Luthan
A través de la ventana se podía ver el horizonte y sobre él como empezaba a asomar tímidamente el solo que engullía a la oscuridad de la noche y bañaba los cielos con una intensa luminosidad y con grandes y blancas nubes que se asemejaban a grandes masas de algodón. Los amaneceres siempre son conmovedores se vean donde se vean siempre consiguen calar a cualquiera que los contemple con deleite. A la noche se podía contemplar como tras una jornada agotadora el sol retrocedía hacia sus aposentos para repostar energías y de nuevo en poco tiempo bañar las costas flotantes con su luz, en este tiempo la luna le relevaba protegiendo con su luz a todas las criaturas de bien e iluminando los corazones de los enamorados. Se podía ver también los vastos bosques y como los rayos de luz no podían apenas penetrar al fondo de la frondosidad, ya que, las copas de los árboles se lo impedían. Se observaba como los pajarillos revoloteaban en el aire con un vuelo caótico pero bello. De noche se podía ver como numerosas luciérnagas hacían gala de sus talentos y en una noble y brillante exhibición danzaban en torno a una charca que había próxima a las casas de curación de la Alianza de Eithel-Glîn.
Habían pasado unos días desde que el hombre se encontraba en las casas de curación recuperándose de sus últimas heridas percibidas en combate. La recuperación era lenta pero continua lo cual hacía que el tiempo fuese el factor más importante de esta recuperación.
Las heridas aún le hacían que al moverse o al hablar se fatigara con facilidad, no obstante, todos los días le hacían realizar los ejercicios de rehabilitación y caminar un poco para que sus músculos se consumiesen en esa habitación.
Entre tanto el humano se había dedicado a cultivar su conocimiento leyendo historias de antiguos héroes y antiguos reyes, historias de princesas y dragones e incluso de guerras remotas.
Cerca de su habitación se encontraba una zona especial de las casas de curación donde estaban los pacientes mas jóvenes, niños y bebés, recuperándose de sus heridas y enfermedades. Luthan que estaba cerca y con frecuencia escuchaba sus llantos y risas decidió hacer un esfuerzo y dirigirse a la estancia en la que se encontraban. Los niños dejaron de reír y llorar al ver quien entraba por la puerta y todos se quedaron pensativos para romper el hielo Luthan se dirigió a todos ellos:
-¿Queréis que os cuente historias de mis batallas? Historias de monstruos y bestias sedientas de sangre y ansiosas de carne…
Al unísono todos los niños gritaron un sí eufórico. Luthan se sentó en un taburete y alrededor de él todos los niños en cojines. Estaban deseosos por escuchar aquellas historias y por ver como se desarrollaban los hechos y todos y cado uno de ellos permanecía en silencio observando con ojos de lince al humano.
-Bien. ¿Por dónde queréis que comencemos?.-preguntó Luthan.
Un niño humano levantó su mano y cuando Luthan le cedió el turno de la palabra este le preguntó que dónde aprendió a luchar.
-Está bien pequeño, la lucha es mas que una actividad un arte, el arte de la guerra no reside en aprender o no del mejor de los maestros…ya que la mejor forma de instruirse bien es adquiriendo experiencia en las batallas y misiones que surgen a lo largo de la vida. Pero también debéis tener en cuenta que la lucha no solo es matar, también es saber apiadarse y tener justicia en todo momento para cada ser, solo así vuestras conciencias permanecerán más o menos limpias, pero en el momento en que matéis a un hombre débil e indefenso seréis pasto de las llamas de vuestra conciencia. ¿Lo habéis entendido?.- dijo finalizando a la pregunta del chico.
Todos los niños contestaron nuevamente un sí. Esta vez una niña de rasgos élficos levantó su bracito y Luthan la señaló otorgándole a ella el turno de palabra.
-Señor, yo siempre he oído historias de princesas encerradas en castillos y que son rescatadas por príncipes azules y que son muy guapas pero…no hay algún príncipe encerrado en un castillo muy guapo que quiera que lo salve yo y sea su princesa azul…¿los hay?
A Luthan se le escapó una tremenda carcajada al escuchar esa pregunta tan peculiar en una niña que no tendría mas de seis o siete años…y con una sonrisa le respondió:
-Por supuesto que los hay, tu no te preocupes seguro que algún día rescatarás a tu príncipe y serás su princesa azul.- respondió Luthan con un tono afectivo
Entonces fue cuando se dirigió a ellos y les empezó a contar una historia de amor, guerras, odio y asesinatos. Todos los niños contemplaban atónitos la historia, ya que, el humano se estaba esmerando tanto que había captado por completo la atención de todos ellos. Por unos instantes fueran cuales fuesen las heridas de los niños fueron olvidadas y sus cuerpos y mentes fueron transportados a un mundo de ficción creado por Luthan para entretener a aquellos valientes pequeños que luchaban por sobrevivir. Aquellos niños estaban devorando todas las historias que posteriormente ellos contarán a sus descendientes y otras gentes haciendo que cada historia se transmita de boca en boca hasta que quizás algún día se convierta en un cuento popular.
Luthan había terminado y se sentía fatigado de tanto como habló y de los gestos que mientras iba narrando hizo. Llamó a la enfermera y le pidió que por favor le ayudase a ir hasta su cama para poder reponer fuerzas pues se encontraba fatigado y las heridas le estaban produciendo terribles dolores. Una vez acostado la enfermera le agradeció lo que había hecho durante esa tarde por aquellos niños y le dijo que eso era lo que distinguía bien a los hombres buenos de los malos, le cambió los vendajes y le dio un brebaje tranquilizante para que no sintiera tanto dolor y con una sonrisa se despidió.
Luthan se sentía feliz y a gusto consigo mismo, era reconfortante que aquellos niños se hubiesen olvidado de sus problemas durante unas horas para poder viajar con él a un mundo de fantasía en el que todos participaban a su modo.
Y sucedió que durante los siguientes días en los que permaneció en las casas de curación los niños le iban a visitar en busca de más historias y cuentos y de respuestas a preguntas. El humano tenía claro que en cuanto estuviese recuperado y volviese a sus quehaceres diarios se pasaría a visitar a los niños con la mayor frecuencia posible pues sin darse cuenta les había tomado un gran cariño y afecto.
