No recordaba haber caminado tanto, ni tan siquiera el tiempo que pudo emplear en tal tarea, pero lo que es cierto es que se encontraba allí. De nuevo deambulaba por aquel frío bosque, ahora inmerso en una tenue niebla extendida por el oscuro suelo.
Allí se encontró de nuevo con los poderosos ents de la Alianza. Sus raíces hundidas en aquellos agrestes campos donde se extiende la maldad. Habían dado su vida por ellos y luchado en multitud de ocasiones siendo un gran apoyo ante poderosos rivales. Mas ahora se hallaban convertidos en lo que prometieron proteger y aquello que más amaban: árboles, que aunque inertes en movimiento conservan en su interior una vida mayor que la que cualquier criatura pudiera anhelar.
Aquel era sin duda un lugar duro para la vida, pues a pesar de la bondad demostrada, pronto sus hojas marchitarían por el clima y lo que llegasen a contemplar, pues sus sentimientos no se apagaban incluso en la inmovilidad en que se encontraban. Sus espíritus quizás no se encontraban allí, pero sus duros troncos anhelaban el calor de sus tierras y deseaban por encima de todo vengar el daño ejercido sobre ellos y sobre los compañeros que habían caído ante su presencia. Fue una batalla dura donde no pudieron sino presenciar y sentir como la vida se escapaba de sus amigos.
Malenril contemplaba entonces aquellos que tal fielmente habían luchado en su bando. Recordaba no solo batallas sino aquellos silencios que mostraban tanto, pues no solo transmitían sentimientos mediante palabras, sino simplemente contemplando como uno de esos grandes colosos se detenía en su avance ante una delicada flor atrapada bajo el peso de una piedra o ante un pequeño árbol marchitado por los rigores del verano. No hacía movimiento alguno, por temor al daño que pudiera causar, y esperaba tranquilo con la vista centrada en ese dolor, hasta que un elfo u hombre se acercaba y levantaba el peso o brindaba de su cantimplora el líquido elemento, y era entonces cuando la fuerza de los ents se sentía con mas fuerza. No hacía falta palabra alguna pues el agradecimiento se palpaba, y esa búsqueda del bien en cualquier territorio de Arda era en verdad parte de su magia y poder.
Estos recuerdos hicieron rodar una lágrima por las mejillas del elfo que terminó su camino deslizándose por la corteza de uno de los antaño ents. Pero no se encontraba solo en el bosque. En la distancia observó como dos delicadas figuras surgían de la niebla, que poco a poco comenzó a envolverlo todo, confundiendo los objetos. Una fuerza impedía al capitán moverse, pero en su interior había tranquilidad.
-Mis hermosas criaturas, he oído vuestra llamada.- dijo una de las figuras acercándose a uno de los ents, y deslizando su delicada mano sobre su rugosa corteza.
-No está en nuestras manos interferir en esto, aunque su dolor sea, en verdad, desconsolador.
-Cierto, pero el mal que les atacó no me es ajeno en absoluto. No puedo interferir directamente, pero no puedo permanecer indiferente.
-En verdad apoyo tus palabras-dijo tendiéndole un pequeño y refulgente frasquito de fino y brillante cristal. Pero no está en nuestras manos, por mucho que nos duela. No obstante, no les abandonaremos.
-Será él quien pueda ayudarles, mas solo si sus sentimientos son justos podrá brindarles la ayuda. Solo si se muestra firme encontrará la senda y realizará la elección adecuada.- dijo al fin, antes de desaparecer en la fría y densa niebla.
El elfo sintió que al fin era libre de moverse, y tras intentar discernir entre la niebla el paradero de aquellas damas, se acercó hasta la posición que ocuparan instantes antes.
Era inútil. Aquella niebla se hacía impenetrable hasta para los agudos ojos de un elfo.
Pero algo llamó su atención. Un pequeño brillo se distinguía a poca distancia.
Sin pensarlo mucho se adentró en la niebla unos pasos y recogió del tronco de un árbol, aquello que resultó ser una delicada llave dorada, enganchada en una cadena finamente labrada, que se colgó al cuello. Cuando lo hizo un torbellino de aire se levantó y por un momento sintió que ya no se encontraba en aquel bosque. Unos brillos se alzaban en el cielo que tras una pequeña explosión desaparecían, y por entre todo distinguió un olor a sal. No sabía explicarlo, pero le parecía que en todo momento conocía su destino.
Al fin parecía que el viaje había concluido si en verdad, tal viaje se produjo. Avanzó, y en aquellos pasos el suelo parecía cubierto de verde hierba, hasta que al fin ante el se hallaban unos extensos campos, en los que en la distancia percibía una catarata que vertía sus aguas en una espuma blanca, que era recorrida por un pequeño río, con unos enormes abetos verdes formando un bosque de gran belleza y fresco olor. Aquello distaba mucho de ser los negros territorios del Norte de Haldanori.
Dirigió su avance hasta allí, y tras contemplar como una pequeña ave, se refrescaba en aquellas tibias aguas, descubrió una pequeña senda a lo largo del bosque. Se respiraba paz como en los bosques de la Alianza, y por un momento se sintió como en su hogar, mientras se embriagaba de los hermosos sonidos que le brindaba aquel territorio.
Poco tiempo después, ante sí encontró una pequeña abertura en la roca, protegida por dos elfos. Se acercó a la boca de la cueva y cuando estaba a punto de alcanzar el umbral, uno de sus guardianes le habló:
-Has encontrado el camino hasta aquí, y dentro encontraras lo que buscas, pero solo podrás hacer una elección y solo una- dijo señalando la pequeña llave.
Pronto sabría a lo que se refería, pues uno vez dentro se encontró ante una enorme mesa en la que una multitud de pequeñas arcas se encontraban. Las había de diversos materiales y en diversos tamaños. Había en verdad preciosas obras de arte, con los más bellos grabados y joyas que pudieran ser tallados por mano alguna. Debía tomar uno, pero... ¿Cuál?.
Ante él se extendían esmeraldas y diamantes, oro y plata y multitud de gemas en arcas cada una más bella que la anterior. También se encontraban algunos más simples, pero no por ello menos bellos de madera, que también mostraban hermosas joyas. Pero el elfo deslizó sus dedos sobre la tapa de una sencilla caja de madera sin mas adornos que unos simples árboles tallados con exquisito cuidado. Unas pequeñas bisagras grises junto con la cerradura constituían la única nota de color, fuera de los brillos de las vetas de la cuidada madera.
Era algo pesada, y presentaba estampas de campos y bosques en los laterales. No creía que la caja que buscaba debiera mostrar un gran valor en su exterior, pues lo importante como siempre es el interior. La sencillez de la caja había llamado su atención, así como la sencillez que percibió en aquellas figuras y en todo lo que en su vida acaecía.
Pero algo era extraño. Podía ser la caja tal vez, pero no lo tenía claro. Cerró los ojos y tras una pausa se decidió a posarla. Seria extraño que la salvación de unos ents estuviese en el interior de lo que antaño habrían sido árboles de gran vida. Esa no era su elección.
Alargó la mano y la colocó en el lugar que ocupaba, apartando para ello una delicada arca de plata que se desplazó al levantar la primera. Y ante él apareció un arca de hierro labrado, muy sencilla. Era de esquinas redondeadas y presentaba unos extraños aunque elegantes gravados. Era robusta y cumplía con el uso para el que pudo ser creada.
Era en verdad liviana, ha pesar del material con que estaba fabricada. Y al cogerla se sintió conforme con su elección y centrando su vista sobre la tapa dejó de prestar atención al resto.
-La elección esta hecha- oyó tras de sí, pero antes de que pudiera voltearse, se vio de nuevo envuelto en una niebla, aunque con la sensación de caer al suelo, lo que hizó que agarrase con más fuerza la cajita. Cerró los ojos ante esa sensación y al abrirlos de nuevo se encontró en su lecho en la tienda en la que recibía los cuidados.
“Solo una ensoñación producida por la fiebre”-pensó el capitán y tras mirar en derredor centró su vista en un pequeño hueco de la tienda por el que se filtraba un leve rayo de luna.
El pálido sol dio comienzo a un nuevo día, que se presentaba calmado para el elfo. Se encontraba ya recuperado de las heridas y se sentía con ánimo como para abandonar ya aquel espacio y retomar el mando del ejército. Pero cuando ya salía por la abertura de la tienda, alguien le interrumpió:
-Mi señor, os dejáis esto. Estaba en el suelo.- le dijo un elfo mientras le tendía una caja gris. La respuesta del elfo fue inmediata y buscando en torno a su cuello pronto encontró lo que su corazón esperaba: la pequeña llave prendida en la cadena.
No dijo nada, salvó un gracias emocionado. Con delicadeza cogió la caja y se dirigió raudo a su tienda, como perdido en su mundo, sin prestar excesiva atención a todo cuanto le rodeaba. Una vez en la tienda, introdujo lentamente la llave y la hizo girar suavemente, hasta que con apenas un chasquido de la cerradura, quedó abierta la caja, encontrando en su interior un frasquito igual en apariencia al que él recordaba. Lo cogió y sin muchas explicaciones organizó una expedición de nuevo al campo de batalla.
No tenía mucha idea sobre si tenía simplemente que abrir el frasco o rociar a los ents con algunas de aquellas gotas que brillaban con fuerza a la luz del sol, y podría no ser en verdad la caja que él buscase.
Nadie intuía el motivo del viaje, y poca información les proporcionó tanto a ellos como al resto del ejército que permanecería en el campamento. Varias horas pasaron hasta su regreso, con una intriga creciente para todos, pero a la vuelta Malenril mostraba una gran sonrisa. Los ents habían vuelto.
