Apoyada sobre la barandilla del enorme balcón, la elfa observaba las diminutas figuras que recorrían las callejuelas de la ciudad a unos pasos de Morna Selmë, el viento soplaba con fuerza y los enormes pendones de las torres ondeaban orgullosos la temible Llama Roja. La Capital no le parecía tan insufrible como antes, podía apreciar la belleza de sus edificaciones, el ingenioso trazado de sus calles e incluso el pequeño efecto invernadero que las corrientes del Nar-Falmar obsequiaban a la ciudad, y que les permitía gozar de ciertas ventajas en los días de invierno.
-Todo ha sido dispuesto para tu partida –le interrumpió Arattalion posando su mano sobre el hombro de la elfa –un grupo de soldados te acompañará hasta Turelondë y desde allí un galera te conducirá a las tierras de Valle del Ingenio.
-Aun no me has aclarado el porqué de este viaje repentino ¿Qué esperas que haga en las Albas Sangrientas? – inquirió Lómine sin ocultar su enfado.
-La respuesta es obvia, me sorprende que lo preguntes. Además –la voz del maia se hizo susurro -¿no es tu deseo ver al pobre y malherido Seregruin? Tu presencia lo reanimará, estoy seguro de ello.
-Eso precisamente es lo que más me preocupa, deben existir otros motivos, de lo contrario nunca me enviarías a su lado –y retirando la mano de su tutor que permanecía en su hombro, se dirigió a la puerta. Pero antes de dejar la sala se volvió una vez más hacia él –Les comunicaré tus órdenes y prepararé tu llegada, pero debes saber Arattalion que regresaré con la victoria y tendrás que devolverme el lugar que me corresponde en la Garra Negra... Namárië.
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Barcos, barcos y más barcos… y bajo los cascos de las naves el agua y sobre sus cabezas el cielo, el vaivén de la embarcación le causaba cierta inquietud y la eternidad de aquel instante le agobiaba; sobre la mesa descansaban varios pergaminos y un par de mapas, mientras ella permanecía recostada en aquel enorme camastro de madera oscura y sábanas de seda. Faltaban algunos días para el arribo a tierra pero desde ya su sangre y su espíritu se consumían en el fuego del odio, en el deseo de venganza.
La osada maniobra de Valle para conquistar Narmelost había fallado, no una sino dos veces, y aunque la batalla le hubiese dejado algunas heridas de consideración, la recompensa obtenida sobrepasaba por mucho los dolores y padecimientos que la guerra le causara: el filo de la espada enclavándose en los cuerpos de los miserables soldados enemigos, la sangre salpicándolo todo a su alrededor, manchando su traje, sus manos, su rostro, sus labios… La feroz masacre a las afueras de la Ciudad del Poder de Fuego haría que cualquiera de sus rivales lo pensara dos veces antes de lanzarse en asalto contra la enorme fortaleza…
Pero no todos fueron muertos en ese par de encuentros, muchos escaparon aunque no ilesos, y adentrándose en los oscuros bosques de las Haldanóri, habían conseguido escapar de las tierras nurnitas… Y ahora vagaban errantes por las Tierras Ocultas, renovando fuerzas y preparándose para un nuevo enfrentamiento…
-Elboron –murmuró la elfa mientras jugueteaba con un trozo de papel en el que podía verse claramente el sello de Valle del Ingenio –tarde o temprano nuestros destinos se cruzarán en el campo de batalla…
La nave se estremeció al chocar contra una ola y los gritos de pánico de enanos y orcos se hicieron ensordecedores; la situación en el barco le era insoportable, necesitaba algo de silencio, de quietud, de tranquilidad, ni siquiera en la contemplación del mar alcanzaba la serenidad que su mente y su cuerpo suplicaban.
-si tan solo me permitieran arrancarles la lengua a todos esos seres escandalosos – comentó para sí con malevolencia, al tiempo que ocultaba la carta extranjera entre los pliegues de su vestido y dejaba su pequeña habitación.
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La elfa estaba enfurecida, no era Elboron quien comandaba la Primera Compañía de Valle; el muy artero había dejado el mando en manos de un Elda y dos Edain de menor jerarquía mientras, en algún lugar de aquel bosque, se reponía de las graves heridas que la batalla en Narmelost le causara. Nwalmë resplandecía bajo el ardiente sol que filtraba sus rayos a través del espeso ramaje de Taurëlindomë, mientras cegaba la vida de los numerosos soldados que le desafiaban. Morcen ya no estaba más con ella pero nada de esto le preocupaba, su cólera la impulsaba a seguir sin detenerse, cobrando la vida de su Rey con la muerte de sus fieles soldurios… y entre todas era la del renombrado Capitán valluno, Erekan, la que más le apetecía; sin embargo, y para desdicha de Lómine, la suerte le sonrió al Elda de cabellos oscuros y tras las primeras heridas fue llevado a la retaguardia por sus fieles soldados.
Anamoriel no cesó en su embestida, y tan embebida estaba en el placer de la batalla que fue tarde cuando distinguió el sonido familiar que llegó a sus oídos, la punta de metal se clavó en su hombro izquierdo y un hilo de sangre brotó de la puntura; más la elfa, ignorando el inusitado malestar que le invadió, esgrimió una vez más su espada y otros tantos cayeron bajo su acero verdugo. Pero las flechas vinieron sobre ella como una lluvia de penachos plateados y le fue imposible escapar; una de las saetas se incrustó en su muslo y otra más en su abdomen, y un calor recorrió su cuerpo como si una llama le abrasara desde adentro, todo el paisaje a su alrededor se hizo difuso, sus enemigos eran sombras sin rostro y sus voces ecos distantes. El dolor se hizo intenso pero su determinación y su furia era tal que asió con fuerza la empuñadura de Nwalmë y se lanzó en un último embate contra aquellos espectros, pero una última flecha atravesó su muñeca y la espada cayó al suelo; la oscuridad sobrevino y nada más pudo saber…
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Por fin abrió los ojos pero la luz de las antorchas hirió sus pupilas y un terrible dolor le martilló en la cabeza. El sonido de una voz grave y antigua retumbó en medio de aquel mundo de penumbras y la silueta de un viejo árbol se recortó contra el espacio indefinido del lugar.
-Pequeñas tiendas para pequeños seres – replicó la enorme mujer-Ent, asomando la cabeza por una abertura realizada en el techo -¿Cómo puedo sanar las heridas si no consigo verlas?
La elfa sonrió al escuchar los reparos de Aldamorna, sus palabras estaban constantemente cargadas de críticas, ya fuera a las alturas de las edificaciones de Túrelondë o al manejo de la madera en Curufarnë o a la escasez de vegetación en los alrededores de Narmelost, ella nunca estaba conforme; y aunque los demás Señores objetaran la validez de sus argumentaciones, siempre lograba que sus exigencias fueran complacidas.
-La temible Lómine sonríe, eso es bueno –exclamó Aldamorna contemplando a la elfa –el veneno ya no actúa, pronto estará bien y volverá a cabalgar a la cabeza de las fuerzas nurnitas.
-Por lo pronto –respondió la Elda –me conformaría con que tus hierbas me quiten este molesto dolor de cabeza.
-Impaciente eres, Dama de la Oscuridad –rió la mujer-Ent y su risa profunda fue como el sonido del viento al pasar entre las ramas de los árboles –duelen las heridas y lo harán por algún tiempo, pero yo buscaré algo que te ayude a tolerarlo…
Sin dejar de reír, la arbórea Señora se alejó de la tienda en dirección al bosque, seguida por un grupo de elfos y doncellas.
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El cielo de la noche era límpido como pocas veces ocurre en invierno, un manto de estrellas cubría sus cabezas y la luna creciente bañaba con su tenue luz el campamento nurnita.
-Aldamorna –habló la elfa, interrumpiendo el largo silencio que les acompañaba en la contemplación de la bóveda celeste –Las heridas de Morcen no han sido graves y las mías mejoran día tras día… pero nada sé del estado de Seregruin…
-Que curioso…–reflexionó la mujer-Ent – una Elda y un Edain, ambos perversos y despiadados, temidos y odiados. Nadie pensaría jamas que un par de oscuros seres hubiesen atado sus destinos a un sentimiento propio de quienes aman la luz… curioso, si… muy curioso.
-No he pedido tu opinión y no pretendas que te explique las razones que nos han conducido a ello –respondió Lómine con enfado –solo quiero que me digas como se encuentra… necesito saber de él…
-Elfa irritable e impetuosa – replicó Aldamorna –frágil es tu amante como todos los Engwar, y lenta la recuperación de su cuerpo. Ve con él si es tu deseo pero has de saber que no hay nada que puedas hacer, solo aguardar.
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-Mi Señora, aquí está –dijo el elfo y entregó a Lómine la misiva recién escrita.
La tinta negra aun brillaba fresca a la luz de las pequeñas teas que iluminaban el interior de la tienda. Tras leerla una vez más, la Elda la devolvió a su escriba y dio orden de sellarla e imprimir en el lacre el escudo del anillo señorial.
-Vete ya y asegúrate de que esta llegue a manos de Arattalion, solo él debe leerla –ordenó la elfa –Y no lo olvides, cualquier error lo pagarás con tu vida.
El amanuense se alejó presuroso y poco después se escuchó el sonido de un jinete en la lejanía. Lómine se acercó a la litera y acarició el rostro de Seregruin que dormía serenamente, y le besó en la frente.
Mi Estimado Arattalion,
La victoria fue nuestra, tal como lo predije aquella mañana en Rúnya Mindon; las fuerzas de Valle eran numerosas, pero la marea negra de las Albas Sangrientas rompió con sus lóbregas olas contra las defensas del enemigo y las sumió en la oscuridad de la muerte y la desesperación; En las tierras de Tercano Nuruva, en las cortezas de los árboles de Taurëlindomë, quedarán por siempre las marcas de nuestra batalla, de la conquista de Nurn, y en sus suelos perdurarán los cauces secos que formó la sangre valluna derramada por nuestras espadas.
Por lo demás es poco lo que pueda referirte, seguramente sabrás mejor que yo los pormenores de la batalla y de las graves heridas que recibí al enfrentarme a las fuerzas de Valle, pero mi cuerpo poco a poco se recupera bajo los cuidados y la mirada atenta de Aldamorna.
Y así como la gloria de antaño ha sido devuelta a la Tercera Compañía, espero que mi lugar en la Garra Negra sea restituido. Escucharé los consejos de la sabia mujer-Ent y por esta vez aguardaré pacientemente mi reintegro, pero como bien debes saber, señor mío, la paciencia no es una de mis virtudes.
La noche ha caído sobre el campamento y con ella ha regresado el dolor; debo dejarte ahora y descansar un poco, o Aldamorna terminará por enloquecerme con sus constantes riñas.
Merin hilyalë tengwalilya.
Tu leal afecta,
Lómine Anamoriel
