La Guerra de los Clanes

Historias, leyendas y batallas en las tierras olvidadas de Arda.

Edicion 2

Haldanóri, Las Tierras Ocultas

Finalizada · 08-09-2004

Historia Por Vida. Valle. Giselai

2006:02:01:20:57:13

Giseläi

Una espesa niebla se aferraba tenazmente al suelo nurnita aquella mañana, impidiendo ver con claridad cualquier cosa que se hallase a más de cinco pasos de distancia.

Era por eso que Giseläi conducía despacio a su caballo. Por eso y porque aquel bosque no le gustaba en absoluto. Por las vueltas y revueltas de la senda que seguía, por sus árboles amorfos con ramas en ángulos extraños, y, sobre todo, por su obstinado y opresivo silencio.

Había pasado bastante tiempo desde que dejara su hogar, en las ya lejanas colinas de Evendim, y las palabras de aliento del hombre al que siempre consideró como padre sonaban atenuadas en su mente. Repentinamente, aquel viaje se le antojaba una estupidez. ¿Qué esperaba encontrar? ¿Es que había de veras algo que buscar?... ¿Familia, quizás? Vamos, no me hagas reír”, respondió una voz sarcástica desde su mente. Pero sí que había algo que buscar, algo que la arrancó de su casa en el Norte y que se manifestaba en sueños de oscuridad, de gritos y de terror. “Irimë”, masculló la elfa entre dientes.

Pero de repente, un sonido extraño la sacó de sus cavilaciones. Deteniendo a su caballo, Giseläi se puso a la escucha. Eran voces. Voces que mantenían una acalorada discusión, y también el crepitar de una hoguera. Hablaban en voz baja, de modo que no podía distinguir si se trataba de humanos o si aquellas eran voces de orco. Tras unos instantes, resolvió comprobarlo por sí misma. Desmontó y se internó sigilosamente en la espesura portando su espada. Al poco tiempo se encontró al borde de un claro, y, espiando entre la maleza, pudo ver a cinco orientales de aspecto desaliñado que discutían mientras se acercaban lo más posible a su pequeño fuego. Se disponía a retirarse, ya más tranquila, cuando escuchó unas palabras que le interesaron sobremanera.

-Cállate imbécil, si no quieres correr la misma suerte que el perro valluno. Si quieres te enterraremos con él. –Y, seguidamente, el oriental escupió.

El resto de la conversación hizo méritos para que la elfa se quedara. Uniendo retazos de la conversación, pudo hacerse una idea de la extraña historia. Los orientales del claro tenían la misión de interceptar a un mensajero perteneciente al Valle del Ingenio, cuya primera compañía estaba sitiando la capital nurnita, Narmelost. Este emisario fue emboscado, asesinado, y reemplazado por uno de ellos, que se había dirigido al campamento valluno con el objetivo de asesinar al rey del Valle: Elboron. El intento de asesinato resultó fallido, y uno de los orientales se había dirigido hacia la capital llevando el pergamino que portaba el mensajero. Intrigada por la conversación, la elfa no se percató hasta que fue demasiado tarde, de que uno de los individuos se había levantado, y se dirigía exactamente hacia donde ella estaba, con intención de orinar. Escabullirse rápidamente sin hacer ruido le fue imposible, y el hombre la descubrió. Una lujuriosa sonrisa se dibujó en su cara.

-¡Muchachos! Parece que aquí tenemos una deliciosa sorpresa élfica. ¿Que os...

Fue imposible adivinar el final de la frase, pues el oriental cayó atravesado por una afilada hoja azul. Pero había alertado a los demás, que, alarmados, se dirigían ya a la espesura. El primero en llegar venía desprevenido, y segundos después estaba en el suelo con un profundo corte sangrante en el cuello. Pero no así los demás, que, aunque con expresiones aturdidas, empuñaban ya sus respectivas dagas. El que avanzaba por la izquierda de la elfa se lanzó al ataque. Tras un par de fintas, Giseläi se agachó, y con un giro brusco de la muñeca hacia arriba, le atravesó la garganta. Aprovechando el movimiento, extrajo la daga que portaba al cinto con la mano derecha, pues empuñaba su espada con la zurda. Lanzó el pequeño pero letal acero, que por unos centímetros no se clavó en el cuello del tipo del centro, pero acertó a hundirse bajo la clavícula, deteniendo su avance. Al trabar su espada con el quinto oponente, Giseläi se dio cuenta de que sería duro, pues este no empuñaba una daga como los demás, sino una cimitarra de preocupantes magnitudes. Efectivamente, el combate se alargaba, pero finalmente, consiguió que su oponente hiciera un movimiento demasiado brusco que le desequilibró, y pudo acabar con él.

Inmediatamente después, Giseläi recibió un terrible golpe en la espalda que la hizo caer sobre el cadáver. Era el oriental de la daga, que la había golpeado con un tizón ardiente. Apretando los dientes, se sobrepuso al dolor de la quemadura, y giró sobre sí misma asestando una patada a la entrepierna del individuo, que cayó de rodillas aullando. Una vez de pie, la elfa golpeó la nuca del hombre con la empuñadura de su espada, y este quedó inconsciente.“Ahí tienes tu sorpresita élfica”. Pensó mientras enterraba su acero en el corazón del asesino.

Una voz a su espalda la hizo contener el aliento, temerosa de nuevos ataques:

- Por todas las estrellas de Varda. ¿Quién o qué eres?

Se dio la vuelta, para encontrarse frente a frente con el Rey del Valle del Ingenio, y sus capitanes. “Así que al fin –pensó con resignación- - estoy envuelta en este asunto lo quiera o no”.Y no se equivocaba.

Tras vencer las primeras y esperables desconfianzas, principalmente por parte de Aikanár, el Maia guerrero de la Primera Compañía, Giseläi se encontró partiendo con ellos en busca del portador del mensaje robado.

Seguir al asesino no se presentó tan fácil como parecía. El oriental era escurridizo, y parecía conocer la región como la palma de su mano. La desesperación comenzaba a hacerse patente en el grupo que, dos noches después del encuentro en el claro, seguía una estrecha senda con numerosos recodos.

Giseläi cavilaba acerca del asunto del asesinato cuando, repentinamente, la comitiva se detuvo. Una imprevista encrucijada parecía haber salido de la nada para entorpecerles la marcha. Aquella tierra de Nurn parecía escalofriantemente decidida a favorecer a los suyos. La elfa escuchó como los capitanes discutían el asunto mientras permanecía en silencio, y observaba alternativamente ambos caminos. Había estudiado con detenimiento el único mapa que poseían de aquellas tierras, y sabía que se alejaban de la capital, cada vez mas al noroeste... pero, ¿porqué?

De improviso, un recuerdo acudió a su memoria. Era también invierno, y ella tenía 12 años. Había salido a cazar conejos con Branduin, pero aquel día no se les había dado bien la caza. Cuando el último de los animales se les escurrió, ella se había enrabietado de tal forma que a él le había dado un atroz ataque de risa. Más tarde y aún con dolor en las costillas, le había dicho las palabras que a Giseläi le vinieron a la memoria aquel día en Nurn.

-Los conejos son cobardes Gisel. Cuando les das caza corren como condenados hacia sus agujeros, y, si se meten allí, da por sentado que no vas a conseguir atraparlos. La madriguera es la vida, es la salvación. Todos los conejos hacen siempre lo mismo, y todos los cobardes también.

Madriguera... Cobarde.... ¡Por Eru! ¿Cómo no lo había pensado antes? El conejo iba directamente a refugiarse en una madriguera, y si no lo cogían de inmediato se les escaparía sin remedio. Con decisión se adelantó y se lanzó con premura hacia el sendero de la derecha, y siguió hacia el frente tras comprobar que los soldados, aun con asombro, la seguían.

Y el periplo continuó, sin más interferencias que la partida de Gaur, reclamado por su compañía en las tierras de Osto Telemna, por la extraña intrusión mental de una de sus capitanas, que parecía tener extraños y enormes poderes. Aquella demostración de poder mental la había dejado pensativa, y resolvió para si misma que conocería a aquella maga lo más pronto posible.

Pero la cacería no llegó a su fin aquella vez. El rey Elboron se vio acuciado por nefastos presagios que le hicieron poner rumbo hacia su campamento, hacia sus tropas... hacia Narmelost. El espectáculo que se ofreció a sus ojos tras la dura cabalgada hasta el campamento valluno fue estremecedor.

La marea negra de enemigos que salía de Narmelost pugnaba por ahogar a las tropas de elfos del Valle, que, a pesar de caer y ser atravesados por doquier, aun resistían como valerosos soldados que eran.

-¡Pero antes de caer me llevaré a cien de estos perros conmigo! –exclamó Giseläi.

E instantes después se hallaba galopando tras el rey y Aikanár, que, ante sus ojos se había envuelto en una llama que, en lugar de consumirlo parecía multiplicar su ya considerable potencial, y que causaba problemas a los soldados nurnitas que tenían el infortunio de hallarse en el amplio radio de acción de su poderoso brazo, y caían sin interrupción víctimas de su pesada hacha.

Pero pronto la elfa tuvo que dedicar su atención a más acuciantes asuntos, pues la enérgica carga la había hecho salir despedida de su montura. Nada más caer al suelo tuvo que esquivar la punta de una lanza que se clavó en el suelo donde segundos antes había estado su cabeza. Giseläi contraatacó con presteza antes de que su enemigo pudiese recuperar su arma, que se había clavado casi un palmo en tierra.

A partir de entonces, la batalla se convirtió para ella en una sucesión de rápidas estocadas, fintas, y cadáveres nurnitas. No podía pensar, no había tiempo para eso. En algún momento de la lucha había desenvainado su daga, y ahora, daga en la derecha y espada en la zurda, se afanaba en cumplir su macabro propósito.

Aquella endiablada batalla parecía no acabar nunca. ¿Es que las tropas de Nurn nuca se cansaban? Giseläi llevaba una flecha en el muslo derecho, y el brazo izquierdo acusaba el cansancio con un dolor sordo desde el hombro hasta la muñeca. Se batía ahora contra un humano alto de mirada torva que le daba problemas por estar realmente cansada. Tras unos minutos de combate, algo en la sonrisa maliciosa del hombre le hizo sospechar que las cosas iban mal. No tuvo tiempo de preguntarse qué era, pues al momento un dolor punzante en el costado derecho la conmocionó hasta el punto de nublarle la vista. Se giró hacia ese lado acompañando su media vuelta con una estocada que cercenó la cabeza del humano, el cual cayó al suelo sonriendo aun. Tras ella vio a un orco que llevaba una espada cubierta con sangre, su sangre... La elfa cayó al suelo, vagamente consciente de otra estocada y ya no supo más de la batalla.

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-...rozando el pulmón, pero al menos la flecha estaba limpia. Debió de romperse la muñeca al caer. Hemos cosido todos los cortes y parece mejorar con rapidez. Era esa otra herida la que me preocupaba, pero no hay signos de infección, así que solo es cuestión de tiempo que se recupere totalmente.

Giseläi oía al principio esta voz como si hablara desde kilómetros de distancia, pero el sonido se fue acercando progresivamente hasta sonar justo al lado de su lecho. Sí, estaba tumbada. Fue consciente de notar sábanas suaves y una brisa muy leve que le daba en la cara. No intentó moverse, pues súbitamente se acordó de la batalla y de aquel orco que la había atravesado a traición. Unos minutos después abrió los ojos temerosa, pero se encontró con un joven que le vendaba con delicadeza la muñeca.

-Buenos días señora –dijo tímidamente- El señor Andreth y su majestad acaban de salir. Se alegraran de saber que ha despertado.

-¿Andreth? -preguntó ella desorientada- ¿De que...

Pero el joven, habiendo terminado con el vendaje, había salido raudo por la puerta de la tienda para informar a sus señores del despertar de la paciente. Al escuchar las nuevas, ambos elfos volvieron apresuradamente a donde reposaba Giseläi.

Sin embargo, cuando atravesaron el umbral, la encontraron de nuevo dormida, con los rizos pelirrojos esparcidos por la almohada. Su respiración era rítmica y acompasada.

-Bueno –suspiró el médico aliviado- parece que todo marcha estupendamente. No falta mucho para que despierte de manera definitiva. Tiene casi tanta celeridad de recuperación como usted, mi señor.

-Está bien Andreth, de veras sois un gran médico –respondió el Rey-. La joven me intriga. Me gustaría verla en cuanto juzgueis que está en condiciones.

-Así se hará mi señor, descuidad. Vos os habéis precipitado en salir, y haríais bien en descansar.

-Hasta más tarde, Andreth.

-Adiós, mi Señor.

[Editado por Alurien el 12-01-2006 09:29]

Gaur

Este personaje recupera un 45% de vida.