La Guerra de los Clanes

Historia Por Puntos. Valle. Vuelta A Los Orígenes

Terminada
Escrito el 29-01-2006 22:22 #1

Vuelta a los Orígenes

Estrellada se divisaba la noche en el jardín del amplio despacho de Elboron en la “Los anales del Valle” la gran biblioteca y archivo de Haldanori, para gloria del clan del Valle del Ingenio.

Un libro, su vieja pipa de fumar, regalo de un artesano enano de Khazad-Dûm, y la compañía agradable del susurro del agua al deslizarse por la fuente era todo lo que Elboron Meloronuillion, último bibliotecario del Valle, necesitaba para sumirse en un placentero descanso.

- ¿Recordaré algún día la paz de este lugar? – reflexionaba mientras saboreaba el excelente tabaco recién llegado al puerto de Ostaire, traído por un mercader de Eriador.

Cavilaciones tan profundas como esta llenaban la cabeza de un relajado Elboron, que, después de haber terminado de empacar sus pertenencias y haber puesto en orden las tareas de la Biblioteca, se sentía agotado.

Lentamente, el noble elfo se levantó y acercándose a su despacho buscó el diario que había encargado a su fiel Faevelin cuando empezara la guerra, largo tiempo atrás. Fue a su regreso cuando pensó en hacer una crónica desde su llegada a Haldanori a través de esos textos. Todavía pensaba en el nombre que les daría pero, probablemente, acabaría por aceptar la idea de Aikanár: “Crónicas de un viajero”.

No era mal nombre, pensó, mientras se volvía a sentar en la amplia butaca de mimbre que el gran capitán Gaur había mandado fabricar para él a un habilidoso artesano de Ciudad Dragón.

Abrió la página que tenía marcada desde hace días en el gastado libro, página que recogía las aventuras del elfo en Nurn, cuando el suceso del códice, y empezó a leer.

Año 1456 de la Segunda Edad del Sol

Elboron llega al puerto de Ostaire

Grandes nubes han cubierto el cielo durante la larga travesía marítima desde nuestra partida, ocultando el bello refulgir del cálido sol estival, hasta ayer. Como si de un gran presagio se tratara hemos divisado por fin las ansiadas tierras del Valle del Ingenio. El mercader que nos transporta es un viejo pero robusto marino cuya poblada barba e imponente estatura tanto me asombraron el día en que por primera vez lo viera en el puerto de Hecilonde. “Lobo” Larsen lo llamaban sus hombres y doy fe que tal apodo lo había ganado su dueño por mérito propio como pude comprobar después. El viejo Larsen era un hombre duro que...

En ese momento una suave mano se poso en el hombro del elfo, haciéndole desviar su mirada del interesante libro y sufriendo un dulce escalofrío. Una embriagadora sonrisa y un fragante olor turbaron a un encantado Elboron, conocedor de la dueña de dicha mano.

Pocos días antes, su amada Earin, princesa de Farbala y dueña de su corazón, había llegado hasta la biblioteca, retornando tras años de ausencia, en su busca.

- ¿Leyendo a estas horas? Creía recordar que tenías mucho trabajo que hacer. Te esperaba hace dos noches en la villa de Nardazda. Ya tenía ganas de verte” – le recriminó ella mientras lo rodeaba y se sentaba a su lado, doblando con esmero el precioso manto blanco que él la había regalado al escuchar las nuevas de su llegada.

Siguiendo los armoniosos pasos de la bellísima elfa con la mirada, Elboron fingió sorpresa pues sabía que Earin le estaba provocando, como en ella era costumbre.

- ¡Oh!, como vuela el tiempo cuando está uno tan ocupado. Entenderás, princesa, que debo dejar todo en orden antes de marchar. Sabes que detesto dejar las cosas a medio acabar. Y.. este viaje no es como los demás – contestó el enamorado elfo.

Sin hacer gran caso a las palabras de él, Earin le respondió con una sonrisa:

- Mi equipaje está ya empaquetado. El viejo mercader nos espera en el puerto de Ostaire. Me manda buscar todas las mañanas desde hace una semana y yo siempre le despacho con la misma frase: “El señor Elboron todavía no ha regresado de la Ciudad Dragón”. Se impacienta y dice que te lo hará pagar en monedas de oro – contestaba divertida, sabiendo la tormenta que le esperaba a su amado cuando se tuviera que enfrentar al viejo marino.

- ¿Cómo es posible que me conozca? – preguntó extrañado.

- Al parecer es un viejo conocido tuyo. Dice llamarse Larsen.

- ¡Diantre!, has contratado al mismísimo “Lobo” Larsen – exclamó sorprendido -. Ese viejo cascarrabias no cambiará nunca. Temo la hora de tenerlo que volverlo a ver y explicarle mi retraso. No obstante, estoy ya listo. Mañana tenía pensado ir a buscarte. Todos mis enseres están ya empacados. Aikanár partió ayer con ellos. Tan solo... me cuesta tanto tener que desprenderme de todos estos libros – dijo pesaroso mientras alzaba las manos y señalaba las paredes que los rodeaban.

- Sé que es difícil para ti dejarlos atrás, Elboron, pero recuerda que también lo fue dejar Farbala, hace ya tantos años. Y ahora que tu hermano Dieron ha fallecido debemos volver. Tu pueblo te reclama y la corona de Farbala caerá en el olvido si tú no vuelves. Y yo.... yo quiero volver a la floresta de nuevo y sé que tú también lo deseas. Nada te ata aquí.

- Sin embargo – reflexionó triste - me apena separarme del pegaso plateado. Demasiadas penurias hemos padecido juntos. Incluso extrañaré la incesante cháchara de Emeldir...

- Gaur lo entenderá. Antes o después, él tendrá que seguir su camino. Tu tiempo en el Valle ha llegado a su fin.

Elboron se levantó y la rodeo con los brazos mientras la besaba con dulzura. Poco después, acabaron de recoger los últimos efectos de Elboron y se dirigieron a la puerta de la querida biblioteca. Antes de salir, Earin se giró y le preguntó:

- ¿Te has despedido de Aliena? Te tiene sincero aprecio

- Lo sé. He dejado una carta en sus aposentos. Pronto conocerá nuestra marcha, al igual que la Cofradía del Valle. Sabes que no me gustan las despedidas y no son pocos los amigos que dejo aquí.

Ella asintió y cogiendo su mano caminaron hasta los establos de la ciudad. Sus hermosos caballos los esperaban.

Una preciosa yegua de color pardo llamada Arien aguardaba piafando a Earin, cuya pasión por los equinos era enorme, pues el amor que la elfa albergaba por todos los olvar y los kelvar era tan grande como su corazón.

El caballo de Elboron era un enorme semental, cuyo lomo plateado refulgía con la misma intensidad que la estrella argéntea, símbolo de su casa.

El poderoso corcel era regalo del velocípedo, recuerdo de los tiempos pasados en las grandes planicies de Haldanori, cuando ambos lucharon codo con codo en las terribles guerras de los clanes.

El colosal caballo había recibido de Earin el nombre Tilion y era muy de su agrado, motivo por el cual Elboron lo trataba con especial atención, aunque, lo cierto es que le tenía bastante aprecio y cariñosamente lo llamaba “El Errante”.

Minutos después, con el refulgir de Rána alto en el cielo, los dos elfos cabalgaban rumbo al sur por la empedrada calzada de Ciudad del Dragón con destino a la portuaria ciudad de Ostaire.

Su destino: Farbala. Una vuelta a los orígenes.

Historia finalizada.