La enfermería tenía el mismo aspecto de siempre. De todos los lugares de Haldanori, ese era el que mejor conocía. Las guerras se sucedían una tras otra y Mandos se llevaba las almas de los desafortunados. Pero aquellos privilegiados que contaban con los mejores galenos de Arda se libraban de las garras de Mandos. Helërauko era uno de ellos, y muchos de sus compañeros de Nurn también. Los sanadores elfos del clan poseían una pericia fuera de lo común y servían a sus señores con esmero, algunos por miedo, otros por riqueza y algunos otros por amor a su profesión.
- Ya estoy harto, sanador. Ya sé que no puedo mover la maldita pierna y también se que no debería hablar. Contra más veces me lo repitas, más te replicaré y más me dolerá.
Mientras le hablaba al elfo no podía dejar de reírse por dentro viendo el respeto que le causaba, a pesar de encontrarse con una pierna y un brazo rotos y con el torax totalmente vendado.
- Lo siento mi señor, mi deber es hacer todo lo posible para su pronta recuperación.
- Ya deberías conocerme duendecillo de los bosques. Me he pasado más tiempo en esta maldita enfermería que machacando a los enemigos del Clan. Y por Anadûnë que si tengo que estar en estar tres semanas en esta cama hablaré y me moveré cuanto me plazca.
- Por supuesto señor, pero si me permite, le tengo que recalcar que sobretodo lo más importante es la pierna, pues la fractura es grave y la recuperación podría no ser total, si no hacemos el reposo adecuado.
- ¡Ja, ja, ja! Maldito sanador, bastante bien sé que llevas razón. A tu pericia y a la de tus hermanos le debo la vida, así que te márchate haré caso. Pero ahora, quiero estar solo.
- Como desee, mi señor Helërauko. Adiós.
El elfo silvano se retiró y dejó a Helërauko sumido en sus pensamientos y recordando una vez más la batalla que le dejó postrado en las Casas de Curación de Narmelost. Se acordaba de Nimbar, la loba de Inglin, saltando a las gargantas de los soldados que los rodeaban presa de un frenesí salvaje que le contagiaba a él mismo. El arco de Inglin silbaba sin cesar mientras las negras flechas se hundían en la carne de las victimas una tras otra. Y de repente el temblor. El suelo comenzó a retumbar como si un terrible terremoto azotase la tierra. Los pastores de árboles se acercaban, y Helërauko no tuvo tiempo para ver como una espada se acercaba a su costado, sintió una punzada y la sangre correr por su cadera y su pierna; a la vez que con un rápido movimiento circular de su pesada hacha rebanaba la cabeza del osado humano que le había dejado malherido.
Había aprendido a convivir con el dolor desde que formaba parte de Nurn, atrás habían quedado esos tiempos esplendorosos en que los enemigos de los Númenóreanos se asustaban ante su imponente presencia y ni siquiera presentaban batallas dignas. Ahora derramaba no solo la sangre de sus enemigos sino tambíen la suya. Y le gustaba. Aquella herida, capaz de dejar fuera de combate a un troll, no le impediría cobrarse unas cuantas vidas más. Con un vistazo rápido al campo de batalla se percató de que Nimbar ya era considerada una amenaza seria por parte del enemigo, tres hombres rodeaban a la loba y Helërauko cargó hacía ellos blandiendo el hacha y gritando vehementemente:
- ¡Numenor! Sangre y almas para la Tierra de la Estrella.
Dos de los hombres se encararon hacía él mientras la loba Nimbar se aferraba con sus mandíbulas al cuello del tercero. El primero cayó al primer mandoble del hacha con el cuello quebrado, pero el segundo había esperado el momento justo para lanzar un feroz tajo con su espadón que alcanzó la pierna de Helërauko. La armadura resistió, pero el hueso se le quebró y esta vez el dolor era más de lo que podía aguantar. Estaba abatido y con un enemigo de pie sobre el listo para propinarle el golpe de gracia. Podía ver la sonrisa del humano con su espada alzada, una sonrisa que cambió por una horrible expresión de horror cuando Nimbar voló hacía el brazo derecho arrancando piel, tendones y músculo con un terrible mordisco.
Helërauko se puso en pie en un esfuerzo titánico, estaba al límite de la inconsciencia y su visión se nublaba por momentos pero enfrente suyo distinguió una esbelta figura negra, una capitana elfa que se acercaba hacía él espada en mano y con una de las características flechas de Inglin clavada en su pecho. Podía ver en sus ojos la certeza de una muerte segura, pero antes de morir la elfa quería llevarse otra vida consigo. Helërauko clavó una rodilla en el suelo, dejó caer el hacha y echó su mano al costado con una clara muestra de dolor, pero no era alivio lo que buscaba el númenóreano, sino la empuñadura de su pequeña espada. La elfa no necesitó más señales, convencida de que su enemigo estaba malherido e indefenso echó hacia atrás su brazo preparandose para la estocada final. En ese momento Helërauko desenvainó la espada a la velocidad del rayo y la clavó justo debajo de la flecha de Inglin. La elfa cayó mientras observaba a Helërauko con una mueca de incredulidad en su rostro.
Helërauko sentía que ya no podía más. Ni siquiera podía moverse. Repentinamente comenzó a generarse una ventisca en el campo de batalla, los vientos confluían en un punto. Delissë. La maia se enfrentaba a los ents y una mezcla de viento y fuego la envolvían. Lo último que escuchó Helërauko antes de sumirse en la inconsciencia fue la voz grave y profunda del ent mientras en un último intento desesperado pedía ayuda a su creadora, la reina de la tierra.
- ¡Kementari!
