta el mismo final, sin encontrar nada de interés. Hasta el momento la búsqueda había resultado infructuosa. Ya no podía volver por el sendero que lo había traído a las montañas, puesto que la obsesión por lo que masacró los pueblos con aquella facilidad aumentaba cada día.

Al fin, cuando menos se esperaba encontrar huella alguna de la bestia, encontró una entrada a una gran cueva, muy bien ocultada entre paredes de grandes arbustos y malas hierbas. Nada crecía dentro de la cueva, pues su atmósfera estaba preñada de vapores sulfurosos, muy nocivos para cualquier ser vivo. Pero Faeryôl no estaba vivo. Observó el suelo, y vió la misma huella de hombre que había divisado en uno de los pueblos. El Vampiro sonrió.

Durante muchas horas caminó el Vampiro por aquel sendero de rocas erosionadas, que se hundía cada vez más profundamente en las Ered Skalnâ.

<<El maldito sendero parece no acabar nunca>>-, pensó el Vampiro.

Cuanto más descendía por aquel túnel mayor era la cantidad de gases sulfurosos que s encontraba en la atmósfera reducida del estrecho túnel. Paulatinamente comenzó a oír un sonido, y Faeryôl se alegró, pues ya estaba hastiado de la monotonía del túnel. Aumentó el ritmo de sus pasos, y poco a poco el túnel se fue agrandando, y una especia de sonido rasposo y algo que parecía un ronquido inundaron el aire.

El túnel se abrió a una grandísima cueva. Su techo estaba tachonado de grandes estalagmitas. Y por fin divisó al que producía aquellos ruidos. Un bello y enorme Dragón Negro dormitaba en el centro mismo de la cueva, sobre un montón de incontables tesoros. En el lado este de la cueva se abría un enorme agujero, que sería la salida del Dragón, pensó el Vampiro.

Faeryôl sintió el enorme poder de la Bestia, un poder en estado de sopor, latente, pero siempre atento a una oportunidad de liberar su poder, y matar. Al fin el Vampiro apartó la vista del Dragón, rompiendo así el hechizo que tales criaturas podían ejercer sobre los Mortales incluso dormidos. El hechizo de su belleza letal, estática, una belleza a la que no afecta el tiempo, y esa belleza respiraba maldad por los cuatro costados, lo que la hacía aún más atrayente. Faeryôl borró de su mente esos pensamientos, y urdió un plan para acabar con el Dragón. Examinando la situación en la que se encontraba nada podía mejorar, el Dragón estaba dormido y aun no había detectado su presencia. Nunca encontraría una oportunidad tan buena como aquella para acabar con el Azote de Skalnâ.

Se desató a Menyár de la espalda, y colocó en la cuerda tensada dos dardos negros con los penachos carmesíes. Apuntó cuidadosamente al cuello de la Bestia, una de las únicas zonas en la que las escamas no cubrían la blanda piel, y disparó con todas sus fuerzas, pues sabía que no debía vacilar ante un enemigo tan formidable. Las dos flechas se clavaron completamente en el cuello del Dragón, y solo eran visibles los penachos rojos como la sangre.

El Dragón emitió un chillido que hizo estremecerse a Faeryôl, y alzó su negra cabeza, girándola a toda velocidad para descubrir quién había osado entrar en su cueva, pues para él las flechas habían sido poco más que picaduras de mosquito. Por fin detectó a Faeryôl, quién se lanzó hacia delante en una arriesgada maniobra. El Dragón observó como el Vampiro se le acercaba a velocidad de vértigo. Furioso, abrió la boca todo lo que pudo y escupió una poderosa llamarada. Era lo que Faeryôl esperaba. Cuando la Bestia lanzó la llamarada el Vampiro dio un gran salto hacia arriba y aterrizó al otro lado de la cueva. Esto desconcertó al Dragón el tiempo suficiente como para que el Vampiro sacara otro par de flechas del carcaj y disparara con todas tus fuerzas hacia los ojos del Dragón. Este, cegado y con sendos regueros de sangre corriendo por la cara escamosa, chilló con dolor y furia, y se lanzó con una rapidez inhumana hacia Faeryôl. Este lo esperó con Oirahetha desenvainada en su mano derecha. El Dragón lanzó una poderosa llamrada, y la magia de Oirahetha absorbió la llamarada. Faeryôl sonrió malévolamente.

<<Será divertido>>-, pensó.

Miró hacia su capa negra y la vió un poco quemada. Dejó caer el arco negro y, con la Espada de Hielo en las manos, se lanzó hacia el Urulóki. Intentó saltar de nuevo, pero algo chispeante e insustancial lo retuvo con fuerza. De pronto comenzó a oír unas extrañas palabras, pronunciadas en el lenguaje arcano. Aquello no le gustó al Vampiro. Conocía bastante bien el lenguaje de la magia, pues él mismo la practicaba, y reconoció las palabras pronunciadas por el Dragón como un poderoso hechizo de magia nigromántica, solo disponible para los más poderosos hechiceros. El hechizo se llamaba Voluntad Oscura. La primera fase consistía en encerrar la mente la víctima en una cárcel construida dentro de la misma mente. Así, no podía ni mover el cuerpo ni usar las facultades mágicas. La segunda fase consistía en tomar el control de la mente de la víctima, que una vez encerrada no era difícil controlar, e introducir en este los negros tentáculos de la magia negra, para preparar el siguiente paso. La tercera y más extenuante fase consistía en arrancar el espiritu del cuerpo de la víctima, y ocuparlo cual un parásito. El Dragón realizó con éxito las dos primeras fases del complicado hechizo, pero antes de realizar la última parte del ritual, se tumbó un rato en el montón de oro, para recuperar fuerzas. Esto fue la salvación de Faeryôl. El Dragón, en su cansancio, no reviso las ataduras mentales de Faeryôl, y este, recurriendo a todo su poder arcano, logró liberarse del hechizo incompleto. Divisó a Oirahetha un poco apartada de él, y con sigilo se acercó y la recogió. Espada en mano, se acerco a la cabeza de la Bestia, y hundió profundamente la espada entre los ojos del Dragón. Este se agitó, chilló y rebulló en su lecho de muerte, pero no le sirvió de nada.

Faeryôl, sintiendo como una idea fluía de su interior se acercó al cuerpo del Dragón. Realizó con éxito el ritual de la Voluntad Oscura, y en un último esfuerzo transmitió al Dragón mentalmente:

<<Ve a cazar algo para mí>>.

Escrito el 05-01-2006 12:41 #2

Los Valar otorgan 285 monedas a Nurn por la historia de Necknor.

Historia finalizada.