La sanadora limpiaba las heridas del maia, cuando Eleanor entró y preguntó por el estado de este.
- Señora, las heridas no son graves. Al principio hablaba en sueños pero ahora su alma arde, intentamos bajarle esta extraña fiebre pero no conseguimos aplacarla. Ahora si me disculpáis debo ir a atender a los demás heridos- le dijo la sanadora saliendo de la sala.
- Antes de iros decidme que decía- le pregunto Eleanor
- Palabras sueltas, murmullos, pero entre eso entendí una, Gondolin, no paraba de repetirla al igual que el nombre de una dama, Indil. ¿Sabéis a quien pertenece?- respondió la anciana
- Era el nombre de su esposa- dijo mientras miraba el rostro del maia.
- Debe de estar recordando algo de gran dolor y eso alimenta la oscuridad que lo arrastra por el valle de las sombras, espero que despierte pronto.- dijo mientras se retiraba la anciana.
Allí postrado en la cama estaba, en un sueño de fuego y terror. Mi alma luchaba contra recuerdos pasados intentando abrirse paso hacía la luz.
De pronto estaba en la entrada de mi casa en Gondolin, cerca de la Callejuela de las Rosas, allí sentada en un banco estaba Indil mi mujer, las lagrimas recorrían mi rostro al verla bella era de piel tostada por el sol y de cabellos dorados como el trigo. Me acerqué a ella y la besé, y mirándome me dijo:
- Parece que no me hubieras visto desde hacía siglos. Anda vamos que tenemos que ir con Idril y Tuor, que nos esperan en su casa para ir al festival de Nost-na- Lothion.
- Iré donde quieras- respondí
- No cambiaras nunca, siempre tan meloso- me dijo ella riendo, su risa era clara y limpia como la de una fuente.
Así nos encaminamos hacía la casa de Idril. Allí estaban esperándonos junto al pequeño Eärendil. Desde la llegada de Tuor a la ciudad me había unido mucho a él, ya que nuestras esposas eran grandes amigas. Tras saludarnos nos encaminamos hacia la muralla oriental, mientras yo jugaba con Eärendil y mi mujer me decía entre risas:
- No sé quien es mas niño, tu o él.
Y entonces yo la levantaba y la risa brotaba entre nosotros, el amor nunca había dejado de crecer y el saber que estaba encinta hacia que la dicha fuera mayor. Allí apostados mirábamos como la última luz desaparecía, pero de pronto una nueva apareció en las cimas del norte, Tuor me miro y yo lo mire. Algo no iba bien y los dos lo sabíamos. Entonces mire a Indil y le dije:
- Vete con Idril y esperadnos en su casa, debo ir a buscar mis armas.
- Ve con cuidado esposo- dijo mientras me besaba y salía con Idril y Eärendil hacía su casa.
Salí corriendo y atravesé la ciudad. Las calles se llenaban de llantos de mujeres y niños, mientras que comenzaban a salir los hombres armados y se dirigían a las murallas. Llegué a casa y me coloque rápidamente la armadura y desenfundando mi gran hacha baje la calle hasta reunirme con Tuor, donde estaban ya las once casas de Gondolin. El rey nos llamó a palacio para organizar la defensa de la ciudad, amargas palabras se dijeron en aquella estancia. Tuor abandonó la sala y tras reunir a la hueste del Ala nos dirigíamos hacia su casa, cuando un gran estruendo retumbó en la ciudad, ¡el enemigo había llegado! Las caras denotaban temor, pero entre la confusión me despiste y me dirigí hacía la batalla, donde al llegar vi que la antigua puerta había caído y delante de ella los cuerpos de orcos y amigos estaban tendidos. Entonces sentí la poderosa voz de Rog que instigaba a sus hombres a luchar contra los balrogs. Grande fue la acometida contra ellos y me uní a la frenética lucha, blandiendo mi hacha mientras el calor se hacía insoportable, pero no dejaría caer la ciudad que tanto amaba. Luchaba entre llamas pero estas no me hacían nada, sino que las usaba para atacar a los orcos que encontraba. Pronto tuvimos que retroceder a mí pesar, más una música encantadora lleno entonces la ciudad, eran las huestes de la Fuente comandadas por Ecthelion. Algunos nos unimos a ellos mientras las hojas deslumbrantes daban muerte a los orcos por centenares. Pronto Tuor se unió a nosotros y atacamos con gran fuerza hasta llegar casi a la puerta.
Fue cuando Ecthelion fue herido de muerte por un balrog, mientras este yacía sin vida a escasos metros. Allí nos rendimos, y escapábamos hacía la Plaza del rey donde era más fácil defenderse. Nos agrupamos los últimos defensores junto con las mujeres y los niños inocentes, la ciudad estaba perdida y ahora era menester salvar a tantos como pudiésemos. Allí luchamos amargamente hasta que Tuor nos condujo al sendero secreto. Fuimos atacados pero algo llamo su atención, y cuando llegamos al Lugar de las Bodas nos giramos, y con dolor contemplamos como un dragón se había enroscado a la torre del rey. Los gritos de dolor de los allí congregados nos llegaban pero un gran estallido nos saco de esa pesadilla: la torre había cedido y con él había muerto el Rey Turgon. Parte de la hueste se encaminó hacía la casa de Tuor, mientras Telimektar buscaba a Indil entre los presentes y fue cuando recibió la amarga noticia: había salido corriendo hacía su casa para recoger el collar que le hiciera para ella.
Salí corriendo mientras el temor tomaba mi ser, no soportaría que estuviera muerta, debía encontrarla, y fue cuando la vi. Brillaba como un diamante entre tanta negrura, blandía la espada defendiéndose de unos cuantos orcos.
- ¡Indil!- grite mientras me lanzaba sobre ellos.
Juntos les dimos muerte y corriendo cogidos de la mano nos dirigimos hacía la casa de Tuor, pero cuando ya estábamos cerca cayeron sobre nosotros una banda de orcos. Luchábamos como fieras vengando a todos nuestros amigos caídos pero de pronto un Balrog salto desde las escaleras de los jardines de las rosas, e Indil cayo al suelo mientras el Balrog se interponía entre nosotros. Luche como nunca antes intentando defender a mí esposa pero los orcos que había detrás de ella, la arrastraban mientras ella me llamaba llorando y extendiendo la mano.
- ¡Telimektar socorro, Telimektar!- gritaba
- ¡Dejadla, luchad contra mí, siervos de la oscuridad, y volved de donde nunca debisteis salir, morid!- grite mientras atacaba al Balrog.
Este vaciló ante la súbita fuerza con que luchaba. Blandía el hacha que ya había dado muerte a cinco de esos demonios y él seria el sexto. En un ataque salte sobre el balrog y la hundí en su mandíbula, el demonio vaciló y cayó sobre mí. Lo último que vi fue a mi esposa gritando de dolor mientras se revolvía para venir junto a mí.
- Indil…. - fue lo último que dije.
Cuando desperté de la ciudad nada había ya en pie, la última torre había caído hacia días. Un rastro de desolación recorría la ciudad y gritaba:
- ¡Indil!
No temía a nada, la muerte hubiera sido un consuelo en esos momentos. Caminé entre las calles en ruinas, llenas de cadáveres de amigos y enemigos. Allí encontré a mi amigo Thôntir, uno de los vigías y miembro de la casa de la Golondrina, aferrando aun su arco entre las manos, y sobre él derramé lágrimas incontables. La desesperación entraba en mí y temía encontrar a mi mujer entre los cuerpos sin vida. Como pude arrastré su cuerpo hasta un trozo de jardín, donde lo deposité y lo cubrí de piedras.
- Té cojo el arco, viejo amigo y juro que os vengare. – dije mientras sellaba esta promesa con sangre.
Vagué por la ciudad mientras buscaba agua, tenía la garganta reseca pero todo estaba seco y marchito por las llamas. Miraba por doquier y los cuerpos llenaban las calles mientras un hedor a muerte se hacía cada vez más fuerte al llegar a la plaza del rey, donde antaño estuviera la Torre del Rey Turgon, donde había conocido a mi esposa el día en que llegue a la ciudad. Desde allí observaba la ruina de Gondolin. El sol bañaba esas tierras antaño verdes y ahora negras, mientas recorría el camino hasta la gran puerta avanzando entre escombros y muerte. Recogí una espada y un escudo de la Casa del Arco y salí de la ciudad. No quería mirar atrás, amargas lágrimas me bañaban el rostro cubierto por cenizas, sangre y polvo. Escuché entonces el relincho de un caballo, y mire esperando a que apareciera el enemigo pero no fue así. Uno de los caballos de la ciudad había escapado del saqueo y ahora se erguía ante mí y acercándome lentamente monté sobre él. Galopamos como el viento atravesando el Tumladen y el Paso de la Huida pero no encontramos más que cuerpos sin vida.
Eleanor no se había separado de mí durante todo el día, mientras me ponía paños húmedos en la frente intentando aplacar la incesante fiebre, pero fue durante la noche cuando más temieron, pues mi cuerpo se retorcía y los espasmos hacían que no pudieran controlarme. Pero cuando toco la medianoche y entre grandes gritos, me desperté de esos sueños gritando.
- ¡Morgoth!- la ciudad tembló y de las grietas del foso grandes columnas de fuego iluminaron la noche
Los hombres que tenía encima intentando contener mis espasmos fueron lanzados. No veía nada, todo eran sombras y no veía más que orcos, que se me acercaban y yo allí de pie intentaba defenderme. Las piernas no me respondían y maldecía a esas viles criaturas. Pero una voz dulce me llamaba y girándome vi a Eleanor frente a la chimenea.
- Indil, amada esposa no estáis muerta creía que... - y caí de rodillas entre lagrimas.
- No soy Indil, soy Eleanor era un mal sueño ahora déjanos que te curemos- me decía mientras me acostaban en la cama.
- Creía que eras ella. Un mal sueño ha sido y recordarlo me ha abierto antiguas heridas que creía cerradas. Ahora solo quiero descansar y olvidar, me duele el costado, ¿qué es lo que tengo?- le dije mientras me ponía la mano sobre este.
- Una flecha estuvo a punto de perforarte un pulmón pero por suerte no fue así, aparte de eso las únicas heridas que son de importancia os la hizo el Balrog pero por suerte intervino, y justo a tiempo, vuestro amigo Laurë. La ciudad esta a salvo mas las tropas de Telpe parecen haberse retirado al menos por el momento.- le respondió Eleanor mientras le daba un vaso de agua.
Tome un sorbo y en pocos segundos caí en un sueño reparador, nada perturbaba el descanso de mi cuerpo que iba recuperando el color. Dos días estuve durmiendo mientras las heridas cicatrizaban velozmente y en el tercero desperté. Nadie había en la habitación, y levantándome costosamente me puso un manto para protegerme del frío. Fuera brillaba el sol y por la ventana entró un aroma a comida y andando torpemente me dirigí a la puerta. Allí apoyada estaba mi gran hacha y la usé de bastón. Abrí la puerta y empecé a recorrer el pasadizo hasta entrar en la cocina. Nadie había en ella mas una bandeja de pasteles recién horneados esperaba en la mesa. Miré a ambos lados y una mueca picara recorrió mi rostro. Me acerque sigilosamente a la bandeja y cogí uno de los pastelitos, el aroma era embriagador pero cuando le iba a hincar el diente una voz me recrimino:
- ¡Deje esos pasteles donde están, ladronzuelo!
Entonces me pego con un cazo en la cabeza y girándome le dije:
- Perdone no era mi intención cogerlos sin permiso pero es que olían tan bien que no pude contenerme, ¿no le negara uno a un pobre enfermo?- le dije mientras me reía y ella estallaba en risas.
- Mirad que sois pillo, con lo mayor que sois señor y os comportáis como un niño. Perdonad por el golpe espero no haberle hecho daño- me dijo la cocinera.
- Todo quedara arreglado si me dais otro pastelito de esos. Siempre me dijeron que era un niño grande.- decía mientras saboreaba otro pastel.
- Eso es bueno, de corazón noble sois y el corazón de muchos os habéis ganado. ¿Pero no sé si debieses estar en pie ya?- decía mientras se sentaba junto al maia
- En la cama me aburro y ya no se como ponerme, me duele todo de estar allí solo. Mis hombres por lo que vi desde la ventana siguen en las murallas. Y yo aquí sentado sin poder hacer nada- dije mientras suspiraba y tomaba un sorbo de chocolate caliente de la taza que me había dado ella.- Si fuerais tan amable quisiera poder vestirme y salir a tranquilizar a mis hombres y si me acompañarais seria un placer
- Eso esta hecho deje que me quite esta harina de encima y saldremos juntos. ¿Quién me lo iba a decir a mí, salir del brazo del Señor de Earondo?
- No me halaguéis tanto, que me pondré colorado. Estos pasteles devuelven a la vida me tendréis que decir la receta para que mis pasteleros me los hagan.- dije mientras salíamos los dos de la cocina. Tras vestirme la anciana me dio un cayado de blanca madera para que me apoyara en él, y así salí de las casas de Curación. La ciudad parecía no haber sufrido daños y eso me gustaba. Pronto los gritos de alegría recorrieron la ciudad al verme y mi acompañante se puso más contenta, hablaba y hablaba pero su voz era tan dulce que nunca me cansaba. Ella me condujo hasta la puerta donde vi a Eleanor bajar corriendo las murallas. Sabía que me iba a regañar, lo notaba en su cara.
- ¿Se puede saber que haces levantado? Deberías estar en cama.
- Perdona es que me aburría y salí a dar un paseo- respondí.
- ¿Y se puede saber a donde querías ir?- dijo, pero algo había cambiado en su rostro- ¿No será por pasteles?
- Señora así es, lo encontré en la cocina comiéndose un pastel cuando sin querer le golpeé confundiéndolo con uno de los mozos- dijo la anciana
- No pasa nada, así aprenderá. Mira que eres cabezón nunca aprenderás. Ya sabía yo que no tardarías en bajar cuando el olor de los pasteles te llegara- dijo Eleanor mientras reía
- Y que quieres que le haga. Con algo tenía que llenar la panza, ya que si solo me alimentas de hierbas no durare mucho- dije mientras los tres estallábamos en risas.
Las heridas externas cicatrizaron pronto pero las del corazón aun tardarían en hacerlo. Convaleciente aun conversaba largas horas con la anciana ayudándole a superar su dolor y gran estima le cogí, pidiéndole que se fuera con ellos hacia Earondo cuando marcharan y eso hizo.
