Atanvarde, apoyada contra la puerta de su cuarto, extenuada tras un largo día, sonrió vagamente observando la cama que parecía llamarla prometiéndole el Occidente. Comenzó a caminar hacia ella, como atraída por un bello canto, despojándose, una a una, de sus prendas. Cerró los ojos cuando apenas sí había tocado la almohada, hundiéndose en un profundo sueño reparador.
No muy lejos de allí, Aliena, acurrucada en un oscuro rincón, sollozaba silenciosa, abrumada por nuevas imágenes que se sucedían implacables en su mente, una tras otra, conformando un antiguo recuerdo que ella deseó haber dejado en el olvido.
La respiración de Atanvarde se tornó agitada, su sueño, al principio reconfortable, se había convertido en un círculo de sombras y luces que giraban en torno a ella, mareándola. Sintió que todo su cuerpo se estremecía, quejándose, contra el colchón, luchando, entre el sueño y la vigilia. Un nuevo temblor, mayor que el anterior, recorrió sus músculos, inundó sus sentidos, apareciendo una opresiva sensación de estar cayendo al vacío.
En un instante, todo quedó quieto y silencioso. Se miró a sí misma, llevándose una mano al corazón, como queriendo comprobar que aún latía y cerró los ojos para calmarse.
Ningún sonido llegaba hasta ella, sin embargo, un fuerte olor a humedad y vegetación la golpeó, como si el sentido del olfato despertase de un largo letargo. Abrió los ojos, con lentitud, para encontrarse cara a cara con una oscuridad, al principio plena, que, poco a poco dejaba paso a la tenue luz, permitiéndola vislumbrar las asimétricas siluetas de los árboles, tan extrañas y amenazadoras que parecían sacadas de los relatos que solía contarla su padre, cuando su madre se descuidaba. Alzó la vista, para encontrarse con un cielo fúnebre, vacío de estrellas, grandes nubes cubrían todo aquello que pudiera brillar allí arriba con la excepción de Ithil, que lucía roja y amenazante, como invitándolas a que osaran cubrir su faz.
Mientras trataba de asimilar que se encontraba en un lugar desconocido, con un atuendo más que inapropiado, un movimiento en las sombras captó su atención. Miró en derredor pero no logró ver nada más que el ligero mecer de las hojas por una brisa que ella no sentía.
Segundos después, como si por fin su oído hubiese despertado, captó un débil gemido, el susurro de un llanto que pretendía ser contenido, era suave, apenas perceptible y, sin embargo, para ella, el único que captaban sus sentidos. Lentamente, muy lentamente, Atanvarde fue acercándose hasta el lugar del que provenía. Allí, acurrucada tras el grueso tronco de un árbol negro, se encontraba una mujer, de piel blanca y cabellos tan negros como el tronco en que se apoyaba. Respiraba con dificultad, como si hubiese estado corriendo toda una vida, mirando nerviosa a su alrededor. Sus ropas, compuestas de un fino tejido de color indescifrable por la suciedad, estaban desgarradas y húmedas. Sus manos y pies, desnudos, presentaban numerosas llagas que debían doler profusamente, aunque la mujer parecía no notarlo.
Atanvarde, intentando no atemorizarla y sin saber muy bien qué hacer, utilizó su tono más dulce para llamar su atención. La mujer, para su sorpresa, no se sobresaltó, no se volvió, no hizo señal alguna de que la hubiera escuchado. De nuevo habló, un poco más alto y en distintas lenguas, de nuevo sin obtener reacción alguna. Una voz airada, que aunque lejana pareció martillar su cabeza, hizo que la desconocida se levantara como un resorte y que, tropezando, se girara, echando a correr en su dirección. Atanvarde, en un acto reflejo, levantó los brazos con intención de sujetarla y, evitar así, el inevitable choque.
Un segundo…. Todo ocurrió en un segundo.. en un pestañeo, un mundo de sentimientos la inundaron, casi cegándola, la golpeó la ansiedad de quién sólo posee su instinto para sobrevivir, la tristeza, la urgencia… esos sentimientos no eran suyos, lo sabía y, sin embargo, los vivía más nítidamente que si fueran propios. Se apoderó de ella el terror de la mujer y era verdadero terror, no el terror que pueda producir una sombra en la noche, sino el pavor incontenible de alguien que sabe con certeza que, ni aún con todas sus fuerzas, podrá correr lo suficiente para despistar a la muerte, se estremeció entre el deseo de rendirse y la voluntad de no hacerlo. Sentimientos que muchos no comprenderán durante toda una vida pasaron por ella en un solo instante enloquecedor para, al segundo siguiente, ser de nuevo una mera espectadora que, apenas podía entender lo ocurrido. La mujer se había lanzado hacia ella, habían ocupado el mismo lugar un instante y al siguiente, traspasándola como si fuera humo, corría a su espalda perdiéndose de nuevo en la oscuridad. Una lágrima recorría la mejilla de la medioelfo por el recuerdo de lo sentido cuando su alma se había unido por un segundo a la de la desconocida.
De nuevo todo giró a su alrededor, mareándola primero… frenándola bruscamente después.
Esta vez se encontraba en el interior de una vivienda, en lo alto de una escalera de piedra. Frente a ella, una apertura desde la cuál podía divisar verdes campos, embarrados caminos y una elevada muralla que encerraba lo que parecía una aldea. Miró a su alrededor, entendiendo apenas lo que sucedía, pues era extraño, parecía seudo vivir un recuerdo ajeno. Finalmente se volvió, a tiempo para ver como de nuevo la mujer aparecía, subiendo, casi a gatas por la prisa, la escalera para entrar en una de las habitaciones, Atanvarde consiguió seguirla antes de que la puerta se cerrara por completo.
Un fuerte ruido en el piso inferior sobresaltó a ambas y, paralizadas, escucharon como unas pisadas ascendían por las escaleras y se acercaban, firmes, a la habitación en que se encontraban. La mujer, finalmente, salió de su estupor y, tras mirar a su alrededor y agarrar un pesado leño, se escondió tras la puerta, conteniendo el aliento.
La puerta se abrió lenta, muy lentamente, girando sobre sus goznes y, cuando la cabeza pelona de un hombre traspasó el umbral, ella, con los ojos brillantes por el odio y el miedo, descargó un golpe con todas sus fuerzas.
El hombre cayó a sus pies y mantuvo los ojos abiertos un solo instante para mirarla antes de caer en la inconsciencia. La mujer lo miraba sin pestañear, con las pupilas dilatadas.
Nuevos ruidos de pisadas, sólidas, trepando los escalones, parecieron sacarla de su trance y, tras una mirada desesperada, sus ojos se posaron en la ventana, que parecía constituir la única vía de escape. Corriendo hacia ella, seguramente sin pensar en la altura, traspasó el alfeizar y saltó.
Atanvarde, con el corazón oprimido, se acercó a la apertura a tiempo para ver cómo la mujer se estrellaba contra el suelo tras haberse golpeado contra la rama de un árbol, que crujió y se partió bajo su peso. Durante un largo minuto ninguna se movió, ambas sintiendo un dolor sordo en la pierna izquierda. Finalmente, aún atontada y sin aliento, la mujer trató de recomponerse.
Renqueando por el dolor en la pierna comenzó a caminar, mitad en pie, mitad a rastras, hasta que, agotada, se desplomó, de rodillas, intentando llevar más aire a sus pulmones.
Las puertas de la casa se abrieron, tronando, y dos hombres aparecieron en la noche, uno sereno, decidido, el otro, tambaleante, que presentaba un hilo de sangre en su cabeza reluciente. Ambos dirigiéndose hacia la mujer derrotada.
Atanvarde, conmocionada, sintió como si el mismísimo Morgoth estuviera estrujándole el alma y gritó y gritó, profiriendo un sonido que no llegaba a ningún oído.
Perpleja e impotente, vió como ambos la atrapaban colocándole una áspera cuerda alrededor del cuello, magullando su blanquísima piel.
- ¿Dónde está la niña?- la voz masculina que llegó hasta los oídos de Atanvarde era dura, persuasiva.
La mujer levantó la cabeza entonces, esta vez sin miedo alguno en sus ojos oscuros y de sus labios no escapó respuesta alguna. Un bofetón del hombre hizo que ella desviara la vista al suelo. Con la lengua saboreó su propia sangre, que manaba lentamente de su labio inferior pero siguió sin emitir sonido alguno.
El otro hombre, una pobre y chillona sombra del primero, la aferró de la melena obligándola a mirarlo a los ojos, forzando su cuello de un modo poco natural. Preguntó de nuevo por la niña y también por un anillo pero de nuevo el silencio fue la única respuesta. Emitiendo un desagradable chillido se lanzó sobre ella propinándole puñetazos y patadas en cada parte de su cuerpo, ya debilitado.
Atanvarde, con lágrimas de rabia en los ojos, volvió a gritar, a sabiendas de que era inútil.
Cuando el otro hombre se cansó del espectáculo, apartó al otro hombre de una patada y tiró en seco de la cuerda.
Ante el súbito ataque de asfixia, Atanvarde se llevó una mano a la garganta mientras con la otra se asía al marco de la ventana, asustada por la evidente conexión que compartía con la mujer. Cerró los ojos y la sensación fue desapareciendo hasta convertirse en un recuerdo.
Un nuevo mareo la transportó a una amplia habitación, vacía e informe, de blancos ventanales. El ruido ensordecedor de una muchedumbre la empujó a asomarse al ventanal abierto para encontrarse observando una plaza pequeña, cubierta de tierra y grandes charcos, que rápidamente se iba atestando de gente, hombres, mujeres, ancianos y niños poblaban el lugar con sus voces impersonales, pero no gentes de otras razas. En el lado derecho de la plaza, la multitud comenzó a apartarse formando un camino que acabaría por cruzar la plaza y se hizo el silencio. Atanvarde, centrando su mirada en esa dirección, vió de nuevo a esa mujer, erguida tan sólo gracias a su dignidad, con la soga al cuello. Resultaba extraño que alguien de su tamaño y en esa condición tuviera que ser flanqueada por seis hombres corpulentos y armados: uno delante, llevando la soga, uno detrás y dos a cada lado.
El grupo comenzó a abrirse paso por el camino marcado entre el gentío, y Atanvarde apartó la mirada para dirigirla al otro lado de la plaza. Se dio cuenta de que estaba conteniendo el aliento cuando la presión comenzó a atenazar su pecho, y esa expiración se convirtió en un agudo gemido al ver lo que esperaba al otro lado.
Allí, amenazante, sobre una plataforma, esperaba un poste que se elevaba a gran altura, rodeado de una pila de arbustos y hierba secos.
La gente, otrora silenciosa, gritaba enardecida al ver pasar la escolta. Las voces llegaban distorsionadas hasta la medioelfo y nunca conoció el por qué de todo aquello, quizá, pensó, nadie entre la multitud lo supiera con seguridad, quizá nadie se lo planteara siquiera, pero la adrenalina se había apoderado de ellos y esperaban jubilosos el espectáculo que pronto habrían de presenciar.
Sin embargo, cuando la mujer alzaba la vista hacia alguno de ellos, éstos miraban al suelo, temiendo quizá que ella los hechizara, aunque había algunos atrevidos que le tiraban desperdicios.
Atanvarde, enfurecida, se preguntaba porque ella no hacía nada, por que caminaba hacia aquel estrado infame sin oponerse, porque callaba, en vez de gritarles su injusticia. Pero al mirar las expresiones fascinadas de esas personas sucias y enfermas supo que no sería posible razonar con ellas.
Finalmente la mujer comenzó a subir a la plataforma, con dignidad a pesar de que su pierna izquierda la hacía trastabillar, siempre rodeada por la escolta.
Una vez arriba, uno de los hombres la agarró de un brazo, la puso contra el poste y le ató apretadamente las muñecas a la espalda. La miró a los ojos por un instante, casi con pena, con admiración y sin pensarlo en demasía retiró la soga que rasguñaba su cuello, dejando una caricia en la tibia piel antes de retirarse de la plataforma y de la plaza sin mirar atrás.
La mujer levantó los ojos al cielo, consciente de que sería la última vez que contemplara la luz del día. La temprana luz del sol apenas comenzaba a iluminar el cielo tratando de luchar contra la luna mortecina.
Ambas mujeres volvieron la atención hacia la multitud, desde sus respectivas posiciones. Un pensamiento consternaba a Atanvarde, aquellas caras serían las últimas que vería esa mujer si los valar no lo impedían, se presentaría ante Eru con aquellos rostros fijos en la mente. Ella pareció haber pensado lo mismo, pues cerró los ojos.
Uno de los hombres acercó una antorcha encendida a la pira y cuando lo hizo, la desesperanza, el miedo y la rabia ocuparon el corazón de ambas mujeres. La pira se encendió de inmediato, como si un demonio del mundo oscuro resurgiera. El humo se enroscó en el cuerpo de la mujer, que abrió los ojos ante una multitud que la miraba estupefacta. Cantaba, quizá para desoír el rugido de las llamas, quizá para impedir sus propios gritos, quizá para evitar los gritos de los presentes, algunos de los cuales despertaron de su locura y cantaron y lloraron con ella arrepentidos.
Su vista, casi cegada por el humo y las lágrimas, bailoteaba de un lado a otro, el humo se hacía cada vez más espeso haciéndola toser. El calor, similar al de la más reciente estrella, le lamía las piernas, haciéndole llegar un doloroso olor a quemado. Su cara, máscara del dolor, dejó entrever una débil sonrisa al posar su mirada, por fin, en un punto fijo, buscado.
<<Vete>> esa palabra había aparecido nítidamente en la mente de Atanvarde, junto a un sentimiento de urgencia y resignación. Se esforzó en su sorpresa por distinguir las facciones de la mujer, que seguía sonriendo concentrada en lo que fuera que estuviese observando. Paseó la mirada por la plaza atestada, forzando su vista, ya que ella también podía sentir la irritación del humo, como pequeñas agujas que se clavaban en sus ojos.
Finalmente, agazapada en un rincón alejado de la muchedumbre, encontró a una niña, que la miraba con los ojos negros de la noche, su llanto silencioso era sobrecogedor, el miedo de su mirada, paralizante.
<<Vete>> De nuevo esa orden clara en su cabeza, de nuevo esa urgencia.
Mirando a la niña supo que hablaba con ella, con desesperación, como si realmente la viera, la conociera, haciéndola sentir como una intrusa y, a pesar de ello, como si intentara salvarla de algo.
De súbito la niña, desvió la mirada de nuevo hacia la mujer de la pira, haciendo revolotear sus negros cabellos como un manto que ondea en la brisa temprana.
La mujer intentaba, sin resultado, conseguir aire libre de humo. El rugido del fuego llenó todo el lugar, las llamas crecieron y se centraron en el poste, hambrientas. Aquel día Morgoth saldría victorioso.
Y comenzó el dolor, la mujer gritó, Atanvarde gritó, la niña guardó silencio. Las llamas bailaban al son de la muerte, consumiéndolo todo.
Atanvarde sentía el fuego en sus entrañas, abrasándola desde dentro. Trastabilló, intentando alejarse de la ventana, intentando, en medio del horror, calmar un dolor que no era suyo, un dolor que emanaba del alma. Dio un paso atrás, pero sus piernas, ardientes, no sostuvieron su peso y cayó y siguió cayendo en un vacío abrasador que parecía no tener fin. Finalmente una fuerte sacudida, unos brazos que la amarraban, la devolvieron a la seguridad de su cuarto.
Cuando abrió los ojos, su mirada, aún borrosa, se topó con la noche en la de Aliena. No hubo sorpresa, ni palabras intercambiadas. Ambas comprendían.
Atanvarde estaba bien y Aliena abandonó el cuarto.
Historia escrita por Aliena.
