Fëathoron
La luz de la luna acariciaba su rostro durante la noche. Los rayos del sol incidían con ímpetu sobre su cara al amanecer. Las nubes se habían retirado para dar paso a un cielo claro y radiante bañado por la luz. Los cabellos oscuros del elfo brillaban con intensidad con el primer juego de luces matutinas, sus ojos estaban abiertos y absorbían luz directamente de la fuente luminosa sin que estos se quemasen. Sobre la cama se dibujaba delicadamente la silueta de su cara.
El elfo permanecía en las casas de curación de la Alianza de Eithel-Glîn. Una vez más las heridas de batalla lo había conducido ante aquellas estancias, tras las cuales se hallaban numerosos acometidos con dolencias y heridas de diferente magnitud e intensidad.
Por sus venas aún corría la sangre emponzoñada de malicia que Laitainë Númeniel le había obligado a tomar. Pero la batalla entre el bien y el mal que en su cuerpo se estaba dando estaba llegando a su fin. Su corazón había logrado expulsar las tinieblas que lo tenían sitiado gracias a Narairë y su ayuda, la cual fue decisiva para que el elfo decidiera regresar a las tierras de la Alianza. Su mente ligada por completo a sus emociones estaba despejada y ya no presentaba duda alguna acerca del bien y del mal.
Al igual que un río salvaje de inmenso caudal que desciende veloz y furioso y nada puede detenerlo, una oleada de poder en representación del bien emanaba de su alma y surcaba su ser. Era el fin de la maldad en su cuerpo. De nuevo el elfo se llenó de esperanzas e ilusiones y el futuro ya no era algo tan temido y aún menos desesperanzador. Había pasado un tiempo desde que la incertidumbre y la pena previamente plantadas brotaran para dar fruto a una serie de tristes acontecimientos.
Fëathoron se incorporó y llamó a la enfermera:
-¡Hola! Desearía que me ayudarais.- dijo eufórico el elfo.
-Dígame señor.- contestó la joven enfermera que había acudido a ver que quería Fëathoron.
-Me gustaría poder incorporarme para contemplar el bello día que se alzó hoy y me gustaría que me dierais permiso para salir a tomar un poco el aire por los jardines.-expuso el elfo poniendo cara de pena.
-Pero señor aun necesitáis descansar y hasta que no vea que esa herida tan fea que tienes ahí está mejor no podrás nada más que asomarte a la ventana y con ayuda, pero estoy segura de que pronto os habréis recuperado y estaréis galopando a través de los bellos bosques de las tierras de la Alianza.-contestó la joven.
-Me entristece no poder salir fuera, pero me consuela el saber que puedo al menos observar a través de la ventana. ¿Podría abrirla? Al menos para refrescar mi cara y deleitarme con las nuevas melodías que me traiga la brisa.-preguntó Fëathoron con casi seguro de que le diría que sí.
-De eso nada, ¿Pero estáis loco? O acaso es que no sabéis que ahí fuera todo está helado, lo que menos necesitáis ahora es un buen resfriado. Venga dejad ya de dar la lata y os dejaré mirar por la ventana y no hagáis ninguna de las vuestras que se que tenéis fama de ser un crío en el cuerpo de un adulto, y si os veo que abrís la venta os llevo al sótano y no salís de allí en un mes y no bromeo porque os estaré vigilando.-contestó la enfermera enojada pero al acabar una pequeña risa traviesa se le escapó quitando hierro al asunto.
La enfermera limpió las heridas de Fëathoron le cambió los vendajes y le ayudó a trasladarse hasta una silla mecedora que había junto a la ventana. Fëathoron fue llevado de nuevo a su cama a descansar tras contemplar el bello atardecer y como los tonos anaranjados agónicos desaparecían cediendo su posición a la gama de colores nocturnos.
Esa misma noche Fëathoron tuvo un sueño, de nuevo el pasado le perseguía y se acoplaba en su presente…un sueño con Ithladin. Fëathoron era consciente de que estaba soñando pero también percibía cosas del mundo físico…estaba entre el mundo de los sueños y el mundo real. De repente su conexión con el mundo real desapareció y la figura de ella aparecía tras los primeros rayos lunares.
Se encontraba en el centro de un gran lago, sus pies estaban posados sobre la superficie acuosa. Llevaba un traje de seda blanca con algo de vuelo el cual estilizaba su figura y sobre este una capa con un estampado que parecía que la mismísima Elbereth, reina de las estrellas, había plasmado en ella parte de su gracia.
Sus ojos emanaban una intensa luz tan profunda como los dominios de Ulmo. Fëathoron se preguntaba si aquella luz era la luz de aquellos que habían visto las tierras de Valinor y ahora su rostro reflejaba la luz de Aman.
El elfo contemplaba con asombro y deleite los cabellos de su amada, su rostro, su figura, su esencia de nuevo le envolvía. Había olvidado que era el amor y ella se lo estaba recordando, sentimientos antiguos y remotos como la pasión, el amor y el despecho de nuevo fluían por su ser. Cada rincón de su alma de nuevo fue embriagado por su querida Ithladin.
Pero esta vez sería un encuentro diferente. Su amada se acercó y le dio un dulce beso, beso que el elfo retuvo en su corazón congelándolo como un instante aparte del tiempo y del espacio, se separó y le dijo al oído susurrándole:
-Hola mi amor…esta noche has de comprender mi historia…y estoy aquí para que nunca olvides lo que por ti llegue a sentir, siento y sentiré. Vamos a viajar a lejanos tiempos, suspendidos en el pasado, en los que viví y podrás entender parte de lo que ocurrió.-dijo Ithladin a su amado tomándolo por las manos.
Fëathoron no era capaz de gesticular palabra alguna, esa explicación había perturbado su vida entera y cuando consiguió olvidar y desterrar esa obsesión de su corazón volvía a por él…¿Por qué justo cuando no sentía necesidad de saber se encontraba a su alcance? Ithladin le condujo hasta un altar tras unas cataratas que ocultaban una enorme cueva en la que se podía respirar un aire fresquísimo y muy puro, libre del hedor de la guerra o la muerte, libre del mal.
Ithladin tomó un cántaro con agua y lo vertió sobre una enorme concha que sustentaba el altar y esta comenzó a reflejar algo…se podía ver con claridad a través del agua…
Pero de repente todo se volvió oscuro y un gran ruido y un fuerte golpe hicieron que el elfo se levantase de la cama estrepitosamente haciendo que se le acelerase aun más el corazón. Ya no estaba en el sueño…estaba de nuevo en la habitación de las casas de curación, pero ¿Qué había sido ese golpe? ¿De dónde provenía?. El elfo aguzó su mirada élfica y contempló como el vidrio de la ventana presentaba un golpe que lo había roto. Se incorporó tomó los bastones de apoyo y haciendo un esfuerzo se aproximó al a ventana. Allí un bello pajarillo se había estrellado contra la ventana y estaba malherido…lo tomó y le llevó junto a su cama quitó las almohadas he improvisó una cama para proporcionarle calor hasta la mañana cuando ya alguien podría intentar salvarlo. Al regresar a la cama tropezó con una especie de vasija que no sabía quien la había colocado allí. Se abalanzó contra el suelo y su mirada se cruzó con el objeto…¡Era el cántaro usado por Ithladin!...lo último que vio fue como la sangre que emanaba de las heridas abiertas tras la caída se mezclaban con el agua que se había derramado del cántaro.
[Editado por wiccano el 24-01-2006 21:16]
