La Guerra de los Clanes

Historias, leyendas y batallas en las tierras olvidadas de Arda.

Edicion 2

Haldanóri, Las Tierras Ocultas

Finalizada · 08-09-2004

Historia Por Vida. Tercano. Gwyllion.

2006:01:29:20:39:07

Gwyllion

Sintió el dolor mucho antes de asumir la herida. Sus rodillas flaquearon y cayó sobre estas, indefensa e incapaz de sostenerse en pie. Había dejado caer la espada a un lado y ahora se presionaba casi intuitivamente el vientre. Bordeando la inconciencia tosió un par de veces, y para su espanto, estaba botando sangre.

El dolor era tan fuerte que le nublaba la vista.

Su cuerpo debía estar muerto, pero invisibles conexiones e impulsos hacían correr la sangre sin dejarla precipitar por las heridas.

Mientras estuviese conciente, estaba a salvo, pues los últimos resquicios de poderes ancestrales reverberaban en su interior.

En un principio, los músculos tetanizados retorcieron su cuerpo de formas horrendas e inimaginables. Había perdido el control sobre su ser, que ahora convulsionaba descontrolado.

Deseaba acabar el martirio aún si fuese muriendo.

Pero pronto el dolor cesó o tal vez ya estaba tan acostumbrada a él, que no lo percibía claramente. Solo entonces comenzó a pensar.

Intentaba recordar como llegó a aquel estado, trató de rememorar la fecha o la batalla que libraban, pero fue en vano. El malestar físico concentraba su atención en un punto superficial de su cuerpo.

En los minutos ulteriores intentó levantar la cabeza para ver donde se hallaba, pero ni eso pudo hacer. Ya no le quedaban fuerzas, y añoraba el descanso.

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En sus ojos fluctuaba el temor. La petición podría ser desoída por Ulmo. Podía ser juzgada caprichosa, e incluso inmoral; después de todo, jamás un Ainu había deseado la vida mortal.

Fanuiras, que conocía al Vala desde tiempos inmemoriales, cuando el mundo no era mundo, siempre había hallado algo completamente fascinador en la voz lánguida y grave del Señor de las Aguas. Sin embargo ahora cada palabra parecía más terrible que su antecesora, rayanas entre el consentimiento y la negación.

-Ulluboz... – quiso decir la Maia invocando su antaño fluido Valarin, pero su voz se quebró antes de acabar la plegaria. Los ojos profundos de la máscara corpórea del Vala la hicieron ceder. Su profundidad insondable la disminuyó.

El gesto reprobatorio florecía en los rostros de los asistentes al Juicio. Las ninfas de largas trenzas, y los espíritus del mar, wingildi y falmarin respectivamente, exhibían muecas compasivas. Y estaba Uinen; y estaba Ossë.

Ya era conocido su anhelo de unirse a los Seguidores, pues su amor por los Atani fue evidente desde aquella tarde cuando los descubrió revolviendo las aguas del lago en el que dormía, cuando recién habían despertado al mundo.

Algunos solían tildar de obsesivo ese apego a los Seguidores, otros hablaban de que se había enamorado de un Edain, pero ninguno acertaba.

Ossë, era su principal adversario.

Le profesaba odio un impoluto por la comprensión, y pretendía contagiárselo a Ulmo a través de acalorados discursos sobre ‘obediencia’, ‘lealtad’ y otros tanto de atributos en apariencia ausentes en Fanuiras.

-¡Degenerar la esencia Eru en las carnes mortales! – pregonaba el iracundo Maia, también conocido como Ošošai. - ¡Escúchame, oh sabio Señor de las Aguas! Tamaño vituperio no puedes permitir. Si quiere tornarse mortal esta insensata Ainu, deberá pagar con creces el oprobio que nos hará pasar.

Fanuiras sintió auténtico miedo cuando Ulmo le habló sin levantar la voz. La reverberación de sus palabras estaba limitada por los muros de su conciencia. Nadie más los oía.

<<Si te concedo el petitorio hija mía, nacerás al mundo como cualquier Atani, aunque puedo permitirte la gracia de escoger a tus padres. Sin embargo, no te puedo resguardar del dolor que acosa a los Edain ni de su corto paso por Arda. Es más, tu eres un Espíritu Mayor, y como tal, tu llama consumirá las carnes mortales con aún mayor velocidad que la usual. Tu pasar será breve, y nadie asegura, provechoso.

Además, si quieres saberlo, solo por altos propósitos del destino se permite a un Ainu adoptar la figura de alguno de los Hijos de Eru. Una te precede, y es Melin; Cinco te sucederán, más de ellos no hablaré pues no ha llegado su hora. No podrás por tanto dejar progenie en los confines del mundo, ni te comprometerás con elfo u hombre alguno, pues no será tu sangre la que corra a enaltecer la raza ni de Primeros, ni de Seguidores. He dicho.>>

La retahíla de limitaciones azoró a Fanuiras que sin embargo insistió en el pedido.

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El desdoro al que había sido sometida durante los últimos días era apenas menor que el suplicio físico.

Cada puñalada se marcaba en la piel cual estigma que esclaviza, y ya pocos eran los perímetros de piel intactos por la mácula guerrera.

Inoculada por la pasión demente de repartir desgracia, jamás se había detenido a pensar dos veces lo que hacía.

Y ahora, cuando el Ocaso la arrastraba para hacerla precipitar en el confín del mundo, donde se esconde el Sol y florece la Noche, se concedió a si misma un paupérrimo segundo para cavilar al respecto.

Recordó una vez más quien había sido.

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-¡Faiglindra!¡Hija! – vociferaba Isfin formando un cono con las manos alrededor de la boca, para ampliar el volumen de su grito. - ¡Fai...!¡Mi amor, qué te sucedió por Eru!

El rostro de Isfin palideció aun más que su usual blancura, si eso es posible. La pequeña Faiglindra venía caminando lentamente, procedente de quien sabe que recoveco escondido del bosque, y su vestido azul marino registraba manchas irregulares y oscuras, mas sus manos revelaban el color de la sustancia que hubiese mancillado la prenda. Carmín, como la sangre.

La mujer se precipitó sobre el retoño de su vientre, para registrar si estaba herida o algo semejante, pero no descubrió nada anormal.

- Había un lobo, no muy grande, pero de dientes afilados...por ahí...- dijo Faiglindra señalando con el dedo en dirección al bosque, y su madre la abrazó instintivamente. – Mamá, no te enojes, pero parece que lo maté. – concluyó la niña hundiendo su rostro en el pecho de su progenitora.

Isfin abrió tanto los ojos que parecían querer salirse de las órbitas.

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La oquedad insufrible de los gritos de guerra la despertó de su letargo.

Sentía el bombear de la sangre en su cabeza y más aún, la presión que rebotaba en sus oídos.

Le sobrevino un sudor muy frío, y experimentó como un raudal de sangre bajaba de la cabeza a los pies; la ulterior náusea fue tan potente que la hizo expulsar las biliosas sustancias estomacales de una sola vez.

Con todas las vicisitudes de su estado, bordeó la inconciencia nuevamente.

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Las nacaradas mejillas de Faiglindra no se atrevieron a perder su tiente ni siquiera ahora que había perdido a su madre.

Quería sentir más dolor, pero no podía.

Realmente le resultaba incómodo y hasta vergonzoso no poder llorar.

Y ante la tumba de su madre dejó el último vestigio de su vida infantil. Se cortó las largas trenzas que cada día hacía y deshacía Isfin y adoptó el nombre que siempre le había gustado. Gwyllion.

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Ahora era la fiebre quien no le daba cuartel. Precariamente pudo hilvanar una idea coherente. Debía hacer alguna señal para que la hallasen. De lo contrario perecería sin gloria.

Haciendo acopio de las últimas fuerzas que se había resistido a abandonarla, intentó gritar. Pero tenía la garganta demasiado seca. El lamento rasposo no se alcanzaba a oír más que a dos pasos de ella.

Entonces se le ocurrió una idea literalmente ‘brillante’. Cogió a duras penas la pequeña daga que pendía aún de su cinto y el brillante e inutilizado metal resplandeció haciéndole doler los ojos.

Empezó a jugar con los rayos de luz que aún entonces caían impetuosos sobre el campo regado de muertos, como intentando transmitir una señal. Era bien sabido que las señales de luz eran un efectivo medio de comunicación en el reino, y que había grandes espejos de plata montados en las altas cúpulas de cada torres erguida por los tercano. El sistema de nudos era enseñado a los niños desde antes que aprendiesen a leer o escribir (suponiendo que lo llegasen a hacer, claro) y casi cualquier aldeano podía descifrar el código común.

Alguien la vio, antes que el cansancio menguase nuevamente sus esfuerzos por destacar.

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Durmió sin sueños ni recuerdos, y al despertar comprobó con alivio que estaba entre una batahola de sanadores.

[Editado por arantxa el 29-01-2006 20:41]