Laitaine Numeniel
Tras el asalto de la ciudad de la Alianza, los heridos fueron trasladados a las Casas de Curación. Entre ellos estaban las Capitanas, Narairë y Laitainë, que pronto fueron capaces de ponerse en pie gracias a la medicina élfica. Ambas se dispusieron pronto a ayudar a los más graves, y cuando hubieron acabado, marcharon cada una a sus aposentos. Hacía un hermoso atardecer, por lo que la Dama Laitaine fue a dar un paseo. Atravesó las calles de la ciudad, cuyas baldosas estaban aún impregnadas de sangre...imposible distinguir si era sangre tercana o de sus gentes, pero era sangre, y aquello no era de buen gusto para una de las ciudades más hermosas de Haldanóri...ni para ninguna otra. Por ello rápidamente dispusieron de las artes mágicas de los maiar del agua, para borrar aquellos rastros de crueldad de los suelos, borrarlos, pero no olvidarlos. Númeniel salió de la ciudad, y se perdió entre los árboles, como antaño hacía cuando se enfadaba porque su madre no la dejaba acompañar a su hermano Aras a cazar en el Bosque Negro. Cómo le echaba de menos...cuántas veces rezó a Mandos para que cuidara de él en sus Estancias...y cuántas veces lloró por él. Ahora, gracias a la benevolencia de Eru tenía consigo a su pequeño Fëathoron. Por ello aborrecía ahora las batallas, pues era una puesta en peligro de aquel a quien tanto quería, y eso la distraía. De ahí que pasara tantas veces por las Casas de Curación después de las batallas. Fëathoron era un gran luchador, pero también lo fue Aras, además, él, al igual que Laitaine, aún no había conseguido dominar los poderes que debieran heredar de la progenitora de su madre, una maia, Hîthiel. Seguramente fuera porque ambos estaban demasiado atados a sus raíces Sindar o Noldor.
Cuando las estrellas de Elbereth aparecieron en la noche, Númeniel volvió a la ciudad. Allí el silencio era casi sepulcral, una fina niebla invadía sus calles, la humedad era notable, y brillaba sobre las enredaderas como el rocío en la mañana. La dama se dirigió a Palacio, donde se encontraba la Reina y los subcapitanes del ejército. Todos manaban tristeza y cansancio. Aquello sorprendió a Laitaine, pues gracias a Eru la mayor parte de la ciudad estaba sana y salva, Tercano se retiró, habían salvado Núrulondë. Uibrana se dirigió a sus aposentos, encendió una antorcha, y bajo esa luz casi crepuscular empezó a revolver los arcones. No tenía ganas de pensar, así que prácticamente los volcó sobrs su lecho. Cayeron vestidos, carcajs, dagas, flechas, pergaminos, alguna que otra joya, y, finalmente ahí estaba. Redonda y llena de agujeros, de madera labrada, la carioca de su querido amigo Valarúmen. Aquel pequeño, y valeroso, maia, que ablandó los corazones de hasta los más duros con su presencia y, sobre todo, con su música. Gracias a ella aún vivía en sus corazones, y Laitaine iba a revivirle una vez más, para así de paso alegrar los corazones de los Aliados. Volvió corriendo con la carioca en la mano a Palacio, y, una vez dentro, se sentó en el pollete de uno de los grandes ventanales, con vidrieras que narran las historias de las Guerras de Beleriand, y se colocó la carioca en los labios. Antes de empezar a tocar pensó en algo alegre, como su llegada a la ciudad de Tyelpeosto, la primera ciudad Aliada que la acogió. Aspiró lentamente, y al momento un hermoso sonido brotó de aquella pequeña esfera. Todos la miraron perplejos, y poco a poco comenzaron a caer bajo el encantamiento de la música. Su tristeza se tornó en alegría, y entonces la Reina Narairë entonó una hermosa melodía con su voz. Entonces todos salieron de palacio, para así poder contagiar aquella sensación de paz al resto de habitantes. Los gritos de dolor cesaron, la sangre en el suelo desapareció. Las últimas llamas se apagaron sobre los techados, y una última llama prendió una gran fogata en las puertas de la ciudad. La magia élfica se extendió por toda la fortaleza, y lentamente los hombres e incluso los enanos se apuntaron a una extraña danza, que recordó a Laitaine a las fiestas del hogar donde creció y se crió, bajo las órdenes de Thranduil.
Al día siguiente todos se despertaron con una sonrisa en sus labios, y nadie recordaba cómo habían llegado hasta allí. Laitaine bajó a desayunar; el zumo le sabía de otra manera, y no recordaba haber comido tantas frutas del bosque de golpe. De vez en cuando, la herida del estómago le hacía gemir por culpa de algún enano y sus chistes sobre las gentes de su pueblo. A él se le unía algún hombre del Norte, e incluso Laitaine, gracias a sus años perdida por el mundo junto a montaraces, también tenía algunos que contar. Después de ello marchó a un arroyo que descubrió cuando vagaba perdida en sus pensamientos por el bosque, y decidió darse un baño en él por primera vez. Cuál fue su sorpresa al descubrir que, a pesar del malestar inicial que le causó debido a su frialdad, su profunda herida comenzó a cerrarse lentamente, hasta desaparecer completamente, sin dejar rastro o señal alguna. ¿A qué se debía aquello? O mejor, ¿a quién? En ese momento no importaba. Volvió para informar de aquello a su señora, que rápidamente ordenó que se buscaran grandes cántaros, ya que ese descubrimiento supondría un importante arma frente al enemigo. Una larga procesión salió de las murallas de la ciudad por primera vez después de la batalla. Hacía frío en el interior del bosque, muchos de ellos tuvieron que echarse sobre sus hombros las pesadas capas élficas. Caminaron durante un largo tiempo, Laitaine no recordaba tanta lejanía. Finalmente, tras muchos rodeos y la mirada impaciente de aquellos que cargaban con los cántaros, llegaron junto a la gran roca de la cual manaba el arroyo. O mejor debería decirse “tendría que manar”, porque en ese momento no había rastro alguno de agua, ni siquiera de humedad. Cuál fue la mirada de perplejidad de Laitaine ante aquel hecho...”mi señora, os lo juro...el arroyo estaba aquí”; y se abrió parte del vestido para que todos pudieran ver que no había rastro alguno de su herida. Todo el mundo volvió a la ciudad, murmurando palabras que a la dama no le hubiera gustado oir. Se quedó allí, inmovilizada, hasta que todos hubieran marchado. Se dio la vuelta cuando notó una mano sobre su hombro. Allí, su Reina Narairë la sonrió, y una vez que hubo desaparecido, Uibrana volvió a oír el sonido del arroyo a sus espaldas.
