Delisse Yestariel
“Los Muros de Kemina Anka”
Bruscamente se volvió al sentir el chirriante sonido de la puerta de madera al abrirse. El sanador que Telpe había puesto a su servicio entró, con semblante serio. Largos cabellos grises caían por su espalda, por encima de la túnica blanca que llevaba. Los ojos negros, sombreados por unas espesas cejas también grises, la miraban con cierto temor mientras se acercaba a la cama donde permanecía postrada desde hacía varios días.
- Tenemos que hablar, Mi Señora.
Los muelles de la cama crujieron mientras se incorporaba lentamente. Retiró un poco las sábanas blancas que permanecían sobre ella en extremo desorden, y se sentó en la cama, esperando las palabras del sanador.
- Decidme pues.
- Se trata de vuestras heridas, Señora. No voy a endulzaros esto, pues no veo tampoco cómo hacerlo… Debéis ser consciente de que hemos hecho por Vos todo lo que estaba en nuestras manos. Pero a pesar de que hemos conseguido detener la hemorragia de momento, debéis saber que cualquier movimiento podría desencadenar una nueva rotura de vuestro caudal de sangre, y producir una hemorragia interna que conllevaría inevitablemente la muerte.
- Entiendo. No lo he dudado ni un instante. Pero no entiendo donde queréis llegar.
- Mi Señora… mi consejo inevitable es que debéis evitar cualquier nueva batalla. Creo que la Guerra ha terminado para Vos…
La jarra de agua que permanecía sobre la mesilla junto a la cama salió despedida, lanzada por un resorte invisible, para terminar estrellándose en la pared que había detrás del hombre, con un gran estrépito de cristales rotos. El hombre se sacudió sobresaltado, pero su rostro permaneció impasible. Sólo sus ojos mostraban todavía cierto temor, pero también la firme determinación de la razón que contenían sus palabras.
- Tú…. Miserable… te atreves siquiera a insinuar que debo retirarme de esta guerra… No sé a qué te tienen acostumbrados en estas tierras, necio, pero hace falta mucho más para que un guerrero de Nurn abandone una lucha. Ni siquiera la muerte podrá mantenerme alejada de esta guerra, hasta que Haldanóri se convierta en un pozo negro de miseria y sangre… mi propio fantasma vagará entre sus tierras, destruyendo todo lo que encuentre a su paso.
- Señora… no lo entendéis…
- Eres tú quien no lo entiende – le interrumpió – No digas más estupideces y retirate. Déjame sola.
Un leve gesto de cabeza fue la única despedida del hombre, pero mientras salía de la habitación, lanzó una mirada subrepticia a los restos de cristales que permanecían en el suelo, en un charco de agua. La profecía de la Maia resonaba todavía en su mente, y por un momento, el agua pareció transformarse en sangre. Sangre inocente.
----------------------------------
Mi pierna izquierda late como si tuviera vida propia. Hace apenas dos días que he comenzado a levantarme de la cama, pero apenas me permiten dar cortos paseos fuera de los muros del Palacio Negro. Los jardines permanecen expectantes ante la fuerza invernal, y los negros lirios que debieran adornarlos permanecen dormidos en espera de la primavera.
Camino sobre negras baldosas rematadas de oro, mientras el viento que llega desde el mar y más allá de la isla de Tol Telpea arremolina mis cabellos. Un mirador tallado en piedra se alza sobre un acantilado de paredes escarpadas, que termina vertiginosamente en negras y afiladas rocas, golpeadas una y otra vez por la fuerza de las olas.
El mar parece escapar del mismo control de Ulmo, mientras golpea la tierra una y otra vez. Pero un recuerdo lejano me golpea a mí entonces. Los ojos verdes y azules de Ulmo, y la bondad inmensa de su mirada.
- ¿En qué piensas, Yestariel? – me dijo entonces, cuando nos encontramos en las costas lejanas de Beleriand, en las costas que dominaban las tierras de Barad Nimras.
- En la muerte, Mi Señor – fue mi única respuesta.
Y él se rió de mis palabras, con esa risa que parecía poseer el eco de todas las profundidades de su mundo.
- Lejana esta la hora de tu muerte, para que ahora pienses en ella con angustía.
Pero mentía. Lo supe después. Lo supe cuando sentí el calor de las llamas sobre mi cuerpo. Yestariel murió entonces. Ahora lo sé. Y Delissë nació de sus cenizas.
Irónico me parece pensarlo ahora, de nuevo frente a sus dominios. Debieron dejarme morir entonces. Los malditos designios de Ilúvatar han caído sobre mí, una y otra vez. Lo he maldecido mil veces por haberme convertido en esto que ahora soy. Mil veces maldije también a mi Diosa, y a todos los Valar. Una misión suicida me encomendaron. Una misión de muerte. ¿Qué querían de mí? ¿Qué extraño propósito podían concebir en sus retorcidas mentes? ¿Era esto precisamente lo que querían conseguir? Que me convirtiera en instrumento de muerte y destrucción inmisericorde…
Lo han conseguido. Hace mucho tiempo que ya no siento nada. La última vez fue justo frente a los muros cerrados de Barad Avathael. Pero entonces la guerra no había hecho más que empezar.
Tampoco siento ya lástima de este destino maldito. Cumpliré los designios de Ilúvatar.
“Y tú, Melkor, verás que ningún tema puede tocarse que no tenga en mí su fuente más profunda, y que nadie puede alterar la música a mi pesar. Porque aquel que lo intente probará que es sólo mi instrumento para la creación de cosas más maravillosas todavía, que él no ha imaginado.”
Cumpliré sus designios. Seré instrumento de su propia naturaleza. Mil cosas maravillosas surgirán de esta destrucción, que ni siquiera alcanzo a imaginar. Fruto soy de sus designios y de su lucha eterna. Ni siquiera Melkor supo comprenderlo entonces.
- ¿En qué piensas, Yestariel?
Sus palabras consiguen sobresaltarme. Su voz dulce ha parecido transformarse durante un instante con la profundidad del mar, debido quizás al recuerdo dormido que hoy ha vuelto a mi mente.
- Necesito tu ayuda, Inglin.
Mi mirada violeta permanece todavía presa del recuerdo y del mar, pero se que ella no esperaba mis palabras. Y el hecho de que solicite su ayuda consigue inquietarla. Consigo verla sin mirarla. Permanece de pie, mientras el viento acaricia levemente las trenzas de su cabello, con los brazos cruzados sobre el pecho, esperando.
- Hay una planta. Una planta que crece en las alturas de las montañas, buscando siempre el sol del Oeste. Crece al amparo de las rocas, buscando su protección frente al viento. En verano luce con unas débiles flores de hojas blancas, creando una blanca ilusión de nieve. En invierno en cambio se retrae en sí misma, convirtiéndose a penas en unas pequeñas briznas de un verde apagado, y de tristes hojas de color oro con forma de estrella. – Inglin parece desconcertada ante mi descripción – Necesito que la traigas para mí.
- Yestariel… ¿te encuentras bien?
- Tal vez. Haz lo que te pido Inglin. Tal vez sólo así lo consiga.
- ¿Pero dónde la encontraré…? Nos encontramos a millas de distancia de cualquier montaña… y una vez allí no sabríamos siquiera si esa planta que dices crece allí.
Me giro buscando en su mirada. No sabría decir qué es lo que ha visto en mis ojos, pero tiembla. Siento crecer su miedo, pero no es a mí a quién teme.
- Las Montañas Grises. Pero antes de irte… haz venir a un mensajero.
Asiente entonces, y se aleja de mí a la carrera. Siento que ahora sólo me queda confiar, y observo nuevamente las rocas impasibles, mientras se dejan acariciar una y otra vez por las olas de Ulmo.
