La Guerra de los Clanes

Batalla 123 - C3 Nurn Vs C1 Valle

Terminada
Escrito el 15-01-2006 10:08 #1

Fin Guerra: Señores de Nurn deja de Atacar

Armadas perdidas por \"Señores de Nurn\" = 9

Armadas perdidas por \"Valle del Ingenio\" = 13

Victoria para Nurn.

Escrito el 18-01-2006 23:26 #2

Ella, la que va sobre la grupa de la bestia negra, esa detestable Noldo es quien nos dirige a la batalla; ha sido enviada desde Narmelost, según dicen ellos, para dar un nuevo aire a las Albas Sangrientas, pero yo sé que no es así, todos lo sabemos, fue enviada en un desesperado intento por recobrar la gloria perdida de la compañía, porque los Señores no creen más en ese arrogante mestizo quien ahora yace tranquilo en su bonita tienda, recuperándose de sus heridas mientras nosotros marchamos bajo este sol que quema, que todo lo ilumina, que hiere nuestros ojos; pero a ella nada le importa, eso lo supe desde que le vi por primera vez en su arribo a la isla.

Los gritos, las órdenes, quisiera cerrar sus labios para no escuchar nunca más la maldita lengua de los Eldalië; le odio, a ella y al otro elfo que tanto se le parece, y mi odio crece cada que pronuncia una sola de esas palabras porque son como murmullos del bosque, como susurros de arboledas, como risas mordaces de hermosos seres quienes se regocijan de su apariencia al compararla con la nuestra. Junto a ellos va Aldamorna, la Mujer-Ent, la Sabia, y el suelo retumba con cada una de sus pisadas y los árboles inclinan sus ramas a su paso, ya que ella es su Señora.

Seguimos avanzando al ritmo que marcan los cascos de los caballos y por fin alcanzamos el bosque de Taurëlindomë, en cuyo corazón se alza Ost-In-Tercan. Como yo, los otros orcos celebran al dejar atrás la explanada semidesnuda y el resguardo que el boscaje nos brinda ante la luz del sol. Nos acercamos al enemigo, puedo sentirlo en el aire, el aroma salino en la piel de quienes habitan el territorio de Valle es inconfundible. La elfa se detiene, ella también lo sabe, sus oídos son tan agudos como mi olfato… se aproxima el ansiado momento de la batalla.

…………………………………………

El mar la trajo hasta nosotros en medio de la noche, sus cabellos oscuros se agitaban con la fría brisa costera y su sombra danzaba maliciosamente a la luz de las antorchas. Aldamorna fue la primera en salir a su encuentro y un saludo cordial, aunque un poco distante, pudo verse entre ellas, porque Lómine como todos los elfos, ama a los árboles y venera la sabiduría de sus pastores. Poco después de Aldamorna llegó Morcen y tras un par de palabras protocolares, los tres Capitanes se dirigieron al extremo del campamento y discutieron sobre la estrategia y escucharon las nuevas traídas desde Narmelost en la voz de Anamoriel.

Así estuvieron reunidos y deliberaron hasta que la luz del alba se dibujó en el horizonte, entonces Aldamorna dejó su lugar y fue hacia el sitio en que descansaban los orcos y los trolls, y con su voz grave ordenó levantar el campamento y preparar las naves porque la hora de la partida se acercaba. Morcen permaneció otro tanto junto a Lómine pero a la primera luz de Anar se acercó a los Elfos y a los Enanos y a los Hombres, y sus órdenes no fueron diferentes a las que recibieran los orcos y los trolls, La Garra Negra tomaría nuestro lugar mientras que nosotros regresaríamos a tierras continentales y emprenderíamos la cacería contra la Primera Compañía de Valle, quienes poco antes intentaran sin suerte tomarse nuestra Capital. Acalorados gritos de guerra se levantaron hacia los cielos y atravesaron los bosques y se mezclaron con la sal del mar, la dulce venganza a tal osadía sería nuestra.

Aun en medio del frenesí desencadenado por las nuevas del viaje, distinguí en el rostro de nuestra Señora la sombra de una tristeza al dirigirse a la tienda en que descansaba Seregruin, malherido en la última de las batallas.

Los oscuros barcos izaron sus enormes velas y el viento sopló a favor, y así dejamos la isla en la que muchos de los nuestros encontraron su final y debieron partir a las estancias de Mandos. Los orcos y los trolls no paraban de gruñir bajo la cubierta, al igual que los enanos quienes no cesaban en sus maldiciones en contra del mar y del propio Ulmo, pero no por ello los barcos se detenían o aminoraban su marcha, sino que continuaban la travesía apenas rozando las aguas, deslizándose con gracia magistral sobre las olas.

Pasé mis días y mis noches en cubierta, observando el acalorado ir y venir de Morcen, quien desde la proa dirigía el rumbo no solo de nuestro barco sino de toda la flota. Aldamorna permaneció sobre el puente, observando y calculando, y su figura dominaba todo en medio del mar, porque era tan alta como los postes y tan majestuosa como nunca se vio. A Lómine en cambio solo pude verle una vez en los muchos días que duró la travesía, a mi lado se murmuraba que la Noldo no gustaba del mar pero yo no lo creí, estaba seguro que su ausencia se debía a la delicada situación de Seregruin; y es que mucho se ha dicho de estos dos Señores, de sus encuentros, de sus afectos, de su apasionada relación, aunque también se diga que no por esto han cesado las múltiples aventuras y romances que desde siempre acostumbraban tener.

A lo lejos se distingue la costa a la que arribaremos para luego iniciar un nuevo y más arduo viaje, recorreremos de este a oeste las Tierras Ocultas hasta encontrar a la compañía de Valle, y luego les abatiremos y nuestra victoria y la gloria de las Albas Sangrientas será entonada en canciones y se recordará hasta el fin de los días. Hoy se inicia la temporada de caza…

…………………………………………

Han caído los dos elfos, ella abatida por las flechas, él por el acero enemigo, estaban solos en medio de la batalla y sus espadas, a pesar de estar casi cubiertas por la sangre de los soldados de Valle, refulgían bajo la intensa luz del sol que se filtraba a través de las ramas de los árboles. Sus mandobles no fallaban y cientos perecieron bajo su azote, pero pronto fueron separados el uno del otro y acorralados por las fuerzas contrarias. Aldamorna les vio y nos ordenó ir en su ayuda, pero el enemigo era numeroso y nuestras hachas no hacían mella en la férrea defensa, solo cuando que Morcen fue herido pudimos alcanzarle e impedir que fuera aniquilado; la sangre manaba sin cesar de profundos corte sobre el pecho y el abdomen, y cerca de la sien otra herida señalaba el lugar en que recibiera un violento golpe. Con Lómine fue diferente, no hubo espada o lanza alguna que pudiera tocarla, se abatía en duelo contra los soldados de Valle con la furia de un animal salvaje, sin ceder terreno, sin detenerse, pero ni su vista ni su agudo oído pudo advertirla de la muerte que se acercaba surcando los aires, primero se clavó una en su hombro, luego otra en su pierna, otra más en su costado y una última cerca de su muñeca, saetas de puntas envenenadas buscaron refugio en su cuerpo y así cayó desvanecida sobre el suelo del bosque.

La embestida de los orcos no cesaba, las desagradables criaturas rompían con facilidad las líneas enemigas y tras ellos avanzábamos nosotros, los Khazad, y con nuestras hachas afiladas desgarrábamos y trozábamos y despedazábamos a cualquier ser que se interpusiera en el camino de Nurn, en su venganza. A lo lejos la voz de Aldamorna nos guiaba mientras enfurecida, asestaba golpes y aplastaba soldados a diestra y siniestra.

Flechas, espadas, lanzas, mazas, rocas… Hombres, Orcos, Trolls, Enanos y Elfos… todos juntos como una plaga, como una marea negra imparable y devastadora, así fueron las Albas Sangrientas aquel día bajo el sol inclemente, la sangre corrió como mil ríos de color rojo que se adentraron en la tierra hasta las raíces de los árboles; y también fuero muchos los cadáveres y las entrañas y las cabezas y brazos y piernas sin cuerpo, pero pocos pertenecían a Nurn pues éramos movidos por la cólera y el orgullo, y la Llama Roja brillaba en el peto de las armaduras; pero cuando el crepúsculo hubo llegado el sonido del cuerno oscuro retumbó en medio del bosque y fue la señal de la retirada…

La gloria perdida había sido recuperada.

Escrito el 20-01-2006 21:30 #3

Dagor-Nuin-Taur

En lo alto de un acantilado, en las pantanosas tierras que rodean el golfo de Falmasulë, doce jinetes de la escolta real aguardaban aburridos mientras Erekan, amigo del rey, y sus nuevos capitanes, oteaban el horizonte.

- Jajaja – reía con ganas Emeldir mientras observaba los pesados bajeles nurnitas mecerse al rítmico compás que marcaba Ossë a través de las olas – Yo os digo que es un ent.

- Imposible – negaba Erekan – Jamás, y digo jamás, en los incontables años que han pasado ante mis inmortales ojos, he visto un pastor de árboles subirse en un barco y estoy seguro que así será siempre. Eso no es más que el pesado mástil de un monstruoso navío.

- Para ser un elfo... – dijo con maliciosa sonrisa la edain – ves bastante mal.

- Impertinente – musitó Erekan -. Tal como la había descrito Elboron.

- Acaso sea un artefacto de guerra – sugirió Kassy, prudente, irguiéndose sobre su montura, intercediendo en la disputa.

- Pronto lo veremos – repuso el elfo sombriamente mientras azuzaba a su caballo. Ya había visto suficiente.

Kassy asintió levemente. El severo semblante del elfo no presagiaba nada bueno y ni siquiera el sempiterno buen humor de Emeldir podía disipar la inquietud que la gran flota nurnita le había causado. ¿Les estarían siguiendo? Aún estaba asimilando todo lo que le había pasado en las últimas semanas, que no era poco, como para pensar tal cosa.

No hacía ni veinte días que había dejado su apacible compañía en el sur de la bienamada isla del reino para partir en pos del aguerrido Erekan en auxilio de Elboron, herido en tierras nurnitas. Y ahora, en cuestión de días, se hallaba al frente de la más formidable hueste que jamás pisara las tierras de Haldanori: la hueste real del Valle del Ingenio. Los míticos soldurios de Elboron.

Todos ellos eran orgullosos elfos, en cuyos petos lucían bruñidos los emblemas de sus casas. Altivos noldor con afilados aceros, silenciosos nandor portadores de grandes lanzas, hermosos sindar y sus mortíferos venablos, los arqueros laliquendi e incluso algún marino teleri formaban la primera compañía del Valle.

Ahora bien, eran días difíciles para los valientes soldurios. No pocas bajas habían sufrido en las últimas batallas e incluso Aikanár, el legendario taryalie, se encontraba herido, presa de inexplicables males.

El asedio de Narmelost había sido ingrato y a pesar de los valerosos esfuerzos y las incontables proezas acaecidas, la oscura ciudadela nurnita, el gran bastión del enemigo, no había caído frente al empuje de las tropas de Elboron.

Pocos días después del primer ataque a la ciudad, comenzaron los extraños acontecimientos que tanto mal trajeron después.

La muerte de Breda, primo de Gaur, y el posterior advenimiento de este, justo cuando se urdió el intento de magnicidio contra el rey e incluso la misteriosa aparición de Giselaï distrajeron la atención de los capitanes.

Una promesa incumplida, una persecución imposible y un malhadado extravío fueron la antesala de la más dura derrota que los orgullosos soldurios recibieran nunca. Sólo el valor y el arrojo de Lochlan y Ewan, valientes lugartenientes del rey, impidieron la aniquilación del ejército. Loados sean con cantos y vítores allá donde reposen en las salas de Námo.

Rojo se tiñó el atardecer aquel funesto día y se llevó consigo no pocos de los mejores guerreros que hayan pisado Arda y, si la fortuna no hubiera acudido en su rescate, Elboron también habría caído junto a sus amados guerreros. Por suerte no fue así y aún reposaba en su pabellón, aturdido por altísimas fiebres y con terrible herida marcada en el tórax. La cicatriz se presumía feroz, si conseguía sobrevivir...

La noche de la batalla, acompañados por el ulular de los búhos y los gritos de las aves de carroña, los capitanes supervivientes se reunieron alrededor de Faevelin quien, en nombre del rey, ordenó abandonar el campamento y marchar hacia los bosques de los sauces, donde podrían recuperarse de sus heridas.

Poco después, la hueste real se ponía en camino, amparados en el sigilo de la noche y de la niebla que, sin duda, Ulmo levantó a su paso. Mientras, un mensajero, portador de las terribles noticias, zarpaba en bajel pirata rumbo al Asentamiento de Compañías, en busca de Erekan, gran capitán del reino.

Ahora bien, al norte, las nuevas llegaron hasta Gaur que, iracundo, instó a Aliena a enviar a Emeldir en ayuda del rey.

Poco más de una semana después, el elfo desembarcaba en las arenosas playas del continente, acompañado de la dama Kassy, dispuesto a tomar el mando del ejército. En la playa, trece jinetes, entre ellos Emeldir, aguardaban su llegada.

Ya en el campamento, Erekan pudo comprobar el pésimo estado en que los guerreros se encontraban, sumidos en una negra apatía, preocupados por sus señores y ociosos en su desesperanza.

- Si su moral es baja – tronó Erekan mientras Faevelin le explicaba la situación –, yo les daré un motivo para luchar y dejar de lamentarse.

Horas después la compañía abandonaba los enrevesados senderos de los bosques saucistas en dirección a Ost in Tercan, la capital tercana, en formación de batalla.

Poco a poco, la imponente figura de Erekan y su bien merecida fama fueron tranquilizando a los elfos que, a pesar de su natural recelo de las humanas que había traído consigo, marchaban con mayor brío. Pronto comenzaron a entonar las viejas tonadillas que todo soldado conocía y sus nobles rostros recuperaron el color.

Sin embargo, el pesado lastre de los heridos ralentizaba su marcha y en retaguardia el ánimo era escaso pues Elboron no mejoraba.

Durante los días de marcha, Kassy aprovechó para observar a los elfos pues, aunque estaba acostumbrada a ver a la hermosa gente a menudo, jamás había visto tantos y de tan alto linaje. Su asombro iba en aumento pues los guerreros, lejos de los toscos enanos que formaban el ejército del Asentamiento, eran gráciles y gentiles en todos sus movimientos. Sin embargo, la fascinación de Kassy la causaba el cuidado que mostraban con todos los olvar y los kelvar. Su paso por el bosque apenas era sentido por este que, agradecido, les protegía de la lluvia con un impermeable manto de ramas y hojas.

Ahora bien, Emeldir aún pensaba en el ejército nurnita que habían divisado en los acantilados y su inquietud iba en aumento a medida que pasaban los días pues se había acostumbrado a cabalgar en retaguardia, charlando con los enfermos, y, en ocasiones, creía escuchar el ahogado chillido de un orco, como si su amo le fustigara con premura para alcanzar a su presa.

Una tarde, los gritos comenzaron a ser más claros y, desoyendo las órdenes de Erekan, se escabulló entre unos arbustos, decidida a averiguar el extraño misterio de las “voces”.

Varias horas después, cuando ya había perdido toda esperanza en descubrir algún enemigo, un rumor sordo, producido por las claveteadas suelas de los orcos al correr, llegó a sus oídos. Tensa, desenvainó su espada, pensando que se trataría de una compañía de orcos errante mas pronto descubrió con atónitos ojos lo erróneo de su presentimiento.

¡Un ejército entero se desplazaba a gran velocidad por el bosque! La vanguardia de este, formada por los orcos más livianos, se encontraba tan sólo a tres horas de la retaguardia de la hueste real. La situación era crítica.

- No puede ser – balbucía -. ¿Cómo permite el bosque el paso de estas inmundas criaturas sin oponer resistencia?

Tales cosas cavilaba la edain cuando una gigantesca ent-mujer pasó a su lado emitiendo un grave sonido. Algo así como “rarorum”, diría después Emeldir.

- ¡Por todas las estrellas del cielo! – clamó sorprendida – Un ent, ¡tienen un ent! Entonces... yo tenía razón en el acantilado y... y por eso el bosque no les molesta en su marcha. Debo avisar a Erekan – decidió con premura mientras corría junto al lindero, lejos de los ojos de los orcos.

Mientras tanto, Erekan había detenido la columna. Había llegado al lindero del bosque y, ante sus ojos, se erguía amenazante, Ost-in-Tercan, la gran ciudad tercana.

Las mejores tropas fueron dispuestas en vanguardia, dejando a los heridos al cuidado de las tropas más cansadas: los veteranos de los vados del Ringluine.

Sin embargo, esta medida no sentó bien a los testarudos noldor que formaban la guardia de Aikanár que, agraviados y despechados, se presentaron ante Erekan armados hasta los dientes y en perfecto orden de batalla

- Señor – dijeron al gran capitán -, agradecemos tu gesto mas nuestros corazones arden inflamados por la ira y no queremos ni podemos permanecer ociosos mientras los enemigos del reino se esconden vilmente tras esas murallas.

Cuentan las crónicas de Faevelin, de nuevo el único testimonio que tenemos de aquellos días, que Erekan, sorprendido y admirado por la osada valentía de los guerreros del taryalie, accedió a sus ruegos y que, estos, haciendo sonar sus armas contra los pesados escudos que embrazaban ocuparon sus posiciones gritando:

- Alalalalalai

Por desgracia, el verdadero enemigo no se encontraba tras los muros de la ciudad sino en su retaguardia, escondido en el bosque.

Emeldir corría con ahínco y gracias a un supremo y último esfuerzo, adelantó a los orcos, llegando justo a tiempo para advertir a Erekan que, raudo, ordenó proteger a los carromatos.

Ahora bien, Emeldir, exhausta, cayó desplomada presa de un grave ataque de tos, expulsando sangre y poco después perdió el conocimiento.

Aún estaban evacuando a los heridos del claro donde habían asentado el cuartel general cuando el siseo de un venablo hendió el aire y se hundió bajo el vientre de un centinela, que en último estertor acertó a gritar:

- ¡Glamhoth!

Poco después, una lluvia de proyectiles cubría el cielo arbolado de Taurelindomë. La respuesta de los soldurios no se hizo esperar y pronto las livianas flechas de los laliquendi, bajo el mando de Kassy y Faevelin, detuvieron el avance de los orcos y de la gigantesca Aldamorna.

No obstante, la inexperiencia de Kassy fue fatal pues observando a los orcos huir en busca de cobijo, ordenó a su reducida hueste, armada con livianos arcos y cuchillos, cargar contra los orcos.

Estos, muy numerosos y mejor pertrechados para la lid, causaron grandes estragos ante los laliquendi, que caían abatidos por doquier.

Kassy, furibunda, se batía en solitario frente a numerosos enemigos mas pronto fue rodeada y todo su arrojo, que no era poco, se reveló insuficiente para frenar al enemigo que la derribó, hiriéndola de gravedad en el abdomen. Mientras, Faevelin, horrorizado, ordenó retirada y, asiendo la lanza se adentró en el bosque en busca de Kassy que, inconsciente, era pisoteada por el avance del grueso del ejército nurnita.

Al otro lado del claro, los soldurios se organizaban y Erekan, furioso, aprestaba a los elfos para la batalla pues estos se habían dispersado en derredor de la ciudad. Últimos de todos llegaron los noldor de Aikanár que, esforzados, se abrían paso a empellones, ansiosos de entrar en batalla.

En el frente, Erekan luchaba con gran osadía ante la hueste de Nurn que, gracias a la presencia de Aldamorna, se movía con agilidad en la espesura del bosque.

Los arqueros laliquendi supervivientes, aleccionados por la muerte de sus hermanos, se afanaban en derribar los grandes trolls, mientras estos eran jaleados por Morcen, deseoso por llegar a los carros de los heridos. Inútil maniobra pues uno tras otro fueron derribados y, Erekan, al percatarse de la instigación de Morcen, ordenó a los lanceros sindar a acabar con él.

Grandes heridas infligieron los lanceros al héroe nurnita mas pronto un enjambre de orcos rodeó al capitán caído, impidiéndoles rematar la faena.

La lucha proseguía sin cuartel a lo ancho del bosque y sólo en el ala izquierda, donde Lómine luchaba, conseguían avanzar los enemigos del Valle. Gran furia poseía a la elfa pues tras el fracaso del asesinato contra Elboron, sus ansias por acabar con él aumentaban por momentos y, sabedora de que el elfo se hallaba herido de gravedad, deseaba encontrarlo.

Incluso se dijo después que marchó con la tercera compañía de Nurn hasta tierras tercanas por su deseo de destruir al rey del Valle. Mas... son sólo rumores infundados... o tal vez no.

Percatándose de los desesperado de la situación, Erekan buscó con desasosiego a los noldor del taryalie y, sin encontrarlos, él mismo se dirigió hacia allí acompañado de los guerreros sindar que había puesto bajo su mando directo, resuelto a no ceder un palmo de terreno, y a fe que lo logró.

Asiendo con fuerza su lanza se plantó frente a Lómine que, sumida en una vorágine de destrucción, luchó contra él. Terrible fue el choque de los dos capitanes y terrible fue la cólera de ambos en aquel sobrenatural duelo. Ahora bien, aquel día Lómine no tenía rival y con habilidosa estocada hirió al gran capitán valluno en el hombro, retirándolo de la primera línea ante los vítores de los elfos de Nurn.

No obstante, poco les duró la alegría pues una lluvia de saetas surgida de los arqueros nandorin que protegían al rey surcó el aire para clavarse en la corajinosa elfa nurnita que, gravemente herida, hubo de retirarse del combate.

La batalla proseguía y las bajas de ambos bandos aumentaban sin decidirse la suerte del combate para clan alguno. El día se presumía largo y sin cuartel...

Entonces, en la hora crepuscular, al fin llegaron los esforzados noldor de Aikanár al frente y, empuñando los azules aceros, inmortales hojas forjadas por los más hábiles artesanos, irrumpieron con estrépito entre las líneas enemigas que, desconcertadas, retrocedían ante el empuje de los soldurios y su imponente letanía:

- Alalalalalai

Aldamorna, presumiendo el desastre y satisfecha por las pérdidas que había sufrido Valle, ordenó la retirada y un cuerno oscuro rugió desde lo profundo del bosque, llamando a sus huestes al cobijo y, estas, deseosas de huir de las hojas de los temibles guerreros noldorin acataron la orden con rapidez.

Y así llegó a su fin la Dagor-Nuin-Taur, la batalla bajo los árboles, como luego sería llamada en las crónicas de aquellos días.

[Editado por jarvis el 20-01-2006 21:31]

Escrito el 24-01-2006 15:59 #4

Resumen de la batalla.

Nurn ha perdido 9 armadas x35= 315 puntos.

Recuperables: 210 puntos.

Valoraciones: 7.8 +8= 8

Recupera: 168 puntos. Han solicitado daños del 90%, por este concepto recupera 315 puntos. Total recuperacion: 483 puntos.

No pierde puntos.

Valle ha perdido 13 armadas x35= 455 puntos.

Recuperables: 152 puntos.

Valoraciones: 9,2 + 8= 8.5

Recupera: 129 puntos. Han solicitado daños por un total de 100%. Por este concepto recupera 350 puntos.Total recuperacion: 479 puntos.

No pierde puntos.

Nurn recibe 150 monedas por batalla ganada.

Nurn entrega a Valle 100 monedas por abandono de la batalla.

Compañías actualizadas y listas.

Historia finalizada.