Las enésimas heridas recibidas en el cuerpo de Gaur no hacían nada más que fortalecer su espíritu y determinación a la par que debilitaban sus miembros, musculados y tersos.
Cada batalla servía para engrandecer su animadversión hacia los que su conciencia llamaba traidores.
El estado semi-comatoso inducido por las hierbas medicinales que, con gran maestría, manejaban los galenos destinados en las compañías de Valle, aminoraba los fuertes dolores que las profundas heridas, causadas durante la feroz batalla, infligían al valiente guerrero.
Entre tantos dolores, somnolencias y molestias una voz amiga le consolaba diariamente. Se trataba de una voz tierna, sin maldad. Las amables palabras no podían ser respondidas por la acallada boca de Gaur, al que algunos llamaban el velocípedo, por su legendaria velocidad a la hora de trasladarse.
- Dicen que sois un gran guerrero.
- Un guerrero…- pensó sin articular palabra alguna Gaur.
- Dicen que vuestro valor nos ha salvado en innumerables ocasiones.
- Valor…
- Dicen que sois un protector legendario.
- Protector…
La mente de Gaur repetía las palabras que su oídos le trasmitían. Su boca seguía en silencio.
- Quisiera haceros una pregunta, gran Señor – inquirió la voz infantil.
- ¿qué quieres saber, pequeña amiga?
- ¿Qué significado tiene esta guerra sin fin, estas batallas interminables…?
- … - Gaur no tenía una respuesta clara a la directa pregunta recibida. Su mente habría podido argumentar innumerables excusas militares y de honor para justificarse, pero viéndose postrado en un lecho, al borde de la muerte, ninguna de las razones merecía ser tenida en cuenta. Ninguna parecía importante en estos momentos.
- Mi Señor, Vos que conocéis a los que luchan a vuestro lado, quizás podríais decirme dónde se encuentra mi padre.
- ¿Tu padre? ¿Quién es tu padre?
- Dice mi madre que él es un valeroso soldado, como Vos, Señor. No es tan alto, pero es hermoso y valiente. Mi padre es cariñoso y la guerra me lo ha arrebatado. Mi madre llora desconsolada por las noches, cuando se hace más aguda su ausencia.
- Tu padre es un soldado y debe su vida a su patria.
- ¿Realmente la guerra es tan importante que debe tener potestad para separar familias, sin importar circunstancia alguna? ¿Merece una familia ser desmembrada en nombre de la patria?
- Tú no comprendes, niña. Eres demasiado joven.
- ¿Qué debo entender, mi Señor? ¿Debo entender que si mi padre fallece por defender unos ideales será un héroe y deberá ser respetado como tal para toda la eternidad, aunque por ello destroce nuestros corazones?
El cuerpo casi inerte de Gaur se mueve agitado, sumido en el sueño que debería aliviarle, pero que estaba atormentando a su espíritu.
Una enfermera se acercó al verle y le tomó la temperatura posando su mano sobre la sudorosa frente. Acto seguido le aplicó un paño mojado con agua fría para que la fiebre no siguiera subiendo.
- ¿Tenéis dolor, Gran Capitán?
- Sí, niña. Tengo dolor por todo el cuerpo. Y las heridas que tengo abiertas no son las que me causan mayor dolor, tus palabras me están hiriendo profundamente.
- Yo os estoy hiriendo – gimió la voz de la niña.
- Te ruego que me dejes descansar – aseveró con aire cansino Gaur.
- Cejaré en mi empeño de preguntar lo que no entiendo. Quizás pueda aliviar vuestro dolor con una pequeña historia.
La niña se tomó su tiempo. Gaur deseaba el silencio más que nada en ese momento. Por otra parte no osaba echar a la niña de su lado, sus palabras sabias e incisivas le habían cautivado y algo en ellas denotaba mucha claridad mental, claridad que sólo la inocencia puede otorgar a quien la tiene.
Una gran historia de amor en su adolescencia habían vivido. Desde el momento que se conocieron, brotó en su corazón la llama del deseo y la voluntad de compartir toda una vida. Shak y Thine se amaron desde el momento en que, por azar, sus vidas se cruzaron.
Shak era hermoso, orgulloso, atento… Thine era inteligente, bondadosa, entregada…
Su vida en común, iniciada en un tiempo realmente corto era todo lo que ellos habían deseado desde su más tierna infancia.
Fruto de esa vida, vino al mundo su primer hijo, un varón, que fue la alegría de la casa, le pusieron Elfwin de nombre y era bello como una cascada, con su incipiente sonrisa blanca siempre dibujada en su rostro.
Elfwin murió a los pocos años de vida. Mandos lo reclamó a sus estancias, seguramente invadido por la envidia y el deseo de poseer a tan maravilloso mortal. Una feroz enfermedad se lo arrebató de las manos de sus progenitores cuando aun no se habían hecho a la idea de que estaba enfermo.
La tristeza llegó al hogar, mas el matrimonio no perdió la esperanza y siguieron buscando un nuevo vástago.
Llegó la niña, Phindin, hermosa también. Phindin llenó el vacío dejado por Elfwin. Sus negros cabellos pasaban a toda velocidad cuando la niña corría alrededor de la casa persiguiendo animales domésticos y alguno salvaje que alguna vez se colaba en los dominios familiares.
Phindin se convirtió en el ojito derecho de Shak, y todas las noches la despedía en su cama con un beso en la frente.
Una noche de tormenta oscura y negro presagio, alguien llamó con golpes poderosos a la puerta. La niña se asustó y llamó a su padre. Thine, la madre, entró corriendo en el dormitorio de Phindin y le dijo que no hablara, que no se moviera.
Las voces se oían en toda la casa, Phindin escuchaba como su airado padre discutía fervientemente con los recién llegados.
Tras unos minutos, Shak entró en la habitación y llamó a su esposa. La conversación fue breve. Thine rompió a llorar de inmediato y se abrazó con fuerza a Shak.
- Padre, ¿qué ocurre? – dijo con voz asustada Phindin.
- Mi tesoro… mi princesa… no debes preocuparte.
- ¿Pero qué está ocurriendo? ¿Por qué está llorando madre?
- Me tengo que ir durante unos días, y necesito de tu ayuda. Tu madre estará un poco triste y tú deberás estar a su lado en todo momento.
- Pero… - dijo sollozando la niña.
- Shhhh…. Me voy, volveré tan pronto como me sea posible. Mientras tanto recuerda siempre que tu padre te quiere más que a nadie en el mundo.
Esta fue la despedida de Shak y Phindin. Su hermosa esposa le despidió con un beso lleno de amor.
- Hasta aquí llega la historia, puesto que el final todavía no está escrito, mi Señor Gaur – dijo la niña.
- Es una historia ciertamente triste.
- Como habréis adivinado, Phindin es mi nombre.
- Sí. ¿Qué has sabido de tu padre, niña?
- He venido a Vos para que me indiquéis donde buscarle. Está escrito que Vos me conduciréis a él.
- ¿Yo…?
- Mi madre me ha dicho que busque al capitán Gaur, que él me indicará donde está su amante esposo y mi querido padre.
- ¿Y dónde está tu madre, Phindin?
- Conmigo por supuesto.
- No te entiendo. Si está aquí contigo, ¿por qué no me dice nada?
- Ella perdió el habla y decidió acabar con el suplicio de la espera con una infusión de Artholen.
- Pero si eso es una mala hierba que envenena a quien la toma… - dijo asustado Gaur.
- Ciertamente Señor. Una noche mi madre salió protegida por la oscuridad y no volvió. Dos días más tarde unos campesinos localizaron su cuerpo inerte en las inmediaciones de un río.
- Phindin… mi niña…
- Yo no tenía a quien acudir, vivía de la caridad de las gentes de la aldea. No pude soportarlo más, por lo que fui al lugar donde encontraron a mi madre y me lancé a las bravas aguas que tomaron mi vida.
En ese momento, en una cama sita en la misma tienda, una sanadora llamaba el galeno con alarma. Alguien había empeorado bruscamente. Tres doctores intentaron reanimar el cuerpo del malogrado soldado, mas su vida se les escapó entre los dedos.
- Gaur, Gran Capitán de Valle, veo que mi madre no me ha engañado. Aquí está llegando mi padre. Tan hermoso, tan sonriente.
Gaur oyó como el recién llegado saludaba afectuosamente a la niña y le plantaba un sonoro beso en la frente.
- ¿Nos vamos? – inquirió con voz potente.
- Sí – contestaron al unísono las dos voces femeninas.
- Adiós, capitán – dijo la voz de Phindin – nos tenemos que ir. Mis padres arden en deseos de encontrarse con Elfwin y a mi me hace ilusión tener un hermano.
El cuerpo de Gaur se relajó bruscamente y unas lágrimas rodaron por su rostro. Una tremenda expresión de felicidad se dibujó en la comisura de su boca. Por fin algo le había tocado el corazón después de tanto sufrimiento.
