Nulkaiel Milyawen
Sigo el rastro de sangre sobre la nieve. No es continuo, está dando bandazos de un lado a otro. Las gotas a cada pocos pasos me hacen pensar que la herida es bastante grave, lo suficiente como para que esta vez no pueda escapar. No regresaré sin asegurarme de que ha muerto.
Tengo que mantenerme en alerta. Sé que está cerca y solo tengo que descubrir qué lugar de este pequeño bosque ha elegido para ocultarse, pero con este frío y la herida, sé que no llegará muy lejos.
El reguero de sangre me guía hacia unos arbustos. Después de comprobar la zona la frustración se apodera una vez más de mí. “No es posible, no ha podido ir muy lejos. Piensa, Minaldur piensa…” Y entonces veo algo similar a una roca, y aunque no hay sangre alrededor, algo me lleva hasta ese lugar. Me acerco con cuidado. Al rodearla la descubro. Está tirada sobre la nieve agonizando. Y descubro también la tiara, se le ha caído de las manos. Su respiración es muy fuerte, y sé que el frío le hace daño en los pulmones cuando respira. “De esta ya no libras”. Tiene una mano apoyada en el vientre, sobre la herida, y la contemplo mientras veo como se desangra. Y por primera vez me fijo en su rostro, pues cuando la descubrí no ví más que su cabello castaño de espaldas a mí. Y ese rostro me encoge el corazón. Si yo fuese mujer, mi rostro sería el de ella. Y esos ojos verdes que se han clavado en mí, me quieren decir algo. Tiene una expresión en el rostro que me asusta. Sus párpados se cierran lentamente mientras la nieve vuelve a caer… esta vez con más intensidad.
Mi infancia fue todo lo tranquila que podía esperarse para alguien que ha perdido una hermana. Hacía 20 años que Inbêl desapareció. Era mi melliza. Una preciosa niña de apenas 2 años que un desgraciado día se alejó más de la cuenta, y a la cual no volvimos a ver.
Recuerdo los llantos de desconsuelo de mi madre cuando le dieron la noticia. Siempre se ha sentido culpable por lo acaecido. Al principio, todos los habitantes del lugar unieron esfuerzos y quisieron colaborar en su búsqueda. Algunos comentaban entre susurros que las corrientes del río se la habían llevado. Otros creyeron ver restos de su vestido entre matorrales. Nunca supimos qué le ocurrió exactamente. Lo único que sabíamos es que los días pasaban y nadie nos la devolvía, ni viva ni muerta. Y cuando pasaron siete lunas, la gente dejó de salir. No se lo podíamos reprochar, pues incluso nosotros habíamos perdido la esperanza. Bastante habían hecho ya.
Los únicos recuerdos de su rostro me quedan tan lejanos que apenas podría decir cómo era… pero siempre me la describieron como un ángel, un precioso ángel de cabellos castaños ondulados, así como el mío. Era la joya de nuestra casa, el orgullo de mi padre.
Madre siempre me ha contado lo inseparables que éramos. Preferíamos jugar juntos antes que con otros niños.
El último día que la vieron, mi abuela le había puesto un vestido que le acababa de hacer. Había pasado toda la mañana conmigo y con ammê (mamá), mientras preparaban el estofado para comer. Al caer la tarde, tal y como solíamos hacer habitualmente, salimos al pequeño huerto a corretear. No le gustaba estarse quieta, ¿por qué se alejaría tanto?.
Nuestra vida se fue normalizando, aunque el dolor seguía ahí, pero como siempre, el correr de los años mitigó la pesadumbre. Además, en casa se dejó de hablar de ello. Y seguimos con nuestras vidas, recuperando la tranquilidad, y así permanecimos años. Hasta que hace 3 días una nueva desgracia aconteció.
Una valiosa diadema, de suave plata maciza que había hecho mi abuelo nos fue robada. La pieza estaba elaborada magníficamente con filigranas de mithril. Las obras de mi abuelo se vendían a buen precio en el mercado del pueblo, al que llegaban algunos comerciantes en busca de ciertas artesanías interesantes. Y esta podía suponer las ganancias de varias semanas con las que mantener a la familia. Mis amigos y yo nos pusimos en marcha tras la pista de los mezquinos seres que se habían adueñado de lo que no les correspondía.
Tras algunas averiguaciones, no fue complicado seguir su rastro.
En una posada nos indicaron el camino que vieron tomar a un grupo formado por dos hombres y una mujer, que miraban recelosos a cualquiera que se les acercara. Iban cargados con bultos de los cuales no se separaban.
Mientras dormían les asaltamos, y comprobamos que llevaban muchas piezas de valor. Pero la diadema no estaba entre ellas, ni tampoco la joven de la que nos habían hablado. Sus compañeros, amenazados e indefensos nos confesaron que la muchacha se había marchado la noche anterior llevándose consigo un solo objeto del que se había encaprichado, el resto de las piezas robadas se las dejaba a ellos.
Seguimos su rastro a través del bosque durante varias horas. Al amanecer del segundo día uno de mis amigos fue herido por una flecha. Y entonces la vi por primera vez aunque de espaldas. Huía adentrándose en la espesura. No llevábamos ninguna hierba medicinal, ni tampoco somos conocedores de ellas, por lo que mi amigo empeoró irremediablemente. Falleció ayer por la tarde, y me prometí que aquella mujer correría su misma suerte. No solo era una ladrona sino también una asesina. Nunca me había sentido tan encolerizado. Mi compañero se llevó el cadáver de vuelta al pueblo mientras yo reanudaba con más intensidad la captura. No hice ningún descanso ni paré a probar bocado a pesar del hambre que tenía. No sé cómo mi corcel ha aguantado con este frío.
Pocas horas tardé en dar con ella, pues aunque me llevaba dos días de ventaja, viajaba despacio al no llevar montura. Y antes de que pudiera volver a escaparse, disparé con el arco aprovechando su despiste. No tengo muy buena puntería así que dirigí mi flecha a su cuerpo pero sin fijarme en ningún punto en concreto, tan solo quería acertar, me daba igual el lugar. Y acerté. Desde la lejanía no pude ver exactamente donde estaba herida, pero la ví tambalearse. Estuvo a punto de caer, pero siguió huyendo mientras oí lo que me parecieron unos gemidos de dolor.
Y ahora la tengo aquí… muerta ante mis pies, envuelta en andrajos, y mi mente empieza a atar cabos, y cientos de imágenes y recuerdos regresan para golpearme con furia. Esos ojos… Solo hay un modo de salir de dudas… “¿pero qué dudas?, no te engañes”. Aun así necesito comprobarlo. Me arrodillo junto a su cadáver y busco una señal encima del labio superior. Una idéntica a la mía. Mis ojos no quieren encontrarla pero ya la han visto.
¡Se suponía que ella ya estaba muerta!, pero esto solo me lo digo para justificarme, soy consciente. Mi hermana había muerto, eso decían todos. “No, no todos Minaldur”… y entonces recuerdo la conversación que tuve con mi abuelo años después de que ocurriera aquello. – Nunca encontramos su cuerpo, quizá Eru se haya apiadado de ella, y alguien bueno la encontrara.- Pero no fue bueno, abuelo…
“¿Qué haré con ella?, ¿cómo reuniré valor para regresar a mi casa ahora?... pero no puedo dejarla aquí.”
La tomo en brazos y la recuesto sobre mi montura. Recojo la tiara y después de sacudir la nieve que hay en ella, se la colocó sobre la frente. Estoy tiritando, pero no sé si es de frío o de miedo. Me cubro con la capa mientras tiro de las riendas.
“La dejaré en el pueblo y me iré, sí, será lo mejor. Mi pobre Inbêl, yo debía haberte cuidado y protegido, y mira qué he hecho..”
Y mientras mis botas se hunden en la fina nieve, no puedo dejar de repetirme la misma pregunta, ¿me habrá reconocido, sabrá que fue uno de su sangre quien le quitó la vida?
