La Guerra de los Clanes

Historia Por Vida. Alianza. Malenril.

Terminada
Escrito el 31-01-2006 21:44 #1

La calma se había apoderado de la ciudad, y en las noches se respiraba tanta tranquilidad que llegaba a desesperar incluso al elfo en esa situación. Se encontraba en una habitación en penumbra, pues eran esas casas de escasa iluminación, a pesar de las velas y otros artilugios q habían logrado encontrar. Era en verdad una estancia pequeña, tan solo ocupada por un pequeño e incómodo camastro, una mesa algo raída y una pequeña silla. En la esquina un pequeño lavabo y un pequeño armario completaban la decoración.

No podía salir de la habitación pues a pesar de no estar cerrada con llave, esta vez la pierna se lo impedía y no hubo necesidad alguna de instarle a mantener reposo, pues el mismo comprendía su situación. Y ahora le restaba esperar el lento paso del tiempo a que sus heridas se cerrasen, intentando buscar una ocupación en la que distraer su mente. Ya las guardias se habían establecido a lo largo de toda la ciudad, y sus habitantes por miedo se mantenían en sus hogares en las horas del ocaso del día, y los oportunos visitantes de medianoche hacía días que no se dejaban ver por aquellos muros. Escasa sería su ocupación en la ciudad, pero por ese periodo no se arriesgarían a motín alguno que pusiese en riesgo sus vidas, por lo que la vigilancia en las murallas se redobló y los sentidos se mantenían alerta ante cualquier sospecha.

Y aquel libro resultaba del todo aburrido, como gran parte de los libros que se encontraban en aquella ciudad, siendo sobre todo alabanzas hacia los señores de aquellas tierras y gestas antiguas narrando épicas aventuras de sus dioses o de guerreros ya olvidados por el lento pasar del tiempo. Tanta alabanza sobre esos hombres le llevó por un tiempo, a no volver a coger un libro, al menos hasta que no encontrase uno de contenido más dinámico y por qué no decirlo alegre. Así que levantándose con esfuerzo de la cama se decidió a pasearse por un tiempo, tal era su obstinación, pero a los pocos pasos se dejo caer sobre el gastado asiento y apoyándose en la mesa, arrastró la silla hasta la ventana. Era pequeña y con unas cortinas pálidas ya por el uso, que con cuidado apartó a un lado dispuesto a abrirla. Tiró con fuerza y por fin con un gran crujido la madera cedió y una leve brisa inundó todo.

La noche se presentaba despejada y una gran luna inundaba todo con su blanca luz, mostrando un cielo cuajado de estrellas cada una más brillante y más bella que la anterior. Aquel espectáculo le recordaba a las tierras de Eithel y respirando el aroma marino parecía que sus males poco a poco se fuesen olvidando, aunque por desgracia el más leve movimiento de su pierna le recordaba una y otra vez su situación.

Un leve ruido lo sacó de su ensoñación y tras bajar la vista a tierra, vislumbró entonces como de la clara noche surgió una figura con el rostro descubierto, evidenciando ser un hombre joven, que tras mirar secretamente la zona avanzó raudo a un pequeño callejón. Llevaba una capa de buen paño, que no llegaba a ocultar la riqueza de sus prendas, lo que le situaba sin duda en una posición de renombre dentro de esa ciudad.

La pregunta sobre que llevaba a aquel joven a la zona comenzó a inquietar al capitán, y antes de alertar a los soldados un segundo chasquido se oyó en la calle. Una puerta se abrió y la luz inundó todo a su paso. De ella emergió una joven de cabello recogido por un pañuelo algo raído y con un ajado y ensuciado mandil que cubría un simple vestido azul. Era sin duda ayudante de una de las numerosas tabernas de la zona, y claramente era el motivo de la espera del joven, pues le dirigió una cálida mirada, aunque al poco giró de nuevo la cabeza. Ella cerró la puerta procurando evitar los crujidos de la vieja madera, mas era esa una tarea imposible, y en su movimiento la puerta cedió con una dura voz quejumbrosa.

El joven la esperaba sentado sobre un barril vació, y así permaneció hasta que ella silenciosa y algo temerosa se acercó a él. Le cogió con suavidad la mano de su acompañante y con un gesto cariñoso le brindó un abrazo que fue inmediatamente correspondido por él, pero de una manera fría y en cierto modo automática, que ella pareció notar.

-Aun inquieto- dijo ella acariciando su rostro con delicadeza. No pienses más en eso, mi amor.

-Se que tienes razón, pero mi padre solo busca el interés no de mi vida, sino como el dice, de mi futuro.¿Qué sabrá él? Trata de simple juego lo que siento por ti y busca que te olvide, mas no puedo ni quiero. Sois mi luz y mi vida- contestó el levantándose y abrazándola al fin de una manera apasionada. Os necesito junto a mí para vivir, pero necesito tiempo para hacérselo entender a él.

-Sabes bien que lo abandonaría todo por ti. Tengo pocas pertenencias, pero no temo al trabajo si estáis a mi lado. Solo una palabra y dejaría mi hogar y mi familia si eso me garantiza por siempre tu compañía. Sabéis que no os valoro por vuestro dinero, o joyas o propiedades, ni por el estatus de tu familia dentro de estas tierras, ni nada material que otros puedan anhelar. Os amo por lo que sois y lo que me habéis demostrado y con eso tengo suficiente. ¿Por qué no nos vamos esta misma noche?

-¿Y dónde llegaríamos? No, esto no podemos hacerlo así, pues nos encontrarían. Confía en mí y pronto podremos estar juntos por siempre.

La conversación parecía llegar a su fin, pasando de las palabras a las caricias y arrumacos propios del amor y de la juventud, y viendo que la alarma había resultado no ser tal, el elfo volvió a centrarse en sus pensamientos, mientras la noche discurría sin pausa. Minutos más tarde como sombras se escurrían en las calles ante la presencia de los soldados, aunque unas palabras de esperanza y reencuentro flotaron en el aire.

Los días pasaban todo lo rápidos que Malenril podía desear y pronto la pierna dejó de doler y pudo al fin retirarse de la habitación y salir al exterior. No se interesaba mucho en la vida de aquellos que para el no significaban mucho, pero en aquella pareja había visto una inocencia y un amor que eran poco propios de esas tierras y le dolía que durante las últimas noches la joven esperase sin resultado alguno. Aquellas lágrimas eran como cuchillas para él y sentía su pena como propia, pero quizás el tiempo les devolvería de nuevo sus miradas y volverían por fin y por siempre a estar juntos para no separarse por nunca jamás.

El capitán fue recibido entre los suyos con alegría y pronto fue puesto al tanto de todo pero quizás su mente estuviese en abandonar por un tiempo aquellos fríos muros y caminar por un tiempo por un bosque, o al menos acercarse al puerto y contemplar el rítmico chocar de las olas mientras las gaviotas entonaban su canto. Así tras tomar algo de almuerzo se decidió a dar un paseo no sin antes interesarse por los heridos, pues pronto la compañía emprendería de nuevo la marcha. Pero cuando esto estuvo hecho y mientras cruzaba la calle un grito se escuchó en las cercanías.

Era la joven mesonera que sollozaba a los pies del joven que por ese tiempo parecía no conocerla en absoluto. A su lado una mujer de mediana edad le sujetaba del brazo con una sonrisa extraña y poco agraciada, pero que buscaba compensarla con algunas joyas que debido a la presencia de extranjeros sin duda no eran sus posesiones más valiosas. Y a su lado un matrimonio mayor, los padres del joven, indignados por la presencia de la joven andrajosa.

-Vete de aquí pordiosera y olvida a mi hijo. Ya ves que ha decidido olvidarte y a fe que a elegido bien. Olvídate de su dinero y búscate a otro a quien embaucar- dijo el hombre, pero por temor al capitán y algunos soldados que habían acudido ante el tumulto no osó golpearla a pesar de la posición de su mano.

Y allí quedo ella solitaria, entre una marea de gente desconocida para ella, mientras su amor le dedicaba una última mirada de pena mientras avanzaba con su nueva acompañante de la estrafalaria risa. El ritmo de la ciudad volvió pronto a la normalidad y la gente fue dispersada en breve. Solo quedaba la joven que desde el suelo seguía con la vista a la comitiva hasta que esta desapareció de su vista. Malenril la ayudó a levantarse a pesar de la desgana de la muchacha. Le dijo palabras de consuelo pero por su mirada sabía que no escuchaba palabra alguna, pues su mente estaba en su corazón y este se encontraba roto en mil pedazos.

Al poco la joven comenzó a caminar y dirigir sus pasos sin rumbo fijo. Al elfo le entristecía aquello y la detuvo para llevarla al improvisado comedor de los soldados e invitarla a tomar algo que le devolviese el ánimo a su espíritu, pues temía lo que ella pudiera hacer. A la tarde la acompañó a la posada cercana donde trabajaba y por los días que le restaron en la ciudad se preocupó de su estado, aunque estaba herida de amor verdadero, y sería difícil su cura mientras su amor no encontrase el valor que necesitaba para romper todas las barreras y estar juntos por siempre, le importase a quien fuera, pues en ese tema solo dos opiniones se debían tener en cuenta.

Historia finalizada.