La Guerra de los Clanes

Historias, leyendas y batallas en las tierras olvidadas de Arda.

Edicion 2

Haldanóri, Las Tierras Ocultas

Finalizada · 08-09-2004

Batalla 121 - C2 Nurn Vs C4 Valle

2006:01:21:12:22:16

Gaur

Fin Guerra: Señores de Nurn deja de Atacar

Armadas perdidas por \"Señores de Nurn\" = 17

Armadas perdidas por \"Valle del Ingenio\" = 21

Victoria para Nurn.

Delisse Yestariel

Sentada ante el tosco escritorio de madera, con la capa de piel de lobo negro sobre mis hombros, sujeto en la mano derecha una pluma entintada, y apoyo la frente sobre la palma abierta de mi mano izquierda. Observo de reojo una sombra alada que pasa rápidamente por delante de la entrada de la tienda, alentada por el cegador brillo del sol que se refleja en la nieve. Mi mirada se ha perdido hace tiempo en la lejanía, pensativa. También he perdido la cuenta del tiempo que llevo aquí, esperando inútilmente que las palabras que deseo escribir se materialicen en mi mente. Pero no se por qué extraña razón hoy las palabras no llegan.

Algo parece detener mi mano siempre que intento comenzar a escribir, y finalmente me levanto dejando la pluma nuevamente en el tintero. ¡Cuánto tiempo malgastado! Pensé que las noticias que debía enviar acerca de la situación de la Compañía no podían esperar, pero tengo que resignarme ante mis propias limitaciones.

Un tumulto en el exterior precede a la entrada de un orco en mi tienda. Me giró sobresaltada, y sus pequeños ojos rehuyen mi mirada. Apenas acierta a hincar una rodilla en el suelo, soltando un montón de atropelladas palabras. Disculpas, como siempre.

- Tu estupidez comienza a impacientarme, necio.

El orco se halla postrado con el rostro completamente pegado al suelo. Apenas ha conseguido articular palabra, mientras se arrastra por el suelo, buscando mi perdón.

- Perdóneme, Mi Señora… - balbucea – Hemos intentado que hablé por todos los medios, pero no hay forma alguna de hacerlo hablar. Hemos empleado todo tipo de torturas…

- No las suficientes, sin duda – me levanto del sitial, mientras mis ojos centellean con furia contenida – Ahora tendré que encargarme yo misma, como siempre. Pero después me ocuparé de ti.

Oigo claramente cómo traga saliva, y siento cientos de miradas sobre mí mientras camino entre las tiendas de los soldados. Un extraño silencio se apodera del campamento, en contraste con los gritos que lo estremecían desde hace una hora. El orco me sigue manteniendo una distancia prudente, y soy consciente de que tanto uno como otros desearían encontrarse muy lejos de allí.

Un grupo de soldados parece concentrado en torno a un árbol de pequeñas ramas desnudas. Sus sonrisas se congelan al verme, y poco a poco se van alejando de lo que hasta entonces era el centro de su diversión.

A medida que me acerco puedo ver una figura desnuda con los brazos sujetos en alto sobre su cabeza, que cae sobre su pecho sin fuerzas. La nieve se ha teñido de rojo bajo sus pies, y las rodillas fláccidas hacen que apenas roce el suelo. Todo el peso descansa sobre las muñecas atadas con una cuerda manchada de sangre, y cubierta de piel desgarrada.

El olor de sus intestinos colgando sobre su vientre de manera extraña inunda mis sentidos. En torno al cuello lleva un extraño colgajo de piel y sangre que al principio no reconozco, pero que después identifico con repulsión. Los testículos del hombre han sido arrancados y colocados como si fueran un estrafalario collar rojo. Seguramente de ahí procede la mayoría de la sangre que hay bajo sus pies, y que ahora siento con repugnancia en el bajo del vestido.

Agarro su rostro con fuerza bajo la barbilla, obligándole a alzar la cabeza. El ojo derecho permanece totalmente cerrado, pero en el izquierdo todavía permanece una mirada gris a pesar de que los golpes lo han hecho estallar, y su globo ocular tiene también el color de la sangre. La nariz es una masa informe, reconocible apenas. Mientras sostengo su cabeza, una gelatina informe de sangre, saliva y dientes brota de su boca, y desciende por mi mano. Le sigue un trozo de carne que consigo atrapar antes de que caiga al suelo, dejando caer la cabeza del hombre de nuevo.

La miro un momento. Tardo un segundo en comprender su naturaleza. Pero ya es suficiente. Lanzo con rabia la lengua, que cae sobre la nieve como si fuera una hoja de otoño, y sacudo mi mano salpicando el suelo.

- ¡Malditos salvajes! – mi voz se eleva como un vendaval, y el jefe orco cae al suelo temblando de miedo - ¡Ineptos! ¡Estúpidos! ¿Cómo demonios pretendéis que consiga articular palabra?

Agarro al orco por las ropas, e intenta explicar algo atropelladamente. Pero no le escucho. Introduzco la mano en su boca, y agarro la lengua resbaladiza, mientras él se retuerce desesperado. Tiro con fuerza, y un grito desgarrador sale de su boca al mismo tiempo que mi mano.

- Ahora explícame sin lengua como pretendes que hable este hombre, gusano estúpido.

El orco observa incrédulo, mientras le muestro su propia lengua en mi mano, como un trofeo sangriento. Obviamente no consigue articular palabra. Sigue gritando de dolor, e intenta decir algo que no consigo entender. Le dejo caer, y tiro el asqueroso trozo de carne delante de él.

- ¡Lleváoslo y haced que se calle o no respondo de mí! – les grito a los demás, pero me adelanto al peso de mis propias palabras – Pero no lo matéis. Quiero que siga sintiendo su miseria, y su ineptitud.

Me acerco al hombre. Un hilo de vida le mantiene todavía lejos de las Estancias de Mandos. Pero no va a marchar sin decirme quién es, y qué hace aquí, con lengua o sin ella. Me introduzco en su mente, en recuerdos recientes, que se van alejando en el tiempo. Y mientras escudriño su pasado, el presente se vuelve para mí cada vez más claro.

El hombre tiembla ligeramente sintiendo mi poder, mientras el rictus de la muerte se apodera de su boca desdentada. La mueca sangrienta queda grabada en su rostro, como en granito tallado, pero su único ojo me devuelve una última mirada. Por que sabe quién soy, y por qué hago esto.

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Mi Señor Arattalion,

Muchas lunas han pasado desde que tus sabios consejos nos llevaran más allá de los verdes bosques de Taurenuva hasta las sombrías llanuras de Nanda Girith. Sabes bien que siempre he intentado mantenerte informado de todo lo que acontece al Oeste de las fronteras de Nurn, pero estas semanas se han convertido en un infierno que todavía parece permanecer sobre mí, acompañando a este maldito invierno que no termina nunca.

Conseguimos detener por un momento el avance de las compañías de Eithel Glîn, pero los rumores sobre el avance de los vallunos en las tierras del Telpe nos obligan de nuevo a buscar la batalla más allá de nuestras fronteras. E incluso al sur de Haldanóri, pues he sabido que la Compañía de nuestro Señor Dragón marcha a las tierras de nuestros invasores.

Hemos enviado mensajeros a nuestros aliados en el Oeste, mas no sabemos si llegarán a tiempo para detener el avance en nuestras tierras. Y aunque Curufarnë, la Intocable, permanece fiel a su título, me temo que esta vez será tarde. Si bien hemos conseguido trasladar la mayor parte de nuestras fábricas de guerra a emplazamientos más seguros, tras los muros infranqueables de las Ered Skalnâ. Pierden el tiempo asediando una ciudad vacía tras los muros de piedra.

Pero tú sabes que no son estos los únicos enemigos de los que debo cuidarme. Nada hay que escape a mis ojos, y no puedes negar que para ti también el juego que ideamos ha llegado demasiado lejos. Atentar contra mi vida apenas ha sido el comienzo del nuevo juego que idea, y ahora, ambos sabemos que tenemos que detenerla en su locura.

Ha llegado hasta mí un hombre. Entre sus ropas llevaba una carta que quizás te gustaría ver. Hoy en día no sirve de mucho, pero te la envío también para que comprendas la magnitud de la traición. Este hombre ya no vive. Permanece colgado de una estaca como ejemplo de lo que les sucede a aquellos que traicionan a Nurn. Pero pude ver en su mente cómo aquella que tú elegiste daba las órdenes precisas para interceptar los mensajeros de Valle y atentar contra su Rey en la primera ocasión.

Esto último no hubiera sido una gran pérdida, si al mismo tiempo no hubiera propiciado que el mensaje se perdiera. Se que permaneces al margen de todas estas maquinaciones, lo que me hace preguntarme qué pretendía conseguir con ello, y con la información que pudiera obtener. Tal vez ni ella misma confiara en el éxito de la empresa, visto el fracaso de su misión anterior. Pero sin duda esta carta tenía como destino sus manos, y es su silencio la mayor traición. Lo dejo a tu consideración.

Sin embargo, tú sabes que mis manos están esperando su sangre. Haré lo que este en mi mano para conseguirlo. Por el contenido de la carta he sabido que la Cuarta Compañía de Valle se dirige en estos momentos hacia Kemina Anka. Y hacia allí partiré apenas amanezca.

Inglin permanecerá conmigo, ya que encuentra prácticamente repuesta de las heridas recibidas junto al Nen Girith. No así Helerauko, ya que las heridas recibidas no le permitirán luchar esta vez. Tal vez deberías enviar a alguien más, pues sabes perfectamente la inferioridad numérica bajo la que nos enfrentaremos.

Me despido por ahora, si bien sé que pronto tendré nuevas que contarte.

Delissë, Señora del Odio

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Todo se ha vuelto rojo para mí. Un sudor helado perla mi frente, mientras retrocedo de espaldas arrastrándome hasta apoyarme en el tronco de un árbol solitario. Un charco de sangre me sigue, fluyendo como si se tratara de una cascada natural manando de la herida abierta en mi pierna.

Estúpido enano. Su enorme barba gris yace ahora en el suelo, bebiendo de su propia sangre, pero eso ha sido después. Después de que el filo de su daga se hundiera en mi pierna, seccionando un importante caudal de sangre.

Se que si no consigo taponar la herida, la sangre terminará por abandonar mi cuerpo. Y moriré. Pero no me siento preparada en absoluto. Resistiendo el dolor infernal que esto provoca, introduzco mis dedos a través de la herida, buscando la arteria que se ha retraído hacia arriba al ser cortada. Parece escurridiza entre mis dedos, y me esfuerzo por retenerla mientras intento concentrarme en cerrarla con mi propio fuego. El dolor. El dolor me impide concentrarme, y el sudor que cae sobre mis ojos me hace llorar. Cuando por fin siento descender levemente el caudal de sangre, saco por fin los dedos de la herida. Maldito enano.

Lo maldigo una y otra vez mientras rasgo el bajo de mi vestido y vendo la herida. Y eso que al principio todo parecía ir bien… Quizás ese haya sido el problema. Demasiado bien.

Lástima. El valle que precede a la ciudad se ha mantenido a salvo de las nieves que el invierno ha depositado sobre Haldanóri, pero el frío humedece la tierra fértil de ambas orillas. Un viento salvaje corre a través del desfiladero, y con él trae el aroma y el sabor salado del agua del mar, acompañado de la niebla perenne que oculta Tol Telpea.

Los grandes acantilados que encierran el Nén-a-Yár nos ocultaron. Nuestros rastreadores nos habían informado que más allá de ellos, ante los muros de Kemina Anka, en el margen derecho del río, la Cuarta Compañía del Ejército de Valle esperaba con ansia el momento adecuado para asaltar la ciudad. Y lamenté entonces su vana esperanza, como me lamento ahora.

Ocultos en la noche, aprovechando la ventaja que suponía la oscuridad bajo la luna nueva, avanzábamos envueltos en un extraño sortilegio de silencio, mientras la vida nocturna huía a nuestro paso.

La luz cada vez más cercana de las fogatas que ardían en el campamento nos sirvió de guía, pero pronto todo secreto fue inútil. Los cuernos de Valle resonaron sobre Nén-a-Yár, de uno a otro confín, confirmando nuestras sospechas, y las primeras voces sobresaltadas llegaron hasta nosotros. Fue entonces cuando las flechas de los arqueros que Galandul ha traído consigo volaron sobre nosotros emitiendo un sonido sibilante hasta llegar a su destino, mientras yo espoleaba a Mirë ordenando la carga de la caballería. Y me siguieron. Sin dudar. Caballos negros y negras armaduras relucientes, que arrasaban todo a su paso mientras el ejército de Valle intentaba desesperadamente reorganizarse y detener la embestida.

Pero finalmente las trompetas del enemigo consiguieron reunir la mayor parte del ejército detrás de una primera fila de enanos frente a los cuales mi caballería se veía impotente. Muchos de nuestros jinetes cayeron entonces, bajo el peso de las pesadas hachas de los enanos que cercenaban con saña las patas de sus caballos, obligando a sus monturas a pelear a pie en el mejor de los casos. Muchos otros simplemente murieron allí, con los yelmos negros abiertos, y el rostro cubierto de sangre.

Pero todavía sentía que nuestra ventaja, ganada a sangre y fuego en la primera embestida, permanecía con nosotros. Desmonté finalmente, y un enano se abalanzó sobre mí lanzando un grito de guerra que acompañaba la ira en su mirada. Pero Airacil consiguió detener el golpe certero de su hacha a medio camino, y mi daga blanca se hundió en su cuello rápidamente. Hasta aquí todo iba bien. Pero ahora…

Ahora sólo me queda intentar volver a la batalla, pero no estoy segura de conseguir apoyarme en la pierna herida. Los párpados pesan sobre mis ojos, y siento cómo el sueño se apodera de mí, debido seguramente a la gran pérdida de sangre. Cierro los ojos durante un segundo. Al menos a mí me parece un segundo. Cuando los abro, una figura se acerca ocultando los primeros rayos del sol que cruzan el cielo, pero las sombras no consiguen ocultar a mis ojos las insignias del Valle que adornan sus ropas. Mientras se acerca, busco a tientas mi espada sin apartar los ojos de él. Se lanza a la carrera alzando su espada, esperando dar un único golpe certero sobre mí. Pero encuentro mi espada, y lo agradezco a la diosa en silencio, mientras la empuño en el último momento, intentando detener el golpe.

El antebrazo del hombre se dobla de manera antinatural, y me sorprende que no termine de caer. Extrañada, en ese momento me doy cuenta de que no es mi espada la que empuño, sino una tosca espada de orco, de hoja serrada y hierro oxidado. Pero no importa. La hoja se ha incrustado en el brazo del hombre, hasta el hueso. Y aunque no ha conseguido cortarlo, el golpe lo ha quebrado, y ahora cuelga como un guiñapo amorfo, apenas unido al resto del brazo por unos trozos de carne.

Me preparo para atravesarle nuevamente con la espada, aún sentada en el suelo. Pero no hace falta. El hombre mira sorprendido la espada que le atraviesa y asoma por su pecho, comprendiendo que la muerte ha llegado hasta el por la espalda. Cae ante mis ojos como un muñeco de trapo, y tras él, Inglin. Sus ojos parecen cansados. Su rostro cubierto de sangre esboza una sonrisa, a pesar de que tiene un corte profundo en la sien.

- Creo que deberías ordenar la retirada, Yestariel – me dice, mientras se arrodilla junto a mí – La ciudad de nuestros aliados nos abre las puertas. Nos han ofrecido refugio.

- Esta bien… Ordena la retirada – me apoyo en ella y consigo levantarme no sin gran esfuerzo. La herida en la pierna parece latir con vida propia, pero intento ignorarla - ¿Dónde esta el elfo?

Una sombra fugaz aparece en sus ojos. No acierto a entenderla.

- Ha tenido que ser evacuado ya. Lo encontré antes que a ti, con numerosas heridas en el cuerpo. Los enanos…

Miles de maldiciones escapan de mi boca, mientras caminamos despacio hacia la ciudad. ¡Malditos enanos! Nunca he sentido gran simpatía por ellos, pero ahora esta retirada que empaña el sabor de la batalla ganada hace crecer nuevamente el odio dentro de mí.

Pero nos retiramos. Conseguimos llegar hasta la Ciudad, cubiertos por sus mismos arqueros. Hemos ganado, y detrás de nosotros, el enemigo intenta curar sus propias heridas, y prepara su propio camino.

Una batalla más, y el final parece, por fin, más cercano que nunca.

[Editado por Indil el 14-01-2006 22:32]

Gaur

Los días de asueto y relajamiento en la capital de Telpe, recientemente conquistada, sirvieron como descanso, tanto moral como físico, para todos los soldados de la maltrecha compañía de Valle, que llevaba tanto tiempo vagando por el continente, interviniendo en innumerables batallas.

Los soldados soñaban con el regreso a su hogar, con sus familias. Cuantas personas de distintas razas se veían separadas de sus seres amados por una guerra que parecía no tener fin. La alianza, hecha a traición, de los antiguos aliados del Señorío del Valle del Ingenio, Nurn y Tercano, con Telpe y el aniquilado Concilio de Nan-Tasarion habían forzado hasta la necesidad a los estrategas de Valle que buscaron una alianza, que en su día no fue voluntaria por ninguno de los dos señoríos, con Alianza de Eithel-Glîn.

Los valar en su infinita sabiduría había favorecido en la batalla a nuestro amado país. Las infinitas batallas habían provocado un fuerte desgaste que, afortunadamente, había sido muy superior en el bando rival, conllevando la desaparición de Concilio.

Sin embargo, el cansancio empezaba a hacer mella en las maltrechas arcas de Valle y financiar una guerra, que se antojaba infinita, hastiaba hasta la saciedad a cualquier dirigente por convencido que estuviera en sus ideales.

Todos estos pensamientos viajaban a toda velocidad por la mente de Aliena, jefa suprema de la compañía que acababa de tomar la capital telpita. En sus aposentos, sentado en una mesa y amparado por la oscuridad se hallaba el capitán Gaur.

- ¿A quién esperamos, gentil dama? – inquirió el capitán - ¿Acaso a la Señora Emeldir?

- No, Gaur, buen amigo. Esta misma mañana he mandado a Emeldir en ayuda de otra compañía. He tenido un sueño la última noche y he visto que sus fuerzas serían más útiles en otro lugar.

- ¿Entonces…?

- No seas impaciente. Alguna vez necesito detener mi mente y ordenar todo lo que está sucediendo para tomar la decisión más correcta.

Gaur se mantuvo en silencio. El mensaje había llegado fuerte y claro. Aliena solicitaba silencio y si eso era lo que ella quería, eso es lo que tendría… más silencio del que esperaba.

Sin hacer el menor ruido, salió de la habitación, dejando a Aliena en la soledad, sumida en sus propios pensamientos.

Unos minutos más tarde, Aliena se dirigió a Gaur:

- Gaur, los elementos indican que la suerte ha cambiado. Los auspicios no nos son tan propicios como fueran en el pasado. Debemos tomar una decisión.

La única respuesta que obtuvo fue el silencio.

- ¿Gaur…?. ¿Gaur…? ¡Soldado, ven presto a mí!

El soldado que estaba encargado de la vigilancia de los aposentos de la líder entró con paso atropellado en la habitación.

- Mi Señora…

- Id a buscar al capitán Gaur –ordenó con aire malhumorado Aliena.

Gaur se había ido a la cantina del palacio y se estaba tomando unos combinados de hidromiel y cerveza, denominados “submarinos”. Su faz denotaba un aire solemne y serio si bien los conocedores de Gaur habrían visto en la comisura de sus labios una leve sonrisa, fruto del sentimiento divertido que la pequeña tropelía le causaba.

- ¡Mi señor! – gritó el soldado que entró al trote en la cantina.

- ¿Es a mí? – inquirió con tono de sorpresa mal disimulado.

- La Señora Aliena os reclama de inmediato en sus aposentos.

- Decidle a la Señora Aliena que tan pronto haya ordenado mis “pensamientos” - en forma de submarinos, pensó- acudiré con toda la rapidez de la que soy capaz a sus aposentos. Decidle que se acomode, que no tardaré demasiado.

Unos minutos más tarde, Gaur entró apresurado en los aposentos de Aliena.

- Mi Señora, ¿me reclamabais?

- Desde luego –gruñó-. Si tu velocidad habitual fuera la que has demostrado en acudir a mi llamada, nuestro Señor Elboron no te tendría en tanta estima.

- He acudido a vuestra llamada con la presteza que la situación requería. Ese es mi don.

- Dejemos esta discusión tonta. Tenemos temas que hablar. ¿Cuál es tu punto de vista acerca de la situación actual? ¿Qué piensas que debemos hacer? ¿Cuál debe ser nuestro próximo movimiento?

- Dejemos esta ciudad ridícula. Aquí no hacemos nada importante. Nuestros soldados ya han descansado suficientemente. Ahora están en exceso ociosos y no quiero comandar una panda de gordos.

- ¿Y bien? ¿Dónde quieres ir?

- Me da igual. Haldanóri está lleno de ciudades saqueables. Los capitales de los renegados son un plato que me gustaría degustar. Ya hemos estado en Ost-in-Tercan. ¿Nos vamos a Narmelost, cuna de traidores?

- Narmelost…- pensó unos breves instantes Aliena- No me gusta esa opción. Tú bien sabes que la compañía de nuestro Rey está en esa zona. Dejemos que sea Él quien derribe las murallas de esos engreídos. Pienso que la mejor opción es dirigirnos a una ciudad próxima que está mal defendida. Creo que debemos ir a Kemina Anka.

- Bueno – dijo en voz baja Gaur mientras pensaba que la política era muy complicada y que no acababa de entender estas estrategias ridículas.

La compañía se puso en marcha sin más dilación, para disgusto de los soldados que empezaban a aposentarse demasiado en la ciudad.

La travesía era dura. Los dos capitanes tenían que emplear a fondo sus métodos para conseguir sacar el máximo provecho de los soldados. Algunas veces usaban la psicología, arengando a los soldados y animándolos con promesas de nuevas conquistas y la posibilidad de un merecido descanso en mullidas camas de plumas. En otras ocasiones, los métodos tenían que ser más expeditivos.

Aliena sondeaba con su mente los alrededores, buscando enemigos que pudieran estar preparando una emboscada. La caminata se estaba desarrollando a buen ritmo. No hubo apenas incidentes que demoraran la llegada.

La ciudad estaba a un día de marcha a buen ritmo. Los campesinos y ganaderos huían ante la llegada de las tropas comandadas por Aliena y Gaur.

Aliena gritó que quería que se montara el campamento en ese preciso lugar, para que todos pudieran descansar y llegar a la noche siguiente a las puertas de Kemina Anka frescos y con ganas de entrar en combate.

Todos obedecieron sus órdenes, todos excepto los soldados que estaban de guardia y el capitán Gaur que se dedicaba a pasear de un lado a otro con paso firme y la mente enfrascada en sus pensamientos. Los árboles que circundaban la ciudad telpita eran frondosos, lo que le permitía subir a las ramas y desplazarse por las copas de los mismos.

En una de sus incursiones, creyó escuchar algo y se dirigió hacia la procedencia del sonido. En unos minutos aparecieron las figuras oscuras de dos orcos, seguramente dos rastreadores. Pensó que era bastante probable que hubiera más, por lo que decidió retirarse sin acabar con sus miserables vidas.

Seguía corriendo hacia el campamento, a la par que el sol, último fruto de Laurelin, aparecía en el horizonte acompañado de un fuerte viento que dificultaba su avance por las alturas.

En ese preciso instante Aliena abría los ojos y una expresión de preocupación se perfilaba en su rostro:

- Abrid paso al capitán de las alturas –gritó con voz potente.

Todos se miraron extrañados, sin comprender lo que acababa de ordenar Aliena.

En ese instante apareció saltando desde la copa de un fresno Gaur, con la respiración agitada y las gotas de sudar resbalando copiosamente por su rostro.

- Preparaos para la batalla. El enfrentamiento es inminente – bramó Gaur.

- Todos a las armas – refrendó Aliena.

La capitana se dirigió con paso firme al interior de su tienda de campaña para ceñirse sobre el cuerpo sus indumentarias de guerra.

La compañía de Nurn había avanzado velozmente desde donde fuera que llegara, seguramente las noticias del avance hacia Kemina Anka habían llegado a sus oídos y corrían prestos a socorrer a sus desvalidos aliados.

La batalla estalló con gran fiereza. Los soldados de diferentes razas se encontraron, si bien la composición de las fuerzas era muy dispar. Los orcos de Nurn se lanzaron a un ataque feroz que fue rápidamente contestado por los enanos, ávidos de luchar contra sus sempiternos enemigos.

Los hombres y elfos de ambos enemigos se fundían en una lucha que parecía ralentizarse en el tiempo, únicamente podía distinguirse a cada bando por los blasones y el colorido de los ropajes.

Las espadas recitaban su mortal canto, las flechas volaban raudas en busca de un cuerpo en el que incrustarse mordiendo su carne, las hachas y cimitarras se encontraban, midiendo sus fuerzas con enconamiento.

Los dirigentes de ambos bandos se medían a la par que los soldados. La guerra no distingue entre altas y bajas cunas y todos se tienen que enfrentar a la muerte con la dignidad que es propia a cada uno.

Aliena luchaba con fiereza. Sus rápidos mandobles apenas le servían para mantener a raya a los atacantes que la buscaban como víctima propiciatoria, anhelando que la moral de los valientes soldados de Valle desfalleciera. Su guardia jamás permitiría que Aliena quedara a merced de los soldados de Nurn.

En medio de la feroz batalla un golpe psíquico provocó que la espada se le cayera de las manos.

- Por Eru… no es posible…

Aliena mandó un mensaje telepático a Gaur, que se encontraba como siempre luchando codo con codo con sus incansables enanos, feliz de encontrarse en su compañía y en plena batalla.

- Gaur…Gaur…

- No es el mejor momento para conversaciones, Aliena…- respondió Gaur mientras rebanaba la cabeza de un orco gruñón de un solo tajo.

- Es importante… entre las fuerzas nurnitas detecto un poder que supera con mucho el mío. Es un poder anciano, alimentado por la cólera. Es prácticamente indestructible.

- Somos superiores en número y fuerzas y tenemos al abasto la capital. Ahora no podemos rendirnos. Tenemos que luchar.

- No estoy segura de poder detenerle. Sólo espero que no se trate de Delissë. Su fama la precede.

Gaur recibió el último mensaje con preocupación. Había conocido a Delissë en una visita que tuvo que hacer a Nurn, respondiendo a la llamada de Elboron al cual tenía que llevar un preciado objeto. Gaur recordaba la impresión que la dama le había causado: fría, dura, inmisericorde… La visita había acabado con una pelea monumental.

Estos instantes de desconcentración supusieron un precio muy alto para el capitán de Valle, puesto que recibió una profunda herida de una cimitarra orca. La herida adquirió rápidamente una tonalidad oscura que denotaba una septicemia inminente. El orco habría matado a Gaur si no fuera porque 3 enanos que se encontraban en las cercanías de Gaur al verle en apuros rebanaron con sus hachas al orco muriendo decapitado y desmembrado. Gaur se desmayó de inmediato por la furiosa infección que seguidamente empezó a luchar por acabar con su vida.

Aliena buscaba mentalmente a su rival, mas una flecha perdida encontró la fortuna que no merecía y mordió las carnes rosadas de la valiente Dama de Valle. La incrustación en el pecho de Aliena tenía muy mal aspecto y seguramente se había escapado de una muerte inmediata por escasos centímetros.

Los soldados de Valle reforzaron su ataque sobre Nurn, dispuestos a llegar hasta el final. Las instrucciones eran claras. No rendirse, no abandonar, siempre adelante, si era posible acabar con esa molesta compañía.

El enemigo debió ver la fiereza y determinación de Valle puesto que sin que la batalla se hubiera decantado por ninguno de los bandos tocaron a retirada y huyeron buscando el refugio en la ciudad, que había abierto sus puertas para que encontraran su abrigo como el de una madre amorosa.

La batalla había terminado. La guerra debía continuar. Muchas cuentas pendientes habían quedado tras esta batalla.

Delisse Yestariel

Resumen de la batalla.

Nurn ha perdido 17 armadas x35= 595 puntos.

Recuperables: 393 puntos.

Valoraciones: 9+9.2+8.8 = 9

Recupera: 353 puntos. Han solicitado daños del 90% que aparecen reflejados en la historia, por este concepto recupera 315 puntos. Total recuperacion: 668 puntos.

No pierde puntos.

Valle ha perdido 21 armadas x35= 735 puntos.

Recuperables: 243 puntos.

Valoraciones: 8.8+8.6+8.8= 8.8

Recupera: 214 puntos. Han solicitado daños por un total de 140%, que aparecen reflejados en la historia. Por este concepto recupera 490 puntos.Total recuperacion: 704 puntos.

Pierde 31 puntos.

Nurn recibe 225 monedas por batalla ganada.

Nurn entrega a Valle 100 monedas por abandono de la batalla.

Compañías actualizadas y listas.