Árchaon
- De nuevo en esta cama tumbado sin poder moverme- pensaba el Maia disgustado mientras miraba hacia la ventana que estaba frente a él. – Y todo por una simple raja en mi costado...
No hacía mucho que Shulak, Señor de Nurn, había herido a Árchaon en el costado, siendo este el motivo de su ingreso en las Casas de Curación.
De pronto recordó su última estancia allí. Theodolf había escrito una parte de sus recuerdos.
Había relatado la historia de Rousan la bella, y después de llamar al joven Edain para que siguiera escribiendo, observó las últimas líneas escritas en aquel pergamino que plasmó de recuerdos.
“- Volveré a por ti, créeme. Pero urgentes asuntos me requieren en mi tierra.
Después de acompañarla a su aldea, el Maia retornó a su tierra para acabar aquella maldita guerra, y con el dulce sabor de aquellos labios aún en los suyos, cabalgó hacia Tyelpëosto...”
- Ya recuerdo- comentó el aparente Semielfo- proseguiremos pues.
Theodolf asintió y mojó la punta de su pluma en la tinta que descansaba en un pequeño recipiente justo a su lado.
Como había prometido, Árchaon el Maia volvió en cuanto hubo acabado sus asuntos a la tierra de Rousan.
Iba montado sobre el plateado lomo de Silvaron cuando la vio.
Sí, allí estaba ella, tan bella como siempre, radiando con su luz y eclipsando al mismo sol.
La felicidad recorrió hasta el más escondido rincón de su cuerpo, y tras contemplarla una vez más, corrió hacia ella.
Entonces observó como unos brazos agarraron la cintura de Rousan por detrás, unos grandes brazos la apretaron contra un cuerpo, un cuerpo de aspecto grueso, no muy alto y de forma redondeada.
Justo al poco, la muchacha se dio la vuelta y besó los labios de aquel que la había abrazado.
En ese momento Árchaon no podía expresar lo que sintió, ¿Dolor? ¿Rabia tal vez?
No hizo nada sino darse la vuelta y alejarse de aquel lugar...mas le pesaba irse, pero sentía que debía hacerlo...
Aunque su corazón no le dejó marchar, y como un alma en pena, recorrió los alrededores durante toda la noche.
Cuando el sueño casi lo dominó por completo, una dulce voz hizo que se sobresaltara. Provenía cerca del lugar en el que él se encontraba. Cantaba una canción de Tiempos Antiguos.
Sin pensarlo dos veces, el Maia caminó descalzo por sobre la fina hierba que cubría aquella extensión de tierra.
Allí la encontró, Rousan caminaba despacio por aquel lugar mientras entonaba aquella canción. Sus cabellos negros se mezclaban con la plena oscuridad que aquella noche penetraba hasta en el corazón.
Y ambos se miraron, no dijeron ni una sola palabra hasta pasado un rato, pues la sorpresa de ella era mayor que nada que pudiese imaginar. Entonces ella se acercó a él pacientemente, y unas lágrimas surcaron sus mejillas, y mirándolo como si se tratara de un espejismo, acarició sus mejillas para, a continuación, mirar al suelo sollozando.
Árchaon la observaba sorprendido hacia sus adentros por su belleza, pero impasible ante sus ojos.
- Lo siento- ella comprendió-, creía que no volverías, y apareció él animándome en aquellos momentos en los que yo necesitaba la ayuda de alguien, y todo se tornó en lo vos, supongo, habéis visto...
Árchaon no dijo nada, sonrió y se dejó caer en la suave hierba que pisaban. Rousan emuló sus movimientos y se tendió junto a él.
- Pues contadme, ¿quién es él?- dijo al fin el Maia.
- Vicen Cornilargo, es un campesino de familia humilde, como la mía.
- ¿Lo queréis?- El rostro de Árchaon se tornó serio. No quiso dar más rodeos al asunto, así que hurgó en lo que en realidad le preocupaba.
Rousan evitó la mirada del Maia, mas sabía que era inútil, pues él leería su corazón...
- Creo que no...- justo después de decirlo, ella corrió hacia la aldea, y Árchaon, pensando que sería lo mejor, cerró los ojos e intentó que los pensamientos se esfumaran de su cabeza, quedándose así dormido.
Un cegador rayo de luz penetró por los párpados del Semielfo, y a continuación, unos gritos le hicieron dar un respingo.
Una columna de humo negro se alzaba tras la colina que lo separaba del poblado. Montó en Silvaron y partieron en aquella dirección.
El panorama era desolador: cadáveres por los suelos, casas ardiendo, y la gente que aún vivía corría despavorida por doquier.
De pronto una sombra cubrió la tierra. Árchaon miró al cielo, y unas poderosas alas batían al viento levantando una gran polvareda tras de sí. El cuerpo escamoso de un dragón estaba sobre él.
El dragón aún no había captado aquel poder que había bajo él, así que siguió con aquella destrucción lanzado ráfagas de aquel aliento corrosivo que quemaba todo a su paso.
- Aléjate Silvaron- dijo el Maia desmontando del lomo del tigre- este es un poder muy grande, vete amigo, volveré a buscarte. Mas tu vida correrá peligro si te quedas, y se te llegase a pasar algo no me lo perdonaría pues.
El tigre no se movía, y sus ojos auguraban que el felino no se iba a mover de al lado de su compañero.
Comprendiendo que era imposible, Árchaon sonrió, rodeó con sus brazos el cuello de Silvaron y sintiendo una gran felicidad por tener a su lado a tal compañero corrieron hacia el dragón. Pero ya era demasiado tarde, los chillidos de Rousan se alzaron por encima de cualquier otro sonido.
Llegaron al lugar en el que se encontraban. El enorme reptil esperaba divertido mientras observaba la escena, a decir verdad ridícula. Vicen Cornilargo, colocado entre Rousan y el dragón, trataba de ahuyentar al dragón con un palo, algo valiente, sí señor, pero ridículo e inútil.
El Maia se colocó ante el dragón y desenfundó a Mommênt.
- ¡Corred!- gritaba sin dejar de mirar al dragón.
- ¡No!- respondió Rousan- No me moveré de tu lado.
Vicen la miraba confuso.
- ¡Si no os vais nos matará a todos!
Justo después, el reptil lanzó una bocanada de fuego a Árchaon, durante un momento el humo inundó los alrededores.
La cara de Rousan se descompuso, y las lágrimas comenzaron a brotarle de sus verdes ojos.
Por fin, el dragón comprendió, y quedó tan sorprendido como todos cuando el humo desapareció, mas Árchaon seguía allí en pie, intacto, con una sonrisa llena de ironía en su cara. Y es que él era un Maia de fuego, inmune al mismo, y capaz de crearlo de donde ni siquiera lo hay.
La criatura retrocedió unos pasos, y abriendo sus alas en señal de desafío rugió al cielo mostrando su poder.
El monstruo lanzó otra ráfaga de su poder, y el Maia, colocando la palma de sus manos hacia el dragón, lanzó otra bola de aquel elemento. Ambas entrechocaron, forcejeando una contra la otra e intentando ganar posiciones hacia el adversario.
- ¡Silvaron, llévatelos de aquí y protégelos!- Gritó apretando la cara mientras apuraba su fuerza para hacer que su poder llegase hasta el dragón- Aquí van a saltar las chispas.
Heru-Los guió a ambos a través de las empedradas calles del pueblo, pero Rousan, con lágrimas en los ojos, no dejaba de mirar hacia atrás.
Ahora estaban solos, dos poderes de fuego, dos poderes antiguos uno frente al otro enfrentando su magia de antaño.
Al fin, una gran explosión lanzó a ambos hacia atrás liberándolos de aquella energía que los había unido un instante, y enseguida volvieron a la carga.
Sin dudarlo, Árchaon se lanzó hacia el enorme monstruo, y lanzando una corriente de aire se elevó hacia el cielo seguido del dragón.
Estaban a gran altura cuando el Maia se dejó caer y se encaramó en el lomo del dragón, que no podía quitárselo de encima.
Árchaon llegó como pudo hacia el ala derecha de reptil evitando las garras que caían sobre su propio cuerpo tratando de quitarse al Maia de encima y clavó su espada atravesando la fuerte piel que la cubría.
Un chirrido estremecedor penetró en él y encogió su corazón, y sacando su espada la volvió a clavar una y otra vez hasta que el dragón caía en picado a causa del dolor sin poder controlar su propia caída.
Rápidamente, el Ainu, haciendo acoplo de todas sus fuerzas para atravesar las duras escamas de aquel cuerpo, clavó su espada en el cuello del monstruo, la sacó y colocó ambas manos sobre la profunda herida, y mientras cerraba los ojos pronunció unas palabras en la lengua de los Valar, y una bola de fuego brotó de sus palmas consumiendo al dragón por dentro.
Así pues, creando una nueva corriente de aire el Maia se posó suavemente en el suelo seguido de un gran estruendo al caer el cuerpo del dragón.
Cuando volvió junto a Rousan lo abrazó, e inconscientemente lo besó.
- ¿Qué es esto?- Preguntó Vicen Cornilargo comenzando a entender las cosas.
- Lo siento- dijo ella tristemente.
- No, no lo sientas, siéntelo por la vida de este. Tú eres mía y de nadie más.
- ¡Estas loco!- Gritó Rousan interponiéndose en su camino- ¡Te matará!
- Que lo intente.- Mientras decía esto último, Vicen sacó una daga de su fajo y corrió hacía Árchaon.
- ¡No lo hagáis Árchaon!- La Edain gritaba y lloraba al saber el desenlace de todo aquello.- ¡Tened piedad de él!
Y nada más esquivar el mandoble dirigido hacia su cara, el Maia agarró a Vicen por el cuello y apretó su nuez hasta que el aire dejó de pasar por la garganta del Humano, que cayó al suelo sin vida.
- Nadie que atente contra los Ainu puede quedar con vida.
Sin decir nada más, Árchaon marchó en dirección a su tierra, pues sabía que el corazón de Rousan no le pertenecía, y no había dados unos pasos cuando un brazo lo sujeto por la cintura. Rousan besó sus labios, y aún con lágrimas recorriendo sus mejillas, habló:
- ¿Me dejáis?
- Rousan, nuestras vidas han de separarse aquí, mas no estoy hecho para vos, ni vos para mí.
- No por favor, quedaos conmigo.
Y tras besar sus labios de nuevo se fue de aquel lugar con un gran dolor en su corazón para no volver a ver más a aquella mujer que tantos deseos había despertado en él...
- ¿Ya está?- Preguntó el pequeño Theodolf levantando la cabeza del pergamino.
- Sí, ya está. Escribe: “Esta es la historia de Árchaon y Rousan, dos corazones unidos por siempre que jamás volvieron a verse...”
